sábado, 11 de agosto de 2012

Un interesante estudio sobre la cuestión sinóptica. II Parte

¿Bernabé, clave de la solución del problema sinóptico?


Autor: José María Bover, S.J.
Fuente: Estudios Bíblicos, tomo III, 1944, pag. 55 ss.


II. Predicación Antioquena y Evangelio de San Lucas

Mucho más patente y decisiva es la acción de Bernabé en la predicación oral antioquena y su influencia en el tercer Evangelio: que serán los dos puntos que preferentemente vamos a estudiar. Otro punto, de suyo no menos interesante, pero más obvio y conocido, cual es la relación de Bernabé con San Pablo, que tanta parte tuvo en la predicación antioquena y cuya catequesis oral es la base del Evangelio redactado por su discípulo San Lucas, lo omitiremos casi en absoluto, contentos con conocer las relaciones directas de Bernabé con la predicación oral y con la redacción escrita.

1. Bernabé y la predicación oral antioquena

Oigamos la narración de los Hechos Apostólicos: “Los (fieles) que habían sido dispersados por la tribulación acaecida con motivo (de la muerte) de Esteban, pasaron hasta Fenicia y Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra sino a sólo los judíos. Había alguno de entre ellos, ciprios y cirenenses, que, venidos a Antioquía, hablaban también a los griegos, anunciando al Señor Jesús. Y andaba con ellos la mano del Señor. El rumor de esto llegó a oídos de la Iglesia que estaba en Jerusalén, y enviaron a Bernabé hasta Antioquía; el cual como llegó y vio la gracia de Dios, se gozó y exhortaba a todos a perseverar en el propósito del corazón, fieles al Señor; porque era hombre bueno y lleno de Espíritu Santo y de fe. Y se agregó crecida muchedumbre al Señor. Y salió para Tarso con el objeto de buscar a Saulo; y habiéndole hallado, le condujo a Antioquía. Y fue así que durante un año entero estuvieron ellos juntos en la Iglesia y enseñaron a notable muchedumbre, y en Antioquía, por primera vez fueron los discípulos llamados cristianos” (11, 19-26). Detengámonos unos momentos.
   Tres fases podemos distinguir en esta primera predicación antioquena: la de los advenedizos, la de Bernabé y la conjunta de Bernabé y Saulo. Los primeros fueron unos espontáneos indocumentados; Saulo por entonces era un auxiliar de Bernabé: sólo éste actuaba con autoridad recibida de los Apóstoles. Esta autoridad y las dotes singulares de predicador evangélico, encarecidas aquí por el sagrado texto, hicieron que Bernabé fuera el jefe de la primera Iglesia antioquena y, lo que más nos interesa, el que fijó la forma helenizada del Evangelio. Si admitimos lo que antes hemos indicado, que ya antes en Jerusalén se había ejercitado en anunciar el Evangelio a los judíos helenistas, se explica perfectamente la elección que de él hicieron los Apóstoles, y lo que más nos interesa, se explica la facilidad con que Bernabé transformó la catequesis jerosolimitana en la catequesis antioquena. Y en este supuesto, las nuevas modalidades que pudo adquirir, por razón de los nuevos oyentes, la predicación evangélica, no podían borrar la identidad de entrambas formas. Porque, notémoslo bien, no se trataba ahora de traducir al griego la predicación aramea –este trabajo se había hecho previamente en Jerusalén-, sino simplemente de transplantar a otro terreno la predicación griega preexistente. Con esto las interferencias reales, y aún verbales que luego podemos hallar en el problema sinóptico, ya no pueden llamarnos la atención. Pero no adelantemos las ideas. Sigamos la narración de los Hechos.
“Había en Antioquía, en la Iglesia allí establecida, profetas y doctores: Bernabé, Simeón, llamado Negro, y Lucio cirenense, Manahén colactáneo de Herodes el tetrarca, y Saulo. Estando ellos celebrando los divinos oficios en honor del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y Saulo para la obra para que les he llamado. Entonces, después de haber ayunado y orado, y habiéndoles impuesto las manos, les despidieron. Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos (13, 1-5). Sigue la relación de la primera expedición apostólica de San Pablo, acompañado de Bernabé, y la del llamado concilio de Jerusalén, motivado precisamente por la admisión de los gentiles a la Iglesia, sin someterlos previamente a la circuncisión. Prosigue la narración de los Hechos: “Pablo y Bernabé demoraban en Antioquía enseñando y evangelizando junto con otros muchos la palabra del Señor” (15, 35). Sigue a continuación la relación de la segunda expedición apostólica de San Pablo, separado de Bernabé, acaso sólo temporalmente[1]. Un hecho importantísimo se destaca en esta narración. La predicación evangélica, estabilizada sustancialmente por Bernabé, se extiende en dos sentidos: personal y local. Primeramente Saulo y luego otros muchos, al principio como auxiliares de Bernabé, se apropian su método de predicación y continúan su obra. En segundo lugar, la predicación estabilizada en Antioquía se extiende ampliamente por el mundo helénico. La predicación evangélica de Pablo, aparte de algunos rasgos personales inconfundibles, lleva el cuño de Bernabé. Luego sacaremos las consecuencias de este hecho.

2. Bernabé y la redacción del tercer Evangelio

La influencia de Bernabé en el tercer Evangelio no sólo fue real, como acabamos de ver, sino además personal, por la acción directa que ejerció en la persona del Evangelista. Es éste un punto en que no se ha reparado suficientemente y que conviene dejar bien establecido. Que San Lucas fue antioqueno, uno por tanto de los fieles de la Iglesia amaestrada por Bernabé, y que fue además discípulo de San Pablo, el compañero de Bernabé, es ya bastante conocido. Pero fuera de este doble influjo indirecto o mediato, podemos señalar otro más directo e inmediato. El punto de partida y la base de nuestras observaciones es una variante interesante conservada por el llamado texto occidental de los Hechos. Es digno de estudiarse el caso por las consecuencias que entraña.
Hacia el año 40, poco antes del imperio de Claudio, mientras Bernabé y Saulo, recién venido de Tarso, predicaban el Evangelio en Antioquía, llegaron de Jerusalén varios profetas, uno de los cuales, Agabo, anunció la gran carestía que dentro de poco había de sobrevenir. El texto griego, comúnmente admitido por los críticos, sustancialmente acorde con la Vulgata, narra así el hecho: “En estos días bajaron de Jerusalén algunos profetas a Antioquía. Y levantándose uno de ellos por nombre Agabo, movido por el Espíritu significó que una grande hambre vendría sobre toda la tierra; la cual sobrevino en el imperio de Claudio” (11, 27-28). En cambio, el texto occidental, representado por D (y d), por los dos prejeronimianos “p y “w, por sang. 133, R y varios otros manuscritos latinos de la Biblioteca Nacional de París (2, 342*, 343, 11932, 16262), San Agustín y Adón, lee de otra manera. Reproducimos el texto de San Agustín: “In illis autem diebus descenderunt ab Ierosolymis prophetae Antiochiam, eratque magna exultatio. Congregatis autem nobis, surgens unus ex illis nomine Agabus…” (ML, 34, 1295).[2] La diferencia sustancial entre ambas recensiones está en la expresión “congregatis nobis”, que, si es auténtica, es el primero de los pasajes de los Hechos en que San Lucas habla en primera persona (“Wirstücke”). ¿Pero es realmente auténtica? Este problema no es sino un caso particular del problema general sobre el valor crítico de la recensión D, problema dificilísimo y complicadísimo, que tiene divididos a los críticos, y que ahora no podemos tratar con la amplitud que se merece. Para nuestro objeto bastará resumir brevemente el pensamiento del P. Lagrange, uno de los que últimamente ha estudiado el problema más concienzuda y competentemente. Después de distinguir en D siete series de variantes características que él considera secundarias: 1) tendencias piadosas; 2) rasgos explicativos o pintorescos; 3) omisiones; 4) cambios; 5) harmonizaciones; 6) correcciones elegantes; 7) latinismos, concluye: “Si constatamos por la  marcha que B ha sido revisado –no tanto en orden a la pureza de la lengua, cuanto en vista de la nobleza exigida por la historia, y que se juzgaba incompatible con demasiados pormenores-, los rasgos no numerosos de D que parecen originales y no proceden de su personalidad, deben ser considerados como vestigios por él conservados de un texto primitivo” (Critique textuelle, II. París, 1935, pag. 401). Conforme a este criterio, tanto más imparcial cuanto mayor es la inclinación del Padre Lagrange hacia el texto B, hemos de concluir que el rasgo “congregatis nobis”, que no pertenece a ninguna de las series desechadas, habrá de considerarse como primitivo y original[3]. Y si es así, la consecuencia es clara: San Lucas pertenecía a la primera generación de los fieles antioquenos, amaestrados, si no conquistados, por Bernabé.
En este supuesto, no aventurando hipótesis, sino interpretando los hechos, examinemos las relaciones que naturalmente hubieron de crearse entre Lucas y Bernabé. Conocemos bastante bien a entrambos personajes. Por una parte, Bernabé “hombre bueno” (11, 24), y “de palabra dulce e insinuante” (4, 26); por otra, Lucas, cual él mismo se revela en el prólogo de su Evangelio, curioso y diligente investigador de los hechos y amigo de anotar las informaciones que recibía. En estas circunstancias, Lucas, no contento con oír la catequesis evangélica, que Bernabé daba generalmente a los fieles, acudiría luego al maestro en razón de aclarar y ampliar las informaciones recibidas, que después él anotaba cuidadosamente. Con esto tenemos el primer esbozo del futuro Evangelio, cuya base era la misma predicación de San Pedro, helenizada por Bernabé, completada con las ampliaciones que él mismo le proporcionaba. Este primer esbozo no pudo modificarse sustancialmente más tarde, cuando Lucas, asociado a San Pablo, oía su predicación evangélica, que no era otra que la misma de Bernabé. Recuérdese que en los primeros tiempos, en que la catequesis antioquena hubo de adquirir su estabilidad definitiva, Bernabé y Pablo predicaban juntos, naturalmente conforme a un tipo único de predicación.
Este hecho fundamental se corrobora con otros hechos que, según se enfoquen, pueden considerarse o como consecuencia o como prueba. De cualquier manera que sea, no será inútil consignar estos hechos que esclarecen singularmente la composición del tercer Evangelio.
En el libro de los Hechos Apostólicos se habla de Pedro y de Bernabé solamente en los capítulos 1-15: después, nada absolutamente; a pesar de que Pedro siguió evangelizando, y Bernabé prosiguió su predicación evangélica. Recuérdese que unos seis años después del llamado concilio de Jerusalén, referido en el capítulo 15 de los Hechos, escribía San Pablo a los Corintios: “¿o sólo yo y Bernabé no tenemos derecho a no trabajar?” (9, 6). Ahora bien, si se admite que las noticias referentes a Bernabé, y lo mismo las referentes a Pedro, consignadas en los Hechos, las recibió Lucas de Bernabé, todo queda explicado: pues al separarse Bernabé de Pablo, inmediatamente después del Concilio de Jerusalén, Lucas perdió con él todo contacto. En cambio, si se supone que las recibió de una tercera persona –que además sería muy difícil señalar- no se explica porqué después de la separación ya nada diga Lucas ni de Bernabé ni de Pedro. Esta tercera persona no tenía por qué callar tan en absoluto su ulterior actuación.
Vengamos al tercer Evangelio: Se conviene ya generalmente que la fuente de los dos primeros capítulos fue la misma Virgen María. Pero esta fuente ¿fue inmediata o mediata? No tendríamos por nuestra parte ninguna dificultad en aceptar la opinión de Simón-Prado, que admiten una información directa e inmediata.[4] Lagrange es menos categórico[5]. Pero la información inmediata ofrece algunos inconvenientes, que conviene señalar. Llama la atención el color o tono profundamente levítico de estos dos capítulos ya desde el principio. Se dice que Zacarías era “del turno de Abías” (1, 5), que ejercía “su ministerio sacerdotal por el orden de su turno” (1, 8), que “le cupo en suerte, conforme a la costumbre del sacerdocio, entrar en el santuario del Señor para ofrecer el incienso (1, 9), que “se le apareció el ángel… a la derecha del altar del incienso” (1, 11), que “cuando se cumplieron los días de su ministerio se marchó a su casa (1, 25), que María dio a luz a su hijo “primogénito” (2, 7), término extraño a primera vista, pero perfectamente explicable en su uso y significación legal, cuyo olvido a dado lugar a lamentables interpretaciones[6]. Y luego se concede importancia preponderante a las ceremonias de la circuncisión, de la purificación, de la presentación y rescate del Niño, y se habla del perfecto cumplimiento de todas las cosas “conforme a la ley del Señor” (2, 39) y de la peregrinación pascual (2, 41-43). Estos y otros rasgos semejantes, que seguramente Lucas no añadió por su cuenta, parecen inexplicables en el supuesto de que la información recibida de la Virgen sea inmediata. ¿Para qué tenía que notar, por ejemplo, que Zacarías pertenecía al turno sacerdotal de Abías? En cambio, estos rasgos se explican perfectamente si entre María y San Lucas se interpone un levita. Ahora bien, Bernabé era de la tribu de Leví, y naturalmente, le interesaban de un modo especial todos estos rasgos legales o rituales. Su intervención, por tanto, los explica perfectamente. Además, para suponer una entrevista directa de San Lucas con la Virgen, por más natural que sea, no tenemos, con todo, ningún testimonio histórico positivo; ni es tan fácil determinar cuándo o dónde pudo realizarse. En cambio, el trato frecuente y aún familiar de Bernabé con la Virgen se contiene implícitamente en los datos históricos que conocemos. Recordemos que la casa de María, la madre de Marcos, en Jerusalén era la casa de Bernabé, y que asimismo era como la casa de Pedro, que o vivía en ella o por lo menos a ella acudía frecuentemente. Ahora bien, sabido es, por la narración de los Hechos, que Pedro y Juan[7] vivían juntos: y con Juan vivía la Virgen Santísima; con la cual, consiguientemente, tuvo Bernabé trato habitual e íntimo. Crece extraordinariamente el valor de esta deducción obvia y natural en la suposición, muy probable, de que la casa de la Madre de Marcos era la misma en que vino el Espíritu Santo el día de Pentecostés, donde con los Apóstoles se hallaba la Madre de Jesús. Por tanto, el Evangelio de la Infancia lo recogió San Lucas de la Virgen María: pero, por lo dicho, no directamente, sino por mediación de Bernabé. Con esto todo se explica naturalmente.
Si a esto añadimos que, según el testimonio de Clemente de Alejandría y de Eusebio, fue Bernabé uno de los setenta y dos discípulos del Señor, hemos hallado también la fuente de donde sacó San Lucas los datos de aquel largo y complicado viaje del Señor, que precede a la última subida de Jesús a Jerusalén para celebrar la Pascua. Y de la misma fuente podría proceder la deliciosa narración de la aparición del Señor a los dos discípulos que iban a la aldea de Emaús.
Mas, prescindiendo de estos datos meramente probables, con solo los datos seguros nos basta para afirmar la íntima comunicación entre Lucas y Bernabé.



[1] La mención que unos 6 ó 7 años más tarde hace Pablo de Bernabé: “¿o sólo yo y Bernabé no tenemos derecho a no trabajar?” (I Cor. 9, 6) deja entrever que la comunicación entre los dos Apóstoles no se había cortado tan en absoluto como pudiera suponerse por la simple narración de los Hechos (15, 39-40).

[2] Traducción: “En aquellos días descendieron de Jerusalén algunos profetas a Antioquía, y había una gran exultación. Mientras estábamos reunidos, uno de ellos, de nombre Agabo, se levantó…”

[3] Admiten la autenticidad de “congregatis nobis”, Blass, Clark, Salmon, Zöckler, Belser, Harnack, Zahn, Allo.

[4] Prael. bibl. N.T. I, n. 46.

[5] Évangile selon Saint Luc, Paris, 1924, pg. LXXXIX.

[6] En su significación etimológica “primogénito” es el primero con relación a los otros hijos que pueden seguirle, no que necesariamente le hayan de seguir o que de hecho le sigan: y esto bastaba para salvar la virginidad de María. Conforme a esta significación etimológica sólo quiere decirse que antes de Jesús no engendró María otro hijo; y nada más. Pero en la significación legal desaparece toda relación a ulteriores hijos. Conforme a ella “primogénito” es como un término técnico, que dice relación a las leyes (Ex. 13, 2-15; Lev. 5, 11; 12, 6-8) que deben cumplirse en el hijo que “aperit vulvam”.

[7] Act. 3, 1; 4, 23; cfr. 1, 13.