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jueves, 8 de mayo de 2025

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. II, ed. argentina (Reseña)

 La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. II (ed. Argentina),

por el Caballero P. L. B. Drach, Rabino converso;

CJ Ediciones – Alfa Ediciones – Lectio. Páginas 446, 2025.

 


  
Ya está disponible la primera edición publicada en Argentina de esta obra única, traducida por primera vez “no sólo al español sino a cualquier otro idioma”, tal como leemos en la introducción.

Ya habíamos publicado la reseña a su debido tiempo, a la cual nos remitimos (ver ACA).

El libro puede conseguirse escribiendo a librerialectio@gmail.com o al teléfono 0351-4240578.

martes, 3 de diciembre de 2024

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. II (Reseña)

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. II (Reseña),

por el Caballero P. L. B. Drach, Rabino converso;

Alfa Ediciones - CJ Ediciones, 2024

 


Algo más de un año después de ver a luz el primer tomo (ver la reseña AQUI), ya está disponible la segunda y última parte de esta monumental obra escrita por Paul Drach, el famoso rabino converso, de quien hemos publicado también otras reseñas (AQUI y AQUI) y varias secciones (AQUI).

La tesis central del Autor, a través de sus páginas, y que desarrolla con una asombrosa erudición, es que la antigua Sinagoga siempre conoció, sobre todo por Tradición, los dos principales dogmas del catolicismo: la Santísima Trinidad y la Encarnación del Verbo.

Habiendo dedicado el primer tomo al primero de los dogmas mencionados, toda su atención se centra en esta segunda parte en la Encarnación del Hijo de Dios.

El libro se abre con una extensa instrucción sobre la Cábala donde deshace los prejuicios que tan a menudo se leen sobre ella.

Después de darnos el sentido etimológico y el triple sentido que los judíos dan al término cábala (y que es ocasión de no pocos malentendidos), hace una distinción tan básica como necesaria:

 

Hay que distinguir dos partes de la ciencia cabalística.

1. La Cábala verdadera y sin mezcla, que se enseñaba en la antigua Sinagoga y cuyo carácter es francamente cristiano, como veremos más adelante.

2. La falsa Cábala, llena de ridículas supersticiones, y que además trata de magia, teúrgia y goeticismo; en una palabra, tal como se ha convertido en manos de los doctores cabalistas de la Sinagoga infiel, que se ha divorciado de sus propios principios.

Bonfrère y Sixto de Siena, así como un gran número de otros escritores de gran mérito, hacen esta distinción entre la Cábala buena y la mala: Corpzovio, Pfeiffer, Wolf, Glassio, Walther, Cuneo, Buddeo, etc.”.

 

Y luego la distingue del Talmud para indicarnos que la cábala nos da el sentido místico de los textos bíblicos, algo así como la teología espiritual nuestra.

Según la tradición hebrea, quien puso por escrito los 70 libros no fue otro más que Esdras, si bien no todos han llegado hasta nosotros, y lo que es no menos cierto, tras la aparición del cristianismo, se le agregaron blasfemias contra Nuestro Señor y su santa Iglesia.

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Israel y las Naciones, por Raymond Chasles. Cap. VI. Israel y el Evangelio del Reino (V de V)

 Lo mismo ocurre en el Evangelio. Jesús acaba de anunciar su sufrimiento y su muerte, e inmediatamente recuerda que «el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre». Es más, añade: 

«En verdad, os digo, algunos de los que están aquí no gustarán la muerte sin que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su Reino» (Mt. XVI, 27-28). 

¿Cómo hay que entender estas palabras? Todo lo que tenemos que hacer es seguir leyendo para entender lo que significan. 

«Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan su hermano, y los llevó aparte, sobre un alto monte. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt. XVII, 1-2). 

¿No es la Transfiguración una visión anticipada del Reino[1], y no son los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, los «algunos» que no morirán «sin que hayan visto al Hijo del hombre viniendo en su Reino»[2].

Ven «la gloria de Jesús» (Lc. IX, 32), antes de presenciar sus sufrimientos, pero luego deben guardar silencio y no contar a nadie lo que han visto, pues estamos en el tiempo de los «misterios» del Reino (Lc. IX, 36).

Sin embargo, al día siguiente, cuando el Maestro llevó aparte a sus discípulos y les dijo por segunda vez: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres» (Mt. XVII, 22-23), no lo entendieron mejor que antes. 

«Pero ellos no entendían este lenguaje, y les estaba velado para que no lo comprendiesen» (Lc. IX, 45). 

Sí, «les estaba velado», ¡como para tantos cristianos hoy están «veladas» las profecías de las glorias!

Pero hay un anuncio que conviene subrayar aquí. Cuando, por cuarta vez, Jesús habla a los Doce de su sufrimiento y muerte, añade un detalle muy llamativo: 

«El Hijo del Hombre será entregado a los gentiles». 

Esto es lo que harán los líderes espirituales de Israel. En lugar de llevar el Evangelio a las naciones, y ser el pueblo de sacerdotes que el Señor había querido que fueran, entregarán a su Mesías y a su Rey «a las naciones», a los romanos, para que lo crucifiquen. Para los propios Apóstoles, todo esto es también un lenguaje oculto, cuyo significado no captan, sumamente impresionante y en conmovedora relación con el conjunto de nuestro estudio.

sábado, 31 de agosto de 2024

Israel y las Naciones, por Raymond Chasles. Cap. VI. Israel y el Evangelio del Reino (IV de V)

  Aquí llegamos a un punto crucial en el ministerio terrestre de Jesucristo. Esta generación perversa rechaza la palabra del reino (Mt. XIII, 19); rechaza «al Rey» que vino a ella.

Entonces Jesús lanzó las primeras maldiciones contra los pueblos de Galilea que habían presenciado tantos milagros, pero no habían creído (Mt. XI, 20-24). Cita el ejemplo de los paganos, los ninivitas, que creyeron las palabras del Profeta Jonás: 

«Los ninivitas se levantarán, en el día del juicio, con esta raza y la condenarán, porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás; ahora bien, hay aquí más que Jonás» (Mt. XII, 41). 

La llamada al arrepentimiento aparece aquí por última vez; no volverá a aparecer en el Evangelio de Mateo, pero la volvemos a encontrar al comienzo de los Hechos de los Apóstoles (II, 38; y más tarde en III, 19; XXVI, 20). Este recordatorio es muy significativo. El propio Talmud proclama la necesidad del arrepentimiento para que venga el Mesías: 

«Si Israel se arrepintiera un solo día, el hijo de David llegaría inmediatamente». 

A partir de entonces, Jesús dejó de actuar y de hablar abiertamente. Alabó a su Padre por haber ocultado las cosas del Reino «a los sabios y prudentes» para revelárselas «a los pequeños» (Lc. X, 21-22). A menudo prohibió que se dieran a conocer sus milagros (Mt. XII, 16). Tanto sus discursos como sus milagros habían marcado su carácter mesiánico y divino, pero a partir de ahora hablaría en «parábolas».

El Sermón de la Montaña –con vistas al reino venidero– no estaba oculto ni velado; era una llamada a la santidad, en lenguaje claro, para todos los que quisieran oírlo (Mt. VII, 28-29).

Pero ahora, cuando Jesús vio que la multitud se le acercaba a orillas del lago Tiberíades, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y «les habló en parábolas». Dejó de anunciar la llegada inminente del Reino, sino que habló de «los misterios del reino de los cielos» (Mt. XIII).

A los discípulos que se le acercaron y le preguntaron: 

viernes, 23 de agosto de 2024

Israel y las Naciones, por Raymond Chasles. Cap. VI. Israel y el Evangelio del Reino (III de V)

Creemos que el mundo no se convertirá, que las naciones no serán verdaderamente cristianas hasta el siglo venidero, después del regreso del Señor, cuando el reino de Dios se instaure en la tierra[1].

Volvamos, pues, al «Evangelio del Reino» (Mt. IV, 23), tal como lo anunció Nuestro Señor Jesucristo.

¿Por medio de qué signos podían reconocer con certeza los que tenían ojos para ver que por fin se acercaba la venida del Reino?

La respuesta es clara: por los milagros, por los signos de un orden particular y claramente determinados de antemano, que todo judío instruido en las Escrituras conocía.

El Profeta Isaías escribió: 

«Decid a los de corazón tímido: “¡Buen ánimo! no temáis. Mirad a vuestro Dios… Él mismo viene, y os salvará”. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y serán destapados los oídos de los sordos; entonces el cojo saltará cual ciervo, exultará la lengua del mudo» (Is. XXV, 4-6). 

Comparemos este anuncio profético con la respuesta del Señor Jesús a los discípulos de Juan el Bautista, que le preguntaron si él era realmente «el que había de venir», es decir, el Mesías: 

«Jesús les respondió y dijo: “Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: ciegos ven, cojos andan, leprosos son curados, sordos oyen, muertos resucitan, y pobres son evangelizados, y bienaventurado el que no se escandalizare de Mí”» (Mt. XI, 2-6). 

Cuando el Señor entró en la sinagoga de Nazaret el sábado, leyó un pasaje del Profeta Isaías: 

«El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque Él me ungió; Él me envió a dar la Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos la liberaron, y a los ciegos vista, a poner en libertad a los oprimidos, a publicar el año de gracia del Señor… Entonces empezó a decirles: “Hoy esta Escritura se ha cumplido delante de vosotros”» (Lc. IV, 16-21; Is. LXI, 1). 

Así fue como «recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y proclamando EL EVANGELIO DEL REINO y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt. IV, 23-25; ver también IX, 35).

A los Apóstoles enviados en misión les ordena: 

«Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios» (Mt. X, 8). 

Las posesiones demoníacas, pero también el poder de expulsar a los demonios, eran de hecho un signo destacado de la llegada del reino (Mt. X, 1; XII, 28; Lc. IV, 40-44).

lunes, 19 de agosto de 2024

Israel y las Naciones, por Raymond Chasles. Cap. VI. Israel y el Evangelio del Reino (II de V)

 Inmediatamente después de su bautismo en el Jordán, de su ayuno de cuarenta días y de su victoria sobre «la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás»[1], Jesús se retira a Galilea y comienza a predicar el Evangelio, es decir, la «buena nueva». Pero, ¿qué es este Evangelio? ¿Qué es esta Buena Nueva? 

«Desde entonces Jesús comenzó a predicar y a decir: «ARREPENTÍOS PORQUE EL REINO DE LOS CIELOS ESTÁ CERCA» (Mt. IV, 17). 

Juan el Bautista predicó el mismo mensaje en el desierto de Judea (III, 2).He aquí la «buena nueva» proclamada: 

«El reino de los cielos está cerca». 

¿Cómo podemos prepararnos? Mediante el arrepentimiento[2], dando la espalda a los ídolos de todo tipo, a fin de servir al Dios vivo y verdadero. El arrepentimiento era necesario para Israel, aunque hubiera recibido a Jesús como Mesías y creído en él, debido a la infidelidad de este pueblo privilegiado y a sus constantes transgresiones a la ley de Dios.

El Evangelio anunciado es ante todo el EVANGELIO DEL REINO (Mt. IV, 23). Esto es muy diferente del Evangelio de la salvación, que sólo comenzará a proclamarse después de la primera mención de los sufrimientos y la muerte redentora del Mesías (Mt. XVI, 21). Hay aquí una distinción en la que no se piensa, pero que es esencial.

En el Evangelio de Marcos, la predicación de Jesús comienza con estas palabras: 

«El tiempo se ha cumplido, y SE HA ACERCADO EL REINO DE DIOS. Arrepentíos y creed en el Evangelio» (Mc. I, 15). 

Mateo prefiere la expresión «reino de los cielos»; Marcos y Lucas dicen «reino de Dios».

Ambos se refieren al Reino de Dios en la tierra a lo largo de la era venidera, el Reino del que el Mesías será Rey, cuando se haga la voluntad de Dios «así en la tierra como en el cielo» (Mt. VI, 10).

Es el Reino «de justicia y de paz» anunciado por los Profetas, cuando hayan cesado todas las guerras, cuando «no alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra» (Is. II, 4). Este es el Reino que debía ser instaurado por Adán, pero cuyo advenimiento ha sido imposibilitado por el pecado.

Es el Reino que constituye la esperanza de Israel y para el que fue apartado de las naciones.

Se trata del Reino prometido a David y del «trono de David» (Is. IX, 6), en el que se sentará el Mesías para «reinar sobre la casa de Jacob (Israel)» (Lc. I, 32-33) y sobre las naciones.

Es el Reino Milenario, al que dedicaremos el último capítulo de este libro.

viernes, 16 de agosto de 2024

Israel y las Naciones, por Raymond Chasles. Cap. VI. Israel y el Evangelio del Reino (I de V)

Israel y el Evangelio del Reino

 Nota del Blog: Presentamos a continuación un par de capítulos de un interesantísimo libro escrito por el esposo de Magdalena Chasles, seguramente conocida por nuestros lectores. 

*** 

Lo que David cantó de la gloria de Jerusalén, «construida como una ciudad cuyas partes están unidas entre sí» (Sal. CXXI, 3), podemos decirlo de la Biblia. Sí, todos los libros que la componen, a pesar de la pluralidad de autores y la diversidad de circunstancias, forman un organismo vivo y perfecto, cuyas partes «están unidas entre sí».

La Biblia es una. El último de los Profetas del Antiguo Testamento está estrechamente vinculado a los Evangelios y, por lo tanto, a los primeros libros del Nuevo Testamento. Cuatrocientos años los separan, pero no hay «laguna», interrupción.

¿Puede haber rupturas y defectos para Dios? A causa de la infidelidad de los hombres, su plan puede verse amenazado, pero siempre se restaura, más espléndido y maravilloso aún. Dios puede abrir o cerrar paréntesis, pero ninguno de los hilos principales se rompe.

Anunció a través del último de los Profetas, Malaquías: 

«He aquí que envío a mi ángel que preparará el camino delante de Mí» (Mal. III, 1). 

Ahora bien, leemos en el Evangelio, en el primero de los evangelistas, Mateo: 

«Jesús se puso a decir a las multitudes a propósito de Juan… Éste es de quien está escrito: “He ahí que Yo envío a mi mensajero que te preceda, el cual preparará tu camino delante de ti”» (Mt. XI, 7-10). 

Y los últimos versículos del mismo Profeta Malaquías evocan la gran y misteriosa figura de Elías, el que ha de volver antes del día del Señor, en la aurora de la instauración del Reino: 

«He aquí que os enviaré al Profeta Elías, antes que venga el día grande y tremendo de Jehová. El convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que Yo viniendo hiera la tierra con el anatema» (Mal. IV, 5-6). 

Son las mismas palabras que utilizó el ángel del Señor para decir a Zacarías cuál sería la misión de su hijo: 

«Porque será grande delante del Señor… Caminará delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y los rebeldes a la sabiduría de los justos, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc. I, 15-17). 

El Evangelio se nos presenta, pues, inmediatamente como una continuación directa de los libros del Antiguo Testamento. El pueblo al que se dirige, el país donde se desarrollan los acontecimientos, la ciudad santa de Jerusalén y el Templo forman el mismo marco histórico.

jueves, 1 de agosto de 2024

P. James L. Meagher, D.D. Cómo dijo Cristo la primera Misa (Reseña)

 P. James L. Meagher, D.D.

Cómo dijo Cristo la primera Misa (Reseña)

 CJ Traducciones, 2024, pp. 559



 

El título completo de esta obra es: Cómo dijo Cristo la primera Misa o La última cena del Señor. Los ritos y ceremonias, el ritual y la liturgia, las formas del culto divino que Cristo observó cuando cambió la pascua en la Misa.

Más que interesante estudio sobre las relaciones, casi diríamos dependencia, de muchos de los ritos de la Misa con respecto a la liturgia de la Sinagoga en tiempos de Cristo.

El autor, el P. J. Meagher, fue un sacerdote estadounidense de fines del siglo XIX, principios del XX, y en esta interesante obra nos abre un mundo nuevo, o casi, donde podemos apreciar, una vez más, las íntimas relaciones entre la Sinagoga y la Iglesia. La Armonía, como diría Drach.

La tesis central del Autor, por demás interesante, es que la liturgia Católica no le debe nada a los ritos paganos, sino que está sacada básicamente de la liturgia judía, y en particular, de la liturgia Pascual y que lo que leemos en el Evangelio sobre la última cena no es más que una pequeña parte de todo lo que allí tuvo lugar.

Para probar sus afirmaciones el Autor remite todo el tiempo al Talmud y otros libros antiguos de los judíos, aunque es una pena que no conociera a Drach, pues no pocas cosas podría haber aprovechado, y tal vez, algunas otras, enmendado.

Con todo, el libro se lee con mucha fruición y es todo un mundo que se abre ante nuestros ojos, deslumbrados por la belleza de la revelación Divina y su relación con Nuestro Señor.

Comienza el autor analizando cómo la Misa estaba profetizada (en sentido típico) en el Templo de Salomón, sus divisiones, ceremonias, utensilios, etc.

Defiende el autor, y creemos que de manera muy plausible, la identidad de Melquisedec con Sem. Se trata de una tradición de los judíos, que no siempre es aceptada por los autores Católicos, pero las razones que da son más que interesantes.

En la segunda parte, analiza más en concreto la Pascua de los judíos y todo el simbolismo y relación con la santa Misa.

Dice el Autor: 

A través de los siglos, desde los días de Adán y Abel, el cordero era sacrificado y comido como tipo del Redentor en el sacrificio patriarcal y profético, y en el ceremonial, con todos sus significados místicos y simbólicos. Por eso, Aquel que era el verdadero «Cordero de Dios», el gran Antitipo al que todo señalaba, debía entregarse a ellos en la Eucaristía para que, así como el cuerpo era alimentado por la carne del cordero en el Antiguo Testamento, las almas cristianas pudieran ser alimentadas por el Cuerpo y la Sangre del verdadero Cordero de Dios, Cristo. Porque si no estuviera realmente presente en la Eucaristía –en la Comunión–, entonces los tipos de la Iglesia judía nunca se habrían cumplido, la sombra nunca tendría su realidad, y Dios habría engañado a la humanidad”. 

martes, 29 de agosto de 2023

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. I (ed. Argentina)

 La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. I (ed. Argentina),

por el Caballero P. L. B. Drach, Rabino converso;

CJ Ediciones – Alfa Ediciones – Lectio. Páginas 509, 2023.

 


 Ya está disponible la primera edición publicada en Argentina de esta obra única, traducida por primera vez “no sólo al español sino a cualquier otro idioma”, tal como leemos en la introducción.

Ya habíamos publicado la reseña a su debido tiempo, a la cual nos remitimos (ver ACA).

El libro puede conseguirse escribiendo a librerialectio@gmail.com o llamando al teléfono 0351-4240578.

miércoles, 28 de junio de 2023

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. I (Reseña)

La Armonía entre la Iglesia y la Sinagoga, vol. I (Reseña),

por el Caballero P. L. B. Drach, Rabino converso;

Alfa Ediciones, 2023

 


Después de mucho trabajo puede ver la luz uno de los libros más macizos que se pueden encontrar en lo que toca a la controversia religiosa con los judíos.

El autor, Paul Drach, era un joven rabino a quien se le prometía un brillante futuro dentro de la sinagoga de París, pero que supo renunciar a todo por Cristo.

Se trata del primero de dos volúmenes que fueron escritos unos 20 años después de su conversión.

La tesis central del libro, tal como se nos indica en la introducción, es que los judíos siempre conocieron y creyeron por tradición los dos principales dogmas del catolicismo: la Santísima Trinidad y la Encarnación del Verbo, o como lo dice el mismo Drach, apenas comenzado el libro: 

"Este es el primer volumen de una serie de obras que nos proponemos publicar, con la ayuda de Dios, para mostrar la perfecta conformidad entre la doctrina de la antigua sinagoga, todavía fiel, heredera de la revelación primitiva, de la alianza de Abraham, de la ley del Sinaí, y la doctrina de la Iglesia que Jesucristo, Nuestro Señor, substituyó cuando ella, la sinagoga, se apartó del camino del Dios de Israel". 

En este primer volumen, después de un prefacio, sigue una a modo de carta a los israelitas en la que les detalla su vida y los motivos de su conversión y en la cual se pueden leer las desgarradoras páginas con todo lo que tuvo que sufrir tras su conversión, particularmente en lo que se refiere a su mujer y a sus tres hijos.

Luego sigue el tratado dedicado a la Santísima Trinidad y el conocimiento que de ella tuvieron los judíos por medio, sobre todo, de la tradición, pero también de muchos pasajes bíblicos que aluden a ella.

La erudición del autor es realmente apabullante: el conocimiento de la literatura rabínica, y bíblica; el manejo de las lenguas, antiguas y modernas, todo ello contribuye a hacer de este libro algo único. Y como si nada de esto fuera suficiente, el autor posee una gracia y buen tacto para decir las cosas que le dan esa unción propia de un hombre de oración.

Cada una de las secciones y capítulos finalizan con unas notas, de desigual extensión, en las cuales amplía los temas analizados en el cuerpo de la obra. En algunos casos se trata de verdaderos tratados, como la Instrucción sobre el Talmud, donde explica largo y tendido todo lo necesario para saber sobre este tema, tan poco conocido; o también la exégesis sobre el altar al Dios desconocido, del que nos habla San Pablo en los Hechos de los Apóstoles.

Los lectores del blog seguramente conocerán al autor y a su obra, al menos a grandes rasgos, pues ya hemos publicado algunas páginas de este libro (ver AQUI).

Por ahora sólo está disponible en Amazon (ver AQUI), pero confiamos que no tardará mucho en ser publicado, como siempre, por nuestro amigo de Lectio.

Nada mejor que terminar esta pequeña recensión con las palabras que cierran la contratapa: 

"Drach agradecía a Dios que este libro había sido el instrumento de la conversión de muchos israelitas. Con la esperanza puesta en Dios de que se digne repetir esos prodigios, presentamos al lector este primer volumen ad majorem Dei gloriam".

viernes, 7 de octubre de 2022

El Mesías hijo de David e hijo de José, por P. Drach

El Mesías hijo de David e hijo de José, por P. Drach

 Nota del Blog: Las siguientes páginas están tomadas del libro del Rabino converso P. Drach, “De l`Harmonie entre l'Église et la Synagogue”, (1844) tomo 1, pag. 181-187 (nota 29). 

*** 

La tradición judía se refiere al Mesías unas veces como el Mesías hijo de David y otras, como el Mesías hijo de José. Ver Talmud, tratado Aboda-Zara, fol. 5 recto; tratado Succa, fol. 52 recto; tratado Yebamot, fol. 62 recto, y fol. 63 verso; tratado Sanedrín, fol. 97 recto, sig.

Nacido, según la carne, de la sangre de David, por la ilustre y humilde esclava del Señor (Ecce ancilla Domini, Lc. I, 38), Jesucristo fue considerado durante mucho tiempo, en su nación, como el hijo de José, el santo esposo de la más pura de las vírgenes. Ut putabatur filius Joseph, dice San Lucas, III, 23 (cf. también ibid., IV, 22; Jn. I, 45; VI, 42). Su propia madre bendita lo llama hijo de José. "Tu padre y yo, te estábamos buscando", Lc. II, 48. Lo llamó así porque le habló delante de todos los doctores, sedentem in medio doctorum, y aún no había llegado la hora de revelar que Él era el pan vivo bajado del cielo, el misterio que tanto iba a escandalizar a los judíos. “Entonces los judíos se pusieron a murmurar contra Él, porque había dicho: “Yo soy el pan que bajó del cielo”; y decían: “¿No es éste Jesús, el Hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo, pues, ahora dice: “Yo he bajado del cielo?” Jn. VI, 41, 42.

Si la ley mosaica considera al hijo mayor del hebreo que, en ejecución de la ley del levirato, se casa con la viuda de su hermano, como hijo del difunto (Deut. XXV, 6: “El primogénito que ella diere a luz, será sucesor del nombre del hermano difunto, para que su nombre no se borre de Israel”), con mayor razón se le habría concedido a Jesucristo el título y los derechos de hijo del que fue esposo de su madre. Algunos piensan que el significado muy extenso de la palabra hijo en las lenguas orientales autoriza a explicar hijo de José, como significando el que fue exactamente figurado en la persona de José, undécimo hijo del patriarca Jacob[1]. Esta no es nuestra opinión.

Hemos dicho que San José era el esposo de la Santísima Virgen. Según la ley mosaica, los esponsales constituían un vínculo real, llamado, en términos teológicos judíos, erucin. Cuando un hombre comprometido, aruss, quería volver a ser libre, estaba obligado a recurrir a la formalidad del repudio, al igual que un hombre casado. Entre los romanos, el repudio era igualmente necesario para romper el compromiso. La fórmula era: Conditione tua non utor (renuncio a tenerte por mujer mía). Para el divorcio después del matrimonio, la fórmula era: Res tuas tibi habeto (llévate tus cosas).

martes, 28 de septiembre de 2021

Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach (II de II)

 Nota 1[1] 

La práctica de rezar de esta manera ha existido desde tiempos inmemoriales en la sinagoga. Las tradiciones más antiguas y las oraciones actuales de la sinagoga, proporcionan una amplia prueba de ello. Las hemos relatado y desarrollado ampliamente en nuestra Disertación sobre la invocación de los santos en la sinagoga. Nos limitamos aquí a citar algunos pasajes de la Paráfrasis Caldea de Jonathan-ben-Huziel, que es anterior a Jesucristo. 

El cap. IX del Levítico da cuenta de la instalación de Aarón y sus hijos como sacerdotes. Se ve claramente que los sacrificios sólo pretendían recordar el de Isaac, es decir, representar la víctima divina del Calvario de la que Isaac era el tipo[2]. 

v. 2: Moisés dijo a Aarón: Tomarás un carnero para el holocausto, para que se te aplique el mérito de Isaac, a quien su padre ató como carnero en el monte del culto. 

v. 3: Di a los hijos de Israel: Presentad un cordero, para que se os aplique el mérito de Isaac, a quien su padre ató como cordero. 

Miq. VII, 20: Acuérdate (oh Dios) en nuestro favor, de cómo Isaac fue atado en el altar para serte ofrecido en sacrificio. 

Cant. I, 13: Entonces Moisés volvió y oró ante el Señor (por los hijos de Israel); y el Señor se acordó en su favor de Isaac, a quien su padre había atado en el altar erigido en el monte Moria. 

La sinagoga tiene un prodigioso número de oraciones cuyo objeto es pedir la aplicación de los méritos de Isaac. Los judíos no entienden que Isaac no es otra cosa en estas oraciones que el mediador por el que sólo se llega a Dios: 

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí” (Jn. XIV, 6). 

De esta manera, los bromistas entre ellos dicen que, si la desgracia hubiera querido que Isaac recibiera el menor rasguño en el monte Moria, necesitarían carros para llevar los libros de oraciones a la sinagoga. A los cristianos, mejor educados, no les resulta en absoluto tedioso repetir continuamente per Dominum nostrum Jesum Christum. Un hijo de la Iglesia no se cansa de repetir el dulce nombre de Jesús, ante el que se dobla toda rodilla, desde lo más alto del cielo hasta las profundidades de la tierra (Fil. II, 10). 

(…)

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach (I de II)

 Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach 

Nota del Blog: El siguiente texto está traducido de “De l`Harmonie entre l'Église et la Synagogue”, (1844) tomo 1, pag. 13-20. 

 

*** 

El israelita converso encuentra en la Iglesia, con inexpresable encanto, las ceremonias y costumbres de la sinagoga, liberadas de las prácticas supersticiosas introducidas por el fariseísmo. Los pasajes de las Escrituras divinas que oye recitar en todos los servicios le recuerdan constantemente la memoria de sus antepasados hasta la más remota antigüedad. Estas palabras del sublime cántico de la Virgen Santísima, gloria de la casa de David, resuenan hasta el fondo de su corazón: 

“Acogió a Israel su siervo, recordando la misericordia, conforme lo dijera a nuestros padres a favor de Abraham y su posteridad para siempre” (Lc. I, 54-55). 

La Iglesia, al igual que la sinagoga, recita oraciones por la mañana y por la tarde, junto con el símbolo de la fe. Ambos observan la costumbre de pronunciar una bendición antes de la comida y dar las gracias después de la misma. En la última cena, Jesucristo Nuestro Señor pronunció la bendición habitual sobre el pan, lo partió y lo distribuyó a los comensales, pero esto fue después de la consagración del pan de vida, el pan bajado del cielo, infinitamente superior al maná que no evitaba la muerte, mientras que éste comunica la vida eterna (Jn. VI, 49-50). Luego, bendijo el cáliz de vino e hizo que todos sus discípulos alrededor de la mesa de Pascua probaran la preciosa bebida de la sangre de la nueva alianza (Mt. XXVI, 28). Lo mismo hizo en el repetido milagro de la multiplicación de los panes (Mt. XIV, 19). Sabéis que estas prácticas relativas a la bendición y distribución del pan y el vino se siguen observando en la sinagoga. La Iglesia y la sinagoga también solemnizan la fiesta de la Pascua, en memoria de la liberación corporal y figurada del uno, la espiritual y real del otro. Cincuenta días después de esta fiesta se instituye Pentecostés en ambos, para recordar la promulgación de la ley de Dios en ese día a los judíos en el Monte Sinaí y la efusión del Espíritu Santo, autor de esa ley, sobre los discípulos de Nuestro Señor Jesucristo, reunidos en oración en el cenáculo de Jerusalén. El sacerdote católico, al igual que el sacerdote judío, lleva vestimentas especiales en el oficio, según el grado de su consagración. Ambos deben lavarse las manos antes de comenzar el sacrificio (Deut. XXX, 18-20); es una obligación estricta para ambos tanto estudiar la ley de Dios (Deut. XVII, 8.11; Jer. XVIII, 18; Mal. II, 7) como enseñarla al pueblo; ambos tienen derecho a dar la bendición al pueblo en los oficios del culto (Num. VI, 22-24). 

martes, 13 de abril de 2021

El Tetragrama o Nombre de Dios, por P. Drach, Rabino converso (VII de VII)

 § II 

I. El texto sagrado llama a Dios a menudo simplemente el nombre, para expresar en una sola palabra todo lo que encierra el tetragrama, Dios en su Trinidad y Unidad, en su Divinidad y humanidad a la cual asoció. Es así que leemos en Lev. XXIV, 11: 

“Y blasfemó el hijo de la israelita el nombre[1]”. 

Y en Deut. XXVIII, 58: 

“Temiendo el nombre glorioso y terrible”. 

En Ex. XXIII, 20 se dice: 

“He aquí que Yo envío un Ángel delante de ti… escucha su voz; no le desobedezcas, pues en él está mi Nombre”. 

El ángel que el Señor anuncia aquí es, tal como lo diremos en la sección II, Nuestro Señor Jesucristo, en quien se encuentra todo lo que significa el nombre tetragrama de Dios. Si se tratara del nombre en sí mismo, ¿se podría decir de una palabra hebrea, de un simple sonido de voz, que está en la persona de alguien? 

 

II. En los libros de los rabinos se encuentra a menudo el nombre para significar Dios. 

1. Aben-Ezra, Comentario a Ex. XXXIII: 

“Moisés pidió ver el nombre, y el nombre le respondió: un hombre en esta vida no puede verme”. 

El rabino había dicho algunas líneas más arriba: 

sábado, 10 de abril de 2021

El Tetragrama o Nombre de Dios, por P. Drach, Rabino converso (VI de VII)

    XIII. El siguiente pasaje está tomado del Zohar sobre el Éxodo fol. 10, col. 40. 

“Ven y considera que hay colores (o esplendores) que son invisibles y otros que no lo son. Y unos y otros son un misterio sublime de la fe. Con respecto a los que son visibles, ningún hombre llegó a conocerlos antes de nuestros padres (Abraham, Isaac y Jacob); tal es el sentido de estas palabras del Señor (Ex. VI, 3): “Me he aparecido a Abraham, etc.”. ¿Y cuáles son estos colores invisibles? Son los del Dios todopoderoso, los de la visión celestial. Pero los colores que están por encima están escondidos a la vista (inteligencia). Nadie, excepto Moisés, llegó a conocerlos. En efecto, leemos que Moisés fue favorecido con el espejo de la luz. Por eso dijo el Señor (ubi supra): 

“Con mi nombre de Yahvé no me di a conocer a ellos”. 

Es decir, no me revelé a ellos por medio de mis colores de arriba. Ven y considera que estas luces son cuatro; tres permanecen invisibles y la cuarta se manifestó al mundo”. 

Es indudable que por esta cuarta luz que se manifestó al mundo, el Zohar designa al Verbo encarnado, figurado por la cuarta letra del nombre Jehová. El Señor reveló estos misterios a los primeros Patriarcas del pueblo hebreo para darles un medio de salvación por la fe en el Mesías futuro; pero, para el misterio de las tres Personas divinas, ningún hombre fue iniciado en la antigua ley tan íntimamente como Moisés, a quien Jehová se comunicaba cara a cara (Deut. XXXIV, 10), y a quien llamaba “el más fiel en toda mi casa” (Num. XII, 7). 

 

XIV. Rabbi Siméon-ben-Yohhaï, en versículos sueltos, fol. 109 recto, edición de Tesalónica. 

“Rabbi Rehhimaï abrió la conferencia de esta manera: “Está escrito, Is. XI, 2: 

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; Espíritu de sabiduría e inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y temor de Jehová”. 

He aquí cuatro espíritus; y nadie los reúne en sí, excepto el único[1] Rey Mesías”. 

miércoles, 7 de abril de 2021

El Tetragrama o Nombre de Dios, por P. Drach, Rabino converso (V de VII)

 X. Los mismos, fol. 28 verso. 

Cuando la vav se una a la segunda , se verá el cumplimiento de lo que está escrito: 

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne” (Gen. II, 24). 

Es entonces cuando Jehová será uno[1] y que su nombre será uno. Y el Mesías será coronado sobre la tierra y su fama se esparcirá por todo el mundo”. 

Según lo que se dijo más arriba, el sentido es: la vav, que es masculino, y que designa al Espíritu Santo, dejará a su Padre, la yod, que es la primera hipóstasis y a su madre, la primera , que es el Verbo eterno, es decir, descenderá a la tierra[2], y se unirá a su mujer, la segunda , que es la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, y serán una sola substancia. 

Esta antigua tradición establecía que el Mesías debía ser la persona en la cual se unirían hipostáticamente la divinidad y la humanidad. Si los textos no son completamente claros y no ofrecen la precisión que nuestros teólogos católicos observan en sus definiciones, no tenemos que perder de vista que esta tradición se remonta a una época anterior a aquella en que el misterio de la Encarnación cesó de ser un secreto para el pueblo, como se expresan R. Juda-le-Naci y R. Mosché Haddarschan[3]. 

San Agustín explica estas palabras del Génesis más o menos como nuestro libro zohárico, pero de forma más exacta: 

“Lo mismo, dice, de las dos substancias de Cristo, Dios y hombre: y serán, dice, dos en una sola carne, es decir, Dios y hombre, un Cristo”. Sermo CCXXXIV, De Fide catholica II, alias, De tempore, VII, t. XVI, p. 1281. 

 

XI. El mismo libro, Thikkun 56e, fol. 92 verso, da la siguiente explicación de este versículo del Sal. II: 

“Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo”. 

domingo, 4 de abril de 2021

El Tetragrama o Nombre de Dios, por P. Drach, Rabino converso (IV de VII)

    III. El Zohar nos enseña lo que debemos entender por el pastor fiel. Antes que nada, muestra que la escala de Jacob (Gen. XXVIII, 42 ss), la cual se prolongaba desde el cielo hasta el suelo de la tierra, tiene al mismo tiempo la naturaleza celestial y la naturaleza terrestre, que esta escala, decimos, está compuesta de las letras del nombre tetragramático Jehová[1]; que este misterio está encerrado en Is. XIX, 1: 

“He aquí que Jehová ha montado sobre nube ligera”. 

Pues, dice, עָ֥ב קַל֙ (nube ligera) tiene el valor numérico de 202[2] igual al del gran nombre inefable en 72 letras y que סֻלָּם֙ (escala)[3]; luego agrega: 

“La palabra bar, בר (hijo), encierra también el número 202. Eres tú, oh Hijo, oh Pastor fiel, quien eres el objeto de las palabras del salmista, II, 12: 

“Adorad al Hijo”. 

Y tú eres el Doctor de Israel: Doctor sobre la tierra, Hijo en el cielo[4], Hijo de Dios santo, bendito sea, y gloria divina de la gracia; el Mesías, hijo de José, en razón de que se ha dicho: 

“Jehová ha perdonado tu pecado; no morirás” (II Rey. XII, 13). 

Y por los méritos de aquel por quien David obtuvo la remisión de su pecado”[5]. 

En el Evangelio, el Salvador dice a los hombres: 

“Yo soy el buen Pastor” (Jn. X, 14). 

jueves, 1 de abril de 2021

El Tetragrama o Nombre de Dios, por P. Drach, Rabino converso (III de VII)

 § 1 

Esta explicación del nombre tetragramático está confirmada por un gran número de testimonios que se encuentran en los libros más respetados de la sinagoga. Como sería muy largo citarlos a todos, y como por otra parte los autores se repiten a menudo unos a otros, se nos permitirá hacer una selección. 

I. Midrash-Rut del Zohar del Génesis, fol. 15, col. 61: 

“El Santísimo, bendito sea, creó en el hombre el nombre Yehova, que es su propio nombre santo”. 

La Yod (י), es el alma del alma; esta letra es llamada Adán. Su luz se extiende en tres luces que tienen una yod. Sin embargo, es una luz única, sin división alguna. 

La (ה) es llamada alma divina[1]. Está unida a la yod, y se extiende en varios rayos; y sin embargo es una; es decir, , yod, sin división. Tal es el sentido del versículo: 

“Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gen. I, 27)[2]. 

La vav (ו) es llamada Espíritu. Es calificado como, Hijo de yod, hè[3]. 

La (segunda) (ה) se llama alma humana[4]. Se llama también hija. 

Así, tenemos padre, madre, hijo, hija[5]; y es un gran misterio. 

Yod, , vav, , se llama Adán. Ese es también el valor numérico de cada una de ellas[6]. Jehová, varón y mujer los creó y les impuso sus nombres[7]. Y después de esto formó el cuerpo, pues escrito está: