sábado, 14 de diciembre de 2019

El Anticlericalismo y la Unidad Católica, por Mons. J.C. Fenton (IV de VII)


Las Causas de la Unidad Católica

Los miembros de la Iglesia Católica, reunidos como los discípulos de Cristo y en su sociedad, están unidos entre sí con lazos especiales. La eclesiología escolástica ha descripto y definido desde hace tiempo estos lazos de unidad Católica y los ha clasificado en dos géneros de grupos. La Mystici Corporis, la magistral encíclica del actual Santo Padre [Pío XII], al utilizar como lo hace la eclesiología de San Roberto Belarmino, ha hecho de esta definición escolástica la doctrina oficial de la Iglesia Católica. La eclesiología escolástica tradicional y la Mystici Corporis enumeran tres factores como lazos de unión externos, visibles, corpóreos o jurídicos en la Iglesia: profesión de la misma fe cristiana, comunión de los mismos sacramentos cristianos, y sumisión a los legítimos pastores eclesiásticos, en especial y en última instancia al Romano Pontífice, el Vicario de Cristo en la tierra. Como lazos de unión internos o espirituales dentro de la comunidad Católica encontramos enumeradas las tres virtudes teologales de fe, esperanza y caridad[1]. En otras palabras, según la revelación y autoridad de Dios, la unidad de comunión Católica entre los miembros de la Iglesia y con Nuestro Señor necesariamente implica la profesión ante el mundo de la fe bautismal, la admisión a los sacramentos y eventualmente por supuesto a la Eucaristía, el banquete de Cristo en la Casa de Dios que es la Iglesia, y una actividad colectiva unida bajo la dirección de aquellos a los que Dios designó y comisionó para hablar con el poder y la autoridad de su Hijo. Esta unidad, para ser completa, necesita además la posesión actual de la fe, esperanza y caridad de parte de aquellos a los que Dios ha llamado a su glorioso cuerpo.

La extremadamente compleja y sobrenatural unidad del reino de Cristo, en realidad se produce por causas que están en el orden de lo intrínsecamente sobrenatural. La primera de estas causas es la inhabitación de la Santísima Trinidad dentro de esta sociedad visible que es la verdadera Iglesia de Dios. Esta es la inhabitación que es apropiada al Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es la inhabitación según la cual la Santísima Trinidad está presente de una manera especial y sobrenatural en las almas en estado de gracia. Según esta inhabitación, Dios existe en las almas de aquellos que lo conocen sobrenaturalmente, es decir, como es en sí mismo, más que como es conocido simplemente como Causa Primera de las creaturas. Presente de esta manera en el alma, Dios actúa como la causa de la vida de la gracia y como el objeto de la sincera caridad, según la cual es amado porque es conocido sobrenaturalmente. Así, Dios está presente en los Católicos para unirlos por medio del amor dentro de esta sociedad y en los no-Católicos para moverlos a entrar en la Iglesia. La vida de la gracia y la caridad es, en sus implicancias, tanto corporativa y social como individual. El amor con el cual Dios quiere ser amado por las creaturas a las que ha elevado al orden sobrenatural tiene que ser, no simplemente el acto de una persona individual, sino el de una sociedad real y organizada. Así, es perfectamente verdadero decir que Dios habita de esta manera sobrenatural en la sociedad que instituyó como el vehículo del mensaje y vida de su Hijo.

La actividad corporativa de esta sociedad es, sin importar cuál sea la condición espiritual de cualquiera de sus miembros o grupos de miembros, la expresión social de la vida de la gracia. Aquel que es favorecido por Dios con la membrecía en la Iglesia Católica está, por el mismo hecho, comprometido en una sociedad dentro de la cual Dios mismo habita para mantener unidos a los miembros en su obra corporativa de caridad, oración y sacrificio. Tanto los lazos de unidad internos como los externos en la Iglesia Católica dependen directamente de la presencia real y sobrenatural de Dios en ella. El Católico que permite ser engañado en adoptar una actitud anticlerical está frustrando en su propia vida ese movimiento hacia la unidad con sus correligionarios que viene de la inhabitación de la Santísima Trinidad dentro de ella.

Además, la unión real de los miembros de la Iglesia Católica entre ellos y con Cristo es algo debido a la presencia actual de Nuestro Señor dentro de la Iglesia como su Cabeza, Fundador, Protector y Salvador. Los Católicos profesamos la misma fe y poseemos los otros lazos de unión, no debido a ninguna causa social explicable, sino solamente porque constituyen la asamblea de los discípulos de Cristo, la asamblea de los hombres y mujeres a quienes Nuestro Señor eligió y llamó para estar con Él. El poder y la gracia por los cuales pueden vencer las fuerzas adversas del mundo, y permanecer unidos en Cristo, viene solamente de Él. En razón de su presencia y de la gracia que da, sus discípulos constituyen entre ellos y con Él una sociedad verdadera y perfecta, una unidad social a la que se le debe respeto y obediencia, una unidad social más importante y vital que cualquier otra asamblea a la que puedan ser llamados los hombres. Aquel que es lo suficientemente desagradecido como para intentar desacreditar a los representantes visibles de la unidad social dentro de la Iglesia Católica intenta, en cuanto está de su parte, deshacer el trabajo de Nuestro Señor en su Reino.



[1] Cf. AAS XXXV, 7 (20 de Julio de 1943), p. 225 ss.

martes, 10 de diciembre de 2019

El Israel de las Promesas, por el P. Murillo (I de VIII)


El "Israel de las Promesas”
O Judaísmo y Gentilismo en la Concepción Paulina
del Evangelio

Nota del Blog: Magnífico estudio del P. Murillo S.J. (un gran exégeta español de la primera mitad del siglo XX de la misma línea que sus cofrades, los PP. Bover y Leal) sobre un tema interesantísimo, muy actual y no menos difícil de abordar.

Este trabajo fue publicado en Biblica, vol. 2 (1921), pp. 303–335.


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Resumen del autor: Durante el tiempo de la predicación evangélica y la controversia judaica prevalecía esta objeción de parte de los judíos: si Jesús Nazareno es el Mesías y la Iglesia el reino mesiánico, entonces fracasaron las divinas promesas: pues éstas fueron hechas al pueblo judío (Rom. IX, 1-6ª). Pablo trata esta cuestión en Rom. IX-XI. Según A. v. Harnack, el Apóstol propone una doble solución contraria: la primera en los cap. IX-X: las promesas no fallaron ya que el Israel de las promesas no es Israel χατὰ σάρκα (según la carne), sino χατὰ πνεῦμα (según el espíritu); la otra, en el cap. XI: también se cumplirán en Israel χατὰ σάρκα (según la carne), que será llamado al fin de los tiempos. Según nosotros, la cuestión no es la misma en los cap. IX-X y en el XI; en los cap. IX-X se resuelve la duda del Israel de las promesas y Pablo afirma que este es Israel χατὰ σάρκα (según la carne) aunque no sólo por semen carnal. A la evolución de la historia de Israel presidió una “regla de separación” por medio de la selección divina añadida (la intención de Dios según la elección, e.e. la intención electiva). Así, en los hijos de Abraham se elige Isaac y se deja a Ismael; en los hijos de Isaac se elige a Jacob y se deja a Esaú; en tiempos de Elías son elegidos 7000 reliquias, y así hasta la generación contemporánea de Cristo, en la cual son llamados algunos, y abandonada la masa (Rom. IX, 6b-13). Y Dios no es injusto, ya que pudiendo castigar al pueblo que rechazó el Evangelio, no lo hace, sino que pacientemente soporta a los rebeldes (Rom. IX, 14.22-29). - En el cap. XI se objeta: semejante separación de unos pocos equivale a la reprobación del pueblo. Pablo responde: no; ¡ni Dios puede obligar que su Iglesia reúna a quienes rechazan el Evangelio! (Rom. XI, 1) Incluso, este pueblo puede venir ahora mismo, si quiere, y se convertirá al fin de los tiempos (Rom. XI, 11-31).


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I. El problema

El problema que nos proponemos examinar es el de las relaciones que en la concepción paulina del Evangelio median entre el pueblo cristiano admitido a la posesión de las bendiciones mesiánicas, el cual ya desde los principios del cristianismo se compuso, casi en su totalidad, de solos gentiles, y la estirpe carnal de Abrahan. ¿Quién es, en el pensamiento de S. Pablo, el sujeto a quien se hacen en el Antiguo Testamento y en quien se cumplen, con el advenimiento de Jesucristo, las promesas mesiánicas?

sábado, 7 de diciembre de 2019

El Anticlericalismo y la Unidad Católica, por Mons. J.C. Fenton (III de VII)


Los Motivos del Anticlericalismo

Una supuesta incursión de los clérigos en el dominio puramente civil, lo que Belloc mencionó como la causa original que incitó el anticlericalismo, ha tenido poco que ver con la oposición al liderazgo eclesiástico de parte de Católicos equivocados en países como el nuestro. Dos causas en particular parecen haber motivado en mayor medida semejantes deslealtades entre los miembros de la verdadera Iglesia. La primera es un juicio adverso sobre las conductas o políticas de los eclesiásticos individuales o grupos de eclesiásticos. La segunda es más bien un manifiesto deseo de ser aceptado por el mundo anticatólico.

Lo que es visto como una conducta impropia de parte de los eclesiásticos individuales o grupos de eclesiásticos, objetivamente hablando, no es excusa para adoptar una actitud anticlerical. Si existe un hecho fundamental del que el Católico es perfectamente consciente, por medio de las diversas Parábolas del Reino sacadas de los Evangelios para diversos domingos del año, es la verdad que la Iglesia de Dios en este mundo está formada tanto de miembros buenos como malos. Si el Católico está dispuesto a obedecer a la jerarquía y reverenciar al clero solamente bajo condición que todos los miembros de las diversas órdenes vivan una vida de perfección, entonces la persona está obrando de acuerdo a un postulado radicalmente herético. Podríamos decir que es el punto central en el misterio de la Iglesia que el Cuerpo Místico de Cristo, la casa y familia del Dios vivo es, en este mundo, una sociedad visible y organizada dentro de la cual los malos van a estar mezclados con los buenos hasta el fin de los tiempos.

Nuestro Señor ofreció su oración sacerdotal por esta sociedad, y sólo por ella, con sus miembros buenos y malos. Por su divina constitución es tan visiblemente una en sí misma y con Él que los hombres pueden ver, examinando la Iglesia misma, el carácter de sus miembros como discípulos de Cristo y el propio status de Cristo como el auténtico portador del mensaje de su Padre. Únicamente dentro de esta sociedad los hombres encuentran la hermandad y compañía de Cristo en este mundo. Así, es el único receptor divinamente designado de nuestra lealtad corporativa y sobrenatural a Cristo. El hecho de que haya miembros imperfectos de Cristo tanto entre los laicos como entre el clero de la Iglesia Católica de ninguna manera cancela la deuda de lealtad y caridad que los discípulos de Cristo deben a esta sociedad y a su liderazgo.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

La Restauración del Reino de Israel a la Luz de la Sagrada Escritura, por Mons. Straubinger (IV de IV)


IV

Concluyendo este pequeño estudio, podemos resumir su resultado en cinco puntos:

1) La restauración de Israel en el país de sus padres es objeto de muchas profecías del Antiguo Testamento, y aún en el Nuevo oímos su resonancia.

2) Es imposible referirlas a la Iglesia como si ella fuese aludida en todas ellas. Tampoco es exegéticamente lícito diluirlas en alegorías vacías de realidad.

3) En parte, sí, cumpliéronse estas profecías en el regreso de Judá y Benjamín del cautiverio, pero no volvieron en aquella ocasión los israelitas de las demás tribus. Es de notar que algunas profecías anuncian expresamente la repatriación de todas las tribus, no solamente las del reino de Judá.

4) Hay profecías que combinan la restauración de Israel con su conversión a Cristo.

5) Según los profetas, el día de la restauración y conversión de Israel es un día de gloria y triunfo.

Hasta ahora no conocemos ningún acontecimiento en que coincidan la restauración política por una parte y la conversión por la otra. Debemos, pues, esperar hasta que se cumpla el vaticinio de Zacarías:

“Derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén el espíritu de gracia y de plegarias y pondrán sus ojos en Mí a quien traspasaron” (Zac. XII, 10).

Sin embargo, podemos ver su comienzo en los sucesos de los últimos años. Después de la primera guerra mundial el rey de Inglaterra, cual segundo Ciro, prometió a los Judíos, en recompensa de la ayuda prestada a Inglaterra, la creación de un hogar internacional en Palestina (Declaración Balfour). Después de la segunda guerra mundial Estados Unidos y la ONU les prestaron su enorme influencia en la ocupación de la mayor parte de Palestina, incluso el Négueb (Edom), de modo que el nuevo estado de Israel se extiende de mar a mar, del Mediterráneo hasta el golfo de Akaba (Océano Índico). En el mismo intervalo, es decir, en el transcurso de 35 años, la población judía de Palestina ascendió de 35.000 a 1.200.000, debido a la inmigración que actualmente suma 10.000 almas por mes. De esta manera Eretz Israel (País de Israel), como ahora los Judíos llaman a su tierra, ha tomado un aspecto completamente nuevo, nunca visto ni sospechado: enormes progresos técnicos, colonización de tierras incultas y desérticas, instalación de fábricas de toda clase, fundación de institutos culturales, incluso la Universidad Hebrea en Jerusalén. Todo lo cual nos autoriza a suponer, que por lo menos la restauración nacional de los Judíos ha empezado.

En cuanto a su conversión, es verdad que no se han registrado conversiones en masa en ninguna parte, y mucho menos en Palestina misma. Pero notamos con satisfacción que el odio a Cristo ha disminuido hasta tal punto que muchos escritores hebreos reconocen a Jesús como un gran Judío.

Al ocupar el país de sus padres obedecen los Judíos, sin darse cuenta, a un plan divino revelado hace miles de años por boca de los profetas. Es Dios quien los reúne en aquel pequeño territorio, puente entre África, Asia y Europa, para obrar en ellos el misterio predicho por San Pablo. Nada sabemos sobre el modo de su realización, pero estamos seguros de que será llevado a cabo a su tiempo, tal vez cuando menos lo pensemos.

domingo, 1 de diciembre de 2019

El Anticlericalismo y la Unidad Católica, por Mons. J.C. Fenton (II de VII)


La Naturaleza del Anticlericalismo

En sí mismo, el anticlericalismo no es nada más que una antipatía u oposición de parte de los Católicos a la jerarquía o sacerdocio en general y a sus líderes espirituales en particular, por cualquier razón que se adopte semejante actitud. Es esencialmente una falta de los Católicos, aunque las personas culpables de ello no tienen que ser necesariamente laicos y ciertamente no necesitan ser ciudadanos de un país predominantemente Católico. Los ataques de los que están fuera de la Iglesia, por más que se dirijan principalmente contra los líderes espirituales de la Iglesia, no se designa propiamente como una actividad anticlerical.

De hecho, la mayoría de los asaltos y persecuciones que los enemigos de la Iglesia dirigen contra ella, se centra en última instancia en la jerarquía. Aquellos que tienen como fin intentar destruir el reino de Dios sobre la tierra saben perfectamente bien que su trabajo sería no solamente posible sino fácil si pudieran lograr deshacerse de aquellos a quienes Dios puso como gobernantes y maestros de la Iglesia o al menos minimizar su influencia. Tenemos un ejemplo inequívoco del manejo de esta táctica en la conducta de los diversos dictadores comunistas en Europa oriental en este momento. Esos dictadores tienen como política matar o exiliar a los obispos y a los destacados líderes espirituales en los territorios que han tomado por la fuerza, y no han escatimado esfuerzos para hacer que el pueblo Católico se aleje de los que hablan en nombre de Cristo. El anticlericalismo representa, en los rangos Católicos, una tendencia hacia la misma división en la Iglesia de Dios que la que buscan los enemigos de la Iglesia. Es un movimiento dentro de la membrecía de la Iglesia objetivamente hostil a la Iglesia, sea que el individuo anticlerical se dé cuenta o no de la importancia de esta hostilidad. Como tal, difiere esencialmente de la oposición o persecución del clero Católico por parte de los que no son miembros.

La antipatía u oposición por parte de un Católico para con sus líderes espirituales, lo que constituye la esencia del anticlericalismo, es una violación directa de esa caridad o “amor de hermandad” que el discípulo de Cristo está obligado y posee el privilegio de tener para con sus hermanos en la casa de Dios. Donde la caridad demanda una alegre y entusiasta participación en el trabajo corporativo de la Iglesia bajo la dirección de los hombres comisionados por Nuestro Señor para dirigir a los fieles, el anticlericalismo ofrece, cuanto mucho, solamente una respuesta reticente y desconfiada de ese liderazgo. Al quejarse de la posición y el liderazgo de la jerarquía y del clero en general, el anticlerical fomenta discordia y desunión en el Cuerpo Místico de Cristo y dificulta la actividad de la Iglesia Militante que trabaja por la gloria de Dios en contra de la oposición siempre presente de la Ciudad del hombre.

Una manifestación clara del anticlericalismo se encuentra cada vez que, y por la razón que sea, los Católicos hablan y escriben de tal forma que derogan la autoridad e influencia de aquellos responsables ante Dios para guiar a su Iglesia en este mundo. Bajo este título debemos clasificar las quejas y críticas al clero como grupo y a los líderes espirituales individuales, dirigidos por Católicos a sus co-miembros con el fin de disuadirlos del apoyo leal e incondicional debido a la autoridad eclesiástica. Semejante actitud o movimiento de parte de los Católicos, contrario a las exigencias de una sincera caridad para con los líderes de la Iglesia Militante, debe ser tomado como una verdadera expresión del anticlericalismo.

jueves, 28 de noviembre de 2019

La Restauración del Reino de Israel a la Luz de la Sagrada Escritura, por Mons. Straubinger (III de IV)


III

Aun en el Nuevo Testamento encontramos profecías alusivas a la restauración de Israel (no sólo a su conversión, como en Rom. XI). Recordamos la misteriosa palabra del sermón escatológico de Cristo:

“Caerán (los habitantes de Jerusalén) a filo de espada y serán deportados a todas las naciones, y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que el tiempo de los gentiles se haya cumplido” (Lc. XXI, 24).

Si tomamos hollar en el sentido de dominar, se anunciará aquí su liberación del dominio de los gentiles, que en el lenguaje bíblico significa a los no-judíos. La Catena Aurea agrega en paréntesis: y es de esperar que volverán a su patrio suelo, claro está cuando Israel alcance la salud prometida, o sea, cuando se convierta, lo cual coincide con Rom. XI, 25, donde el Apóstol fija la conversión de los judíos para el tiempo en que la plenitud de los gentiles haya entrado (en la Iglesia).

También en los Hechos de los Apóstoles podemos descubrir una idea de un nuevo reino de Israel. Los Apóstoles, que mejor que nosotros conocían los pensamientos de Jesús, esperaban con ansias que Él mismo inaugurara ese reino, y la última pregunta que le dirigieron antes de su Ascensión al cielo fué precisamente ésta: Señor, ¿es éste el tiempo en que restableces el reino para Israel?

Dejemos de acusar a los Apóstoles de un falso mesianismo como si no hubiesen comprendido la doctrina del reino de Dios que Cristo vino a fundar sobre la tierra. No hay duda de que la conocían, pero pensaban también en las profecías sobre la restauración de Israel y no sabían combinar las dos cosas. El Espíritu Santo no tardará en revelarles el misterio de la Iglesia. Cf. Ef. III, 9; Col. I, 26.

En Hech. III, 21, habla San Pedro de la restauración de todas las cosas de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas. Ahora bien, Dios habló también de la restauración de Israel. ¿No se cumplirá acaso en la restauración de todas las cosas?

Sea de ello como fuere, en todo caso tenemos en Hech. XV, 16, un precioso testimonio de cómo los Apóstoles pensaban sobre el tema de la restauración. En dicho pasaje, que forma parte del discurso de Santiago, en el Concilio de Jerusalén, el Apóstol, fundándose en Am. IX, 11 ss., alude a la restauración del tabernáculo de David (Hech. XV, 16), que en el fondo no es otra cosa que la restauración de Israel. El exégeta francés Boudou comenta esta palabra de Santiago de la siguiente manera:

Según la profecía de Amós, Dios realzará el tabernáculo de David, reconstruirá el reino davídico en su integridad y le devolverá su antiguo esplendor”.

Más aún, que la restauración de Israel es la imagen de la futura gloria de Jerusalén, la que inspira las visiones de los profetas. Remitimos al lector a Is. II, 2-4; XXIV, 23; LIV, 1-3; LX, 3-9; LXV, 19-22; LXVI, 10-11; Ez. XXXVII, 28; Miq. IV, 1 ss; Zac. VIII, 22; XII, 10; XIV, 8-11; Sal. XLVII, 2 s.; LXVII, 29 ss.; LXXXVI, 4 ss; CI, 5 ss.; Tob. XIII, 11. En todos estos y muchos otros pasajes contemplamos a Jerusalén bañada en la luz lejana de las esperanzas mesiánicas e inundada de gentes de todas las naciones y razas, rebosantes de júbilo y trayendo regalos.

La misma gloria divina, dice Cales, está interesada en la restauración de Israel. Naciones y reyes temerán y honrarán a Yahvé cuando comprueben que Él ha reedificado a Sión y ha desplegado su magnificencia; que ha escuchado la plegaria de aquellos a quienes los enemigos habían despojado y que parecían, perdidos sin esperanzas”.

lunes, 25 de noviembre de 2019

El Anticlericalismo y la Unidad Católica, por Mons. J.C. Fenton (I de VII)


El Anticlericalismo y la Unidad Católica,
por Mons. J.C. Fenton

Nota del Blog: El siguiente texto está traducido del American Ecclesiastical Review 116 (1947), pp. 51-67.


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Aunque la actitud común y correctamente conocida como anticlericalismo parece que no es ni poderosa ni prevalente en nuestro país [Estados Unidos] hoy en día, y aunque no hay indicios ciertos que vaya a influir en un futuro inmediato, existen amplias e importantes razones por las cuales nuestro sacerdotes y fieles deben considerar este tema con cuidado. El anticlericalismo es, en sí mismo, un mal absoluto e injustificado ya que trabaja para disminuir o incluso impedir la unidad que Nuestro Señor quiso que su Iglesia posea. Además, conduce a males incluso peores que él. Aquel que es engañado en adoptar la actitud del anticlericalismo está en grave peligro de desechar su pertenencia a la Iglesia de Cristo. En la historia, el anticlericalismo ha sido frecuentemente un preludio de la apostasía.

Si bien la actitud no muestra signos de volverse común entre los Católicos en los Estados Unidos en un futuro próximo (y lo que se llama anticlericalismo en sentido estricto solamente puede existir entre Católicos o entre los que pretenden ser miembros de la Iglesia), existe un peligro real de que la negligencia en resaltar la verdad en este tema pueda resultar en un fracaso de parte de los Católicos en apreciar la maldad inherente del anticlericalismo. El libro extranjero con tinte anticlerical que ocasionalmente aparece en este país y el aún más infrecuente artículo o crítica de libros estadounidenses que muestran simpatías con el anticlericalismo puede hacer, si no se les explica cada tanto la verdad sobre esta materia, que los Católicos no instruidos imaginen que el anticlericalismo es compatible con una expresión completa y leal de la vida Católica. Aquellos que caigan en este engaño estarían, por el mismo hecho, enceguecidos con respecto a la espléndida y sobrenatural unidad de su Cuerpo Místico.

Es muy extraño que el tema del anticlericalismo haya sido tratado muy poco en los escritos Católicos de habla inglesa. El tratado más conocido sobre anticlericalismo en inglés se encuentra en una sección del admirable libro de H. Belloc Sobrevivientes y recién llegados. Este libro, de una apologética popular e histórica, consideraba al anticlericalismo como uno de los tres movimientos o actitudes que, juntos, formaban la principal oposición al Catolicismo en 1929, cuando apareció por primera vez.