viernes, 22 de enero de 2021

La Enseñanza de los Manuales de Teología, por Mons. Fenton (IV de V)

   Los dos tomos de la Apologetica sive theologia fundamentalis[1] de Hilarino Felder fueron ampliamente usados durante las décadas pasadas. Y en la historia de la apologética, Cristo y los críticos[2] de Felder fue y sigue siendo casi de un valor único. También se destaca en este campo la obra en dos tomos Jesus Christ: Sa Personne, Son Message, Ses Preuves[3], por Leonce de Grandmaison. 

El P. Berthier, el fundador de los Misioneros de la Sagrada Familia escribió, durante el reino de León XIII, un Abrégé de théologie dogmatique et morale[4], que contiene un tratado de teología dogmática fundamental relativamente completo y típico de comienzo de siglo. El brillante P. Bainvel publicó un tratado De vera religione et apologetica[5], que tuvo una amplia y poderosa influencia. Y entre los múltiples y ahora casi olvidados escritos del Cardenal Lepicier estaba un Tractatus de sacra doctrina[6] y un Tractatus de ecclesia Christi[7]. 

El jesuita americano P. Timothy Cotter publicó una Theologia fundamentalis[8] muy exitosa y precisa. Entre los manuales de teología dogmática fundamental más recientes del siglo XX está la Theologia fundamentalis, del primer volumen en el texto de Iragui y Abarzuza[9]. El Capuchino P. Iragui es el autor de este primer volumen. 

De importancia primordial entre los manuales de eclesiología en nuestro siglo son los dos volúmenes del obispo jesuita Michel d'Herbigny Theologica de ecclesia[10]. Otros textos muy influyentes en la misma área son los De ecclesia Christi[11]  por el jesuita Timoteo Zapelena y el De ecclesia Christi[12] por el franciscano Antonio Vellico. 

Otro excelente y muy usado manual en este campo es The Church of Christ: An Apologetic and Dogmatic Treatise,[13] por el P. E. Sylvester Berry de Monte Saint Mary. Y en Canadá encontramos un par de manuales extraordinariamente útiles, la Apologetica de los sulpicianos Yelle y Fournier y los De ecclesia et de locis theologicis[14], escritos por el P. Yelle. De España viene uno de los mejores manuales tradicionales recientes en este campo: la Theologia fundamentalis por los jesuitas Salaverri y Nicolau[15]. Este es el primer tomo del famoso Sacrae theologiae summa. 

martes, 19 de enero de 2021

La Disputa de Tortosa (XXXV de XXXVIII)

   Punto 5: 

Astruch lo dedicó a impugnar la autoridad de los 85 jubileos: 

a) El que dijo la autoridad de los 85 jubileos no hablaba con certeza, sino conjeturalmente; en efecto, al decir: “no durará el mundo menos de 85 jubileos”, muestra certeza acerca de esto; pero acerca de la venida del Mesías dice: “Y en el último jubileo vendrá el hijo de David”; esta frase no indica certeza en quien la dice, pues de estar cierto hubiera dicho: “No pasará el mundo de esta fecha sin que venga el Mesías”. Y por eso añadió Rabase: “Después (del jubileo 85) espérale”. 

b) La frase “y en el último jubileo vendrá el hijo de David”, no quiere decir que de hecho vendrá, sino que estará dispuesto a venir, y el sujeto de esta disposición o aptitud no será el Mesías, sino el pueblo de Israel, que a partir del último jubileo estará dispuesto o tendrá aptitud para recibirle, lo cual no quiere decir que de hecho venga o le reciban. 

 

Respuesta de Jerónimo: 

a) La autoridad no permite el sentido conjetural, pues no sólo dijo Elías que el Mesías vendría en el último jubileo, sino que, preguntado si vendría al principio o al fin de ese jubileo, respondió: “al fin”; cosa que no hubiera dicho de no estar cierto. 

Además, es de sentido común que ambas frases manifiestan el mismo grado de certeza, pues el verbo “vendrá” está en indicativo, y este modo verbal se usa para demostrar o asegurar, no para conjeturar. En hebreo “ba” también es indicativo, aunque el tiempo pueda ser presente o pretérito, luego también expresa certeza. Decir que un verbo en indicativo exprese conjetura y no certeza es mostrar ignorancia total de las reglas más elementales de la gramática. 

b) Si la frase “vendrá el hijo de David” hay que interpretarla de una mera aptitud o posibilidad (y ésta ni siquiera de parte del Mesías, sino del pueblo), podría aplicarse esta interpretación a todas las frases semejantes de la Escritura y entonces nada de ella quedaría en pie ni de la historia ni de la profecía. Y aun en la vida ordinaria no podríamos entendernos. 

Finalmente, es falso que a partir del jubileo 85 fuera apto el pueblo de Israel para hacer obras meritorias de la venida del Mesías. Las circunstancias externas (sin templo, sin sacrificios, en el destierro), en que incurrió por la cautividad entonces acaecida, pusieron a los judíos, en relación con los actos meritorios, en una situación peor que la anterior a ese jubileo, según los mismos rabinos habían concedido. Si se trata, pues, de una aptitud externa, ésta fué mayor antes del 85 jubileo que después; y si de una aptitud interna, es decir, que a partir de ese jubileo las voluntades de los judíos estarán prontas y decididas en el servicio de Dios, entonces Dios, que premia la buena voluntad, debería haberles enviado el Mesías. 

Además, esta fidelidad no se compagina con la explicación que de la tardanza del Mesías nos dan los rabinos en la autoridad de los seis mil años: “Y por nuestros pecados, que se multiplicaron, el Mesías aún no ha venido”. 

 

Punto 6, 7 y 8: 

En estos tres puntos de su memoria, se dedicó Astruch a impugnar otras tres autoridades con que Jerónimo había probado la venida del Mesías: la autoridad de rabí Josué, hijo de Leví (punto 6), la autoridad del árabe (punto 7) y la de Is. LXVI, 7 “antes que diera a luz” con la interpretación targúmica (punto 8). 

 

Opinión del P. Pacios (que hacemos nuestra): 

Por no alargarnos, pasaremos por alto estos tres puntos pues su exposición nos parece innecesaria: el sistema de discusión es el mismo que el seguido acerca de las autoridades anteriores y las respuestas de Jerónimo fueron igualmente eficientes. 

Adviértase también que Astruch no impugnó ni una sola de las pruebas bíblicas con que Jerónimo demostrara la venida del Mesías.

sábado, 16 de enero de 2021

La Enseñanza de los Manuales de Teología, por Mons. Fenton (III de V)

  El manual de Tanquerey fue ciertamente el más extendido entre los que aparecieron al comienzo de este siglo. Visto en perspectiva, parecería que dos autores comparten el premio por su perspicacia teológica. Uno, por supuesto, era Billot, cuyo texto, De Ecclesia Christi: sive Continuatio theologiae de Verbo Incarnato[1], sigue siendo el mejor tratado sobre la Iglesia escrito en los últimos cien años. El otro era el dominico francés Garrigou Lagrange, cuyo clásico De Revelatione per ecclesiam catholicam proposita[2] sigue siendo fundamentalmente el mejor manual de apologética escolástica disponible para el estudiante hoy en día. 

Posterior al manual de Tanquerey, pero destinado igualmente a un tremendo éxito en el mundo de los estudios eclesiásticos, era el primer volumen del Manuale theologiae dogmaticae de Hervé, el primero titulado De vera religione: De ecclesia Christi: De fontibus revelationis[3]. El primer volumen del Precis de theologie dogmatique[4] de Bartmann, un texto muy popular un cuarto de siglo atrás, trataba de las fuentes de la revelación y otros tópicos que entraban en lo que el P. Baum llama “conflicto” en el Concilio Vaticano II. 

Tremendamente influyentes en su época fueron otros manuales de teología dogmática fundamental, que no se usan mucho hoy en día. Entre estos están los Elementa apologeticae sive theologiae fundamentalis[5] por el sacerdote austríaco Antonio Michelitsch. Los Elementa theologiae fundamentalis[6], por el Franciscano italiano Clemente Carmignani es otro de estos textos. En la misma lista debemos colocar el Compendium theologiae dogmaticae[7] del Cardenal Vives, el primer volumen de las Theologiae dogmaticae institutiones[8], de Mannens que se intituló Theologia fundamentalis, y el primer volumen de los Commentarii theologici de MacGuiness, libro que contiene los tratados De religione revelata ejusque fontibus and De ecclesia Christi.[9] 

miércoles, 13 de enero de 2021

La Disputa de Tortosa (XXXIV de XXXVIII)

    Punto 4: 

Contra el resumen de la disputa, hecho por Jerónimo en las sesiones 46 y 47, acusándole de haber omitido muchas de las razones alegadas por los judíos en el curso de la discusión. Entre estas razones hay cuatro de carácter universal, que justifican la posición judía e invalidan las pruebas de Jerónimo: 

a) Muchas de las pruebas de Jerónimo se fundan en “haggadot”, “palabras para edificar”, “fábulas”, a las cuales no presta fe el judío, debiendo entenderse no literalmente, sino metafórica y figurativamente. 

b) Como las operaciones o actos del Mesías, tal cual constan en las profecías, no se han dado en hombre alguno, hay que concluir que el Mesías aún no ha venido; por lo mismo, toda autoridad que contraríe a esta verdad habrá que exponerla figurativamente, de modo que no se oponga. 

c) Todas las autoridades alegadas por Jerónimo para probar que el Mesías ya ha venido son de hombres que creían firmemente que aún no había venido. Por consiguiente, hay que interpretarlas de modo que no contradigan a su creencia, pues no puede pensarse que ellos quisieran decir precisamente lo contrario de lo que creían. 

d) De los mismos de quienes, por vía de tradición, recibimos la ley mosaica, de esos mismos, y por la misma vía, recibimos el conocimiento de los actos y condiciones del Mesías; así como admitimos la primera, hemos también de admitir las segundas, y de tal modo exponer cuanto parezca opuesto, que logremos evitar la contradicción. 

 

Respuesta de Jerónimo: 

domingo, 10 de enero de 2021

La Enseñanza de los Manuales de Teología, por Mons. Fenton (II de V)

    La Doctrina de los Manuales de Teología 

Obviamente que, si vamos a examinar seriamente las afirmaciones del P. Baum, lo primero que tenemos que hacer es preguntarnos por la identidad de los manuales teológicos de comienzos del siglo XX. El tema del esquema sobre el cual votó el concilio era el de la revelación y sus fuentes. De aquí que debemos suponer que, cuando el P. Baum habla de los manuales objetables, se refiere a aquellos que tratan de la teología dogmática fundamental y en particular con las secciones De revelatione y De fontibus revelationis. Sucede que en este tema ha habido muchos manuales muy influyentes y bien escritos producidos a comienzo de siglo. 

Estamos hablando, por supuesto, de los manuales en el campo de la teología dogmática fundamental, que estaban en uso e influyeron tanto a comienzo de siglo como después. Algunos de estos fueron escritos originalmente durante los últimos años del siglo XIX, pero en las ediciones publicadas después del Lamentabili sane exitu, la Pascendi dominici gregis, y el Sacrorum antistitum, estos manuales adquirieron el énfasis antimodernista que parecen disgustar al P. Baum. 

Probablemente el manual más importante de todos estos era el de Louis Billot, que ciertamente va a ser tenido entre los mejores teólogos que trabajaron por la Iglesia durante la primera parte de este siglo. Estos libros, que tratan directamente sobre el tema votado en el esquema por los Padres del Concilio Vaticano II, fueron publicados por la editorial de la Universidad Gregoriana en Roma, y se reeditaron muchas veces. Uno de ellos fue el De inspiratione sacrae scripturae theologica disquisitio[1], y otro fue el magnífico De immutabilitate traditionis contra modernam haeresim evolutionismi[2]. 

Las obras del sulpiciano Adolfo Tanquerey eran incluso más conocidas que las de Billot. Varios miles de sacerdotes se introdujeron al estudio de la teología y sobre todo de la teología dogmática fundamental por medio de los cursos basados en el De Religione: De Christo Legato: De Ecclesia: De Fontibus Revelationis de Tanquerey, el primero de los tres volúmenes de su Synopsis theologiae dogmaticae ad mentem S. Thomas Aquinatis accommodate[3]. Este volumen particular llegó a la edición 21 en el año 1925. Si las tesis enseñadas por Tanquerey se oponían a las de “la tradición más auténtica de la Iglesia de todos los siglos”, entonces, miles de sacerdotes, educados durante la primera parte del siglo XX fueron llevados al error por los hombres a quienes Nuestro Señor había constituido como guardianes de Su mensaje revelado. 

jueves, 7 de enero de 2021

La Disputa de Tortosa (XXXIII de XXXVIII)

    4) Objeciones de los Rabinos al Mesianismo Cristiano[1]. 

Habiendo renunciando los rabinos a toda ulterior objeción colectiva, Jerónimo dio un resumen de toda la Disputa (ses. 46 y 47), tras lo cual Benedicto XIII autorizó que los rabinos que lo desearan manifestasen particularmente las dificultades y objeciones que quisieran. 

Sólo tres rabinos aprovecharon esta licencia: Matatías, Ferrer y Astruch, los que presentaron tres memorias: la primera, por Ferrer y Matatías conjuntamente; la segunda, por Astruch; la tercera, por Ferrer. 

En gracia a la brevedad, pasaremos por alto la primera memoria, ya que juzgamos no aporta ningún elemento nuevo importante a la discusión. Por unas palabras pronunciadas más tarde por Jerónimo en la ses. 60, sabemos que, acabada la réplica de éste, R. Matatías renunció a toda ulterior discusión, mientras R. Ferrer, por el contrario, mostró deseos de replicar, cosa que no hizo, sin embargo, a pesar de haber recibido copia de todo lo dicho por Jerónimo, sobre la que no hizo la más mínima alusión en la última memoria que presentó. 

 

Memoria de R. Astruch. 

Consta de ocho puntos y seguiremos el mismo orden que siguió R. Astruch en la disputa, es decir, empezando por el punto 3 para acabar con el 2, ya que los dos primeros los omitió al principio y los expuso al final. 

Punto 3: 

a) La causa de la verdad de los artículos de fe no es la ciencia que se tiene de ellos, sino la fe con que se profesan; mientras ésta permanezca, permanece la verdad. 

b) Por consiguiente, la creencia que uno tiene no puede ser rebatida por argumentos; si no sabe responder, se sigue que es ignorante, no que su creencia sea falsa. 

c) Jamás es lícito al hombre disputar sobre los artículos de su fe; por eso el judío, cesando en la disputa, hace lo que es justo y, por tanto, ni él es reprensible ni su fe padece quebranto. 

d) La ignorancia judía tiene motivos justificados: el estar fuera de sus casas; padecer en sus bienes; el mal que en las aljamas se sigue de su ausencia; el estar separados de sus mujeres e hijos; las privaciones y expensas extraordinarias que su estancia en Tortosa les impone. 

 

Respuesta de Jerónimo: 

lunes, 4 de enero de 2021

La Enseñanza de los Manuales de Teología, por Mons. Fenton (I de V)

 La Enseñanza de los Manuales de Teología,

por Mons. Fenton 

Nota del Blog: El siguiente texto está traducido del American Ecclesiastical Review (abril, 1963), pp. 254-270. 

Una vez más, dejando de lado el hecho que motivó este artículo, lo importante son los principios que asienta el docto sacerdote estadounidense. 

El original puede leerse AQUI. 

 

*** 

Una de las personalidades más simpáticas entre los periti en las primeras series de reuniones del Concilio Vaticano II fue el sacerdote canadiense, el Agustino Gregory Baum. Aquellos que tuvieron la fortuna de conocerlo, lo admiraron por su admirable carácter sacerdotal y por su exquisita cortesía. Sin dudas es esa clase de hombres a los que se les escucha y que atraen atención. 

Hace poco escribió un artículo para la revista Commonweal, en la cual hizo una afirmación muy cuestionable sobre el status de la teología de los manuales escolásticos en el Concilio Vaticano II. La enseñanza, que podría haber pasado desapercibida si hubiera venido de parte de un hombre menos capaz y distinguido, atrae naturalmente la atención debido a que es una afirmación del P. Baum. Y, desafortunadamente, es una afirmación que puede ser muy desorientadora si fuera tomada en serio por nuestros Católicos, especialmente por los estudiantes de teología. 

El P. Braun concluyó su artículo con esta afirmación: 

El conflicto en el Concilio no es entre hombres que intentan introducir nuevas perspectivas y modernas vías y aquellos que intentan permanecer fieles a la gran tradición del pasado. Es más bien entre los que buscan renovar la vida de la Iglesia retornando a la tradición más auténtica de la Iglesia de todos los siglos y los que buscan consagrar como la eterna sabiduría de la Iglesia la teología de los manuales del siglo XX y el énfasis antimodernista de las que estaban penetrados[1]. 

En sí misma es una afirmación alarmante. A pesar de la manifiesta y destacada amabilidad, conocimiento y sinceridad del P. Baum, sin dudas es importante que los Católicos, especialmente los sacerdotes, investiguen la precisión e implicancias de lo que dice sobre el “conflicto” en el Concilio Vaticano II. Sin dudas, este es un tema sobre el cual no podemos permitirnos estar mal informados.