viernes, 17 de agosto de 2012

Un interesante estudio sobre la cuestión sinóptica. IV Parte (última)


¿Bernabé, clave de la solución del problema sinóptico?


Autor: José María Bover, S.J.
Fuente: Estudios Bíblicos, tomo III, 1944, pag. 55 ss.


IV. Versión Griega de San Mateo


Es un fenómeno raro y curioso que los críticos, tan pródigos generalmente en lanzar las más atrevidas conjeturas, hayan estado tan parcos en aventurar hipótesis sobre el autor de la versión griega de San Mateo. En Bernabé especialmente nadie ha pensado. Y esto que parece que su nombre se había de venir a la pluma. Las condiciones personales del traductor las expresó acertadamente Cornely, al decir: ''Primum quidem interpretem… inter Iudaeos conversos esse quaerendum... translationem apostolica aetate factam esse,… Quare minime erraverunt, qui Apostolum aliquem vel apostolicum saltem virum interpretem esse coniecerunt” (Hist. et crit. introd. in U. T. libros sacros, vol. 3, introd. spec. in singulos N. T. libros, ed. 2, n. 15, p. 42). Versión hecha en la edad apostólica por un judío converso, probablemente Apóstol o varón apostólico: esto es todo lo que suele decirse. En cuanto al nombre del traductor es frecuente acogerse al dicho de San Jerónimo: ''Non satis certum esse, quis illud in graecum transtulerit'' (ML 23. 613). Veamos si en la tradición hallamos algunos datos que nos pongan en la pista. Las condiciones señaladas por Cornely cuadran admirablemente a Bernabé; pero esto sólo prueba que él pudo ser el autor de la versión. ¿Lo fue en realidad?
No pocos habrán reparado en el final de la sexta lección de Maitines de la fiesta de San Bernabé, en que se dice: ''Eius corpus Zenone imperatore repertum est in insula Cypro; ad cuius pectus erat Evangelium Matthaei, Barnabae manu conscriptum''. Coincide con el Martiroilogio Romano a 11 de junio: ''Cuius corpus tempore Zenonis imperatoris ipso revelante repertum est una cum codice Evangelii Matthaei sua manu descripto''. Esta doble autoridad, del Breviario y del Martirologio, no es despreciable; pero no suele dejar satisfechos a los críticos. Además, no se ve cómo de este hecho pueda colegirse haber sido Bernabé el autor de la versión de San Mateo. Convendrá, pues, examinar atentamente estos dos puntos.

1) El Evangelio hallado en tiempo de Zenón

El cuerpo de San Bernabé con el Evangelio se supone haber sido hallado el año 488, undécimo o duodécimo del imperio de Zenón. El mismo siglo V se escribió el pseudepígrafo Acta et Passio in Cypro[1] atribuido a San Marcos, que hablando en primera persona dice: ''Reliquias illas, una cum commentariis quae ab Apostolo Matthaeo acceperat, illic reposuimus''. Estas actas podrían haber sido escritas anteriormente al año 488, dado que no mencionan el hallazgo de las reliquias, y es probable que recogiesen las tradiciones locales, en que el hecho fundamental andaba envuelto en fábulas inverosímiles. Los documentos posteriores, al referir el hallazgo, están exentos generalmente de esos rasgos fabulosos. Parece posterior al siglo V la Laudatio S. Barnabae Apostoli, escrita por Alejandro, monje de Chipre, que contiene también algunos elementos legendarios, tomados del Pseudo-Marcos o de las tradiciones populares[2]. Haciendo hablar al mismo Bernabé en una visión, escribe: ''... Sub arbore siliqua effodias: speluncam enim atque arcam invenies quoniam illic totum corpus meum conditum est, et Evangelium manu propria scriptum, quod a sancto Apostolo et Evangelista Matthaeo excepi”. Refiere después el hallazgo y cómo el libro fué llevado al emperador, en cuyo palacio se conservaba, y era leído "en su capilla en la gran feria quinta de la Pascua (MG 87 III, 4103-4104).
El descubrimiento del sepulcro de San Bernabé con el Evangelio de San Mateo se supone acaecido a fines del siglo V. Ya en el siglo VI atestiguan el hecho dos cronistas: en Oriente, Teodoro Lector de Constantinopla; en Occidente, Víctor, obispo africano. Escribe Teodoro: Barnabae apostoli reliquiae in Cypro sub arbore siliqua repertae sunt: super cuius pectore erat Evangelium Matthaei, ipsius Barnabae manu descriptum… Id Evangelium Zeno deposuit in palatio in aede Sancti Stephani” (MG 86 I, 183-184). La precisión del relato, exento, además, de todo elemento fantástico; la proximidad del acontecimiento relatado y las circunstancias locales y personales -es un Lector quien atestigua la existencia de un libro en la misma ciudad donde escribe—, dan excepcional autoridad a su testimonio.
Víctor, obispo Tonnense (o Tunnense), al año 488 anota: ''Corpus S. Barnabae apostoli in Cypro et Evangelium saecundum Matthaeum eius manu scriptum ipso eodem revelante inventum est'' (MGH, AA 11 [Chron. min. II], 191. ML 68, 917).
No muy posteriores son los testimonios de San Isidoro y de San Beda. El Hispalense, a principios del s. VII, escribía en su Crónica mayor: Per id tempos corpus Barnabae apostoli et Evangelium Matthaei eius stilo scriptum ipso revelante repertum est'' (MGH, AA 11 (Chron. Min. II), 474, ML 83, 1053).
A principios del siglo VIII San Beda repetía: ''Corpus Barnabae apostoli et Evangelium Matthaei eius stilo scriptum ipso revelante reperitur'' (MGH, AA 13 [Chron. min. IIII], 305).
En el s. XI Jorge Cedreno conserva la misma tradición: ''Ea tempestate reliquiae beati apostoli Barnabae inventae sunt ini Cypro. Iacebat cadaver id sub arbore ceraso. Evangelium quod S. Matthaeus composuerat, in pectore gestans, manu Barnabae descriptum... Id Evangelium Zeno reposuit in palatio, in aede sancti Stephani in Daphna" (MG 121, 673-674).
A estos testimonios podemos añadir otros dos de índole muy diferente: las de los Sinaxarios Constantinopolitano y Armenio. El Constantinopolitano, publicado a principios de este siglo en Acta Sanctorum, por el P. Hipólito Delehaye (Propyleum ad acta Sanctorum Novembris, Bruxelles, 1902'', contiene dos veces la misma tradición. Traducimos del griego: ''Hic [Barnabas] dicitur sepultus esse una cum Evangelio secundum Mattheum ab ipso scripto'' (col. 746). Más adelante añade: ''Hic [Barnabas] Evangelium secundum Matthaeum propria manu cum scripsisset in insula Cypro consummatur'' (col. 782-783).
El Sinaxario Armenio (Le Synaxaire arménien de Ter Israel), publicado por G. Bayan en la Patrología Oriental de Grafíin-Nau, que no sabemos haya citado nadie en el punto que vamos tratando, dice así: ''Depositaron también el Evangelio de Mateo en la gruta… En los días del emperador Zenón, los restos de San Bernabé fueron descubiertos juntamente con el Evangelio que había sido depositado con él en la gruta'' (Patr. Or. 21, 564). Si el testimonio del Sinaxario Constantinopolitano prueba la persistencia de la tradición en Constantinopla, el del Armenio demuestra su extensa difusión.
El P. Nilles en su Kalendarium utriusque Ecclesiae, agrega a estos testimonios el de Severo de Antioquía, escritor monofisita de principios del s. VI, tomándolo de Mazoquio. Como carecemos de medios para comprobar la exactitud de la cita, nos contentamos con reproducir lo que escribe Nilles refiriéndose a Mazoquio, el cual ''testimonium Severi patriarhae Antiocheni de Evangelio s. Matthaei in Barnabae tumba reperto sistit ex Asseman. Bibliothec. Orient., tom. 2. c. 9. p. 8i'' (Kal. utr. Eccl., I, 177).
Este cúmulo de testimonios tan variados y muchos de ellos tan próximos al acontecimiento, no permite dudar de la verdad del hecho atestiguado, es decir, que en tiempo del emperador Zenón se descubrió el sepulcro de San Bernabé y que en él se halló un ejemplar del Evangelio de San Mateo, que Bernabé había llevado consigo y se decía copiado de su mano. Pero surge un problema, capital para nosotros: ¿este evangelio era el original arameo o su versión griega? Es necesario dilucidar este problema antes de estudiar si Bernabé fué el autor de la versión griega de San Mateo.
Los testimonios antes aducidos nada dicen explícitamente de la lengua en que estuviese escrito el Evangelio descubierto; pero varios indicios dan a entender que se trataba de un Evangelio escrito en griego. Por de pronto, si se tratara de un escrito arameo, no parece verosímil que en Chipre, a fines del s. V, supiesen que era un Evangelio y precisamente el de San Mateo. Además, el monje Alejandro, natural de Chipre, afirma que el ejemplar hallado y depositado en el palacio imperial, era leído públicamente en la gran feria quinta de la Pascua; lo cual supone que estaba redactado en griego[3]. Esto mismo parece suponer el conocimiento preciso que del manuscrito muestra tener Teodoro, que era Lector y de Constantinopla. Por fin, se explica perfectamente que Bernabé llevase consigo en sus excursiones apostólicas un Evangelio griego, que pudiera ser un excelente auxiliar y complemento de su predicación oral. Con esto se explicaría también el hecho de la difusión y preponderancia que a fines del s. I había alcanzado en todo el mundo griego la versión griega de San Mateo, difusión debida a la propaganda que de él habría hecho Bernabé.

2. Bernabé, autor probable de la versión griega de San Mateo

Según el conocido y algo enigmático testimonio de Papías, existieron desde un principio varios conatos de traducir al griego el original de San Mateo: ''interpretatus est autem unusquisque ilia, prout potuit'' (Rouët de Journel, 95); o, más exactamente ''... según que cada uno era capaz''. Y, sin embargo, no ha quedado en la primitiva literatura cristiana el menor vestigio de esos conatos de traducción; al contrario, desde el primer momento aparece una versión única, uniforme, autorizada, recibida por todos y tratada como si fuera original e inspirada por el Espíritu Santo. Estos son los hechos, cuya explicación razonable hay que buscar. Para que la versión existente se impusiera, como se impuso, era necesario que la recomendase la competencia y la autoridad del traductor. Esta doble recomendación de competencia y autoridad no podía hallarse sino en un judío que conociese perfectamente entrambas lenguas, que fuese varón apostólico, que fuese conocido y apreciado en todo el mundo griego. Ahora bien, semejantes circunstancias se verificaron perfectamente en Bernabé, y no se ve otro en quien se verificasen suficientemente. Estudiemos este punto. Por de pronto, parece debe descartarse cualquiera de los Doce Apóstoles propiamente dichos. Con el conocimiento personal que tenían de los hechos y dichos del Señor y con el dominio del griego que muestra el autor de la versión, en vez de traducir una obra ajena, hubieran compuesto un Evangelio propio. Lo mismo se diga de San Pablo. Descartados los Doce, hay que buscar sin embargo, uno que fuese, por así decir, apóstol de segunda categoría. Y entre todos éstos ninguno puede compararse con Bernabé el único a quien ahora la Iglesia honra como apóstol. Individualicemos más. Que el traductor griego de San Mateo no haya sido Tito, ni Timoteo, ni Tíquico, ni Sóstenes, ni Apolo, parece puede darse por averiguado. Y lo mismo puede decirse de casi todos los personajes de la primera o de la segunda generación cristiana. Entre éstos, sólo uno conocemos que acaso podría rivalizar con Bernabé, como posible o probable traductor del Evangelio arameo: es Silas o Silvano. El caso merece estudiarse.
En el libro de los Hechos se hace la primera presentación de Silas con estas palabras: ''Entonces resolvieron los Apóstoles y los presbíteros, junto con toda la Iglesia, designar a algunos de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé, que fueron: Judas, el llamado Barsabás y Silas, personas principales entre los hermanos'' (15, 22). El objeto de esta elección y misión era comunicar a los fieles de Antioquia, Siria y Cilicia los decretos del concilio de Jerusalén. Era, por tanto, Silas un personaje importante y autorizado en la Iglesia madre.
Sobre el doble nombre de Silas y Silvano, se ha discutido largamente. En la hipótesis más acreditada —y necesaria para que Silas pueda rivalizar con Bernabé—, de que entrambos nombres designan una sola persona, subsiste la duda si Silas es una contracción o abreviación de Silvano o, por el contrario, Silvano es una latinización de Silas. Esto segundo parece más fundado y probable. Y en esta suposición es verosímil que Silas fuera judío helenista corno Pablo y Bernabé; y esto explicaría el motivo de su misión a Antioquía, sobre todo si su compañero de misión, Judas, era judío de Palestina como parece indicarlo su sobrenombre de Barsabás. De todos modos, Silas, si no era natural de Jerusalén, residía por lo menos en la capital, como lo indica la expresión de los Hechos, ''algunos de entre ellos''.
De esto se desprenden algunas consecuencias. Como residente en Jerusalén y judío de raza, Silas tuvo excelente ocasión de tratar íntimamente con los Apóstoles, y por tanto, con Pedro y con Mateo. Con Pedro especialmente le ligaban estrechas relaciones. Años más tarde, él fué el portador y probablemente el secretario, y aún el redactor literario de la Primera Carta de San Pedro a los fieles de la Dispersión (I Petr. 5,12). Con esta ocasión trató en Roma, desde donde se escribió la carta, con Marcos, que por entonces se hallaba en la ciudad con Pedro, y había ya publicado o redactado su Evangelio (lb. 513). Aun antes de esta ocasión, Silas habría conocido y tratado a Marcos en Jerusalén. No fueron menos estrechas las relaciones de Silas can San Pablo, a quien acompañó, como excelente auxiliar, en su segunda expedición apostólica desde Antioquía hasta Corinto. Y con San Pablo anda entonces Lucas, con quien, consiguientemente, pudo Silas conferir a la larga. Por fin, como judío helenista residente en Jerusalén y misionero luego entre los helenos, conocía Silas perfectamente el arameo y el griego y gozaba de grande autoridad entre los helenos. Todas estas circunstancias y cualidades capacitaban a Silas para ser traductor competente y autorizado, del Evangelio de San Mateo.
¿Desvirtúan estas conclusiones las establecidas anteriormente respecto de Bernabé? Distingamos, para nuestro objeto, entre lo que podemos llamar la tesis principal, y la hipótesis, secundaria. Nuestra tesis es que, sin necesidad de apelar a documentos escritos, pueden explicarse perfectamente las interferencias verbales de los Sinópticos. Y para asentar la verdad de esta tesis, es indiferente que el traductor de San Mateo haya sido Silas o Bernabé. Basta la intervención de cualquiera de los dos para explicar las enigmáticas interferencias. Más diremos: que la rivalidad o la duda entre Silas y Bernabé no hace sino corroborar la tesis, que en vez de tener una sola explicación, tiene dos diferentes, ambas probables.
Mas, viniendo a la hipótesis, es decir, el hecho de que fuera precisamente Bernabé el traductor griego de San Mateo, es innegable que la probabilidad o la posibilidad de que pudo también Silas ser el anónimo traductor, amengua notablemente la seguridad de la hipótesis.
Con todo, puestos en la necesidad de optar por uno de los dos, nos inclinamos vehementemente a favor de Bernabé. La razón de semejante preferencia se deduce fácilmente de cuanto antes hemos dicho. En general, existen a favor de Bernabé algunas circunstancias y particularidades que no se hallan en Silas; y las que son comunes a entrambos se hallan mucho más ventajosamente en Bernabé. Más en particular, el conocimiento de Bernabé con Pedro y con Marcos, por una parte, y con Pablo y Lucas, por otra, es mucho más íntimo y consta desde mucho antes que el de Silas, que no se presenta en escena sino desde el capítulo 15 de los Hechos. Además, y principalmente, Bernabé fué el primero que helenizó el Evangelio jerosolimitano o arameo y el que fijó o estabilizó su forma antioquena o helénica; cosa que no podemos afirmar de Silas, y que es de capital importancia para la explicación que proponemos del problema sinóptico. Y aún suponiendo que fué Silas quien tradujo al griego a San Mateo, no queda por eso anulada la acción de Bernabé. A Bernabé, en efecto, corresponde exclusivamente la acción sobre Marcos y sobre Lucas, única que explica satisfactoriamente las interferencias entre sus Evangelios. Y, por lo que atañe a la versión griega de San Mateo, Silas, si fue su autor, no creó o inventó la forma helénica que dio al primer Evangelio, sino que la recibió del medio ambiente donde, por así decir, flotaba, y que, como hemos visto, era obra principalmente de Bernabé.
Por fin, aun en la hipótesis puramente conjetural, de que el traductor de San Mateo hubiera sido otro tercero, ni Silas ni Bernabé, a éste habríamos de recurrir en todo caso para explicar la discordante concordia de los Sinópticos; directamente para explicar las dispares afinidades entre San Lucas y San Marcos; indirectamente, por lo menos, para explicar las caprichosas interferencias verbales entre ellos y la versión griega del primer Evangelio. Y esto sólo basta para opinar que en Bernabé hay que buscar la clave del problema sinóptico. Que es el último resultado de nuestras laboriosas investigaciones.


[1] Cfr. Acta SS., Jun. 2, pag. 434-435.

[2] Ib. pag. 450, MG, 87 III, 4103.

[3] Sobre el testimonio de Alejandro anota D(aniel) P(apebroquio): “nativus verborum sensus videtur esse quod Barnabas Evangelium, primitus Hebraice editum, propria manu exceperit ex ore ipsius sancti Matthaei, illud graece dictantis, et secum tulerit”. Acta SS., Jun. 2, 452.