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sábado, 10 de agosto de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XIV (Final)

La Negación de San Pedro. G. Doré
XIV
LAGRIMAS EN LOS CIMIENTOS DE LA IGLESIA

Comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas.
(Lucas, cap. VII, vers. 38).


¿Qué decir de Magdalena? Sus lágrimas se han vuelto tan ilustres que forman un todo con su persona, identificadas a su recuerdo e inmortalizadas en su gloria.
Magdalena y sus lágrimas no pueden separarse en la memoria de los hombres. Magdalena y sus lágrimas están unidas en la lengua terrestre. En el cielo no llora. Pero las lágrimas vertidas la han introducido en el lugar que ahora ocupa. ¿Quién sobre la tierra puede imaginarse a Magdalena de manera distinta que llorando? El arte ha consagrado sus lágrimas con todas las consagraciones de que dispone. La Pintura y la Escultura se colocan para verla llorar en el ángulo conveniente. Estudian su arrepentimiento, y el llanto que vierte forma parte del patrimonio del género humano. Inspirado por el recuerdo de Magdalena, Canova supo hacer llorar al mármol, se ha vuelto patético en favor de Magdalena.
Y como si los hombres no hubieran sido dignos de verlas correr, esas lágrimas de Magdalena fueron ofrecidas como espectáculo al desierto. Vertió ante los hombres, es cierto, algunas lágrimas que la historia recogió y que el género humano contempló. Pero pronto fué al desierto y allí corrieron esos torrentes de llanto que permanecieron secretos para los hombres.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XIII

La resurrección de Lázaro. Doré.
XIII

JUNTO AL SEPULCRO DE LAZARO

 Y Jesús lloró.
(Juan, cap. XI, vers. 35).

Y Jesús lloró.
Observad la progresión de las lágrimas relatadas en el Evangelio.
La hija de Jairo fué resucitada por Jesús en el momento en que acababa de morir.
El hijo de la viuda de Naín se encontraba ya a punto de ser sepultado. Era arrancado a su madre; era llevado a la tierra. Estaba ya lejos de la vida y avanzado en la muerte.
Pero Lázaro estaba muy lejos de la vida; muy avanzado en la muerte. Estaba enterrado, enterrado desde hacía cuatro días, y ya nadie esperaba. Se había esperado, pero ya no se esperaba más, pues la muerte había realizado su obra, su obra maestra, la descomposición.
Lázaro olía mal. El Evangelio, tan sobrio y singularmente conciso, nos da este detalle pavoroso que se volverá en un detalle tranquilizador.
Marta advierte a Jesucristo que Lázaro ya huele mal.
No es María quien hace esta observación; es Marta. No olvidemos que viene de Marta y no de María Magdalena.
Era Marta también quien acababa de decir, al hablar de su hermano: Sé que resucitará en el último día.
Jesús había pronunciado estas palabras: Tu hermano resucitará.
Y ella había respondido: Sé que resucitará en el último día.
Marta relegaba la resurrección de su hermano hasta el día de la resurrección general. No sabía que la situación de Lázaro muerto no era la de todos los muertos. No conocía el misterio particular; lo confundía con el misterio general. Sólo veía la ley; no veía la excepción. ¡Ver la excepción! ¡Qué gloria! Marta no la tenía aún. Y al cabo de un instante, cuando Jesucristo dice: — Sacad la piedra —, Marta responde: — Señor, huele mal.
¡Cómo insiste sobre la muerte y cómo la destaca!
Y Jesús responde: ¿No os había dicho yo que si teníais fe, veríais la gloria de Dios?
¡La gloria de Dios! Con estas palabras se refiere a la resurrección del muerto excepcional. Responde a Marta, explica las palabras de un momento atrás: "Tu hermano resucitará"; no entendía por esto sólo la resurrección general, sino la resurrección especial. No admite que Lázaro sea tratado como los otros. Y al hablar de esta diferencia, de esta particularidad, de esta excepción, nombra a la gloria de Dios.
"Sacad esa piedra", dice Jesucristo antes de llamar a Lázaro. Podía sacarlo El mismo con la fuerza de su misma voluntad, que iba a arrancar de la muerte la presa que ésta ya poseía; pero deja a los hombres ese cuidado porque los hombres son capaces de eso. Reserva para sí la resurrección del muerto, porque sólo Él es capaz de eso.

sábado, 3 de agosto de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XII

XII

EL LLANTO DEL PADRE

Y luego el padre del muchacho, bañado en lágrimas, exclamó diciendo:
¡Oh, Señor! yo creo; ayuda Tú mi incredulidad. (Marcos, cap. IX, vers. 23).


El padre del niño exclamó llorando: Creo, Señor. Creo: Ayuda mi incredulidad.
¡Qué singulares palabras y cómo se contradicen los términos!
Creo: Ayuda mi incredulidad.
¿Cree o no cree el que así habla?
Es hombre, he aquí la respuesta.
¡Qué sinceridad en esta contradicción y qué deseo de ser escuchada!
Todo es posible para el que cree, dice Jesucristo.
¡Creo! He aquí la primera palabra de la respuesta. Puesto que todo es posible para el creyente, entonces creo. Empieza afirmando sus derechos, haciendo valer sus títulos.
He aquí el grito, la esperanza, el ruego osado.
Luego, he aquí el ruego tímido.
Creo, era el primer grito del que quiere obtener. Pero la reflexión llega junto con el temor. Aquel que acaba de gritar: ¡Sí! va a decir ahora ¡tal vez!
Creo; pero, ¿creo, acaso, lo suficiente? ¿Acaso creo con una fe seria, real, verdadera, perfecta? ¿Creo, acaso, con esa fe todopoderosa de la que acaba de hablar Aquel a quien imploro?
¡Ah! Nada sé. ¿Qué será de mí?
No me queda más que invocar para la fe a Aquel que invoco para la curación. Me dice que hay que creer para ser curado; ¡y bien!, como no sé qué hay que hacer para curarse, ni para creer, pediré la fe y la curación a Aquel que puede dar ambas cosas.

martes, 30 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. XI

Daniel
XI

DANIEL

En aquellos días estuve, yo, Daniel, llorando
por espacio de tres semanas. (Daniel, cap. X, vers. 2).


Daniel lloró durante tres semanas.
Y después del vigésimo cuarto día del primer mes, estaba junto al gran río, junto al Tigris.
Vio a alguien que llevaba vestiduras de lino; su cintura estaba ceñida con un oro muy puro.
La faz de aquel que allí aparecía era semejante al rayo, y sus ojos a una lámpara ardiente.
E hizo a Daniel la extraordinaria revelación del combate que se libraba en torno al rey de los Persas: era un combate de ángeles; era una batalla entre los espíritus.
El que hablaba era probablemente Gabriel. El problema consistía en saber cuándo los Judíos volverían a su patria, cuánto tiempo permanecerían en Persia. Ahora bien, aquel que es llamado aquí el Príncipe del reino de Persia, según la mayoría de las intérpretes no es un hombre, sino un espíritu. Resiste a Gabriel, y Miguel, uno de los primeros entre los príncipes, al unirse a Gabriel, inclina la victoria del lado de este último.

sábado, 27 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. X

La Lamentación de Jeremías sobre Jerusalén.
G. Doré
X

JEREMIAS

El profeta Jeremías se sentó, llorando.
(Introducción de las Lamentaciones).

En lo que respecta a Jeremías, las lágrimas parecen haberse vuelto algo así como el sinónimo de su nombre.
La lamentación que representa, y su persona, se han vuelto inseparables, y la posteridad trataría en vano de verle en una actitud diferente de la descrita en el comienzo de sus palabras, que son lágrimas escritas.
Y sucedió que habiendo sido Israel reducida al cautiverio, y estando Jerusalén desierta, el profeta Jeremías se sentó, llorando, y lamentóse así sobre Jerusalén, sus-pirando con el alma llena de amargura, llorando y diciendo:

"¡Cómo está cubierta de soledad la ciudad populosa!".

Sería necesario citarlo todo; por lo mismo detengo la cita. No darían algunos versículos idea alguna. Sería necesario ir hasta el fin.
Esta ilustre lamentación obtiene con la repetición de la misma queja una singular solemnidad. Esta profusión de lágrimas se asemeja al océano. El mar y el cielo se tocan en el horizonte, sin confundirse. Así como las aguas del océano, las lágrimas de Jeremías pueden ocupar las miradas sin cansarlas. Se podría creer que esta sábana de agua, por su grandeza, produce monotonía. Escapa a la monotonía por su grandeza. Las aguas del océano y las lágrimas de Jeremías poseen el secreto de rejuvenecerse como las alas del águila, y su segunda juventud proviene de su profundidad.
Es una juventud que sale del abismo, embriagada con sales y perfumes. Y estos perfumes fortalecen.

La esperanza emana de las lamentaciones de Jeremías, pues éstas vienen de Dios: hay fulgores de gloria en lo profundo de esa desolación.

jueves, 25 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. IX

IX

LAS VIUDAS SIN LÁGRIMAS


Y cuando desde lejos alzaron los ojos para mirarlo, lo desconocieron;
y así exclamando prorrumpieron en lágrimas. (Job, cap. XI, vers. 12).

Y sus viudas no llorarán. (Job, cap. XXVII, vers. 16).

Yo en otro tiempo lloraba con el
que se hallaba atribulado. (Job, cap. XXX, vers. 25).

Ya he hablado de Job y sus amigos. Pero, ya que hablo de las lágrimas, ¿cómo no volver a este singular y sublime héroe?
Escuchad, invocando a la misericordia de Dios, el título que él invoca.
"Lloraba yo con el afligido y mi alma se condolía con el pobre."
Hay lágrimas en su pasado; las llama en su auxilio. Para combatir sus desdichas, llama en su auxilio a las lágrimas que ha vertido por las desdichas de los otros. La compasión que Job rico tuvo otrora hacia los pobres, es el arma de que se sirve Job, pobre a su vez, al hablar a Aquel que tiene las riquezas en sus manos.
Ha llorado; he aquí su esperanza.
¿Queréis oír ahora su amenaza? Job habla del impío y le predice desdichas. Cosas terribles se presentan ante él, y no retrocede ante ellas. El impío se le aparece como formando parte de su venganza; no cuida las expresiones con que pinta la cólera divina que sobre él cae.
"Si sus hijos se multiplican, caerán al filo de la espada, y sus descendientes nunca se verán hartos de pan."
"Los que de él queden, serán sepultados en la ruina."
Estas últimas palabras significan, tal vez, que se los privará de sepultura, que no tendrán más sepultura que la catástrofe misma en la que perecerán.

domingo, 21 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. VIII

Esdras en oración. G. Doré.
VIII

EL LLANTO DE ESDRAS

Al oír yo semejantes palabras sentéme y comencé a lamentarme
 y lloré durante muchos días.  (Esdras, 11, cap. I, vers. 4).


Entre los héroes de las lágrimas debemos contar también a Esdras.
¿Los héroes de las lágrimas? ¿Creéis que he unido expresamente esos dos nombres? En absoluto. El heroísmo y el llanto pueden, para el pensamiento del mundo, habitar en los dos extremos de las cosas. Pero para el verdadero pensamiento, una de esas dos cosas no podrá asombrarse nunca de la otra. La grandeza de alma que produce la una, produce la otra. Este lenguaje del llanto, que recuerda a la mujer y al niño, se aviene al hombre de especial manera, y suscita a veces en él, la verdadera fuerza. Se diría que la falsa fuerza, la fuerza vanidosa y mentirosa, la que se jacta de sí misma, la que habla y no actúa, pasa junto con las lágrimas, y el vacío que crea al retirarse prepara el lugar a la verdadera fuerza. La verdadera fuerza está construida sobre el sentimiento de la debilidad, como una ciudadela, como una roca, como una capilla sobre una montaña. Y por eso las lágrimas son uno de los actos constitutivos del heroísmo. Pues las lágrimas de que hablo son acciones. Los hombres se han acostumbrado a considerar a las lágrimas como pertenecientes en su totalidad al dominio de la pasión.
Este punto de vista singularmente estrecho y exclusivo, atenta contra las lagrimas.
¡La gloria de las lágrimas!
Esto es hermoso; y la palabra parece también soberbia. Querría levantar un monumento a la gloria de las lágrimas.
Y para restituirles su gloria, es necesario mostrar su acción. Es necesario mostrarlas tal como son: activas, fecundas. Pues sólo donde hay actividad hay gloria. El reposo es la actividad suprema, y si las lágrimas descansan, es precisamente porque nos conducen al corazón de la actividad. Hay miles de actos, buenos o malos, que participan de la actividad con una participación más o menos inferior.
Permitidme considerar la actividad como poseedora de miembros, y como poseedora de un corazón. Una multitud de acciones se encontrará en relación con los miembros de la actividad.
Las lágrimas entrarán en su corazón y obrarán con ellas.
Las lágrimas vanas y falsas son frutos de muerte que caen sin actividad del árbol de las pasiones.
Las lágrimas plenas y fuertes son actos supremos que ponen en movimiento el corazón de la vida, y el corazón de la vida late con plenitud.
Hay lágrimas lastimosas que al ser débiles aumentan la debilidad de aquel que llora.
Hay lágrimas fuertes que aumentan la fuerza de aquel que las vierte.

viernes, 19 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. VII

VII

EZEQUIAS Y LAS LÁGRIMAS

Y derramó Ezequías abundantes lágrimas.
(Reyes, IV, cap. XX, vers. 3).

Ezequías estaba gravemente enfermo y el profeta Isaías le dijo de parte del Señor Dios: Pon en orden las cosas de tu casa. Pues tu vida termina y vas a morir.
Es difícil imaginar palabras más claras. No es una amenaza; es una afirmación: vas a morir. Y esta afirmación no es la de un hombre. Isaías acaba de hablar de parte del Señor. Es un profeta verídico que dice palabras auténticas.
Sí, pero quedan a Ezequías sus lágrimas.
Se vuelve contra el muro, se dirige a Dios y dice:

— Te conjuro, Señor, te conjuro; acuérdate de que anduve ante ti en la verdad y en la perfección de mi corazón, y he hecho lo que amáis.

Y derramó abundantes lágrimas.
La palabra de Isaías había sido perentoria. Aunque fuera condicional, no parecía serlo. No dejaba a la esperanza ninguna puerta que pudiera ser abierta manifiestamente. La palabra si no había sido articulada; ninguna corrección había sido explícitamente colocada junto al temible anuncio. Pero había una corrección implícita. Había algo tácito.
He aquí la oración y las lágrimas que se elevan del fondo del cuadro, y he aquí la muerte que retrocede a pesar de haber sido anunciada por Isaías. Isaías no había aconsejado la oración; su palabra parecía capaz de desanimar a la oración, si la oración pudiera desanimarse. Pero cuanto más terribles, perentorias, afirmativas, y decisivas son en apariencia estas palabras, más gloriosa será la victoria de las lágrimas.

miércoles, 17 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. VI

Ana y Helí
VI

LAS LAGRIMAS DE ANA Y DE SAMUEL

Vino Ana con un corazón lleno de amargura
y oró al Señor derramando copiosas lágrimas.
(Reyes, lib. I, cap. I, vers. 10).

El nombre de Ana tiene algo misterioso. Las mujeres estériles, que desean la fecundidad, y que han de ser oídas después de una larga espera, parecen a veces pre-destinadas a este nombre, o, si preferís, este nombre parece estarles predestinado. La palabra gracia y la palabra oración parecen encontrarse contenidas en el nombre de Ana.
Ana, madre de Samuel, Ana, madre de María, han esperado largo tiempo.
San Nicolás, el gran arzobispo cuyo nombre se hizo popular, San Nicolás, fué largo tiempo esperado por sus padres. Su nacimiento se había vuelto inverosímil, cuando fué al fin obtenido, y fué obtenido por una madre, largo tiempo estéril, que se llamaba Ana.
Ana, madre de Samuel, es una de aquellas cuyas lágrimas han sido consagradas por la Escritura. La Escritura no habla al azar. Sus silencios y sus palabras tienen intenciones que no debemos descuidar. Sus silencios y sus palabras son enseñanzas. Cuando dice una cosa, cuando calla otra, se oculta allí una razón profunda.
Las lágrimas de Ana se encuentran en el número de las lágrimas relatadas.
Y he aquí que viéndola llorar y orar en silencio, pues sus labios se movían, aunque su voz no se oía, el gran sacerdote creyó que había bebido vino en demasía.
Error extraño y que debía hacerse histórico. Error profundo en todo el sentido de la palabra: error instructivo cuyo recuerdo consignado en los labios santos, nos deja una singular enseñanza.
Helí, el gran sacerdote, observaba el movimiento de la boca.
Y la juzgó ebria.

domingo, 14 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. V

V

LAS LÁGRIMAS Y LOS HIJOS DE ISRAEL


Por este desastre todos los hijos de Israel vinieron
a la casa de Dios y pusiéronse a llorar en presencia del Señor.
(Jueces, cap. XX, vers. 26).


Israel se había dejado corromper por los Madianitas, y había caído en la idolatría de Belfegor. El Señor, irritado, habló a Moisés, y todo Israel lloraba sintiendo que se imponía un castigo. Entonces Finees, hijo de Eleazar, y nieto de Aarón, se erigió en vengador de Dios, y el Señor aceptó de tal modo su indignación llena de celo, que hizo con él un pacto y estableció el sacerdocio en su familia, y la alianza de la paz fué el resultado de la sangre vertida por la Justicia.
Pero, notémoslo, los hijos de Israel habían llorado. Finees había visto sus lágrimas, había visto sus lágrimas cuando tomó el puñal. La unión de las lágrimas y el puñal hace resplandecer con soberbio esplendor la alianza magnífica de la misericordia y de la justicia, alianza representada aquí por Finees. El gran sacrificador de Israel salva al pueblo gracias a su cólera.
Es, por lo tanto, tan misericordioso como justo; hay tanta clemencia como indignación en la fuerza que impulsa su brazo.

viernes, 12 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. IV


TIERRA DE REGADIO

                                         Concédeme una gracia: me has dado una tierra árida;
 dámela también de regadío. (Jueces, cap. I, vers. 13).

Acababa de hacerse la distribución entre los hijos de Israel.
Axa suspiraba. — ¿Qué tienes? — le dijo Caleb.
—Otorgadme — dijo Axa —, una bendición. Me habéis dado una tierra árida. ¡Oh!, dadme una tierra de regadío.
Y Caleb le dio una tierra de regadío alta y baja.
Sin duda se trata de una tierra fértil, pues de todo se trata en la Escritura, y la realidad histórica tiene sus derechos sagrados cuya violación suprimiría, en lugar de consagrarlos, los derechos de lo espiritual que el hecho oculta.
Quería una tierra de regadío. ¿Qué hay de más justificable que ese deseo y esa petición? El agua tiene ventajas en demasía para poder ser contadas. Refresca, encanta, fecunda, y así como la armonía es la gloria de las noches primaverales, el agua atrae a los ruiseñores. Allí donde no hay corrientes de agua, los ruiseñores no llegan, y de su garganta misteriosa no caen las perlas.
El agua es una bendición, y ¿quién puede medir la influencia de una bendición? Axa deseaba una tierra fértil.
Pero cuando veo en la Escritura manantiales, me acuerdo de las lágrimas. ¿No está acaso el don de las lágrimas escondido bajo la oración de Axa, ávida de corrientes de agua, de manantial y de rocío?
Me parece que el don de las lágrimas está en las cercanías. Ha suspirado. ¿No está acaso el suspiro en la misma dirección que las lágrimas? ¡Es éste tan humano y son aquéllas tan humanas!
—¿Qué tienes? — le dice su Padre.
Hay en estas palabras una solicitud que implica una promesa. La oración solicitada es una oración oída.
Caleb da a su hija una tierra de regadío alta y baja.
Le da en gran abundancia lo que ella ha pedido. Oye magníficamente la oración que ha provocado.
¡Oh, lágrimas precedidas por un suspiro!

¡Oh, lágrimas!, ¡oh, tierra de lágrimas, manantial misterioso de las gracias desconocidas, signo misterioso de las bendiciones misteriosas! ¡Que el Señor, que os ha hecho, os dé hoy con magnificencia a todos aquellos que os desean, a todos aquellos que os solicitan, a todos aquellos para quienes sois solicitadas, a todos aquellos y a todas aquellas que sabiéndolo o no, necesitan de vosotros, lágrimas sagradas!

miércoles, 10 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. III



III
LAS LÁGRIMAS Y EL PERDON

Se apartó un momento y lloró.
(Génesis, cap. XLII, vers. 24).


La historia de José está llena de lágrimas. Está, por lo tanto, llena de victorias.
Jacob lloró cuando creyó muerto a José. Pero José no había muerto y Jacob lo volvió a ver en Egipto, traído directamente por la mano del Señor.
José llora también y sus lágrimas señalan la victoria que sus hermanos arrepentidos van a obtener sobre él: cuando reconoce a sus hermanos, en Egipto, a sus hermanos suplicantes, que no lo reconocen, pero que se acusan y declaran haber merecido por su pasado crimen su actual desdicha, José se aparta un tanto para llorar; pues no se da a conocer aún; pero ha llorado. Vence a la cólera y sus hermanos arrepentidos son en el fondo sus vencedores.
Y cuando se descubre al fin, llora y se arroja llorando al cuello de Benjamín. Las lágrimas anteriores hablan preparado y anunciado su victoria. Las lágrimas de hoy, la consagran y celebran.

— Soy José. ¿Vive aún mi padre?

La escena es inmortal y demasiado sencilla para ser relatada. No me atrevo a referirla. Ha sido consagrada por las lágrimas de las generaciones: las lágrimas de José han despertado ecos que se elevaron de siglo en siglo, hablándose y respondiéndose.
Luego Jacob moribundo solicita a José el perdón de sus hermanos. José llora, José responde con lágrimas. Por lo tanto, José es el vencedor. El perdón ha sido concedido, puesto que las lágrimas corren.
Y el espíritu se movía sobre la Faz del abismo.
Jacob constituía entre José y sus otros hijos algo así como la orden paterna de Perdonar. Era un Perdón augusto y viviente que andaba en majestad patriarcal en medio de sus hijos otrora desavenidos. Pero Jacob muere; sus hijos tiemblan; recuerdan a José las recomendaciones de su padre muerto; citan con los propios términos las palabras del gran Patriarca; José llora; el Perdón está confirmado.
La victoria del padre muerto está atestiguada por las lágrimas del hijo poderoso.
¡Cuántas lágrimas y cuántas victorias en esta vida de José!
Soy Faraón, había dicho el rey de Egipto. Nadie sin orden tuya podrá mover la mano o el pie en toda la tierra de Egipto.
Esta frase contiene una magnífica afirmación de soberanía.

Esta afirmación constituye una delegación. Es en el momento en que confía todo el poder a otro, que Faraón se siente poderoso y realiza un acto de poder. La conciencia de su soberanía se despierta y se afirma en él, en el momento en que delega el poder. ¡Soy Faraón!, dice. Luego otorga a José la autoridad. Sólo entonces se siente rey y exclama: ¡Soy Faraón!      

lunes, 8 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello. II

II

LAS LÁGRIMAS Y EL DESIERTO

"No, no veré morir a este niño";
y sentándose enfrente, alzó la voz y lloró.
(Génesis, cap. XXI, vers. 16).

Agar vagaba por el Desierto de Bersabée.
Tenía como provisiones de viaje un pan y un odre lleno de agua. Pero la provisión del agua se agotó. Puso a Ismael bajo un árbol, luego se apartó a distancia de un tiro de flecha, se sentó, alzó la voz y lloró.
Podemos imaginar algunos de los sentimientos que la agitaban.
Es refiriéndose a Agar, si no me equivoco, que las lágrimas se nombran por primera vez en la Escritura.
No creo que estén indicadas en el relato de las primeras catástrofes del mundo:
Adán es arrojado del Paraíso. La Escritura nada dice sobre sus lágrimas.
El Diluvio destruyó a casi toda su raza. No veo que los llantos hayan sido escritos en los libros santos, los llantos de aquel momento.
Agar ve morir de sed a su hijo en el desierto. Se sienta llorando.
Esta inauguración de las lágrimas, o por lo menos de su historia escrita, tiene algo de solemne.
Llora; y he aquí el ángel.
Dios abre los ojos de Agar y le muestra un pozo lleno de agua. Llena el odre y da de beber al niño.
Hay a menudo, entre los grandes auxilios de Dios y los manantiales de Dios que surgen súbitamente o son súbitamente descubiertos, muy singulares relaciones.
La Fuente de las gracias aparece muy a menudo junto con su símbolo y el manantial de agua y manantial visible se vuelve el testimonio y el memorial de los manantiales invisibles que pronto van a correr.
¿Qué son las lágrimas? ¡Misterio, éste, a la vez físico y moral! ¡Misterio humano en donde el alma y el cuerpo, unidos, hablan una lengua desgarradora!

viernes, 5 de julio de 2013

Las Lágrimas en la Escritura, por E. Hello.

Nota del Blog: presentamos a continuación la cuarta parte de la obra de Hello titulada "Palabras de Dios" y que transcribiremos poco a poco.

I

EL ESPIRITU DE DIOS

Et Spiritus Dei ferebatur super aguas.
(Gen., cap. I, 2).

Y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas.
En el comienzo, el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas.
Las palabras de la Escritura despiertan ecos prolongados.
Prosigo:
Las tinieblas cubrían la faz del abismo y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas. Dios dice en otra parte de la Escritura: sondeó el abismo y el corazón del hombre. Con esto quiere decir y mostrar que nada escapa a las miradas del Todopoderoso: cita el abismo y el corazón del hombre, como si fueran los que buscasen esconderse, si algo pudiera esconderse. El abismo y el corazón del hombre son hermanos igualmente cubiertos por las alas de las tinieblas. La unión de sus nombres parece indicarnos una unión de misterio, cierta paridad que los une bajo las alas de la sombra. El abismo está escondido al igual que el corazón humano. El corazón humano está escondido al igual que el abismo. El secreto de uno parece simbolizado por el secreto del otro.
Hay tinieblas sobre la faz del abismo y hay tinieblas sobre el corazón humano.
Y el Espíritu de Dios es llevado sobre las aguas.
Hay aguas que salen del corazón por una ventana. Son lágrimas que caen de los ojos.