Algunos expresivos testimonios
Así han contemplado la permisión del pecado original cuantos
han intentado armonizar entre sí la sentencia tomista con la escotista acerca
del motivo de la encarnación en una visión más amplia, perfectamente en armonía
con la mente de los Padres y de los teólogos orientales. Tal, por ejemplo, Molina, entre los antiguos, cuando
escribe:
Haec omnia et infinita alia intuentem contemplari debemus Deum antequam quidquam constitueret. Cum vero habitudines finium,
rerumque omnium inter se, plenissime cognosceret, integrumque illi esset, non
velle permitiere ruinam generis humani nisi per Christum felicissime vellet ei
subvenire, neque item velle Incarnationem nisi tamquam partem sui finis integri
adiunctam haberet reparationem generis humani[1].
En los tiempos modernos escribe en forma bastante parecida Matthias Josef Scheeben:
"El Hombre-Dios
a causa de su dignidad infinita, no puede desempeñar un papel subordinado,
secundario, en el plan de Dios. Todo cuanto es y todo cuanto hace no puede
explicarse únicamente por el hombre y por el pecado. La razón de su existencia
es esencialmente Él mismo y Dios. Y al ser dado a los hombres y entregado por
amor a los hombres, éstos llegan a ser más propiedad suya que no Él propiedad
de ellos; y así como su entrega redunda en provecho de los hombres, redunda
también en su propio honor y en gloria de su Padre. Así como Él y su actividad
se destinan a la salvación de los hombres y de todo el universo, así los
hombres y el universo entero se destinan a Él como Cabeza y Rey suyo; el cual
precisamente librándonos de la esclavitud del mal hace de ellos su reino y los
coloca juntamente consigo a los pies del Padre celestial para que Dios lo sea
todo en todos"[2].
No de otra manera discurre el Padre Galtier. Apoyándose en la autoridad de San Agustín y San Ambrosio, concluye:
"Ni el uno ni el otro insisten a este propósito sobre
la manera cómo se acudiría a la reparación del pecado de los hombres. Los Padres griegos se muestran a este
respecto más precisos y concluyentes. Su respuesta general es que Dios,
previendo y permitiendo el pecado de Adán, preveía la reparación que había de
realizar el Verbo encarnado"[3].