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sábado, 24 de agosto de 2024

León Bloy, en las Tinieblas (Reseña)

 León Bloy, en las Tinieblas (Reseña)

CJ Traducciones, 2024, p. 113


 

En esta ocasión presentamos una nueva traducción completa (mejorada en algunos aspectos, con respecto a la ya existente) de este libro póstumo de León Bloy.

El hermoso prólogo es obra del profesor Daniel Teobaldi.

Decíamos en su momento: 

En las Tinieblas forma parte del selecto grupo de libros póstumos publicados por su maravillosa esposa Jeanne Molbech; se trata, tal vez, de uno de los libros menos conocidos del autor, pero no por ello menos importantes, entre otras razones porque tenemos al escritor, no sólo en toda su madurez sino también en su senectud, cuando ya las luchas de esta vida habían pasado y donde todo hombre puede repetir como Bloy en la primera de sus Méditations d´un SolitaireJe suis seul”. 

Meditaciones de un solitario, será, Deo volente, la próxima traducción de León Bloy, a la que seguirá Juana de Arco y Alemania.

Por ahora el libro puede conseguirse en Amazon AQUÍ, aunque pronto estará disponible en papel en Argentina, de la mano de Lectio.

sábado, 18 de noviembre de 2023

Vida de Mélanie Calvat, Pastora de La Salette, escrita por ella misma en 1900, Su infancia (1831-1846)

Vida de Mélanie Calvat, Pastora de La Salette,

escrita por ella misma en 1900, Su infancia (1831-1846)

Con Introducción de León Bloy

(Reseña), Traducciones CJ, pp. 219, año 2023



 

Por primera vez se presenta traducida esta obra al español, publicada en su momento por el gran defensor de La Salette, León Bloy, quien agrega una hermosa introducción, que ya publicamos en su momento (ver AQUI).

El libro narra en primera persona la vida maravillosa de la que después vendría a ser la Vidente de Nuestra Señora de La Salette. A pedido de su confesor, Mélanie escribió de grande su vida hasta antes de la Aparición.

Como indica Bloy en su introducción, la Aparición no fue más que un episodio en su maravillosa Vida, llena de milagros y prodigios. Este libro es importante, pues, porque nos ayuda a conocer mejor a la confidente de la Virgen. Pocos sabíamos, antes de leer este libro, por ejemplo, que Mélanie tenía los estigmas de Cristo ya desde los tres años, que el Niño Jesús se le aparecía casi constantemente y crecían juntos, y todo lo que tuvo que sufrir de parte de su madre y patrones.

La inocencia que respira el libro nos recuerda por momentos a las Florecillas de San Francisco, y es también un estímulo constante a la práctica de la virtud.

Por ahora el libro está disponible solamente en Amazon (ver AQUI).

miércoles, 29 de marzo de 2023

El Libro de Rut, por el P. Tardif de Moidrey (reseña)

 Padre Tardif de Moidrey, El libro de Rut. Alfa Ediciones. Villa Allende, Córdoba, Argentina, 2023. Págs. 124.

 


No hay mejor presentación para este sacerdote que las palabras de Joseph Bollery en la biografía de Léon Bloy: 

Por medio de Hello, Léon Bloy conoció al P. Tardif de Moidrey, cuya influencia, para ser breve, fue tal vez la más profunda que un hombre haya ejercido sobre el espíritu del autor de El Desesperado…”[1]. 

El mismo Léon Bloy lo repetirá en sus diarios y escritos: es a él, a quien consideraba un santo, a quien debe el método para interpretar las Escrituras. La Salvación por los judíos, obra insuperable en su género, nacerá de las meditaciones según el método legado por el P. Tardif. 

El P. Tardif de Moidrey nació en Metz en 1828 y cursó primeros los estudios jurídicos, oficio que ejerció durante algún tiempo. Ingresó en el seminario francés de Roma y fuer ordenado en 1859. Estudió asiduamente a Santo Tomás y las Escrituras y se dedicó a predicar el llamado a las peregrinaciones a La Salette y a Tierra Santa, a donde había ido varias veces. 

Dice Bloy en La que llora: 

“Ese misionero, mas orador que escritor, recorrió el mundo para anunciar la Gloria de la Madre de Jesucristo, volviendo siempre invariablemente a la Salette, donde a los pies de La que llora, iba a buscar las inspiraciones de su celo apostólico.

El Discurso infinitamente extraordinario que oyeron los niños en esta Montaña, habíase convertido en centro de sus pensamientos, y su inteligencia era como uno de esos dones inexpresables que el Venerable Grignion de Montfort atribuía proféticamente a los Apóstoles de los Últimos Tiempos.

Bastarían las migajas del festín diario brindado a sus auditores por ese humildísimo, cuando hablaba de la Reina de los Patriarcas y de los Mártires, para que uno adquiriera reputación de exégeta…”. 

Este comentario al Libro de Rut, calificado de obra maestra por Paul Claudel, debía ser seguido, según la intención del autor, de otros comentarios al resto de las Escrituras, pero el rotundo fracaso de sus ventas le desanimó terriblemente y exclamaba con dolor: 

De qué sirve escribir, ¡la gente no me lee!”. 

Es una pena que no se haya dado cuenta que tal vez el escritor no escribe para sus contemporáneos y que nos haya privado de los demás comentarios que tenía en mente. 

Tal vez por un secreto deseo de hacer algo de justicia a este sacerdote tan desconocido como pobre y humilde, tal vez, digo, este libro haya sido traducido. Afortunadamente algo de justicia se le está haciendo, pues hace algo más de dos años salió lo que aparenta ser un formidable estudio sobre la vida y obra del P. Tardif: “L'abbé Tardif de Moidrey, "L'homme des désirs": suivi d'une édition critique du "Livre de Ruth" (1871) et de documents inédits”, escrito por François Gadeyne (ver AQUÍ). 

Este comentario espiritual al Libro de Rut es una hermosa aplicación de todo el libro a la vida religiosa. Es, se diría, un tejido de citas bíblicas de principio a fin. 

En 1879, el P. Tardif emprendió una nueva peregrinación a La Salette, esta vez con el mismo Bloy, quien después de varios días, tuvo que regresar a la ciudad, dejando al P. Tardif solo en La Salette. Una enfermedad repentina terminó pronto con la vida del Padre, quien murió el 28 de septiembre de 1879, día de Nuestra Señora de los Siete Dolores, y es allí donde fue enterrado, según sus expresos deseos. León Bloy nos descubre el dolor que le causó esta pérdida en las desgarradoras Cartas a Verónica. 

Por ahora el libro sólo está disponible en Amazon (ver AQUÍ), a la espera de su publicación en Argentina.



[1] Léon Bloy, essay de Biographie, vol. I, pág. 275 (1947).

viernes, 4 de diciembre de 2020

León Bloy, La Sangre, la Mujer y el Misterio de Israel (Recensión)

León Bloy, La Sangre, la Mujer y el Misterio de Israel. Ed. Lectio, Córdoba, Argentina, 2020, pag. 613. Precio $1400. – Contacto: Tel. +5493516576114. Email: librerialectio@arnet.com.ar


La editorial Lectio ha dado comienzo a una nueva colección llamada Lectionantes y no ha tenido mejor idea que iniciarla con León Bloy. Tres obras en un solo volumen es ciertamente todo un desafío, pero somos muchos los bloysianos que veremos con gran alegría una nueva edición de sus libros. 

El título alude a tres de las mejores obras de Bloy. La Sangre del Pobre, La Mujer Pobre y La Salvación por los judíos. La obra consta de una introducción general más un prólogo por cada una de las obras. No podemos dejar de señalar que el prólogo de La Salvación por los Judíos es obra del gran seguidor de Castellani y Bloy, el conocido periodista español Juan Manuel de Prada. 

Por último, cabe señalar que el libro consta de un apéndice a La Salvación por los Judíos, más algunas notas explicativas para orientar al lector, tan rico es el vocabulario que maneja Bloy. 

¿Qué podemos decir de los tres libros? Para resumirlos en una oración, podría decirse que: 

La Sangre del Pobre es una diatriba contra los burgueses y los ricos inmisericordes; La Mujer Pobre es esa clase de libros que fácilmente marcan un antes y un después en la vida de una persona, mientras que La Salvación por los Judíos era considerado por el mismo Bloy como el único libro que se atrevería presentar ante Dios, y con esto está todo dicho. 

Sólo resta agradecer a la editorial Lectio por difundir esta clase de libros y esperemos no sea el único. Los bloysianos se lo agradeceremos.

domingo, 15 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (VI de VI)

   Y ya para terminar, nada mejor que dejar la pluma al mismo Bloy que estampa, al final del Mendigo Ingrato, un grito doloroso, desgarrador y que es, al mismo tiempo, la mayor alabanza que se haya escrito sobre su mujer: 

Basta. No puedo más. Aquí estoy. ¡Comedme, perros! He aquí las entrañas de un hombre. 

¡Ciertamente, era necesario que fuera especial y terriblemente elegida para encontrarse conmigo la noble muchacha escandinava, la primogénita y la preferida del poeta Christian Molbech!  

En cualquier parte, sin duda, los sufrimientos y las amarguras de la muerte se hubieran lanzado sobre ella, como proscritos hacia un refugio, como amantes de Dios hacia un lugar santo, lleno de luces. ¿No estaba, acaso, elegida muy especialmente para la penitencia voluntaria y la propiciación? 

Pero era necesario, seguramente —absolutamente necesario, y desde la eternidad— que fuera yo la configuración privilegiada de su holocausto. 

¿Podía descender más abajo esta alma, en su ambición de inmolarse? 

¡Ser, por propia elección, la compañera de un hombre universalmente detestado! ¡Compartir la ignominia y la escasez de pan de un fabricante de libros, a quien los más viles ganapanes de las letras se creen con derecho a cubrir de inmundicias! ¡Aceptar para sí misma el abandono completo, el ultraje infame, el ridículo, el desprecio, la calumnia! Todo eso y mucho más, si Dios se lo pide, por no cometer la infamia, que hace temblar las Columnas, de haber pasado junto al Abandonado sin percibir en él la grandeza. 

¡La magnánima quiso hacer lo que ningún hombre había tenido el valor ni el pensamiento de emprender, y he aquí que se muere… y de qué muerte!”. 

Y a renglón seguido, termina su diario, y nosotros con él: 

El rodar de varias semanas, tan pesadas como los carromatos de los Profetas, me ha triturado el corazón. 

Mi mujer muy amada no morirá, es cierto. El cáliz de los tormentos aún desborda, ¿y quién me ayudará a beberlo? 

Pero en cierto lugar hay una pequeña tumba más, y en medio del griterío inhumano del populacho que nos rodea debemos escuchar a veces esta melopea lastimera y desgarradora de nuestra pequeña Verónica, la última criatura que nos queda: 

Mi hermanito Andrés ha muerto.

Mi hermanito Pedro ha muerto.

Mi mamita ha muerto.

Mi papito ha muerto.

Ya no hay más jardín.

Ya no tenemos casa.

Y la nena anda sola por la calle. 

La veo y la oigo todavía a la querida hijita, sentada en uno de los escalones de nuestra humilde vivienda perdida en su sueño, y cantando - ¿para quién Señor? - con una voz dulce y grave de tórtola que muere, ¡imposible de expresar…!

lunes, 9 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (V de VI)

    El día 11, creyendo que Juana iba a morir, pidió un sacerdote que la confesó. La sirviente, temiendo una fiebre tifoidea, se fue y León Bloy solo pudo conseguir auxilio de su cuñada, que acudió esa misma noche. 

El 12 a la mañana Juana recibió el Viático y la Extremaunción. 

Ese mismo día Bloy escribe a su amigo Henry de Groux esta dolorosa carta: 

"Henry: 

Mi mujer recibió esta mañana el Viático de los moribundos y el sacramento de la Extremaunción. 

No se sabe si vivirá, si le queda siquiera un día de vida. Ya ha hecho sus últimas recomendaciones. 

No olvidaré la noche terrible que acaba de terminar, ni el cuadro de la infortunada, que pronunciaba constantemente el nombre de Jesús mientras la atormentaban verdugos invisibles y despiadados, cuya llegada ya habíamos presentido. 

Anteayer, en un acceso de delirio, me habló de usted, Henry, pues había oído su voz. Eran más o menos las tres de la madrugada.

 “¡Qué bueno es Dios que nos ha mandado nuestro único amigo!”, decía. 

Me costó hacerle comprender que no había nadie. 

Henry: estoy casi muerto de pena, de cansancio y de terror. ¡Hace más de sesenta horas que me veo casi solo, cuidando a dos criaturas y a su madre, sin comer ni dormir, traspasado de dolor y sin dinero! 

martes, 3 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (IV de VI)

    Hasta aquí Bloy y uno no puede menos que hacer suyas las palabras de J. Bollery que, a continuación, agrega: 

Todo comentario no haría más que debilitar la trágica sobriedad del relato…”. 

Sobre la causa de la enfermedad que había de llevar a la muerte al hijo de Bloy, Bollery comenta[1]: 

Es probable que el pequeño Andrés haya sido contagiado por Alcides Guérin el cual, ignorando que estaba tuberculoso, no tomó ninguna precaución con respecto a los hijos de su amigo en sus frecuentes visitas, abrazando a su ahijada y naturalmente a su hermanito (…) La insalubridad de la húmeda casa precipitó sin dudas la evolución del mal que tomó la forma de una meningitis tuberculosa fulminante”. 

Los vaivenes de lo que sucedió durante el año pueden seguirse más o menos en El Mendigo Ingrato. 

Lo importante, para esta reseña, son algunos datos: 

El estado lamentable de la casa continuó, a pesar de las infructuosas tentativas de Bloy para que el propietario hiciera los arreglos correspondientes y su mujer e hija habían caído enfermas casi inmediatamente después de la muerte del pequeño Andrés. 

Recién en julio pudieron mudarse a otra casa, cerca del cementerio donde reposaba su hijo, pero las condiciones no fueron mucho mejores que la anterior y su amigo Henry de Groux no pudo cumplir su promesa de regalarles una estufa. 

En septiembre del mismo año nació su segundo hijo varón: Pedro, y Bloy lo narra así en su diario: 

24.- Nacimiento de mi hijo Pedro. 

¡Que el Señor y su Madre, que los Ángeles y los Santos bendigan a este hijo de nuestro dolor y que aquel, perdido tan terriblemente, nos sea restituido en él! 

Hoy es la fiesta de Nuestra Señora de la Merced. ¿Nos traerá él realmente, la Merced de Dios? 

miércoles, 28 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (III de VI)

    Hasta aquí Juana; Bloy, por su parte, continúa. 

[Después de esta página, está pegado en el diario la fotografía del pequeño Andrés en su lecho de muerte]. 

Domingo 27. – Despertado por Estefanía a las 2.30, retomo mi vigilia interrumpida. Juana, profundamente abrumada, no descenderá sino más tarde, a las 6, cuando voy a la primera misa. Rosario, oraciones angustiosas, lucha contra la fatiga. 

¿Comulgué en la misa de las 6? Muy probablemente, pero no me acuerdo, pues este triste diario está muy retrasado. Recuerdo solamente que la fatiga era inmensa y el sueño aplastante. Elevé mi alma como pude, orando a partir de ahora a este Inocente que nos protegerá in conspectu Domini. 

“Nos autem propter innocentiam suscepisti. Et confirmasti nos in conspectu tuo in aeternum[1]. 

Tal es el lenguaje que la Iglesia supone en la boca de esos pequeños muertos sin pecado por los cuales está prohibido rezar. 

Llegada de Huguenet a eso de las 8. El pobre hombre está muy conmovido y golpeado por lo que me sucede. Me dice que anoche lloró por mí. Dios quiera que haya sido capaz de rezar. No puedo sino renovar la palabra de mi carta de ayer, con muy pocas posibilidades de ser comprendido. Lo único que saco de él es el testimonio inútil de su admiración por nuestra fuerza de espíritu. ¡Qué miseria! ¿Espera, pues, hasta vernos con convulsiones? 

Hacia las 9 visita del segundo médico. Este es educado y humano. Me da ciertas palabras certificando que la muerte le parece natural. Escaparemos, pues, al horror de una autopsia. Estamos tan tristes que esta misericordia casi me sorprende. 

Habiéndose ido Huguenet, Jury vino casi enseguida. Nueva emoción. Este querido niño se arroja en nuestros brazos sollozando. Esta explosión de ternura de parte de un amigo tan joven y reciente, que ha reemplazado a tantos otros tan antiguos, no será olvidada. 

Diversos trámites con él. Municipalidad. La hora del cortejo está decidida para mañana a las 9 de la mañana, sin más obstáculos. 

Visita al sacerdote de la parroquia, cargado con servicios fúnebres. Elijo la última clase. 9.75 francos. Habrá misa.

jueves, 22 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (II de VI)

    [En una hoja independiente del diario y pegado en él, Madame Bloy escribió sus impresiones. Solamente la fecha y la hora son de mano de Bloy]. 

26 de enero, a las 4 de la tarde. - Ayer a las 6 de la mañana, tos terrible por casi una hora. Después de lo cual, nuestro pequeño Andrés permaneció blanco y sufriendo. Evidentemente, estaba muriendo y no lo sabía. Gemía al dormirse y se despertaba. No lo dejé solo. A las 4 tomé la resolución de darle el aceite para quitarle las flemas que parecían impedirle respirar. Después de eso, durmió más tranquilamente y las cucharadas de flor de naranjo que le había dado parecían haberlo calmado. Desde la mañana estaba envuelto en una guata. A eso de las 8 bebió con apetito un biberón de leche pasteurizada mezclada con agua y caldo de pollo. Después de eso se durmió sin haberse fatigado mucho. Volví a tener esperanzas. Veía a mi pequeñito bienamado curado, reincorporándose de su extrema debilidad. Un segundo biberón de leche, etc. tuvo el mismo feliz efecto. Luego, a medianoche, dado que parecía tener mucha hambre y temiendo darle el biberón por tercera vez, le di harina lacteada. Eso lo hizo toser y devolvió todo. Abatido de nuevo, se durmió y me acosté a su lado. A las 3 se quejó. Lo puse junto a mí. Su diente, su primer orificio, parece hacerlo sufrir más que nunca. Está a punto de salir. Mete su puño en la boca, muerde todo en forma desesperada. Me levanto con él y trato que tome algunas cucharadas de agua de flor de naranjo. Muy difícil. De repente perdió el aire. Lo pongo contra mi hombro, que parecía ser la posición que más amaba. Me paseo con él llorando y rezando, pidiendo auxilio, horrorizada de escuchar que su respiración era cada vez más dura y que parecía desgarrarme. Entonces, de repente, cayó de mi hombro. Comprendo y corro a la escalera para llamar a León gritando: 

¡El pequeño se muere, el pequeño se muere!”. 

León llega justo para verlo entregar su último suspiro en mis brazos mientras me mira. Le doy unas gotas de oporto, pero no sirve para nada. Es el fin. 

No puedo decidirme a dejarlo – quisiera acunarlo por siempre. 

Lo visto con una ropita blanca, lo pongo en su cuna y a las 5.30 decimos el angelus junto a este pequeño nacido durante el angelus. 

¡Qué sufrimiento! ¡Qué pesadilla! ¡Que Dios se apiade de nosotros! La pequeña Verónica al despertarse me pide verlo y me abraza cuando me vé llorar. Quiere ir a verlo junto al Niño Jesús. Quiere abrazarlo y dejo que lo haga. 

Cómo hubiéramos adivinado que este niño tan fuerte, pero que después de dos meses no era tan alegre como antes, no estaba designado para crecer junto a Verónica, que lo adoraba y a quien ella adoraba.

viernes, 16 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (I de VI)

El año terrible en la vida de León Bloy 

Así titula Joseph Bollery uno de sus capítulos, siguiendo al mismo Bloy: es aquel en el cual tiene que describir el más atroz de sus años que terminaría con las desgarradoras palabras con las cuales cierra El Mendigo Ingrato. Estamos en el año 1895. 

Todos notan la similitud de esas páginas con los capítulos X, XI y XII de la segunda parte de La Mujer Pobre, y no es para menos, pues salta inmediatamente a la vista. Como dice el mismo Bloy en la introducción que hace a Mi Diario: 

“Cada uno de mis libros es una confesión arrancada por la tortura”. 

El 12 de febrero de 1894 nacía su primer hijo, y así lo refleja en su diario: 

“Nacimiento de mi hijo Andrés, a la hora del Angelus del mediodía. 

Como la comadrona es protestante, el bautismo no podrá realizarse de inmediato”. 

Lo mejor será hacer lo mismo que Bollery y transcribir directamente del diario, del original, pues hay muchas cosas que no fueron publicadas en vida. 

“Enero 1895.- 

Viernes 25. - Encuentro a Juana atormentada por el estado de Andrés. El pobre niño tose mucho. Lo atribuye a la extrema dificultad de la dentición. 

Día triste y penoso. Nuestro pequeño Andrés ha tenido esta mañana una crisis de tos que lo ha abatido extremadamente. Juana está muy triste. Desde esta crisis que suponemos es simplemente nerviosa y causada por la dificultad inaudita de su dentición, se ha puesto pálido hasta la lividez. 

(…) 

Encuentro a Juana un poco consolada. Andrés ha bebido fácilmente un biberón, pero no cesa de gemir en su cuna. 

Hacia las 11, nuevo biberón del que vomita el primer trago, pero que acaba pronto con avidez. 

[Agregado al margen]. Recuerdo que no se borra. Habiendo interrumpido su bebida mi amado hijo por un minuto, tendió hacia mí su brazo, gesto que le es familiar. Temiendo distraerlo durante mucho tiempo, no me acerqué, aunque tuve muchos deseos. Fue la última vez que había de ver ese gesto. 

Nos persuadimos que ese apetito es un signo de los más reconfortantes y me voy a dormir, no sin haberle pedido a Juana que me llame ante la primera alarma. 

martes, 11 de diciembre de 2018

León Bloy y el Milenarismo


Nota del Blog: Contra lo dicho aquí se podrá argumentar esto o aquello, pero lo cierto es que los argumentos, lo único, en definitiva, que importa, subsisten.

Extracto de una carta de Léon Bloy a su amigo Ernest Hello.

Citado por J. Bollery, Léon Bloy, essai de Biographie, vol. 1, pag. 434-5.


***
 
Léon Bloy rezando en La Salette

18 de agosto de 1880

“Estimadísimo amigo:

Deberíamos escribirnos mucho y no nos escribimos. Ignoro por qué. Sin embargo, si alguna vez hubo dos hombres hechos para entenderse, me parece que somos esos dos hombres.

Tenemos el mismo deseo único, una impaciencia casi igual y estamos indignados por las mismas injusticias. Ambos esperamos la gran Epifanía del Espíritu Santo con esta diferencia: mientras vuestra impaciencia no recae sino sobre alguna manifestación inaudita de la justicia o de la Belleza divina por la intervención directa de algún gran Santo investido del más irresistible poder, mi impaciencia recae sobre la persona de Nuestro Señor, Dios y hombre, del cual espero la venida como ejecución de la promesa que hizo a sus apóstoles antes de sufrir, al asegurarles que no los dejaría huérfanos (Jn. XIV, 18).

No me está prohibido comunicarte esta parte de mi secreto que, en muy poco tiempo, espero, ya no será un secreto para nadie. Esta venida gloriosa del Señor, como la del patriarca Enoc, como nos lo enseña san Judas, tan frecuentemente anunciada por san Pablo, y predicha menos explícitamente por David y todos los profetas sin excepción, es entendida generalmente de un juicio universal y definitivo que sería la señal de la destrucción del Universo. Esta interpretación que ya no deja el menor lugar a un reino terrestre de Jesucristo, tan claramente indicado en el Apocalipsis y que excluye todo cumplimiento de esta renovación del Espíritu Santo buscada por el Rey profeta, me parece tan monstruosa que no veo cómo sería posible atentar más directamente a la gloria de Dios y de tachar más completamente sus promesas.

Veinticinco años después de Pentecostés san Pablo decía a los Romanos que no estamos salvados sino en esperanza (VIII, 24), es decir, en Jesucristo, no habiendo recibido más que las primicias del Espíritu y esperando la redención de nuestro cuerpo (VIII, 23). ¿Hubiera podido hablar así si realmente todo estuviera cumplido después del Calvario y si no debiéramos esperar, como lo señala en otros cincuenta pasajes, la salvación en el Amor y por el Amor?

Ante san Pablo, que espera la Redención ¿quién osaría decir que la Redención está cumplida? ¿Y por qué el Espíritu Santo está intercediendo Él mismo por nosotros con gemidos que son inexpresables (VIII, 26) si estuviéramos en posesión de todos los bienes sobrenaturales? Pronto conoceremos la enormidad del perjuicio causado al Señor por la ausencia total de deseo en la mayor parte de los pastores de su rebaño, y ciertamente sabremos lo que significa esta lamentación de Dios en Isaías: tus intérpretes prevaricaron contra mí (XLIII, 27).

Los miserables charlatanes que nos instruyen toman al Espíritu Santo por un cronista y piensan que es únicamente por la exactitud histórica que la grandiosa Blasfemia de Israel nos ha sido conservada por Él en el recitado de la Pasión: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse (Mt. XXVII, 42). En cuanto a mí, creo que con esta Palabra sucede lo mismo que con las demás Palabras de la Escritura que se deben cumplir hasta la iota y el punto. Pienso que nuestra Esperanza está siempre crucificada y que su Libertador está siempre por venir, hasta la venida del Amor. Entonces Jesús descenderá de su Cruz y todos lo verán y creerán en Él (Mc. XIII, 26).

Es preciso que Jesús ponga de nuevo sus pies sobre la tierra y espero este suceso del que sé que debemos ser los testigos y que llenará de estupefacción y espanto a quienes deberían pronosticarlo y desearlo, aquellos que se apacientan a sí mismos en lugar de apacentar el rebaño del Señor, siendo esos simulacros de las naciones que tienen boca para no hablar y ojos para no ver, etc.”.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (VI de VI)

Y la última carta de cierta importancia, la recibe Bloy la víspera de alistarse en la guerra[1]:

24 de octubre de 1870

Mi querido León: me apuro a escribirte y quisiera que recibieras algunas líneas de parte mía ya que tengo necesidad de decirte todos los deseos de mi pobre corazón y todas las súplicas que dirigirá al cielo a fin que puedas volver junto a mí. ¡Ah, querido niño!, quiero bendecirte también en el momento en que vas a exponerte al peligro; la bendición de una pobre madre siempre va seguida de la de Dios; recibe, pues esta bendición. Que Dios te cubra sin cesar con su protección, que la Santísima Virgen, nuestra buena Madre, y todos los santos ángeles te acompañen y velen sobre ti. Mi corazón sigue a mi bendición; me parece que va junto con ella; mi pobre hijo, ¡te abrazo y espero que no sea por última vez!

¡Que se haga la voluntad de Dios y no la mía!

No dudo que serás digno de la elección que ha caído sobre ti de marchar adelante y estoy tan contenta como tú que sigues a Cathelineau.

Adiós mi querido hijo. Si no hemos de vernos más sobre esta tierra, nos uniremos pronto allá arriba.

Tu madre,

M. Bloy.

[Post-scriptum (de la mano del padre)].

Pase lo que pase, cumple con tu deber y sé bendito.

Bloy.


¿Cómo termina esta historia? Pues bien, la madre de Bloy muere el 18 de noviembre de 1877, unos meses después que su esposo.

León Bloy dirá después en alguna parte que cuando los cuerpos de sus padres tuvieron que ser desenterrados se encontró con que el de su madre estaba incorrupto…




[1] Ibid. pag. 120-121.

martes, 19 de diciembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (V de VI)

“Feliz, aunque inquieta, la madre responde”:

IV Carta de la madre a L. Bloy[1]:

Périgueux, 2 de julio de 1869

Mi querido León:

Debes creer que te guardo rencor o que hay en mí indiferencia. Sabe, amado hijo, que el corazón de una madre no conoce el resentimiento ni comprende la indiferencia. Gemía, es cierto, y no podía imaginarme lo que te impedía escribirme; hacía ¡hay! muchas suposiciones, pero vuelves a mí y mis brazos se abren con más afección que nunca. Sufres, amado hijo, y quisiera poder consolarte.

No puedo estar más feliz de ver que tu fe se fortifica. Dices que no tienes ni el poder del deseo ni la certeza del amor. Agregas que no puedes entrar a una iglesia sin derramar lágrimas como un exiliado que viera de lejos su amada patria, ¿crees que eso no es el poder del deseo? ¿No estarías pronto a hacer todo por arribar a esta patria celeste, cualesquiera sean las dificultades?

La certeza del amor… ¿de dónde viene, pues, este dolor cuando oyes hablar mal de nuestra santa religión? ¿No estarías pronto a sostener con peligro de tu vida esta misma religión y la divinidad de Jesucristo, nuestro divino Maestro? Cesa de temer, ¿no eres mil veces más feliz incluso en los momentos de desolación interior que antiguamente en toda la efervescencia de tu impiedad? ¡Las lágrimas que uno derrama en presencia de Dios son tan buenas y refrescantes! Crees que difiere acordarte su gracia… supongamos que Dios te castiga y te prueba; te castiga porque apenas vuelto a Él, te has creído llamado a grandes cosas; te prueba porque tal vez tiene designios y quiere hacerte sentir que, abandonado a tus propias fuerzas, no eres absolutamente capaz de nada, y que a menudo saca el polvo más vil para sacar a luz su poder. Reconozcamos, pues, lo que somos. Hélas, la experiencia no ha hecho más que demostrarlo numerosas veces: sin la gracia de Dios no hacemos más que cosas malas y nos dirigimos a una perdición cierta. Humillémonos profundamente, reconozcamos sinceramente nuestra nada y vayamos a Dios con simpleza. Dices que no puedes rezar, caes de rodilla y los más indignos objetos vienen a distraerte. ¿Eres más fuerte que San Juan Crisóstomo que en el desierto y a pesar de los rigores de la penitencia era perseguido aún por los vanos rumores de un mundo lejano y que tenía necesidad de todos los auxilios de Dios?

sábado, 9 de diciembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (IV de VI)

Tenemos, sí, una carta de Bloy a su madre escrita un par de meses después, que si es la respuesta a esta última no lo sabemos, pero lo cierto es que “se queja de las infaltables decepciones, de sus impaciencias en los primeros pasos de la vida espiritual”.

I Carta de L. Bloy a su madre[1]:

[fin de junio de 1869].

Ya os había dicho que había vuelto a ser cristiano. Nada es más cierto y agrego que mi convicción católica no hace más que crecer en mí al punto de excluir en mí cualquier otra preocupación intelectual. El sentimiento profundo de la verdad revelada ma hace despreciar hoy las doctrinas impías de nuestros días y las ciencias orgullosas que son su origen y que quieren que sustituyan a la fe.

Pero, me animo a decírtelo, esa es toda mi transformación. De las tres virtudes que hay que tener para alcanzar la salvación no tengo más que la primera: la fe; no poseo ni el poder del deseo ni la certeza del amor. Y sin embargo estoy tan penetrado de las verdades de la Iglesia que no puedo escuchar el mal horrible que se dice hoy en día por todas partes, sin palidecer de dolor y de cólera.

No puedo entrar a una iglesia sin derramar lágrimas como un exiliado que viera de lejos su querida patria. Nadie en el mundo contempla como más profundamente verdadera, santa y pura a la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo que yo. Desde hace un año mi fe ha pasado por el crisol de mi joven razón y jamás ha desfallecido. Mi razón, que temía orgullosamente sometérsele y que durante el espacio del primer segundo se rebeló con horror, ha abdicado desde hace mucho tiempo. Se abolió en la fe, allí se fortaleció y, al hacerlo, vino a ser invulnerable. Hoy en día poseo un conjunto de creencias verdaderamente inquebrantable, pues entrego todo a Dios, hago que todo dimane de la fe e incluso, literalmente, he cesado por completo de entender que se pueda tener, no digo una duda, sino incluso la sombra de una duda sobre todas las cosas que enseña la Iglesia. Para mí sólo existe la verdadera fe que gobierna absoluta y despóticamente la razón, y me parece que esta noción divina debe primar en el mundo, las almas y las legislaciones, que son las almas de los pueblos (sobre este último punto daría con gusto mi vida para convencer a mi padre, pues entonces sería cristiano). En una palabra, estoy herido en el corazón de la manera más profunda, mi fe extraída de la fuente de la más pura ortodoxia es tan ardiente que a veces, y no exagero, mi corazón no resiste en su prisión de barro y, en el silencio de la noche, me ha sucedido que he derramado torrentes de lágrimas sin poder aplacar los impotentes deseos de mi alma. Pero por desgracia, - ¿hace falta que lo diga? – no rezo, no sé, no puedo rezar. Caigo de rodillas y caigo en vano, pues los más indignos objetos me distraen invenciblemente de Dios. Desde hace un año intento en vano rezar. Creo que Dios difiere acordarme su gracia a fin de castigarme haciéndome probar la decepción de haberlo rechazado y desconocido por tanto tiempo”.




[1] Id. Pag. 104 sig.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (III de VI)

La siguiente carta, escrita tres años después, nos muestra a Bloy recién convertido.

II Carta de la madre a L. Bloy[1]:

3 de enero de 1869

Mi buen León, mi querido hijo:

¡Qué emoción me ha causado tu buena carta![2] ¡Qué dulces y felices lágrimas me ha hecho derramar! Oh, querido hijo, solamente ahora te será dado conocer la verdadera felicidad ¡Qué son todas las alegrías del mundo comparadas con un solo momento pasado al pie de la Cruz de Jesús! Cómo he deseado que Dios llenara tu corazón; lo había creado muy vasto para que ninguna otra cosa sino Él pudiera llenarlo. Llegará un momento en que encontrarás demasiado pequeño tu corazón, donde pedirás a ese Dios tan bueno que lo ensanche para amarlo más intensamente. Debes tener la alegría de unirte a Dios en el sacramento de su amor; con esa alma que conozco, que Dios te dé la fuerza de soportar tu alegría. ¡Ah! Es que comprendemos nuestra indignidad y nuestra malicia, junto con todos esos inefables misterios del amor de nuestro Dios; es necesario que su poder nos sostenga, pues moriríamos. Sé fiel a la gracia, haz el sacrificio de todo orgullo, desconfía del espíritu del mal, no te creas llamado a grandes cosas, abandónate a Dios, Él sabe hacer llegar cada cosa a su debido tiempo. Recordemos a menudo nuestros pecados y que Dios se sirve a menudo de los más viles instrumentos para hacer brillar su poder. Estoy feliz de conocer tu intención de escribir cada ocho días; hazme partícipe de todas tus alegrías. Nadie puede estar más contenta que yo.

Querido amigo, ruega por mí a la Santísima Virgen, esa buena Madre: ámala mucho. Recuerda que quise que en el bautismo llevaras su nombre a fin de que estuvieses más especialmente bajo su protección. Si obtuvieras por su intercesión mi curación, sería realmente un milagro, pues estoy más impotente que nunca; no voy más a misa y apenas camino con la ayuda de dos bastones, pero todo poder es de Dios y que se haga su voluntad.

Adiós. Te abrazo y piensa en tu pobre madre a los pies de Jesús.

María Bloy.

Al poco tiempo le vuelve a escribir, y como dice Bollery: “la pobre mujer cree que es su deber moderar el ardor combativo de su hijo en sus relaciones con su padre”.

Esto se entiende al punto si se tienen en cuenta dos hechos: el primero, que el padre de Bloy era un libre pensador[3] y el segundo… bueno, el temperamento ardiente, colérico y demás de Bloy. El choque, pues, era casi inevitable, y de ahí esta nueva carta de su madre.

III Carta de la madre a L. Bloy[4]:

lunes, 13 de noviembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (II de VI)

I Carta de la madre a L. Bloy[1]:

Périgueux, 4 de marzo de 1866

¿De dónde viene, querido niño, que no nos escribes? Siento el corazón completamente afligido, pues siento que sufres. Estoy segura que no te das bien cuenta de lo que pasa en tu pobre alma: hay un poco de todo, es ardiente y carece del alimento que le es propio; a veces vas para un lado y a veces para otro y no puedes determinar tu mal ¡Ah! Pobre niño, cálmate un poco. Reflexiona. La razón no puede ser porque creas que tu futuro está perdido o amenazado, pues a tu edad todavía no es posible aún hacer su futuro o desesperar de él; ordinariamente es todavía muy incierto; no, no es eso. Tus estudios, tu trabajo te dejan sin progreso que te satisfagan, ¿por qué? Porque, tal vez, quieres muchas cosas al mismo tiempo, porque eres muy impaciente; no, no es ese el problema aún. Tu espíritu quisiera, pero tu alma y tu corazón sufren y tienen otras necesidades, otras aspiraciones sin que dudes de ellas y su malestar y sufrimiento actúan sobre tu espíritu y le quitan la fuerza y atención necesarias.

Sufres, eres desdichado. Siento todo lo que padeces y, sin embargo, soy incapaz de consolarte, de apoyarte, pero sin embargo quisiera. ¡Ah!, si tuviéramos las mismas convicciones. ¿Por qué has rechazado sin un profundo examen la fe de tu niñez? Las palabras de aquellos a los que la fe molesta o que han sido perdidos por falta de instrucción han impresionado tu pobre imaginación; y sin embargo tu corazón tiene necesidad de un centro que no encontrará jamás sobre la tierra. Es Dios, es lo infinito lo que precisas y sobre el cual te impulsan todas tus aspiraciones. Formas parte del restringido número de esos elegidos a los cuales Dios se comunica y prodiga su amor, una vez que esos hombres han querido hacer un acto de humildad sometiéndose a las obscuridades de la fe.

Dios te dará la Ciencia, las Artes; ¡ah! si te impulsaras al infinito, ¡hasta dónde podrías llegar!... ¡Cómo siente la creatura tan cerca de su Dios desarrollar sus facultades y cómo sus concepciones se vuelven sublimes en ese momento!

viernes, 3 de noviembre de 2017

Cartas entre León Bloy y su madre (I de VI)

Nota del Blog: Sirvan estas páginas como un pequeño homenaje a León Bloy a cien años de su muerte.
 
La madre de L. Bloy, dibujada por él mismo. 

***

Hay en la vida de León Bloy tres[1] mujeres que marcan a fuego su vida; dos de ellas acaso sean las más conocidas: Anne-Marie Roullet, la Verónica de El Desesperado y, por supuesto, su mujer Jeanne Molbech, la Clotilde de la segunda parte de La Mujer Pobre; pero hay otra mujer a la cual Bloy le debe mucho y de la que poco se conoce: nos referimos a su madre, Marie Anne Carreau.

Joseph Bollery, en su monumental e insuperable biografía[2] nos ha conservado un par de cartas que la madre de Bloy le enviara en su juventud; verdaderas joyas donde reluce un hermoso y cristiano corazón.

¿Pero quién era esta mujer, hija de madre española?

El 14 de febrero de 1890, León Bloy le escribe a su futura esposa:

Antes que viniera al mundo, mi madre, que era una cristiana de corazón profundo, quiso que no fuera su hijo. Con un esfuerzo extraordinario de voluntad y de amor, que acaso sólo las almas superiores pueden comprender, abdicó totalmente en manos de María sus derechos maternales, haciéndola responsable de todo mi destino, y mientras vivió no cesó de repetirme, con una obstinación sublime, que mi verdadera madre, de una manera especial y absoluta, era la Santísima Virgen. A Ella, pues, debes dirigirte, mi amada Juana, si quieres conseguirme”.

Estas palabras parecen darnos ya como una pincelada de un alma no mediocre.

La vida de Bloy, sin embargo, lejos estuvo de ser en su juventud un modelo de piedad. A los 18 años dejó su casa paterna para residir en París, y con ella dejaba también, al poco tiempo, la fe. Pero nadie mejor que él mismo nos puede resumir esos años.

En una carta al célebre Abad de Solesmes, Dom Gueranger, escrita en 1874, Bloy le abría su corazón con la siguiente confesión[3]:

“Entré en la vida como un aventurero, habiendo perdido la fe, sin un céntimo, envidioso, vanidoso, ambicioso, perezoso y sensual. Con semejante bagaje, no podía dejar de volverme un perfecto socialista y es precisamente lo que sucedió. Entonces me volví completamente miserable y mi consciencia y libertad se alteraron a un punto increíble.

Hasta entonces, Padre mío, todo estaba en orden. Estaba en el camino más largo y frecuente de este siglo y no me deshonré ni más ni menos que el primer infeliz. Era el estúpido trono del demonio que todo socialista lleva en sí y si la Comuna hubiera venido dos años antes, ciertamente hubiera fusilado algunos sacerdotes e incendiado algunas casas, sin ninguna crueldad, por lo demás”.

El 10 de febrero de 1877, en una carta a Paul Bourget[4], y sobre la cual volveremos, Bloy resumía brutalmente su vida en aquellos años:

Hubo un momento donde el odio a Jesús y a su Iglesia eran el único pensamiento de mi espíritu y el único sentimiento de mi corazón”.

Bien. Para ubicar las cartas de su madre en su justo contexto era preciso antes conocerlo a grandes rasgos.






[1] El que quiera agregar a la lista a Berta Dumont, la Clotilde de la primera parte de La Mujer Pobre, puede hacerlo.

[2] Léon Bloy, essai de Biographie, 3 vol., ed. Albin Michel, 1947, 1949 y 1954.

[3] Op. cit. I, pag. 75.

[4] Id. pag. 228 ¡¿A Bourget semejante confesión!? ¡Oh ironías de la vida!