Nota del Blog: El siguiente artículo del P. Salvador Muñoz Iglesias fue publicado por la Revista Estudios Bíblicos, 1951, pag. 403-433.
Origen de la creencia vulgar
en las pretendidas
profecías sobre la no
restauración política de Israel
El 12 de abril de 1869, en un
famoso debate de las Cortes Constituyentes Españolas contra el proyecto de
Constitución y concretamente contra la libertad de cultos, tuvo don Vicente de
Manterola, Canónigo Magistral de Vitoria y diputado por Vizcaya, un interesante
discurso en el que incidentalmente vino a tratar del problema judío.
Había culpado Castelar a San
Vicente Ferrer de la matanza de 3.000 judíos en Toledo a manos de los
cristianos, y se había lamentado del daño que a nuestra economía nacional
acarreó la expulsión de judíos y moriscos. En el calor de la peroración llegó a
decir Manterola:
«Para concluir con
esta parte relativa a los judíos, yo me atrevería a proponer al señor Castelar que
me diera cumplidas dos condiciones, y desde luego tenía en mi un partidario acérrimo
en favor de los judíos. Los judíos tienen mucho dinero, y el señor Castelar
tiene mucho talento; los judíos tienen muchas riquezas y el señor Castelar
posee grandes y profundos conocimientos políticos aplicados a la forma de gobierno
de los Estados: — haga, pues, S. S que
los judíos empleen una parte insignificante de su riqueza en levantar de nuevo
el Templo de Jerusalén, vaya S.S. a inspirarles el pensamiento republicano, consiga
que los judíos lleguen de nuevo a construir un pueblo con su cetro, con su bandera
o con su presidente, porque me basta con que lleguen a ser una república, y ya desde
ese momento se ha matado a la Iglesia Católica, porque se ha matado la palabra
de Dios»[1].
Replicó Castelar con su vacío
y famoso discurso «Grande es el Dios del Sinaí...» En la contestación de
Manterola, al día siguiente, 13 de abril, no se tocó más este asunto. Tampoco
insiste mucho en el tema Francisco Mateos Gago en su carta abierta a don Emilio
Castelar de 24 de abril del mismo año, donde patentiza las tremendas inexactitudes
del «catedrático de historia que tiene ciertas nociones muy frescas». Se limita
a citar a Oseas III, 4:
«Por eso creo que
los judíos pasearán por la tierra la maldición que llevan patente hasta en sus
rostros; mientras no llegue el novísimo
de los días, hasta que no entre la
plenitud de las gentes que usted niega, los hijos de Israel vivirán sin patria
ni habitación fija, «sin rey ni príncipe, sin sacrificio ni altar, sin efod ni
terafines».
Esta
opinión del culto tribuno católico y del docto hebraísta era hasta hace tres
años una creencia vulgar muy extendida entre el pueblo cristiano. La reciente creación
del Estado de Israel ha venido a sacudir violentamente las conciencias de
muchos creyentes, escandalizados por este aparente fracaso de no sé qué
pretendidas profecías en contra de la posible restauración política de Israel.
Ya el planteamiento de la
cuestión: ¿Está profetizado que Israel no podrá constituirse nuevamente en
estado político?, apenas deja un resquicio para esperar a priori una respuesta afirmativa. El problema de la subsistencia de Israel o de su posible restauración
como unidad exclusivamente política, desde el punto de vista de los
hagiógrafos, no tiene sentido. El
Estado judío es siempre para los autores sagrados una teocracia. El reino
temporal hebreo sólo se considera en orden a su misión histórica mesiánica. Subsistirá
hasta que venga el Mesías y será continuado por El. Reprobado religiosamente el
pueblo como tal por su oposición a Cristo, deja de existir su reino temporal. Un
día el pueblo como tal será rehabilitado religiosamente. No está claro — aunque
muchos indicios inclinan a responder afirmativamente— si el pueblo hebreo, cuando
se convierta, tendrá nuevamente una misión histórica como unidad
político-racial[2].
Pero
si entre el momento de su reprobación y el de su conversión ha de restablecer o
no su unidad político geográfica, no interesa a los autores sagrados desde su punto
de vista teológico providencial. Sólo cabría investigar si al anunciar los
profetas o Cristo la ruina temporal de Israel como castigo de su oposición al
Mesías, afirman que entre en los planes de Dios prolongar el ámbito temporal de
este castigo hasta el fin de los tiempos.
[1] Diario de Sesiones de los Cortes
Constituyentes. Tomo II. Sesión del 12 de abril de 1869, pág. 980.
[2] Nota del Blog:
Hay aquí como dos cuestiones íntimamente ligadas:
a) ¿Existe alguna profecía en las SSEE sobre la restauración política de Israel?
b) Independientemente de la respuesta que se dé a la primera pregunta,
¿qué es primero, la restauración política de Israel o su conversión? Y
suponiendo que la restauración política sea anterior, ¿entra como una condición para la conversión de Israel?
Ex eventu sabemos que la restauración política
de Israel es anterior a la conversión de los judíos.
Que sea una condición podría sospecharse por el
hecho de que Israel siempre es considerado como un todo, como un pueblo, y así
como fue castigado con la dispersión como
pueblo debido a que como pueblo
había rechazado al Mesías, parecería lo lógico que como pueblo se convierta, no sin antes haberse reunido de nuevo como pueblo.
Sobre la primera
pregunta, creemos que será difícil hallar alguna cita explícita en las Escrituras
que hablen de la restauración política
de Israel previa a su conversión.
Lo más cerca que
hemos encontrado está en Is. LXVI, 7-8:
“Antes
de estar de parto
ella ha dado a luz;
antes que le sobreviniesen dolores
ha dado a luz a un hijo varón.
¿Quién
oyó jamás cosa tal?
¿Quién
vio cosa semejante?
¿Un
país se hace acaso en un día?
¿O
nace una nación de una vez?
Pues antes de sentir los dolores
Sión dio a luz a sus hijos”.
Y el mismo Ben
Gurión, en el discurso del acto de fundación del Estado de Israel el 14 de
Mayo de 1948, sabiéndolo o no, dijo una frase que bien podría ser un eco de las
palabras proféticas de Isaías cuando
afirmó:
“Lo que no habíamos conseguido en
dos mil años, lo hemos conseguido en
media hora”.
Sea lo que sea, como lo indica el autor, Israel es visto
siempre como unidad religiosa y no política,
y de ahí que aquellos que vean el fin del cautiverio de Israel en 1948 creemos,
salvo meliori iudicio, que parten de
un desenfoque de la cuestión.