miércoles, 16 de septiembre de 2020

Un reciente comentario al libro del Génesis, por Ramos García (X de XI)

 B) Sincronismos de la Historia de Egipto

 Para encuadrar en la cronología universal la historia de Abraham y su descendencia, más tal vez que la ecuación Amrafel-Hammurabi, vale la coincidencia Hebrón-Tanis, que fueron fundadas con siete años de diferencia (Num. XIII, 22).   

Como punto de referencia por parte de Egipto comenzamos por poner aquí el comienzo de la tabla real del libro de la Sothis[1], tomando el año 1588 a. Cr., final de la dinastía XVII y principio de la XVIII, como base en que apoyamos la serie de los reyes sóthicos con sus nombres y cifras respectivas. Es como sigue:

 

 

De esos diecisiete nombres de reyes hay que descartar dos con sus años, que a todo mi entender son Amosis y Amesesis (nn. 10 y 16), que serían un mismo personaje, contemporáneo de los seis restantes. En efecto, la Antigua Crónica suma, como precursores de la dinastía XVI, a “reyes 15 en años 443”, que es puntualmente la suma que arroja el Sothis sin los dichos dos reyes con sus años. 

El Menés, porque comienza la tabla, no sería necesariamente el Menés de This, o bien el Menés de This no sería tan antiguo como se le supone. En los nn. 5 y 6 se perdieron en el Sothis los nombres de los reyes, pero no las cifras de sus años. El Uses (n. 17), porque termina este primer trozo de la lista, pudo ser el Faraón que arrebató la mujer a Abraham, a juzgar por la fecha de 1881, porque acaba su reinado, pues Abraham había estado en Egipto poco antes de esa fecha, según veremos luego. 

domingo, 13 de septiembre de 2020

La Disputa de Tortosa (XV de XXXVIII)

    3) Condición de los Rabinos: 

Jerusalén y su templo serán otra vez edificados materialmente (Is. XLIX, 19-20; LII, 9; Jer. XXX, 18; XXXI, 38-40; Am. IX, 11-15; Ez. XVI, 45; XL-XLVIII)”. 

 

Respuesta de Jerónimo: 

Reconoce que los textos aducidos para probar la reedificación de Jerusalén y el templo se refieren en su mayor parte al tiempo del Mesías, pero los entiende, no en sentido material, sino espiritual; la explicación la remite para cuando se debatan las preguntas 4 y 12, donde efectivamente la hizo. 

Con todo, a propósito del texto de Is. XLIX, 20, aducido por los Rabinos, asienta un principio general de interpretación que sirve de clave para responder debidamente toda objeción: cuando los profetas dicen algo como ejemplo para significar algo más intrínseco, no es necesario que todos los detalles correspondan a lo figurado; así Isaías, queriendo describir la prosperidad de la Iglesia, la comparó con una ciudad; lo cual no quiere decir que las excelencias de ésta convengan materialmente a aquélla, sino que aquélla será perfecta espiritualmente como ésta lo es materialmente; bien que el texto de Isaías convenga a la Iglesia aun materialmente, ya que al tiempo de convertirse el Imperio Romano no había iglesia ni ciudad capaz de contener a todos los cristianos. 

 

Opinión del P. Pacios: 

Jerónimo estableció con esto un buen principio de solución al que nada objetaron los rabinos; sin duda estaban conformes con el principio en sí. 

 

Nuestra opinión: 

Si bien como principio general podría explicar algún que otro texto, sin embargo, es una empresa casi imposible aplicarlos a todos a algo que no sea menos que el sentido literal, pues los pasajes aducidos prueban hasta la saciedad que está hablando de la Jerusalén y del Templo materiales, pues a ellos mismos les dice cosas que son inaplicables a la Iglesia. 

Para redondear nuestra posición, veamos mejor lo que dice Lacunza en su Fenómeno V Los Judíos: 

jueves, 10 de septiembre de 2020

Un reciente comentario al libro del Génesis, por Ramos García (IX de XI)

 APÉNDICES

 A) El cuadro etnográfico del cap. X

 Aludiendo a la ignorancia de los antiguos en materias geográficas (pag. 155), el autor trata con alguna ligereza la tabla etnográfica del Génesis (cap. X), que a nosotros nos parece, por el contrario, un documento de primer orden sobre la filiación de los pueblos de la antigüedad como tal vez no hay otro. Haremos sólo algunas indicaciones, recogiendo a ilustración del sagrado texto las conclusiones de la filología y etnología, que parecen mejor fundadas y congruentes. 

Así, entre los descendientes de Jafet, Gómer son los Gimmirai de las inscripciones cuneiformes, los Cimmerii de los clásicos, los Kamrik de los armenios en la meseta de Anatolia, que invadieron en siglo VII a. Cr. Todavía queda la impronta de su nombre en el de Crimea. Como emparentados con Gómer están los Askénaz, Asguza, de las inscripciones, Scithae de los clásicos, junto con los Rifat (Parthi) y los Tog-arma (Armeni). 

Magog, equivalente de Mat-Gog es “el país de Gog” (cf. Ez. XXXVIII, 2), situado tal vez hacia el Bósforo (cf. Gyges de la Lidia), formado por el patrón de Ma-Kedo (Macedo), que sería “el país de los Khetas” o Kittim, de donde salió Alejandro —egressus de terra Cethim (I Mac. II, 1)- contra Darío. 

Al mismo tipo de Magog se reduce Madai, que son los madaa o manda (< mad-da = mat-Da) de las inscripciones, y que quiere decir “el país de los Dahos”, al Sur del Caspio, de donde tomó nombre la Media, y de ella se llamaron medos las varias aportaciones de Aryas, que allí se establecieron en la marcha histórica de estos pueblos hacia la India. 

Los Yawán son los yavanas de las fuentes indias y asirias, los jafones y más tarde Jonii de los antiguos, como expresión la más universal de los helenos. Entre sus colonias se cuentan Tarsis o Tartessos, que es España; Elisa o Alaysa, de las inscripciones, que es Chipre, y los Kittim y Rodanim (no Dodanim), que corresponden a los Khetas y Rutennu de los egipcios y representan las avanzadas de Yawán o sus afines en el Asia Menor y en Siria. 

Siguen tres nombres meramente toponímicos: Tubal, Mosok y Tiras. 

Tubal, en asirio Tabalu, el pueblo de las armas bien templadas, evoca invenciblemente a Tubal-Cain (el Tubal de Caín), el gran forjador de toda clase de armas de bronce y de hierro (Gen. IV, 22), que debió de dar su nombre a la región, y al ser ésta luego ocupada por jafetitas, éstos recibieron también el nombre de Tubal (el Tubal de Jafet). 

Por su parte, los Mosok, o sea los Muski de los asirios, son en puridad los frigios, de origen jafético, que tomaron nombre local de los muskis nativos, a quienes empujaron hacia el NE, junto a los tabali, donde localizaron los griegos a ambos pueblos con los nombres de tibarenos y moskhos, gentes de origen mixto. 

lunes, 7 de septiembre de 2020

La Disputa de Tortosa (XIV de XXXVIII)

    2) Condición de los Rabinos: 

En el retorno de esa cautividad, tendrán lugar milagros estupendos (Miq. VII, 15; Is. XI, 12-16) que debían hacerse para que volvieran a su tierra los hijos de Israel dispersos, y uno de ellos era la división del mar y ninguna de estas cosas tuvo cumplimiento en los milagros de Cristo” (cf. ses. 37). 

 

Respuesta de Jerónimo: 

Los milagros anunciados por Mich. VII, 15, se cumplieron sobreabundantemente, pues Jesús hizo muchos más milagros y mayores que Moisés y el milagro profetizado en Is. XI, 15, se cumplió con Alejandro Magno, que dividió el Nilo (“la lengua del mar de Egipto”) en siete partes para poder vadearlo, y así hizo fácil el retorno de los judíos que aún no habían vuelto, y lo mismo hizo con el Éufrates. 

 

Opinión del P. Pacios: 

Respuesta buena (no nos atreveríamos a decir la verdadera, pero sí es plausible), a la que tampoco los rabinos replicaron. 

 

Nuestra opinión: 

Hemos de confesar que por momentos tenemos la sensación de estar leyendo dos libros diferentes y nos asombra tanto la respuesta de Jerónimo como el silencio de los Rabinos. 

Veamos el contexto de Miqueas (vv. 11-17): 

“Llegará el día de la reedificación de tus muros, en aquel día será retirada la Ley. Entonces vendrán a ti, desde Asiria y las ciudades de Egipto, y desde Egipto hasta el río; de mar a mar, y de monte a monte. Y la tierra será devastada a causa de sus habitantes. Éste será el fruto de sus obras. ¡Apacienta a tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que habita solitario en la selva, en medio del Carmelo! ¡Pazcan ellos en Basan y en Galaad, como en los tiempos antiguos! Le haré ver prodigios como en los días de tu salida del país de Egipto. Lo verán las naciones, y se avergonzarán de toda su fuerza; pondrán la mano sobre su boca, y sus oídos quedarán sordos. Lamerán el polvo como la serpiente; como los reptiles de la tierra, saldrán temblando de sus escondrijos; llenos de temor se llegarán a Yahvé, nuestro Dios, y se sobrecogerán de temor ante ti”. 

Se anuncia aquí, como bien lo indica Straubinger con un pequeño subtítulo, la restauración de Israel: sus muros son reedificados, volverán a habitar en su tierra, y los prodigios serán como los que obró Dios cuando sacó a Israel de Egipto, es decir, pondrá fin al cautiverio por medio de milagros estupendos que producirán la conversión de las naciones. 

Huelga decir que ninguna de estas cosas ha ocurrido. 

En el pasaje de Isaías (XI, 10-16) ocurre otro tanto: 

“En aquel día la raíz de Isaí se alzará como bandera para los pueblos; la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada. En aquel día el Señor extenderá nuevamente su mano, para rescatar los restos de su pueblo que aún quedaren, de Asiria, de Egipto, de Patros, de Etiopia, de Elam, de Sinear, de Hamat y de las islas del mar. Alzará una bandera entre los gentiles, y reunirá los desterrados de Israel; y congregará a los dispersos de Judá, de los cuatro puntos de la tierra. Cesará la envidia de Efraím, y serán exterminados los enemigos de Judá. Efraím no envidiará más a Judá, y Judá no hará más guerra a Efraím. Se lanzarán, al occidente, sobre los flancos de los filisteos y juntos saquearán a los hijos del Oriente; sobre Edom y Moab extenderán la mano, y los hijos de Ammón les prestarán obediencia. Yahvé herirá con el anatema la lengua del mar de Egipto, y levantará con impetuoso furor su mano sobre el río, lo partirá en siete arroyos, de modo que se pueda pasar en sandalias. Así habrá un camino para los restos de su pueblo, para los que quedaren de Asiria, como lo hubo para Israel el día de su salida del país de Egipto”. 

Una vez más, Straubinger, con buen tino, subtitula todo este pasaje: “Restauración de Israel”. 

Los cautivos vuelven de todas partes del mundo y no sólo de Babilonia, y además se vuelve a unir Israel en un solo Reino y no en dos como estuvo tras la muerte de Salomón. 

No vemos cómo se puede entender esto literalmente de algún suceso pasado.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Un reciente comentario al libro del Génesis, por Ramos García (VIII de XI)

    Otra manera de contradicción descubre, como ya notamos en la primera parte, en el relato de la expulsión de Agar con su hijo Ismael, el cual según se desprende de P (Gen. XVI, 16), tendría ya quince años por lo menos, mientras E, de quien es el relato, le supone muy niño, tanto como para podérselo cargar su madre a cuestas juntamente con el odre de agua (pág. 263). Mas el autor, contra las reglas de crítica literal sigue en esto la lección más fácil de los LXX en vez de la difícil del original que no explica la tal sobrecarga. ¿Qué queda, pues, de la contradicción? Eso sin contar que para nosotros el documento P (años de Abraham al nacerle Ismael), invocado contra E, es igualmente de E. 

Parecida contradicción, aunque latente y problemática, acerca de los años de Abraham, cuando murió, que según P (Gen. XXV, 7), fue a los ciento setenta y cinco años y según J, sería a los ciento cuarenta, año en que se casó Isaac (cf. Gen. XXI, 5 con XXV, 20). Cuando el senescal volvió trayendo consigo a Rebeca (Gen. XXIV, 62-67 J), Abraham habría muerto ya, pues no aparece para intervenir en nada (pag. 286). Donde se dice, pues, que “Isaac se consoló de la muerte de su madre” (Gen. XXIV, 67), antes se debió de leer “...de la muerte de su padre”, y endosa la posterior corrección al redactor. 

El caso se presta a varias reflexiones. Si la corrección se hizo por el redactor inspirado, hay que darla por bien hecha, mientras no se pruebe lo contrario, que no se probará; y eso supondría además que había allí quién vigilaba la verdad de la Escritura, incompatible con la contradicción, y por eso se la elimina. Cuando, pues, tantas otras veces se la deja correr, en sentir de la crítica independiente, es que no se la juzgó contradicción verdadera, sino sólo aparente. Y esto es lo que vamos comprobando. 

Véase otro caso de esa susceptibilidad de la crítica en punto a contradicciones. Tratase de la edad de Esaú, cuando Jacob le hurtó la bendición de su padre (pag. 312). Mientras JE le supondría aún muchacho, a quien la madre guardaba los vestidos (Gen. XXVI, 15), según P estarla ya casado (Gen. XXVI, 34). La respuesta no es difícil. Que le guardase o no los vestidos después de casado, la madre sabía bien dónde estaban, y se los pudo coger por un momento, para vestir con ellos a Jacob. La dificultad no es seria. 

martes, 1 de septiembre de 2020

La Disputa de Tortosa (XIII de XXXVIII)

    Nuestra opinión: 

En lo personal, creemos que la objeción de los Rabinos es correcta y la defensa de Jerónimo, lejos de ser excelente, nos parece bastante pobre. 

1) Sobre todo este tema de la vuelta del Cautiverio, nos remitimos a lo ya publicado en otra ocasión cuando transcribimos el Fenómeno VII de Lacunza: Babilonia y sus Cautivos (ver AQUI). Prueba allí, con contundencia, que el cautiverio de los judíos continuó tras la vuelta de Babilonia, que siguieron esclavos (lo dice explícitamente Neh. IX, 36-37) y que de ninguna manera se cumplieron las profecías que anunciaban el fin del Cautiverio. 

De hecho, el mismo Jesús parece aludir al cautiverio de Israel y a su dispersión cuando, al llorar sobre Jerusalén el domingo de Ramos, dijo: 

“Jerusalén, Jerusalén, tú que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise Yo congregar a tus hijos, como la gallina reúne su pollada debajo de sus alas, y vosotros no lo habéis querido! Ved que vuestra casa os va a quedar desierta. Yo os lo digo, no me volveréis a ver, hasta que llegue el tiempo en que digáis: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Lc. XIII, 34-35). 

Si Jesús quiso congregar a los judíos, es porque todavía estaban dispersos. 

Deut. XXX, 1-5; Ez. XXVIII y decenas de textos por el estilo, no se han cumplido literalmente. Es preciso forzar los textos de manera violenta para hacerles decir lo contrario. 

2) El texto de Joel es el que en verdad presenta sus complicaciones. 

Pero veamos, como siempre, lo que dice Lacunza al respecto[1]: 

Segunda: verán y experimentarán por sí mismos la santidad de Jerusalén y de todos sus habitantes, con quienes hablarán en una misma lengua, de quienes recibirán toda suerte de obsequios con sencillez de corazón y en quienes no verán otra cosa universalmente sino óptimos ejemplos infinitamente más eficaces para persuadir que todas las palabras. De esta santidad de la Jerusalén futura hemos hablado ya en varias partes, especialmente en el capítulo VIII y no hay que repetirlo aquí. Estos devotísimos peregrinos de todas las naciones o pueblos de la tierra nueva, parece que son aquellos mismos con quienes se habla en el capítulo último de Isaías, v. 10. 

sábado, 29 de agosto de 2020

Un reciente comentario al libro del Génesis, por Ramos García (VII de XI)

    El autor sagrado habría padecido un olvidoon est en présence d'un oubli (pág. 38)—, al decir que el Señor puso a Adam en el Paraíso, para que lo guardase y a Caín una señal para que nadie le tocara. En el cuadro etnográfico de los pueblos (Gen. X), habría verdaderas contradicciones (pág. 149), y el relato yahvístico de la construcción de Babel y dispersión de las gentes (Gen. XI) se armonizaría mal con lo dicho en otras partes en este mismo documento (Gen. IV, 17; X, 6-11). (pag. 160). Habría contradicción a secas en la designación de la patria de Abraham (págs. 178-179), que según P es Ur de los Caldeos en la Baja Caldea y según J sería el país de Aram en la Siria del Norte. Cierto que en Gen. XI, 28; XV, 7, de fuente yahvista, se lee “Ur de los Caldeos”, ni más ni menos que en P, pero ese inciso sería una glosa posterior según la crítica (¡!). 

De la secura del segundo relato de la creación (Gen. II, 4 ss.), que no sería absoluta sino relativa, puesta ahí sólo por vía de contraste con la lluvia subsiguiente, de cuyo barro se formó el cuerpo del hombre, hemos dicho lo bastante en otra parte[1]. 

Las incoherencias y anacronismos que el autor encuentra en el episodio de Cain y Abel, nos parece que están por mucho en el Comentario. Extraña de todo punto la extrañeza que muestra el autor ante la invitación: “Salgamos al campo” (pág. 77). Hummelauer (in l.) solventó ya estas y otras dificultades del relato, traduciendo, como es debido, aquel hayá boné (Gen. IV, 17) por “había edificado” (el poblado de Henok) antes de asesinar a su hermano y de emprender la vida errante. Tantas otras cavilaciones importunas en torno a este episodio singular se desvanecen, como por ensalmo, con sólo suponer que aconteció hacia el fin de la vida de Adam, cuando comenzó a interesar quién le había de suceder en el oficio de ofrecer sacrificios a la Divinidad. Para entonces ya la familia humana debía de estar muy extendida, tanto por lo menos como para poner en cuidado al asesino. 

Anacrónico sería también según el autor la mención de los Kenitas o Kainitas en Gen. XV, 19, por la sencilla razón de que en otros libros se los menciona después. Mis lectores juzgarán del peso de esta razón[2].