lunes, 18 de junio de 2018

La Iglesia local de Roma, por Mons. Fenton (II de II)


En tiempos más recientes el interés en esta tesis particular se centró en el tema de la manera en que Dios unió el primado al episcopado de la Iglesia local de Roma.

Algunos, como Domingo Palmieri, consideran probable que San Pedro recibió una orden divinamente revelada para establecer su Sede permanentemente en Roma antes que asumió el liderazgo de la Iglesia local de la Ciudad Eterna[1].

Otros, como Reginaldo Schultes, creían que esa orden previa era muy improbable, pero insistía que un mandato divino explícito se le dio probablemente a San Pedro antes de su martirio[2].

Otros, como el cardenal Franzelin y los Obispos Felder y D`Herbigny, opinan que la decisión final de Roma hecha por San Pedro se debió a un movimiento de la gracia o inspiración divina de tal naturaleza de descartar la posibilidad de cualquier transferencia de la Sede primacial desde Roma en cualquier momento posterior[3].

El Cardenal Billot sostenía que Roma retenía su posición dispositione divina (por divina disposición), y que esta tesis, aunque todavía no ha sido definida, sin dudas puede serlo[4].

Es interesante notar que Gerardo Paris escribió que era más probable que el primado sobre la Iglesia universal fue unido al episcopado de Roma iure divino, saltem indirecto (por derecho divino, al menos indirecto)[5]. La posibilidad de ese mandato divino indirecto generalmente no ha sido considerada en la eclesiología escolástica reciente.

Una gran mayoría de teólogos desde el Concilio Vaticano ha sostenido la tesis que, de una u otra manera, el primado está permanentemente unido a la Iglesia local de Roma iure divino (por derecho divino). Dentro de esta mayoría encontramos eclesiologistas tan destacados como el Cardenal Camilo Mazzella, Bonal, Tepe, Crosta, De Groot, Hurter, Dorsch, Manzoni, Bainvel, Tanquerey, Herve, Michelitsch, Van Noort, y Lercher[6].

jueves, 14 de junio de 2018

Las parábolas del Evangelio, por J. Bover (III de IX)


NOCIÓN ANALÍTICA DE LA PARÁBOLA. -

Antes de ensayar una definición sintética de la parábola conviene analizar sus elementos constitutivos. En la parábola se distinguen fácilmente tres elementos: a) la imagen parabólica; b) la sentencia o verdad significada; c) el contacto (conexión, correspondencia, analogía o proporción) entre la imagen y la sentencia. Estos tres elementos corresponden a los tres respectivos de la comparación: la imagen es el término, la sentencia es el sujeto, el contacto entre ambos es el medio o punto de comparación.

a) Imagen parabólica. - A diferencia del simple término de comparación, la imagen parabólica aparece revestida de estas propiedades: es una narración, más o menos desarrollada, de apariencia histórica; pero no es propiamente histórica (aunque no raras veces tiene fundamento histórico, como la parábola de las Minas), sino fingida o poética[1]; es además verosímil y humana, por cuanto en ella actúan y hablan los hombres, no los animales, como en la fábula.

b) Sentencia significada. - Es una verdad moral: en lo cual conviene hasta cierto punto con la fábula; de la cual, empero, se distingue radicalmente, por cuanto la verdad parabólica es de orden más elevado, es decir, religioso y espiritual, o, más concreto, es el Reino de Dios bajo alguno de sus múltiples y variados aspectos.

c) Contacto entre la imagen y la sentencia. - Es éste el punto más delicado y discutido de la parábola. Comencemos por lo cierto, para precisar mejor el grave problema. Es claro que en la imagen parabólica existe un núcleo primordial (equivalente a la comparación básica latente en la parábola) que se completa con rasgos que le dan la forma de historia. De ahí el problema: ¿todos estos rasgos complementarios son de un mismo género, o bien hay que distinguir unos rasgos propiamente integrantes de otros puramente ornamentales? En otros términos: además del núcleo, que es evidentemente significativo, ¿existen otros elementos en la parábola igualmente significativos, o bien todos, fuera del núcleo, están desprovistos de significación? O bien, ¿el contacto existente entre la imagen y la sentencia se limita a sólo el núcleo o se extiende también a otros elementos?

sábado, 9 de junio de 2018

La Iglesia local de Roma, por Mons. Fenton (I de II)


La Iglesia local de Roma, por Mons. Fenton

Nota del Blog: El siguiente trabajo, una verdadera joya, es obra de nuestro ya conocido Mons. Fenton y fue publicado en The American Ecclesiastical Review, CXII (junio de 1950), pag. 454-464.

El original puede consultarse AQUI.-

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Según la divina constitución del reino de Nuestro Señor sobre la tierra, la pertenencia a ese reino, la Iglesia militante, normalmente comporta una pertenencia en alguna sociedad local o individual dentro de la Iglesia universal. Estas sociedades individuales dentro de la Iglesia católica son de dos clases: primero están las diversas Iglesias locales, las asociaciones de fieles en las diversas regiones de la tierra y luego están las religiones, asambleas de fieles organizados unice et ex integro (exclusiva y completamente) para la obtención de la perfección de parte de quienes son admitidos a ellas. Según la Constitución Apostólica Provida mater ecclesia,

“La disciplina canónica del estado de perfección, en cuanto estado público, fue tan sabiamente ordenada por la Iglesia que, cuando se trata de Religiones clericales, generalmente las Religiones hacen el oficio de diócesis para todo aquello que se refiere a la vida clerical de los religiosos y la adscripción a la Religión sustituye a la incardinación clerical a una diócesis”[1].

Entre estas sociedades individuales que viven dentro de la Iglesia universal de Dios sobre la tierra, la Iglesia local de Roma ocupa manifiestamente una posición única. Los teólogos de los días antiguos acentuaban estas prerrogativas de la Iglesia Romana con bastante fuerza. Desafortunadamente, de todas formas, en nuestros tiempos los manuales de teología, considerados como grupo, se preocupan casi exclusivamente sobre la naturaleza y características de la Iglesia universal, sin explicar mucho la enseñanza sobre la Iglesia local. De acuerdo con esta tendencia, decidieron enseñar sobre el Santo Padre en relación a la Iglesia dispersa por todo el mundo, y le han dado en comparación poca atención a su función precisamente como cabeza de la Iglesia cristiana en la Ciudad Eterna.

Así, tanto nosotros como aquellos a los cuales Dios nos encargó instruir, podemos tender a olvidar que es precisamente por el hecho que preside sobre esta congregación local particular que el Santo Padre es el sucesor de San Pedro y de esta forma la cabeza visible de toda la Iglesia militante. La comunidad cristiana de Roma era y es la Iglesia de Pedro. La persona que gobierna esa comunidad con poder apostólico en nombre de Cristo es el sucesor de Pedro, y es de esta manera el vicario de Nuestro Señor en el gobierno de la Iglesia universal.

Definitivamente la enseñanza más común entre los teólogos escolásticos es que el oficio de la cabeza visible de la Iglesia militante está inseparablemente unido al puesto del Obispo de Roma y que esta unión absolutamente permanente existe en razón de la constitución divina de la Iglesia. En otras palabras, una gran mayoría de teólogos que han escrito sobre este tema particular, han manifestado la convicción que ninguna voluntad humana, ni siquiera la del Santo Padre, puede hacer del primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal la prerrogativa de alguna sede episcopal que no sea la de Roma o separar de alguna otra manera el primado del oficio y las prerrogativas esenciales del Obispo de Roma. Según esta enseñanza ampliamente aceptada, el sucesor de San Pedro, el vicario de Cristo en la tierra, no puede ser otro más que el Obispo que preside sobre la comunidad cristiana local de la Ciudad Eterna.

martes, 5 de junio de 2018

Las parábolas del Evangelio, por J. Bover (II de IX)


2. QUÉ ES PARÁBOLA

Como la base de la parábola es la comparación, hay que comenzar por establecer los elementos constitutivos de ésta.

COMPARACIÓN. -

En la comparación existen tres elementos esenciales: el sujeto, el término y el medio (o punto) de comparación, relacionados entre sí por la partícula como (u otra equivalente). En la comparación "Omnes nos —quasi oves— erravimus" (Is. LIII, 6), el sujeto es "omnes nos", el término “oves”, el medio o punto de comparación "erravimus", relacionados entre sí por la partícula "quasi". El sujeto y el término no ofrecen especial dificultad: baste notar la diferente principalidad de uno y de otro. Desde el punto de vista real y lógico, lo principal es el sujeto, que es de quien se habla y en orden a cuya mejor declaración se echa mano del término; en cambio, desde el punto de vista literario, el término es el elemento diferencial, sin el cual no existiría la comparación, y en este sentido es el principal. Alguna mayor explicación exigen el punto de comparación y la partícula comparativa.

El medio de comparación puede emplearse explícita e implícitamente. Explícitamente, como en la comparación antes aducida, que es el verbo "erravimus". Implícitamente como en ésta: "Omnis caro ut foenum" (I Ped. I, 24), en que no se expresa en qué se parecen la carne y el heno. Cuando se expresa explícitamente, puede hacerse de varias maneras: o con una sola palabra común al sujeto y al término, como "erravimus" en la misma comparación de antes, o con la misma palabra repetida, como en la comparación "Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum, ita desiderat anima mea ad te, Deus" (Sal. XLI, 2); o bien con diferentes palabras como en esta otra: "Quomodo… imber… inebriat terram…: sic… verbum meum… prosperabitur…” (Is. LV, 10-11). Hay que notar que cuando es una misma palabra común al sujeto y al término, unas veces se toma respecto de ambos en sentido propio, como en "Resplenduit facies eius sicut sol" (Mt. XVII, 2); otras, en cambio, propiamente sólo se dice del término, y del sujeto metafóricamente, como en "Justus ut palma florebit" (Sal XCI, 13). En este último caso la comparación se matiza de metáfora, caso que luego estudiaremos más en particular.

La importancia de estos diferentes modos de presentar el medio o punto de comparación está en que éste puede ser uno de dos maneras muy diferentes: o por identidad o por simple proporción, es decir, que puede ser o unívoco o análogo. Es unívoco en comparaciones como ésta: "Resplenduit facies eius sicut sol"; es simplemente análogo en estas otras: "Iustus ut palma florebit”, "Omnes nos quasi oves erravimus".

La partícula comparativa como generalmente se expresa, y es la que caracteriza la comparación. Alguna vez, empero, se omite, como en este ejemplo: "Homo nascitur ad laborem et avis ad volatum" (Job V, 7). Comparaciones parecen también estos dos ejemplos: "Favus mellis composita verba" (Prov. XVI, 24); "Vinum novum amicus novus" (Eccli. IX, 15); aunque en absoluto "favus mellis" y "vinum novum", en vez de términos de comparación, podrían ser términos metafóricos. La diferencia esencial de estas dos interpretaciones la explicaremos más adelante.

El objeto de la partícula como es expresar la conveniencia (unívoca o análoga) del sujeto con el término en el medio de comparación, que es como el punto de contacto entre ambos. Es esencial para la adecuada inteligencia de la comparación el discernir o apreciar la extensión o medida de este contacto. Es ya proverbial que "comparatio non tenet in omnibus". El contacto, por tanto, entre el sujeto y el término es parcial, limitado solamente a un aspecto o propiedad particular. Pero tampoco es necesariamente, por así decir, un punto indivisible: puede ser más o menos extenso: y del aprecio exacto de esta extensión, mayor o menor, depende la recta interpretación de la comparación.

Todas estas propiedades y variedades de la comparación se reflejarán en la parábola y se habrán de tener en cuenta para su recta interpretación.

jueves, 31 de mayo de 2018

El Milagro de la Flor, por Jacinto Verdaguer


Nota del Blog: Hermosa poesía del P. Jacinto Verdaguer, el Ruiseñor fusilado, que diría el P. Castellani, para conmemorar la fiesta del Corpus Christi. Está tomada de su libro póstumo “Eucarísticas”, 1945, Edit. Vicente Ferrer, pag. 139-141.


P. Jacinto Verdaguer

EL MILAGRO DE LA FLOR

Toda la noche y el día
ha llovido sin cesar.
Mucho lo siente el vicario
de Ettiswyll, que ha de llevar
el Viático a un enfermo
por un espeso fangal.

Mucho lo siente el vicario,
pero el moribundo más.
Mucho espera, mucho espera,
ya se cansa de esperar,
si llega a deshora, su alma
perder el cielo podrá.

Muy de prisa va el vicario,
mas lo detiene un fangal;
ligado de pies y piernas
prueba si puede saltar;
se resbala en un guijarro
y se hunde cada vez más,
y el Sacramento que lleva
cae en medio del fangal.

Recoge el cáliz sagrado,
ve que la forma no está
y cuando se ve sin ella
desfallece de pesar.
Postrado en el fango exclama
- Señor, ten de mí piedad;
aunque yo vaya a espirar.

domingo, 27 de mayo de 2018

Algunas Notas a Apocalipsis IV, 7-8


7. Y el Viviente, el primero semejante a un león y el segundo Viviente semejante a un becerro y el tercer Viviente tiene el rostro como de hombre y el cuarto Viviente semejante a un águila que vuela.

Comentario:

En Ez. I, 10 el orden es: hombre, león, becerro, águila.

Rosenmuller (citado por Crampon en su edición de Alápide): “El R. Abin, conocido como R. Anhu dice: Cuatro son los que tienen el principado en este mundo. Entre todos, el hombre; entre las aves el águila, entre los animales que pacen el toro y entre las bestias el león. Cada uno de ellos tiene su reinado y una cierta magnificencia; están puestos bajo el trono de la majestad divina”.

Wikenhauser: "El hecho de que sean designados como seres vivientes, en parte semejante a determinados animales, o especies de animales, y en parte al hombre, parece sugerir la idea de que en ellos se vé simbolizada la vida de las criaturas en el estado de incorruptibilidad propio del paraíso. Concretamente, el león simboliza lo más noble, el toro lo más fuerte, el hombre lo más inteligente y el águila lo más veloz de cuanto hay en el mundo".

Alápide: “Digo, pues, que estos cuatro animales son literalmente los mismos que vio Ezequiel en el cap. I y que por lo tanto son los cuatro ángeles primarios, acompañantes, príncipes y administradores de Dios, con respecto al cuidado de la Iglesia y a la salvación y régimen de todos los hombres (…) en segundo lugar porque están próximos al trono de Dios y los que están junto a Él son ángeles. Tercero, porque están llenos de ojos y tienen seis alas, las cuales significan ángeles velocísimos. Además, cantan perennemente el “Sanctus”, por lo tanto, son parecidos a los Serafines de Isaías, como diré luego. También en el cap. VI llaman a Juan y le dicen “Ven y mira[1]” y le muestran los cuatro caballos, que representan cuatro estados futuros de la Iglesia. Estos son oficios de ángeles, que presiden el gobierno de la Iglesia: Dios suele dar las profecías sobre la Iglesia e iluminarlos por medio de los ángeles que presiden sobre ellos, como consta por lo que sigue y por el profeta Daniel”.

Jünemann: “Estos cuatro seres misteriosos, parecen ser querubines, de figura humana, y de faz como reflejando los cuatro seres más excelentes de la creación visible, símbolos a su vez: el león, de la fuerza y majestad de Dios; el becerro, de su beneficencia; el hombre, de su belleza; el águila, de su sublimidad”.


8. Y los cuatro Vivientes, cada uno de ellos teniendo alas seis, alrededor y dentro llenos de ojos; y reposo no tienen día y noche, diciendo: "Santo, Santo, Santo, Yahvé Dios, el Todopoderoso, el que era y el que es y el que viene”.

martes, 22 de mayo de 2018

Las parábolas del Evangelio, por J. Bover (I de IX)


Nota del Blog: El siguiente trabajo fue publicado en Estudios Bíblicos, vol. III (1944) pag. 229-257, y el autor lo anexó a su comentario a San Mateo (1946), 536-572.

Todas las notas son nuestras.



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Las parábolas del Evangelio son a las veces difíciles de interpretar: dificultad que ha dado ocasión a grandes equivocaciones, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. La causa principal de semejantes equivocaciones ha sido el haber olvidado o no precisado con toda exactitud la noción o concepto de parábola. El concepto en sí es sumamente sencillo y llano; pero ha acaecido que la atención prestada a otros problemas sobre las parábolas ha oscurecido y embrollado la noción fundamental. Urge, pues, establecer y determinar con la máxima precisión esta noción de la parábola. Una vez resuelto este problema fundamental, los otros problemas quedan radicalmente resueltos. De ahí dos partes principales en nuestro estudio. Primeramente, investigaremos la naturaleza de la parábola; luego aplicaremos los resultados obtenidos a la resolución de los otros problemas relativos a las parábolas del Evangelio.

I. PROBLEMA FUNDAMENTAL: ¿QUE ES PARABOLA?

Un estudio completo sobre las parábolas exige un doble conocimiento: de los hechos y de los principios. Conforme a esto, será conveniente: 1) consignar los hechos, es decir, presentar las parábolas evangélicas; 2) investigar la naturaleza íntima de la parábola; 3) compararla con la noción afín de la alegoría; 4) examinar los casos de fusión entre ambos conceptos, esto es, el género mixto de parábola y alegoría.


1. PARABOLAS EVANGELICAS

Las parábolas mayores del Evangelio ascienden a unas 40; pero al lado de éstas existen otras muchas parábolas menores, simplemente insinuadas. Todas ellas pueden distribuirse, lógicamente, con relación al Reino de Dios, al cual todas de alguna manera se refieren, en tres grupos principales: según que tengan por objeto o el Rey de este Reino (parábolas cristológicas) o sus ciudadanos (parábolas morales), o el Reino mismo, ya bajo su aspecto moral o social (parábolas eclesiológicas), ya bajo su aspecto final (parábolas escatológicas), a las cuales se reducen las referentes a la reprobación de los judíos. Es también interesante otra distribución, destinada a poner de relieve su desenvolvimiento cronológico. Desde este punto de vista, pueden repartirse en cuatro series sucesivas: 1) las primeras parábolas; 2) las del Reino de Dios por antonomasia; 3) las de los viajes del último año; 4) las de la última semana en Jerusalén, ya en las controversias con los judíos, ya en la Apocalipsis Sinóptica.

Pero más que el número de las parábolas o su varia distribución, nos interesa conocer sus propiedades más características. Bastarán para nuestro objeto ligeras indicaciones.

Lo primero que llama la atención es, en la imagen parabólica, su realismo y su verdad. Cada parábola, más que ficción, parece una historia. Y en estos cuadros, arrancarlos de la realidad, aparece como fotografiada toda la vida humana bajo todos sus aspectos. Ante nuestros ojos van desfilando los reyes, que se preparan para la guerra o hacen tratados de paz o disponen bodas para el heredero; los jueces y sus alguaciles, los sacerdotes y levitas, los negociantes y prestamistas, los amos y los criados, los colonos y los obreros, los labradores, los pastores y los pescadores, los fariseos y los publicanos, los constructores prudentes o necios, los novios y sus amigos, las mujeres que amasan el pan o barren la casa, los niños que juegan o piden a sus padres de comer, los ricos y los pobres; la ciudad y los campos, la tierra y el mar, los arreboles y las tormentas, la siembra y la siega, la pesca y la caza, las ovejas y los cabritos, las serpientes y las palomas, los pájaros y las flores, el vino y los odres, el vestido flamante y el vestido remendado, los molinos y las lámparas, los nidos y las cluecas, los talentos, las minas, las dracmas, los denarios, los ochavos y los maravedíes… Y en todo esto, ¡qué sentimiento tan hondo de la naturaleza! ¡Y qué simpatía hacia el hombre! Ya en este primer rasgo de las parábolas hay un sello inconfundible de autenticidad. Conocemos bien a los principales personajes que más influyeron en la difusión del cristianismo: Pedro, Santiago, Juan, Pablo. Ninguno de ellos tuvo esta visión tan comprensiva y tan humana de la naturaleza y del hombre. Pablo, el de mayor potencia intelectual, menos que nadie. En todas sus 14 cartas no asoma el más leve indicio de que sintiese la naturaleza.

Y bajo estas imágenes sensibles late un pensamiento vasto y profundo, toda una filosofía religiosa, una moral tan elevada como humana, una concepción grandiosa del Reino de Dios bajo todos sus aspectos: pensamiento propio y original, nacido no de laboriosas investigaciones, sino de una intuición serena; uno y multiforme, insondable a la vez y diáfano, sin retóricas ni tecnicismos enojosos; pensamiento que los niños entienden y los sabios no agotan. ¡Qué contraste tan rudo entre la apacibilidad luminosa de las parábolas y las fulguraciones tormentosas y turbulentas de Pablo! Otra vez, Pablo era incapaz de crear las parábolas evangélicas.