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domingo, 15 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (VI de VI)

   Y ya para terminar, nada mejor que dejar la pluma al mismo Bloy que estampa, al final del Mendigo Ingrato, un grito doloroso, desgarrador y que es, al mismo tiempo, la mayor alabanza que se haya escrito sobre su mujer: 

Basta. No puedo más. Aquí estoy. ¡Comedme, perros! He aquí las entrañas de un hombre. 

¡Ciertamente, era necesario que fuera especial y terriblemente elegida para encontrarse conmigo la noble muchacha escandinava, la primogénita y la preferida del poeta Christian Molbech!  

En cualquier parte, sin duda, los sufrimientos y las amarguras de la muerte se hubieran lanzado sobre ella, como proscritos hacia un refugio, como amantes de Dios hacia un lugar santo, lleno de luces. ¿No estaba, acaso, elegida muy especialmente para la penitencia voluntaria y la propiciación? 

Pero era necesario, seguramente —absolutamente necesario, y desde la eternidad— que fuera yo la configuración privilegiada de su holocausto. 

¿Podía descender más abajo esta alma, en su ambición de inmolarse? 

¡Ser, por propia elección, la compañera de un hombre universalmente detestado! ¡Compartir la ignominia y la escasez de pan de un fabricante de libros, a quien los más viles ganapanes de las letras se creen con derecho a cubrir de inmundicias! ¡Aceptar para sí misma el abandono completo, el ultraje infame, el ridículo, el desprecio, la calumnia! Todo eso y mucho más, si Dios se lo pide, por no cometer la infamia, que hace temblar las Columnas, de haber pasado junto al Abandonado sin percibir en él la grandeza. 

¡La magnánima quiso hacer lo que ningún hombre había tenido el valor ni el pensamiento de emprender, y he aquí que se muere… y de qué muerte!”. 

Y a renglón seguido, termina su diario, y nosotros con él: 

El rodar de varias semanas, tan pesadas como los carromatos de los Profetas, me ha triturado el corazón. 

Mi mujer muy amada no morirá, es cierto. El cáliz de los tormentos aún desborda, ¿y quién me ayudará a beberlo? 

Pero en cierto lugar hay una pequeña tumba más, y en medio del griterío inhumano del populacho que nos rodea debemos escuchar a veces esta melopea lastimera y desgarradora de nuestra pequeña Verónica, la última criatura que nos queda: 

Mi hermanito Andrés ha muerto.

Mi hermanito Pedro ha muerto.

Mi mamita ha muerto.

Mi papito ha muerto.

Ya no hay más jardín.

Ya no tenemos casa.

Y la nena anda sola por la calle. 

La veo y la oigo todavía a la querida hijita, sentada en uno de los escalones de nuestra humilde vivienda perdida en su sueño, y cantando - ¿para quién Señor? - con una voz dulce y grave de tórtola que muere, ¡imposible de expresar…!

lunes, 9 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (V de VI)

    El día 11, creyendo que Juana iba a morir, pidió un sacerdote que la confesó. La sirviente, temiendo una fiebre tifoidea, se fue y León Bloy solo pudo conseguir auxilio de su cuñada, que acudió esa misma noche. 

El 12 a la mañana Juana recibió el Viático y la Extremaunción. 

Ese mismo día Bloy escribe a su amigo Henry de Groux esta dolorosa carta: 

"Henry: 

Mi mujer recibió esta mañana el Viático de los moribundos y el sacramento de la Extremaunción. 

No se sabe si vivirá, si le queda siquiera un día de vida. Ya ha hecho sus últimas recomendaciones. 

No olvidaré la noche terrible que acaba de terminar, ni el cuadro de la infortunada, que pronunciaba constantemente el nombre de Jesús mientras la atormentaban verdugos invisibles y despiadados, cuya llegada ya habíamos presentido. 

Anteayer, en un acceso de delirio, me habló de usted, Henry, pues había oído su voz. Eran más o menos las tres de la madrugada.

 “¡Qué bueno es Dios que nos ha mandado nuestro único amigo!”, decía. 

Me costó hacerle comprender que no había nadie. 

Henry: estoy casi muerto de pena, de cansancio y de terror. ¡Hace más de sesenta horas que me veo casi solo, cuidando a dos criaturas y a su madre, sin comer ni dormir, traspasado de dolor y sin dinero! 

martes, 3 de noviembre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (IV de VI)

    Hasta aquí Bloy y uno no puede menos que hacer suyas las palabras de J. Bollery que, a continuación, agrega: 

Todo comentario no haría más que debilitar la trágica sobriedad del relato…”. 

Sobre la causa de la enfermedad que había de llevar a la muerte al hijo de Bloy, Bollery comenta[1]: 

Es probable que el pequeño Andrés haya sido contagiado por Alcides Guérin el cual, ignorando que estaba tuberculoso, no tomó ninguna precaución con respecto a los hijos de su amigo en sus frecuentes visitas, abrazando a su ahijada y naturalmente a su hermanito (…) La insalubridad de la húmeda casa precipitó sin dudas la evolución del mal que tomó la forma de una meningitis tuberculosa fulminante”. 

Los vaivenes de lo que sucedió durante el año pueden seguirse más o menos en El Mendigo Ingrato. 

Lo importante, para esta reseña, son algunos datos: 

El estado lamentable de la casa continuó, a pesar de las infructuosas tentativas de Bloy para que el propietario hiciera los arreglos correspondientes y su mujer e hija habían caído enfermas casi inmediatamente después de la muerte del pequeño Andrés. 

Recién en julio pudieron mudarse a otra casa, cerca del cementerio donde reposaba su hijo, pero las condiciones no fueron mucho mejores que la anterior y su amigo Henry de Groux no pudo cumplir su promesa de regalarles una estufa. 

En septiembre del mismo año nació su segundo hijo varón: Pedro, y Bloy lo narra así en su diario: 

24.- Nacimiento de mi hijo Pedro. 

¡Que el Señor y su Madre, que los Ángeles y los Santos bendigan a este hijo de nuestro dolor y que aquel, perdido tan terriblemente, nos sea restituido en él! 

Hoy es la fiesta de Nuestra Señora de la Merced. ¿Nos traerá él realmente, la Merced de Dios? 

miércoles, 28 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (III de VI)

    Hasta aquí Juana; Bloy, por su parte, continúa. 

[Después de esta página, está pegado en el diario la fotografía del pequeño Andrés en su lecho de muerte]. 

Domingo 27. – Despertado por Estefanía a las 2.30, retomo mi vigilia interrumpida. Juana, profundamente abrumada, no descenderá sino más tarde, a las 6, cuando voy a la primera misa. Rosario, oraciones angustiosas, lucha contra la fatiga. 

¿Comulgué en la misa de las 6? Muy probablemente, pero no me acuerdo, pues este triste diario está muy retrasado. Recuerdo solamente que la fatiga era inmensa y el sueño aplastante. Elevé mi alma como pude, orando a partir de ahora a este Inocente que nos protegerá in conspectu Domini. 

“Nos autem propter innocentiam suscepisti. Et confirmasti nos in conspectu tuo in aeternum[1]. 

Tal es el lenguaje que la Iglesia supone en la boca de esos pequeños muertos sin pecado por los cuales está prohibido rezar. 

Llegada de Huguenet a eso de las 8. El pobre hombre está muy conmovido y golpeado por lo que me sucede. Me dice que anoche lloró por mí. Dios quiera que haya sido capaz de rezar. No puedo sino renovar la palabra de mi carta de ayer, con muy pocas posibilidades de ser comprendido. Lo único que saco de él es el testimonio inútil de su admiración por nuestra fuerza de espíritu. ¡Qué miseria! ¿Espera, pues, hasta vernos con convulsiones? 

Hacia las 9 visita del segundo médico. Este es educado y humano. Me da ciertas palabras certificando que la muerte le parece natural. Escaparemos, pues, al horror de una autopsia. Estamos tan tristes que esta misericordia casi me sorprende. 

Habiéndose ido Huguenet, Jury vino casi enseguida. Nueva emoción. Este querido niño se arroja en nuestros brazos sollozando. Esta explosión de ternura de parte de un amigo tan joven y reciente, que ha reemplazado a tantos otros tan antiguos, no será olvidada. 

Diversos trámites con él. Municipalidad. La hora del cortejo está decidida para mañana a las 9 de la mañana, sin más obstáculos. 

Visita al sacerdote de la parroquia, cargado con servicios fúnebres. Elijo la última clase. 9.75 francos. Habrá misa.

jueves, 22 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (II de VI)

    [En una hoja independiente del diario y pegado en él, Madame Bloy escribió sus impresiones. Solamente la fecha y la hora son de mano de Bloy]. 

26 de enero, a las 4 de la tarde. - Ayer a las 6 de la mañana, tos terrible por casi una hora. Después de lo cual, nuestro pequeño Andrés permaneció blanco y sufriendo. Evidentemente, estaba muriendo y no lo sabía. Gemía al dormirse y se despertaba. No lo dejé solo. A las 4 tomé la resolución de darle el aceite para quitarle las flemas que parecían impedirle respirar. Después de eso, durmió más tranquilamente y las cucharadas de flor de naranjo que le había dado parecían haberlo calmado. Desde la mañana estaba envuelto en una guata. A eso de las 8 bebió con apetito un biberón de leche pasteurizada mezclada con agua y caldo de pollo. Después de eso se durmió sin haberse fatigado mucho. Volví a tener esperanzas. Veía a mi pequeñito bienamado curado, reincorporándose de su extrema debilidad. Un segundo biberón de leche, etc. tuvo el mismo feliz efecto. Luego, a medianoche, dado que parecía tener mucha hambre y temiendo darle el biberón por tercera vez, le di harina lacteada. Eso lo hizo toser y devolvió todo. Abatido de nuevo, se durmió y me acosté a su lado. A las 3 se quejó. Lo puse junto a mí. Su diente, su primer orificio, parece hacerlo sufrir más que nunca. Está a punto de salir. Mete su puño en la boca, muerde todo en forma desesperada. Me levanto con él y trato que tome algunas cucharadas de agua de flor de naranjo. Muy difícil. De repente perdió el aire. Lo pongo contra mi hombro, que parecía ser la posición que más amaba. Me paseo con él llorando y rezando, pidiendo auxilio, horrorizada de escuchar que su respiración era cada vez más dura y que parecía desgarrarme. Entonces, de repente, cayó de mi hombro. Comprendo y corro a la escalera para llamar a León gritando: 

¡El pequeño se muere, el pequeño se muere!”. 

León llega justo para verlo entregar su último suspiro en mis brazos mientras me mira. Le doy unas gotas de oporto, pero no sirve para nada. Es el fin. 

No puedo decidirme a dejarlo – quisiera acunarlo por siempre. 

Lo visto con una ropita blanca, lo pongo en su cuna y a las 5.30 decimos el angelus junto a este pequeño nacido durante el angelus. 

¡Qué sufrimiento! ¡Qué pesadilla! ¡Que Dios se apiade de nosotros! La pequeña Verónica al despertarse me pide verlo y me abraza cuando me vé llorar. Quiere ir a verlo junto al Niño Jesús. Quiere abrazarlo y dejo que lo haga. 

Cómo hubiéramos adivinado que este niño tan fuerte, pero que después de dos meses no era tan alegre como antes, no estaba designado para crecer junto a Verónica, que lo adoraba y a quien ella adoraba.

viernes, 16 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (I de VI)

El año terrible en la vida de León Bloy 

Así titula Joseph Bollery uno de sus capítulos, siguiendo al mismo Bloy: es aquel en el cual tiene que describir el más atroz de sus años que terminaría con las desgarradoras palabras con las cuales cierra El Mendigo Ingrato. Estamos en el año 1895. 

Todos notan la similitud de esas páginas con los capítulos X, XI y XII de la segunda parte de La Mujer Pobre, y no es para menos, pues salta inmediatamente a la vista. Como dice el mismo Bloy en la introducción que hace a Mi Diario: 

“Cada uno de mis libros es una confesión arrancada por la tortura”. 

El 12 de febrero de 1894 nacía su primer hijo, y así lo refleja en su diario: 

“Nacimiento de mi hijo Andrés, a la hora del Angelus del mediodía. 

Como la comadrona es protestante, el bautismo no podrá realizarse de inmediato”. 

Lo mejor será hacer lo mismo que Bollery y transcribir directamente del diario, del original, pues hay muchas cosas que no fueron publicadas en vida. 

“Enero 1895.- 

Viernes 25. - Encuentro a Juana atormentada por el estado de Andrés. El pobre niño tose mucho. Lo atribuye a la extrema dificultad de la dentición. 

Día triste y penoso. Nuestro pequeño Andrés ha tenido esta mañana una crisis de tos que lo ha abatido extremadamente. Juana está muy triste. Desde esta crisis que suponemos es simplemente nerviosa y causada por la dificultad inaudita de su dentición, se ha puesto pálido hasta la lividez. 

(…) 

Encuentro a Juana un poco consolada. Andrés ha bebido fácilmente un biberón, pero no cesa de gemir en su cuna. 

Hacia las 11, nuevo biberón del que vomita el primer trago, pero que acaba pronto con avidez. 

[Agregado al margen]. Recuerdo que no se borra. Habiendo interrumpido su bebida mi amado hijo por un minuto, tendió hacia mí su brazo, gesto que le es familiar. Temiendo distraerlo durante mucho tiempo, no me acerqué, aunque tuve muchos deseos. Fue la última vez que había de ver ese gesto. 

Nos persuadimos que ese apetito es un signo de los más reconfortantes y me voy a dormir, no sin haberle pedido a Juana que me llame ante la primera alarma.