miércoles, 14 de noviembre de 2018

Ezequiel, por Ramos García (X de XXI)


17. El nuevo templo, etc.

Hemos llegado al punto más crítico de todo el profetismo, al nuevo templo de Ezequiel.

El templo de Ezequiel es una encrucijada en que el alegorista nos espera, con la sonrisa maliciosa en los labios, seguro de vengarse de cuantas posiciones poco airosas le hemos tal vez hecho tomar en otros sectores de este estudio. El nuevo templo, según él es el triunfo del alegorismo. Podríase tal vez dudar de la existencia de la alegoría o de su interpretación en otros anuncios proféticos, pero aquí resulta clara y evidente su existencia, y su interpretación cierta en líneas generales, y desde este ángulo se iluminan tantas cosas.

Hemos de agradecer al autor que en este particular nos dé las razones que están por la alegoría (págs. 293, 294). Las traemos aquí resumidas, junto con nuestra respuesta:

1a. El texto. El objeto de esta profecía (cc. XL-XLVIII) no es tanto el edificio material, ni los actos externos del culto, ni la repartición de la Palestina entre las doce tribus, cuanto el espíritu nuevo (¡?) que ha de animar en los repatriados religiosa, moral y socialmente, y cita en confirmación unos cuantos textos (Ez. XLIII, 10 ss.; XLIV, 6; 9 ss.).

Respuesta: Pero ¿qué hacer de los demás? ¿Son acaso los pocos exclusivos de los muchos? Porque en el legado se encuentren tres o cuatro piezas de oro, ¿hase de desdeñar el resto del capital compuesto de billetes de banco?

2a. El contexto próximo (Ez. XLIII, 1-7, y cc. XLVII-XLVIII) y el remoto (cc. I, X y XXXVII), que todos interpretan alegóricamente.

Resp. Ninguna dificultad en admitir la figuración alegórica en esas visiones misteriosas, ultraterrenas de la gloria de Dios y de los querubines (cc. I, X y XLIII, 1-7), así como en esotra visión macabra, de todo punto artificiosa y extraordinaria, de los huesos áridos etc. (c. XXXVII). Llevan en su misma estampa, cuando no en términos expresos (Ib.), su carácter alegórico. No pueden ser sino alegorías. Pero la visión del templo, con sus dependencias meticulosamente mensuradas y la del río de aguas saludables con sus peces y pescadores en acción, y la del reparto de la tierra entre las tribus de un pueblo repatriado, a quien le estaba prometida para siempre, ¿por qué han de ser necesariamente alegoría? ¿Es que no pueden ser tales cosas, como suenan, objeto digno de profecía y de promesas?  Y, si tales cosas pueden profetizarse y prometerse, ¿con qué otras palabras se las había de anunciar?

domingo, 11 de noviembre de 2018

El Evangelio y los Últimos Tiempos (I de II)


  Cuando leemos la opinión de los autores con respecto a lo que se encuentra en el Evangelio referido a los últimos tiempos[1] es común ver reducido todo, ¡y a veces ni eso!, a Mt. XXIV-XXV, Mc. XIII y Lc. XXI, mientras que otros por ahí agregan alguna que otra cita como Lc. XVIII, 8, o algunas de las parábolas del Reino de Mt. XIII, pero no mucho más que eso.

  Sin embargo, nos parece que una lectura un poco más atenta nos mostrará que apenas si hay un solo capítulo en todo el Evangelio que no hable, o al menos tenga una referencia implícita, de los últimos tiempos y veremos algo así como una constante en la predicación de Nuestro Señor sobre todos esos sucesos.

  Así creemos que se iluminarán algunos pasajes bíblicos y se realzará, de esta manera, el sentido literal, tan encomendado por los Papas a la hora de interpretar las Escrituras.

  Para que no se nos acuse que pre-juzgamos el tema, citaremos simplemente el testimonio de uno de los Padres más reconocidos tanto por su antigüedad como por su doctrina: San Ireneo.

  Daremos primero la cita y luego ampliaremos el análisis con un detalle un poco más minucioso del texto evangélico, sobre todo desde el punto de vista del vocabulario.

  En su reconocida obra Contra las herejías comenta[2]:

“Más claramente significó San Juan, discípulo del Señor, en el Apocalipsis, sobre los últimos tiempos y los diez reyes entre los que se dividirá el imperio que reina actualmente, explicando cuáles eran los diez cuernos que Daniel había visto, diciendo que así se le había dicho (XVII, 12-14):

“Y los diez cuernos que viste, diez reyes son, que reino aún no han tomado, mas autoridad, como reyes, por una hora reciben con la Bestia. Estos un propósito tienen y su poder y autoridad a la Bestia dan. Estos contra el Cordero guerrearán y el Cordero los vencerá (porque Señor de señores es y Rey de reyes)”.

Es claro, pues, que el que ha de venir matará a tres de éstos, y los demás se le someterán y que él será el octavo entre ellos; y destruirán Babilonia y la quemarán con fuego, y darán su reino a la bestia y perseguirán a la Iglesia; después de lo cual serán destruidos por el advenimiento de Nuestro Señor.

Que el reino, pues, deba ser dividido y así perecer, el Señor lo dijo (Mt. XII, 25):

“Todo reino dividido contra sí mismo, es desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no subsistirá”.

El reino, y la ciudad y la casa deben ser divididos en diez y de esta forma ya prefigura la partición y división”.

  Esta exégesis de San Ireneo es interesante porque nos muestra, por un lado, que las parábolas miran cosas concretas y no meras abstracciones y por el otro, que hay una coincidencia con lo que Daniel dice al interpretar el cuarto reino de la estatua de Nabucodonosor en Dan. II, 43:

“El reino estará dividido”.

  División que vemos insinuada también en su misma composición en Dan. VII, y que luego retomará San Juan: cabeza de león, patas de oso y cuerpo de pantera.



[1] Tomamos este término para significar, básicamente, la 70° Semana de Daniel y lo que sucederá después (juicio de las Naciones, Parusía, rapto de la Iglesia y, por supuesto, el Milenio o juicio de vivos); uno verbo, el día del Señor.

[2] Libro V, 26.1

jueves, 8 de noviembre de 2018

Sin Bastón ni Calzado, por R. Thibaut


Nota del Blog: Artículo del P. R. Thibaut aparecido en la Nouvelle Revue Théologique 58 (1931), p. 54-56.

***

Mc. VI, 8 s. concede al viajero apostólico el bastón y el calzado que le rechazan, parece, Mt. X, 10 y Lc. IX, 3 (cf. Lc. X, 4 y XXII, 35). En vano, a fin de llevar la excepción de Mc. a la regla de Mt. y Lc., se ha supuesto un error en la versión griega del arameo (Wellhausen) o dado a εἰ μὴ (sino) el sentido de sed neque (pero tampoco) (Méchineau, Études, t. 69, p. 303). Para reducir la contradicción es necesario o bien deslizar una distinción en el objeto permitido y prohibido al mismo tiempo, o bien no hacer ninguna, para este objeto, entre prohibición y permisión.

Los comentadores inventaron naturalmente una cantidad de distinciones una más sutil que la otra. En otro tiempo, muchos hubieran recurrido al simbolismo: hay que tomar o dejar el objeto material según el sentido místico que uno le fije. Con el tiempo, las distinciones pasaron a ser más realistas: permiso para conservar, prohibición de adquirir; permiso para poseer un bastón, un par de calzado, prohibición de tener de recarga; permiso para apoyarse sobre un bastón, para usar sandalias, prohibición de armarse de un garrote, de llevar calzado para montar.

Maldonado, disgustado con estas distinciones gratuitas, creyó desterrarlas para siempre, descubriendo que, prácticamente, desde el punto de vista de la pobreza, prohibir o permitir semejantes objetos mínimos tendrían aquí el mismo valor. Cuando se prescribe dejar todo hasta el bastón, no importa mucho que se especifique inclusivamente (Mt., Lc.) o exclusivamente (Mc.). Las dos fórmulas: ni siquiera un bastón, nada más que un bastón, significan realmente la misma cosa, representan la misma pobreza. Así, agrega Maldonado, para expresar la misma idea de pobre equipamiento, uno dice equivalentemente: “caminar a pie sin lanza” o “caminar a pie con un bastón en la mano” (in Mt. X, 10).

La explicación de Maldonado no es menos ingeniosa que las distinciones de las que nos quiere desembarazar; desafortunadamente es gratuita. En Mt. y Lc. el bastón es citado entre otros objetos prohibidos, sin que nada lo presente como menos para dejar que el resto, o lo prepara de lejos para la excepción formal, del que beneficia a Mc. junto con el calzado.

Releamos el pasaje y si hay una distinción, saquémosla del texto, en lugar de inventar, como se hacho a menudo hasta aquí.

“No tengáis ni oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón (Mt. X, 9 s.)”.

“No toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas” (Lc. IX, 3).

“No llevar nada para el camino, sino sólo un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto, sino que fuesen calzados de sandalias, y no se pusieran dos túnicas” (Mc. VI, 8 s.).


Así, pues, dos clases de objetos: oro, plata, cobre, alforja, pan, segunda túnica prohibidos sin distinción; bastón, calzado, prohibidos (Mt.-Lc.) o permitidos (Mc.) según el caso. Pero Mc. nota expresamente el caso en que el calzado está permitido: hay que tenerlo en los pies, es decir, usarlo actualmente. Llevado de otra manera (βαστάζειν en Lc. X, 4), entran en la categoría de objetos prohibidos sin distinción, y pasan a ser por ocasión lo que los otros objetos son por naturaleza, a saber, equipajes. El bastón está permitido evidentemente en el mismo caso que el calzado, si facilita actualmente el andar como lo hacen él, si está sin nada, sin carga alguna (nada más que un bastón, nota Mc.). Si sirve, por el contrario, para llevar el menor equipaje, por ejemplo, el calzado, el ῥάβδος (bastón) de βακτηρία pasa a ser άνάφορον, y he ahí entonces prohibido por la misma razón que el objeto que ayuda a portar (Mt.: ni calzado ni bastón; Lc.: ni bastón ni alforja).

Las autorizaciones particulares de Mc. no mitigan en manera alguna la prohibición general de Mt. y Lc. Solamente precisan la razón. No se trata que los apóstoles se priven de lo necesario: se les asegura que nada les faltará (Lc. XXII, 35 s.). Se trata únicamente de tener confianza en Dios (Mt. VI, 25 s.). Esta es la idea esencial de este pasaje. La confianza no debe tener límites: no se debe tomar nada para el futuro, ni siquiera esas cosas indispensables para el viajante, como un bastón o calzado (Mt., Lc.); pero el uso actual no está prohibido (Mc.).

Los tres evangelistas están perfectamente de acuerdo con el programa que Maldonado ha formulado felizmente en estos términos: “no tengan nada excepto aquellas cosas que sean necesarias para el uso actual”.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Ezequiel, por Ramos García (IX de XXI)


15. El día del Señor.

A propósito de la invasión de Egipto por Nabucodonosor (Ez. XXX), se define arriba el día del Señor por “aquél en que manifiesta Él su justicia, castigando a los impíos” (pág. 229 col. 2º). La definición es verdadera, pero incompleta, porque no se expresa en ella más que el género, falta la diferencia específica, que es el carácter colectivo o social de ese castigo; y esto es de suma importancia para la inteligencia del día del Señor por antonomasia, que es el de la parusía o juicio universal de las naciones.

Según la manera de hablar de los profetas, este juicio universal no sólo es público, sino social y colectivo, es decir, entablado directamente, no contra los individuos, sino contra las naciones como tales. Juicio, pues, de vivos, no de muertos o resucitados, directamente por lo menos. El hacer directamente el juicio de muertos se aplaza para otro tiempo. La distinción viene ya expresada en la fórmula dogmática: y de nuevo ha de volver a juzgar a vivos y muertos, varias veces consignada en la Escritura (Act. X, 42; II Tim. IV, 1; I Pet. IV, 5).

Ahora bien, así como hay dos maneras de juicio de muertos, que son el particular y el universal, así hay dos maneras de juicios de vivos, que son asimismo el particular y el universal, según que el Señor haga residencia de una sola nación (día del Señor contra Egipto, —contra Jerusalén—, contra Babilonia, etc.) o bien de todas a la vez (día del Señor contra todas las gentes o naciones).

La división cuatriforme del juicio divino puede expresarse esquemáticamente en esta clave:

jueves, 1 de noviembre de 2018

El contenido de la predicación de Elías (IV de IV)


¿Nos llamará la atención, acaso, que el término Palabra sea usado casi siempre en el mismo sentido que vimos más arriba?

Ya al comenzar, nos dice San Juan que es bienaventurado “el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas escritas en ella” (I, 3. Ver XXII, 7) y nos da el motivo: “porque el tiempo está cerca”.

Esto parece ser un eco de lo que Jesús les dijo a los Apóstoles, y en ellos a todos los cristianos, en la última Cena:

Jn. XV, 20-27: “Acordaos de esta palabra que os dije: No es el siervo más grande que su Señor. Si me persiguieron a Mí, también os perseguirán a vosotros; si observaron mi palabra, observarán también la vuestra. Pero os harán todo esto a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo hubiera venido sin hacerles oír mi palabra, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa por su pecado. Quien me odia a Mí odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos las obras que nadie ha hecho, no tendrían pecado, mas ahora han visto, y me han odiado, lo mismo que a mi Padre. Pero es para que se cumpla la palabra escrita en su Ley: “Me odiaron sin causa”. Cuando venga el Intercesor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí. Y vosotros también dad testimonio, pues desde el principio estáis conmigo”.

Las concordancias bíblicas de este pasaje se agolpan una tras otra.

lunes, 29 de octubre de 2018

Ezequiel, por Ramos García (VIII de XXI)


14. La alegoría de los dos leños.

Manda el Señor al profeta que tome dos pedazos de madera, que escriba sobre el uno: “Judá y los hijos de Israel que le están unidos”; y sobre el otro: “José, el báculo de Efraím, y toda la casa de Israel, que le está unida”; y que los junte luego en su mano el uno con el otro, para que sean uno (Ez. XXXVII, 15 ss.).

La figura no puede ser más expresiva, para significar la reintegración total de aquel pueblo dividido desde la muerte de Salomón, religiosa y políticamente, en dos reinos antagónicos, el de Judá con Benjamín y Simeón, y el de Efraím con las restantes tribus, llevados ambos cautivos de hacía tiempo, el de Efraím (Samaria) a la Asiria, y el de Judá (Jerusalén) a Babilonia. Algún día los residuos (= el resto) de una y otra dispersión volverán a su tierra y formarán de nuevo un solo reino debajo de un solo rey de la dinastía davídica restablecida volverá el antiguo poderío, la realeza de la hija de Jerusalén (Miq. IV, 8)— y eso para siempre, y en una paz social y prosperidad admirables, sin que vuelvan a separarse más de su Dios, de su rey y de su patria.

Nuestro autor supone que ya se cumplió todo eso, incluso la reintegración del reino davídico, con la vuelta de los desterrados del cautiverio babilónico, a los que “pudieron unirse cuantos quisieron de otras tribus”.

El Señor empero—nótese bien ese “empero” (peró) en que va todo el prejuicio del sistema—, no dice que hará volver a todas las tribus, aun las dispersadas por los asirios de hacía casi un siglo (721 a. C.), y de los cuales no quedaban más que pocos residuos (relitti), mientras la masa había sido absorbida per los gentiles, mas sólo que tomará a los israelitas (= “toda la casa de Israel” con “los hijos de Judá” decimos nosotros, cf. v. 16), es decir, todos cuantos formaron parte del resto, a cualquiera tribu que pertenecieran. El núcleo principal está constituido por los desterrados del 597 (tribu de Judá), a la cual podíanse unir cuantos de corazón se convirtieran al Señor” (pág. 275, col. 1º). Y alega en confirmación Ez. VI, 8 ss.; XI, 14-21, donde no se habla más que de los repatriados de Judá, como si el profeta, por haber anunciado allí la vuelta de Judá, no pudiera anunciar aquí la de Judá y Efraím. Puesto a alegar lugares paralelos pudiera haber alegado varios pasajes de Oseas e Isaías y algunos más, donde vería comprometida su posición, restrictiva en realidad, y sólo en apariencia comprensiva, de los términos del vaticinio en su sentido obvio y natural.

El mismo autor no está muy satisfecho de su artificiosa posición, cuando a continuación escribe: “No hay por qué turbarse, cuando de las listas demográficas de Esd. II y Neh. VII se colige que los repatriados en general son de la tribu de Judá-Benjamín” (pág. 275, col 1º). Es un caso más de la euforia alegorista, que de nada se turba. Esta ya no se contenta con hallar por doquier alegorías, sino que interpreta con una libertad desconcertante las que halla.

Dícese muy bien en Hermenéutica que, a diferencia de la parábola, en que muchos de los pormenores son meros complementos naturales de la figura, que no afectan para nada a lo figurado, en la alegoría, por el contrario, como más artificial que es, y tanto más cuanto más lo sea, como lo es la de los dos leños, todos y cada uno de los pormenores tienen su particular significado. ¿Para qué se ponen, si no? Así todos en la alegoría corriente, y lo que ahí no llega o de ahí se pasa es puro alegorismo alejandrino de un valor objetivo casi nulo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

El contenido de la predicación de Elías (III de IV)


   Hasta aquí hemos analizado sumariamente lo que respecta a la predicación apostólica y a la de Nuestro Señor junto con San Juan Bautista, pero si volvemos nuestros ojos al Apocalipsis vamos a poder apreciar algunas similitudes.

   Según nuestra concepción, que ya hemos apuntado en varios artículos previos, las dos Iglesias de Filadelfia y Laodicea abarcan en total un período de 7 años que coinciden con la Septuagésima Semana de Daniel, en cuya primera mitad tenemos la prédica de Elías y en la segunda el reinado del Anticristo. En ambos períodos vemos diversos grupos de mártires, los que hemos dado en llamar los del 5º Sello y los del Anticristo[1].

   Ahora bien, es en este primer período en donde tendrá lugar la prédica del Evangelio en todo el mundo tal como lo profetizó Jesús en el Discurso Parusíaco y como ya insinuamos algo AQUI.

   En definitiva, es el contenido de esta prédica la que queremos indagar ahora.

   Antes que nada, recordemos que todo parece indicar que el mismo Apocalipsis está dividido de la misma manera que la 70º y última Semana de Daniel: toda la primera sección de las visiones en el cielo comienza en el cap. IV y termina en el cap. IX inclusive, mientras la segunda mitad comienza con el cap. X.

   En la cronología del Apocalipsis, cuando suena la 6º Trompeta, el Anticristo ya ha aparecido hace tres días y medio, como se ve por el análisis de VIII, 13 con la descripción del 2º ay (6º Trompeta) en XI, 11-14: