viernes, 16 de octubre de 2020

El año terrible en la vida de León Bloy (I de VI)

El año terrible en la vida de León Bloy 

Así titula Joseph Bollery uno de sus capítulos, siguiendo al mismo Bloy: es aquel en el cual tiene que describir el más atroz de sus años que terminaría con las desgarradoras palabras con las cuales cierra El Mendigo Ingrato. Estamos en el año 1895. 

Todos notan la similitud de esas páginas con los capítulos X, XI y XII de la segunda parte de La Mujer Pobre, y no es para menos, pues salta inmediatamente a la vista. Como dice el mismo Bloy en la introducción que hace a Mi Diario: 

“Cada uno de mis libros es una confesión arrancada por la tortura”. 

El 12 de febrero de 1894 nacía su primer hijo, y así lo refleja en su diario: 

“Nacimiento de mi hijo Andrés, a la hora del Angelus del mediodía. 

Como la comadrona es protestante, el bautismo no podrá realizarse de inmediato”. 

Lo mejor será hacer lo mismo que Bollery y transcribir directamente del diario, del original, pues hay muchas cosas que no fueron publicadas en vida. 

“Enero 1895.- 

Viernes 25. - Encuentro a Juana atormentada por el estado de Andrés. El pobre niño tose mucho. Lo atribuye a la extrema dificultad de la dentición. 

Día triste y penoso. Nuestro pequeño Andrés ha tenido esta mañana una crisis de tos que lo ha abatido extremadamente. Juana está muy triste. Desde esta crisis que suponemos es simplemente nerviosa y causada por la dificultad inaudita de su dentición, se ha puesto pálido hasta la lividez. 

(…) 

Encuentro a Juana un poco consolada. Andrés ha bebido fácilmente un biberón, pero no cesa de gemir en su cuna. 

Hacia las 11, nuevo biberón del que vomita el primer trago, pero que acaba pronto con avidez. 

[Agregado al margen]. Recuerdo que no se borra. Habiendo interrumpido su bebida mi amado hijo por un minuto, tendió hacia mí su brazo, gesto que le es familiar. Temiendo distraerlo durante mucho tiempo, no me acerqué, aunque tuve muchos deseos. Fue la última vez que había de ver ese gesto. 

Nos persuadimos que ese apetito es un signo de los más reconfortantes y me voy a dormir, no sin haberle pedido a Juana que me llame ante la primera alarma. 

Una o dos veces pensé en el médico. Pero no creemos en la ciencia de esas personas, y ¿qué podrá hacer un médico más que prescribir una poción costosa y sospechosa que no nos animaríamos a usar? 

Sábado 26. – Despertado a eso de las 4 de la mañana por lo gritos terribles de Juana, me precipito para asistir al último suspiro de mi pobre hijo. Momento aterrador. Nuevo episodio de mi terrible vida. Lo que más desgarra en la muerte de un ser tan débil, es el sentimiento de la piedad. Incluso después del último suspiro, suplicamos a Dios que hiciera un milagro y ofrecí todo lo que tenía, todo lo que podía, es decir, mi pobre alma tantas veces traspasada, condenándome de buen grado a recomenzar todos los dolores para que Aquel que se llama la Resurrección devolviera la vida a ese niño a quien no podría amar más de lo que amo. Sin duda no tenía por qué hacerlo y no somos Santos. 

Lo vestimos para la tierra que lo reclama y nos sentamos uno frente al otro, aturdidos, paralizados, perdidos, esperando el día, sin tener ni siquiera la fuerza de llorar. 

Juana, sin embargo, encuentra en su alma cristiana un principio de consolación. Imaginando el futuro incierto de nuestro Andrés, pronuncia la palabra bendición. Yo no puedo dejar de pensar en mi novena por Huguenet[1] y me vino la idea que este duelo forma parte de ella, sin duda alguna… 

Pero en este momento[2], tres días después del suceso, todo eso parece ya una pesadilla y comienza a envolverse en niebla. Pronto no quedará nada más preciso que algunos detalles, ciertos gestos imperceptibles, aquellos, incluso, que hacen sufrir más. Verónica, por fortuna, no se ha despertado. 

A las 5.30 rezamos el angelus al sonido de la campana, ante el cadáver de nuestro amado hijo que vino al mundo al angelus del mediodía y que parece destinado misteriosamente para esa santa oración. 

Llega el día. Estefanía[3] llega antes que nadie, para ayudarnos y aterrorizarse. Siento ahora toda la atrocidad de mi pena. No tenemos más que diez francos. Es preciso encontrar recursos y hacer todos los trámites para el entierro. Imposible ir a misa. 

Al correo. Carta a Hornbostel para pedirle dinero, a Guérin, y a de Groux. Municipio. Declaración. Me dicen que tengo que volver con un testigo, inmediatamente después del médico de los muertos. El entierro tendrá lugar mañana por la mañana. Escojo la última clase, como corresponde a los pobres. 

11 horas: Visita a Gaillard, nuestro antiguo propietario. He decidido pedirle dinero para los funerales. Este hombre, a quien debo más de doscientos francos y que es completamente ajeno a la literatura, me presta cincuenta francos con mucha bondad. 

(…) 

Vuelvo a casa para esperar allí al médico de la Administración. Visita horrible que ha colmado nuestra amargura. Este funcionario barrigudo y lleno de granos, condecorado con la legión de honor y que puede pasar por un notario, comienza por toquetear brutalmente el pobrecito cadáver con sus odiosas manos; luego, volviéndose a Juana que estaba llorando, le dice estas palabras diabólicas e inconcebibles: 

¡Ah!, tenéis mucha pena, pero ahora ha acabado”. 

Esta bofetada infernal no fue escuchada por mí, afortunadamente para el miserable. Acababa de subir precipitadamente para buscar una pluma y tinta. No he podido asistir sino a lo que siguió después. Juana, que no había podido prever una muerte tan repentina y para quien permanece un misterio de dolor, quería ser esclarecida. El horrible médico, irritado al haberse enterado que no consultamos a nadie y sintiendo, supongo, nuestro desprecio, se incomodó muy poco para dejar entrever la más vil suposición, nos dio a entender que esta negligencia, criminal a sus ojos, nos hacía correr el riesgo de una pesada responsabilidad. Las cosas llegaron al punto en que Juana le respondió: 

Señor, creo en Dios, y no ha sucedido más que lo que Él ha querido”. 

Esta afirmación que implicaba un desprecio por los médicos, ha colmado la rabia de ese perro, a quien mi presencia contenía, sin dudas y que ha debido hacer un hermoso reporte en la municipalidad. Finalmente lo expulsé, sin tener suficientes motivos para no llenarlo de bofetadas y escupitajos. 

Inmediatamente después corro hasta lo del fotógrafo. No podemos permitir perder este hijo sin conservar al menos una imagen. Vuelvo con un individuo que toma dos fotos y cuyas demandas son muy grandes: veinte francos por seis tarjetas y diez francos de adelanto. Espero que al menos su trabajo esté bien hecho. ¡Pobre cuerpito adorable! 


Andrés Bloy sobre el lecho de muerte


Son casi las dos. Tomo conmigo un amigo del café llamado Ganter, hombre pasablemente simpático que vive en el callejón y vamos juntos a la municipalidad donde debe hacer de testigo. Todo está en orden y firmamos el registro, pero el empleado me dice que el séquito no tendrá lugar mañana porque se considera que es necesario una investigación. Recibiré, pues, la visita de un segundo médico. Tal es el efecto del informe hecho por el primero. Tendremos suerte si escapamos de la autopsia. Salgo exasperado, con un inmenso deseo de castigar a ese canalla. Al llegar a casa, mi último trámite es llevar esta carta a Huguenet: 

“Mi pequeñito murió esta mañana. 

Su muerte fue, estoy seguro, una de las condiciones esenciales de mi novena por usted. 

Clamo esto, amigo mío, desde el fondo del abismo. 

León Bloy”. 

A pedido mío, mi esposa ha encontrado, no sé cómo, la energía para fijar por escrito sus impresiones más desgarradoras y ese documento, pegado a esta página, permanecerá aquí para ser consultado, antes o después de nuestra muerte, por nuestra bienaventurada Verónica cuya memoria no guardará más que una imagen muy vaga de ese pobre hermanito que amaba y quien tanto le ha abierto el corazón. Más arriba hablé de la piedad. Es para destrozar el alma pensar en la soledad de esta inocente que ya no tendrá un hermanito. 

(…) 

Cartas de Juana a María, a su madre y a algunos otros. 

Estefanía se ofrece para pasar la noche con nosotros y compartir la fatiga de la vigilia. Llega a las diez y me reemplaza ante el pequeño cadáver. Es tiempo que descanse en este día terrible.


 

[1] En El Mendigo Ingrato (10 de febrero de 1895), escribe sobre este personaje: 

“El hombre a quien salvé del suicidio el mes pasado…”. 

[2] Al margen: 

“Este diario fue escrito, en efecto, tres días después”. 

[3] La mujer que limpia.