miércoles, 16 de enero de 2019

Notas a algunos estudios de Mons. Fenton sobre la membresía en la Iglesia (IV de IX)


Apéndice III.

Joseph Anger, op. cit. pag. 286 y ss.

“La Pasión ha sido ofrecida por Cristo a fin de adquirir el derecho de poseer a la Iglesia como a su esposa y su Cuerpo espiritual; ella (la pasión) ha sido sufrida por todos los hombres sin distinción, pues todos son llamados a pertenecer al Cuerpo de Cristo. El sacrificio del altar es ofrecido sólo por aquellos que de hecho son parte de la Iglesia; ofrecido sólo por ellos les aprovecha igualmente sólo a ellos. Sin dudas la Misa, celebrada por la prosperidad y el bien de la Iglesia, no deja de beneficiar a los mismos herejes e infieles cuya conversión contribuye a la belleza y perfección del Cuerpo Místico; pero, sin embargo, directamente, aprovecha sólo a los miembros de Cristo. En este número se incluye a todos los fieles bautizados que viven aquí abajo, que participan de los frutos del sacrificio en la medida de su colaboración en la ofrenda y de su unión más o menos estrecha con Cristo por medio de la fe y la caridad. Pero también están incluidas todas las almas del Purgatorio, sea que hayan dejado esta vida con el carácter bautismal o no. En efecto, todos, incluso los no bautizados, pertenecen a la fracción sufriente de la Iglesia y forman parte del Cuerpo Místico, ya que todas tienen la gracia, que a todas les asegura la salvación y que tales privilegios no nos vienen más que por Cristo. Sin duda, los no bautizados, si duermen el sueño de la paz (“dormiunt in somno pacis”), no llevan en sus almas el “signum fidei”, esto es, el carácter bautismal, pero aún así creemos que pertenecen, con toda justicia, a Cristo y, justificadas por Él, aunque no lleven el sello de la pertenencia divina, se aprovechan, también, de la sangre que las ha santificado, pues allí la distinción entre el cuerpo y alma de la Iglesia no tiene razón alguna de ser.[1] Y si se pregunta por qué no participan directamente aquí abajo de los frutos del sacrificio y sí lo hacen en el otro mundo, respondemos: en esta tierra sólo participan directamente de los frutos del sacrificio sólo los que lo ofrecen; pero sólo los bautizados, marcados con un carácter, que es una verdadera iniciación sacerdotal[2], pueden ser los sacerdotes del sacrificio y, por lo tanto, sólo a ellos les aprovecha directamente; por el contrario, en el Purgatorio, las almas, bautizadas o no, no ofrecen el sacrificio, sino que es ofrecido por ellas; todas ellas no tienen más que un rol pasivo; reciben, no hacen nada; así, pues, se comprende sin dificultad que si para tomar parte en la acción sacrificial, en la ofrenda de la inmolación, se necesita tener un cierto carácter sacerdotal, no se exige lo mismo si se trata sólo de aprovechar los frutos del sacrificio; es suficiente con estar unido por la caridad a Cristo Víctima”.

domingo, 13 de enero de 2019

Ezequiel, por Ramos García (XVIII de XXI)


12. S. Juan.

En perfecta armonía con las cartas apostólicas y con los evangelios sinópticos que nos hablan de las humillaciones de Cristo, y nos dicen no haber venido a reinar, ni a traer por consiguiente la suspirada paz social que anunciaron los profetas (Mt. X, 34, y par.), S. Juan, el postrero de los apóstoles y profetas, confirma lo mismo con dichos y hechos del Señor y la revelación apocalíptica, clave segura para la interpretación de todas las profecías, a condición de renunciar al alegorismo alejandrino.

No envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar — porque no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo (Jn. III, 17)—, que es decir para: reinar; y cuando las turbas quieren alzarle por rey se les escabulle (Jn. VI, 15); y si delante de Pilatos afirma que es rey, tiene buen cuidado de anticiparle que no pretende por de pronto hacer valer sus derechos reales (XVIII, 36 s.). Por los sinópticos sabemos que se había inhibido de reinar —temporalmente por supuesto— en favor del derecho natural del César (Mt. XXII, 21, y par.), a quien los judíos escogen aquí por rey (Jn. XIX, 15).

Pues bien, los espiritualistas a ultranza, alegorizando sobre el sacerdocio cristiano, cuyo objeto es muy distinto del de la realeza (cf. Heb. V, 1), se empeñan, como las turbas, en hacer reinar desde luego al Señor en su Iglesia Santa, y a cambio de ese reinado actual, de tipo metafórico casi siempre, superado ya por la definición Piana (Lect. IV del Of. de Cristo Rey), le niegan el efectivo reinado escatológico, que le asignan todas las profecías sobre el reino, y con ellas y como interpretación de ellas, el Apocalipsis de S. Juan, no en el primer estadio del cristianismo militante, sino en el desenlace triunfal del drama de la Historia y de la Iglesia; que por eso se pone su actuación, no al sonar de la primera, sino de la séptima y última trompeta (Ap. XI, 15 ss.; cf. I Cor. XV, 52 etc.), con referencia a la cual se dijo aquello de como evangelizó a sus siervos los profetas (Ap. X, 7). La séptima y última trompeta apocalíptica es el hito al que coliman los antiguos vaticinios messianos, y con ella se anuncia el acontecimiento cumbre del porvenir, que es la transferencia del reinado de este mundo a manos del Señor y de su Ungido: Se hizo el reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo (Ap. XI, 15), como evangelizó a sus siervos los profetas (Ap. X, 7).

Y explicando luego más su pensamiento en los capítulos siguientes nos dice el modo cómo se llegará a esa meta, que es la restitución de la realeza a Israel (Ap. XII = Dn. XII) la reacción del último anticristo (cf. I Jn. II, 18) contra esa institución (Ap. XIII = Dn. VII, 8 ss.), su aniquilamiento que irá precedido del auto inquisitorial en que será quemada la gran ramera (Ap. XVII-XIX = Prof. pass.), capital del mundo apóstata (cf. I Tes. II, 2), no del pagano, y seguido del encadenamiento del dragón (Ap. XX, 1-3) en infame contubernio con el mundo, según aquello del propio San Juan: el mundo entero está bajo el Maligno (I Jn. V, 19). Y sólo al quedar fuera de combate estos dos enemigos externos del hombre, el mundo y el demonio, sigue la paz social, externa, más cumplida, en el refino messiano, como evangelizó a sus siervos los profetas (Ap. X, 7), paz que sólo será ya interrumpida por la universal rebelión de las naciones (Gog y Magog) contra Israel y sus adherentes (cf. Is. LVI, 1-8; Miq. V, 3); pero esta postrer rebelión es sofocada en el diluvio de fuego (Ap. XX, 9 = Ez. XXXIX, 22), de que nos habla S. Pedro (II Ped. III, 10-12) con alusión a muchas otras profecías; y con eso aparece de lleno el tercer mundo.

Este tercer mundo, en que habita la justicia (II Ped. III, 13) y por consiguiente la paz y el bienestar social (Is. XXXII, 17), será tan del agrado divino, que el Señor trasladará acá su corte celestial y se establecerá una comunión misteriosa entre la Iglesia del cielo y la Iglesia de la tierra. Véase cómo la describe S. Juan en su Apocalipsis: “Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra se fueron y el mar no existe más (cf. Apoc. XX, 11). Y la ciudad, la santa Jerusalén nueva, ví descendiendo del cielo desde de Dios, preparada como una esposa adornada para su esposo. Y oí una voz grande desde el trono que decía: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres y Él fijará su tabernáculo con ellos y ellos sus pueblos serán y Él mismo “El Dios con ellos” será, etc. (Apoc. XXI, 1-3).  Estas últimas palabras son el “ritornello” de los profetas, particularmente de Ezequiel.

Más abajo dice de esta luminosa ciudad: “Y caminarán las naciones a su luz y los reyes de la tierra traen su gloria a ella… Y traerán la gloria y el honor de las naciones a ella” (Apoc. XXI, 24.26; cf. Is. LX etc.). Y del árbol de la vida, que en su plaza crece, dice entre otras cosas: y las hojas del leño (son) para curación de las naciones (Apoc. XXII, 2; cf. Ez. XLII, 12). Estamos, pues, no sólo en este suelo, sino además entre mortales. Es la gloria del cielo que se instala en nuestra tierra - y la Gloria fijará su morada en nuestro país (Sal. LXXXIV, 10)—, tierra que los justos han de poseer en herencia exclusiva para siempre (Sal. XXXVI, 3.9.11.18.27.29.34).

No creo que el descenso de la Jerusalén celeste coincida con el milenio apocalíptico, como he escrito alguna vez, sino que es posterior a todo ese período de preparación, lo mismo que el tercer mundo de S. Pedro[1].



[1] Nota del Blog: Tema complejo y muy debatido. En lo personal seguimos a Lacunza quien identifica todos estos sucesos con el Milenio. El problema que vemos con la interpretación de Ramos García es que debería colocar estos acontecimientos después del juicio universal de XX, 11-15 (pues antes está el Milenio), lo cual parece muy extraño, considerando que él reconoce que hay viadores todavía.

jueves, 10 de enero de 2019

Notas a algunos estudios de Mons. Fenton sobre la membresía en la Iglesia (III de IX)


Apéndice II.

Joseph Anger, La doctrine du Corps Mystique de Jesús-Christ, pag. 284. (8 ed., año 1946).

“Además, en ambos sacrificios, el de la Pasión y el de la Misa, Jesús es tanto el Sacerdote como la Víctima; pero en la Misa no es el único sacerdote ni la única víctima. En todo sacrificio el que ofrece la víctima es el sacerdote; pero en su Pasión, Cristo se ofreció al Padre solo[1] a fin de conquistar a la Iglesia, para hacerla nacer, bella y pura, de su sangre divina. En la Misa, todo el Cuerpo Místico realmente unido a Cristo ofrece por Él y con Él la víctima del Calvario[2]. Cristo es siempre el Sacerdote principal y soberano, pero al igual que una causa principal, pasa hacia nosotros su poder sacerdotal, eleva a aquellos que han recibido el carácter bautismal a la dignidad de instrumentos de su sacerdocio; sin embargo no comunica su virtud de la misma manera, pues si bien todos los fieles ofrecen, sólo los sacerdotes[3] consagran. Hemos dicho también que en la Misa Jesucristo no es la única víctima como fue el caso del Sacrificio de la Cruz, sino que la Iglesia, que ofrece por Él y con Él, se ofrece también a sí misma con Él. Ciertamente, no bajo el mismo plan y con el mismo título que Cristo, ya que sólo el cuerpo natural de Cristo es el que constituye la ofrenda, pero, así como todo sacrificio exterior es signo y símbolo de uno interior, el Cuerpo Místico ofrece el cuerpo natural de Cristo como prenda y en testimonio de su propia oblación y consagración. San Agustín dice que por el sacrificio de su Cabeza, la Iglesia aprende a sacrificarse a sí misma: “fue su voluntad divina también que fuese sacramento cotidiano el sacrificio de la Iglesia, la cual, siendo cuerpo místico y verdadero de esta misma y suprema cabeza, aprende a ofrecerse a sí misma en virtud del mandato de Jesucristo[4].



[1] Pequeño desliz del Abbe Anger en su monumental obra. En realidad, debe decirse que Nuestro Señor no fue el único sacerdote en el Calvario, sino que también su Madre ofreció a Su Divino Hijo, y esta es la enseñanza explícita de los Papas:

León XIII en la encíclica Iucunda Semper dice:

“De pie, junto a la Cruz de Jesús, estaba María su Madre, penetrada hacia nosotros de un amor inmenso, que la hacía ser Madre de todos nosotros, ofreciendo Ella a su propio Hijo a la justicia de Dios y agonizando con su muerte en su alma, atravesada por una espada de dolor” (ASS, 27, p. 178).

Benedicto XV en su epístola apostólica Inter sodalicia:

“Los doctores de la Iglesia enseñan comúnmente que la Santísima Virgen María, que parecía ausente de la vida pública de Jesucristo, estuvo presente, sin embargo, a su lado cuando fue a la muerte y fue clavado en la cruz, y estuvo allí por divina disposición. En efecto, en comunión con su Hijo doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte; abdicó los derechos de madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres; y para apaciguar la justicia divina, en cuanto dependía de Ella, inmoló a su Hijo, de suerte que se puede afirmar, con razón, que redimió al linaje con Cristo” (AAS 10, p. 181).

Pío XI en su Encíclica Miserentissimus Redemptor dice:

“…Finalmente, la benignísima Virgen Madre de Dios sonría favorablemente a estos nuestros deseos y conatos, la cual, habiendo dado y criado a Jesús Redentor, y ofreciéndole junto a la cruz como hostia, fue también y es piadosamente llamada Redentora por la misteriosa unión con Cristo y por su gracia absolutamente singular” (AAS 20, p. 178).

Por último, Pío XII en la Mystici Corporis dice:

Ella fue la que, libre de toda mancha personal y original, unida siempre estrechísimamente con su Hijo, lo ofreció, como nueva Eva, al Eterno Padre en el Gólgota, juntamente con el holocausto de sus derechos maternos y de su materno amor, por todos los hijos de Adán…” (AAS, 25, p. 246).

Otra pregunta interesante, y que merecería otro estudio separado es: sabiendo que hay una relación directa entre el Sacrificio del Calvario y la Virgen María y el Sacrificio de la Misa y el resto de los fieles ¿puede afirmarse que hay una relación entre el Sacrificio de la Última Cena y los Apóstoles? En otras palabras: ¿Nuestro Señor ofreció en la Última Cena solo o junto con los Apóstoles? Nos parece que la última opción es preferible, pero es este un tema no muy explorado en teología como lo afirma el P. Sauras OP cuando trata de los “miembros de excepción” del Cuerpo Místico y en los cuales agrega a la Santísima Virgen, la cual tuvo la “gracia de la Divina Maternidad” y a los Apóstoles que tuvieron la “gracia del Apostolado” (ambas gracias son “sacerdotales”). Si esto fuera así entonces tendríamos una confirmación de todo lo dicho hasta aquí y veríamos en la facultad de ofrecer el Sacrificio aquello que constituye a los miembros de la Iglesia, con la diferencia propia de los distintos tipos de miembros: Virgen María-Apóstoles-resto de los fieles y de sacrificios: Calvario-Última Cena-Misa, respectivamente.

Para todo este interesantísimo tema puede consultarse al P. Sauras en su magnífica obra El Cuerpo Místico de Cristo, BAC, 1952, pag. 483 y ss.

[2] De esta forma S. Ambrosio le escribe a Teodosio que debe temer la excomunión:

Recién ofrecerás cuando recibas la facultad de sacrificar, cuando tu hostia sea acepta a Dios” (Epístola 51 a Teodosio, n 15, PL XVI, col. 1163).

Su poder sacerdotal, su poder de ofrecer la Santa Víctima en la Misa, poder que Teodosio tenía por su Bautismo, se suspende por la Excomunión que lo excluye de la vida exterior del Cuerpo Místico” (Nota del Autor).

[3] El autor se refiere a aquellos que han recibido el sacramento del Orden.

[4] De Civitate Dei, lib. 10, cap. 20.

lunes, 7 de enero de 2019

Ezequiel, por Ramos García (XVII de XXI)


10. San Pedro.

A los impacientes de todos los tiempos, que dicen: ¿Dónde está la promesa de su Parusía? Pues desde que los padres se durmieron todo permanece lo mismo que desde el principio de la creación (II Ped. III, 4), les responde S. Pedro con la hermosa teoría de los tres mundos sucesivos: el prediluviano, que terminó con el diluvio de agua; el actual, que terminará con el diluvio de fuego y el futuro de paz y bienandanza - el orbe de la tierra venidero de S. Pablo-, que tenemos tantas veces prometido: Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia (II Ped. III, 13 = Is. LXV, 17; LXVI, 22; Ap. XXI, 1).

Este tercer mundo es el que nos promete Dios por los profetas –según su promesa- y sólo cuando aparezca ese tercer mundo, que es subceleste como los dos primeros[1], se cumplirán todas las promesas de justicia y paz social, que en nombre de Dios nos hicieron los profetas, para que se vea la veracidad de tus profetas.

Y ese venturoso evento sucederá en breve -No es moroso el Señor en la promesa (II Ped. III, 9; Hebr. X, 37; Ecco. XXXV, 22; Hab. II, 3)-, siquiera esa brevedad se haya de medir a lo divino, y ese paso del mundo actual al tercer mundo no haya de ser instantáneo. Se llega a él por varios jalones, primero de los cuales es la restitución de la realeza a Israel (Hech. I, 6) que, al cristianarse en el bautismo, resulta automáticamente de derecho positivo cristiano, pero no obtiene su triunfo definitivo hasta tanto que son destruidos por el fuego vengador las fuerzas recalcitrantes de Gog y Magog, es decir, de toda la gentilidad apóstata -en los cuatro ángulos de la tierra (Ap. XX, 8)-; y sólo entonces se establece aquí de lleno el tercer mundo de la perspectiva de S. Pedro.


11. San Pablo.

viernes, 4 de enero de 2019

Notas a algunos estudios de Mons. Fenton sobre la membresía en la Iglesia (II de IX)


Apéndice I

Cardenal Louis Billot, De Sacramentis, vol. 1, Thesis XIII (1931, 7 edición).

Artículo Sexto: “No todos los sacramentos imprimen carácter sino sólo tres de ellos, por medio de los cuales el hombre adquiere un nuevo status con respecto a aquellas cosas que pertenecen al culto público en la Iglesia de Dios”.

“… la razón teológica concuerda con ésto (a saber, que los tres sacramentos que imprimen carácter en el alma son el Bautismo, la Confirmación y el Orden) ya que el carácter se imprime sólo en aquellos sacramentos por los cuales el hombre es comisionado a aquellas cosas que en la Iglesia deben ser hechas públicamente. De aquí se sigue que la Penitencia y la Extremaunción no pueden imprimir carácter ya que estos sacramentos están sólo para curar algunos defectos accidentales, como son los pecados después del Bautismo, y por medio de ellos el hombre es restituido simpliciter al status primitivo.

De la misma manera el Matrimonio tampoco imprime carácter ya que, si bien por medio de este sacramento el marido y la mujer están comisionados para engendrar hijos y educarlos para rendir culto a Dios de forma tal que provea a la perpetuidad de la Iglesia, sin embargo este oficio no es público sino doméstico, relacionado solamente dispositive a las acciones jerárquicas, y esta es la razón por la cual no se adquiere, por medio del Matrimonio, un nuevo status relacionado a aquellas cosas que pertenecen al culto público en la Iglesia de Cristo.

Con respecto a la Eucaristía se deben considerar dos cosas: la acción sacramental misma que consiste en la consagración de la materia y el uso del sacramento. No hay dudas que en la consagración no se imprime carácter ya que esa acción no pone nada en el alma, sino que, por el contrario, su acción termina en la materia externa y de esta forma no consagra al que rinde culto a Dios, sino que es más bien el culto supremo, el sacrificio de la Iglesia. Con respecto a su uso debemos decir que no imprime carácter en razón de la gran perfección del sacramento, que no ordena al hombre a hacer o recibir algo más con respecto a las cosas santas, sino que, como dice el Dionisio, es la consumación y fin de todas ellas.

En conclusión, debemos decir que los otros tres sacramentos imprimen carácter ya que comisionan ex officio a las cosas divinas, sea para darlas a otros (Orden), para recibirlas (Bautismo) o para defenderlas de los atacantes (Confirmación).”

martes, 1 de enero de 2019

Ezequiel, por Ramos García (XVI de XXI)


8. El Eclesiástico.

Los que con nuestro autor ven la reintegración de las doce tribus, para formar un solo reino, en la restauración histórica de Israel, a la vuelta del destierro babilónico, tienen que habérselas con el autor del Eclesiástico que, escribiendo mucho después de esa vuelta, no da por hecha esa integración pues la pide y espera, cabalmente para salvar la veracidad de los profetas. Dice así con alusión perenne a las profecías messianas:

Renueva los prodigios, y haz nuevas maravillas. Glorifica tu mano, y tu brazo derecho. Despierta la cólera, y derrama la ira. Destruye al adversario, y abate al enemigo. Acelera el tiempo, no te olvides del fin; para que sean celebradas tus maravillas. Devorados sean por el fuego de la ira aquellos que escapan; y hallen su perdición los que tanto maltratan a tu pueblo. Quebranta las cabezas de los príncipes enemigos, los cuales dicen: “No hay otro fuera de nosotros.” Reúne todas las tribus de Jacob; para que conozcan que no hay más Dios que Tú, y publiquen tu grandeza, y sean herencia tuya, como lo fueron desde el principio. Apiádate de tu pueblo que lleva tu nombre, y de Israel a quien has tratado como a primogénito tuyo. Apiádate de Jerusalén, ciudad que has santificado, ciudad de tu reposo. Llena a Sión de tus palabras inefables, y a tu pueblo de tu gloria. Declárate a favor de aquellos que desde el principio son creaturas tuyas y verifica las predicciones que anunciaron en tu nombre los antiguos profetas. Remunera a los que esperan en Ti, para que se vea la veracidad de tus profetas; y oye las oraciones de tus siervos, según la bendición que dio Aarón a tu pueblo, y enderézanos por el sendero de la justicia. Sepan los moradores todos de la tierra, que Tú eres el Dios que dispone los siglos (Ecl. XXXVI, 6-19).

Estas promesas no se les cumplieron, pues, a la vuelta del cautiverio babilónico, ni aun con la institución de la teocracia por Esdras y Nehemías, que conocía bien el Sirácida. Tampoco logra llenar ese vacío la era de los Macabeos, pues por lo efímera, precaria y extraña a la dinastía davídica, no viene a realizar nada de aquello en que más insisten los profetas. ¿Será la edad del Evangelio en lo que llevamos de cristianismo histórico? Tampoco, porque en este lapso de tiempo, los judíos, lejos de ocupar un puesto distinguido en el reino messiano -del judío, primeramente y también del griego—, viven bajo el signo de la exclusión en masa, y han venido a sustituirles los gentiles (Mt. VIII, 11 s. etc.) sustitución temporal, es cierto, (Rom. XI, 25), pero verdadera, y mientras ella dure, e Israel viva en la dispersión secular. “Sin sacrificio, sin massebah, sin efod y sin terafines (Os. III, 4), queda suspendido para ellos el cumplimiento de esas magníficas profecías, que no son condicionales, como quiere la euforia alegorista, sino absolutas, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (Rom. XI, 29).

Si se quiere salvar el honor de los profetas— para que se vea la veracidad de tus profetas —es preciso aplazar su cumplimiento a tiempos mejores, cuando se haya aplacado la ira del Señor—así comúnmente los profetas— que pesa aún sobre ese pueblo.


9. El mensaje evangélico.

La misma perspectiva en el N.T., aun cuando la Iglesia estaba en marcha y extendida ya por todas partes.

Los Apóstoles, siguiendo las indicaciones del Maestro y la sugestión del Espíritu Santo, siguen esperando y hablando del porvenir de este mundo subceleste lo mismo que los profetas de Israel, cuyas palabras recogen a menudo, y mientras los judíos convertidos se impacientan cada vez más, al no ver cumplidas las divinas promesas en la Iglesia, ni el Maestro a sus discípulos, ni los Apóstoles a los fieles titubeantes, responden nada que se parezca, ni de lejos, a la euforia alegorista: Ahí lo tenéis todo cumplido, y aún con creces en los bienes espirituales de la nueva economía; en este suelo no hay más que esperar. No, sino con una gran ponderación, y sin desvirtuar en un ápice cuanto estaba escrito (Mt. V, 17 s.), no se cansan de exhortar a la ὑπομονῆ, que es la expectación paciente y vigilante, para obtener algún día las promesas: En efecto, tenéis necesidad de paciencia, a fin de que después de cumplir la voluntad de Dios obtengáis lo prometido (Heb. X, 36; cf. Rom. XV, 4). Ese es el clima de los discursos escatológicos del Señor y de todos los escritos apostólicos.

Preguntan los discípulos: Señor, ¿es éste el tiempo en que restableces el reino para Israel? (Hech. I, 6). Respóndeles el Señor: No os corresponde conocer tiempos y ocasiones que el Padre ha fijado con su propia autoridad, etc. (Hech. I, 7). La Sagrada Escritura es muy explícita acerca de la futuridad de la anunciada restauración (Hech. III, 21) y de su promotor providencial (Mt. XVII, 11; Mc. IX, 11; cf. Ap. VII = Is. XLIX; Ecl. XLVIII, 10).

El Padre se ha reservado el tiempo y la oportunidad de realizar esa restauración, tiempo que nadie puede conocer, como ya había dicho otra vez el Maestro (Mt. XXIV, 36 y par.), pero que no es ciertamente el presente, contra lo que opinaban los judíos y los discípulos del Señor antes de ser iluminados, y con ellos los alegoristas, que contra la formal protesta del Señor (Mt. X, 34, y par.), lo ven ya todo cumplido en la Iglesia.

Es una manera de intemperancia que es preciso refrenar. Tened calma, que todo llegará a su tiempo: tenéis necesidad de paciencia.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Notas a algunos estudios de Mons. Fenton sobre la membresía en la Iglesia (I de IX)


Nota del Blog: Después de haber publicado los estudios de Mons. Fenton: El Acto del Cuerpo Místico y El Carácter Bautismal y la pertenencia a la Iglesia nos pareció una buena idea agregar, por vía de complemento, algunas notas aclarativas.

De hecho, sólo deben ser enumerados entre los miembros
de la Iglesia aquellos que han sido bautizados…

Con estas palabras el Papa Pío XII definió, contra la opinión de algunos autores, la necesidad del sacramento del bautismo para ser miembro de hecho de la Iglesia. Ahora bien, la cuestión que se plantea es ¿qué nos da el bautismo de forma tal que nos haga miembros de la Iglesia? En otras palabras, sabiendo que el sacramento del bautismo es el único medio para ser miembros de la Iglesia, debemos considerar cuál es la causa eficiente que incorpora a los hombres a la Iglesia.

S. Tomás enseña que los efectos del sacramento del Bautismo son dos:

a) Infusión de la Gracia (participación de la naturaleza divina).

b) Carácter sacramental (participación del Sacerdocio de Nuestro Señor).

El Ángel de las escuelas enseña:

“El carácter, propiamente hablando es una señal (signaculum) con la que se marca una cosa en cuanto está ordenada a un fin determinado, así, por ejemplo, se marca el dinero para el uso de los consumidores y los soldados son señalados con la marca que los habilita para la milicia. Ahora bien, el fiel está destinado (deputatur) a dos cosas: ante todo y principalmente a la fruición de la gloria y para este fin es señalado con la marca de la gracia según aquello de Ez. IX, 4 “Marca la frente de los hombres que gimen y se lamentan” y del Apoc. VII, 3: “No hagáis daño a la tierra ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de Dios en sus frentes”.

En segundo lugar, el fiel es destinado a recibir o dar a otros, las cosas pertenecientes al culto de Dios, y este, propiamente hablando, es el fin del carácter sacramental”. III, q. 63, 3.

“Los fieles de Cristo están destinados al premio de la gloria por venir, por medio del sello de la divina predestinación. Pero también están destinados a los actos pertinentes a la Iglesia que existe ahora por medio de un sello espiritual impreso sobre ellos que se llama carácter”. III, 63; q. 1 ad 1.[1]