jueves, 23 de marzo de 2023

Similitudes entre el Santo Patriarca José, hijo de Jacob, y Nuestro Señor Jesucristo (Introducción) (V de VI)

 V. La historia de José 

Prácticamente no existe en el Antiguo Testamento ningún personaje más o menos importante, y lo mismo puede decirse de las ceremonias, sucesos, etc., que no prefigure algún aspecto de ese misterio de Cristo del que acabo de hablar.

Creo que un breve repaso por algunos de ellos nos podrá ser de alguna utilidad.

1) Adán es imagen de Cristo como cabeza de la humanidad. Este aspecto lo desarrolla san Pablo a los Romanos y en la I a los Corintios, y la imagen se ve en que, así como Adán era cabeza de la humanidad y por su pecado todos pecamos, de la misma manera Cristo es cabeza de la humanidad y con su muerte pagó la deuda de todos.

2) Abel es imagen de Cristo en cuanto mártir porque, así como Abel fue muerto por su hermano por envidia, Jesús fue muerto por sus hermanos los judíos, también por envidia.

Por eso Mt XXVII, 17-18, dice: 

“Estando, pues, reunido el pueblo, Pilato les dijo: “¿A cuál queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, el que se dice Cristo?”, porque sabía que lo habían entregado por envidia”. 

3) Noé es imagen de Cristo en cuanto Salvador ya que salvó del Diluvio a quienes entraron al Arca, así como Cristo nos salva de la muerte eterna si entramos en su Iglesia.

4) Melquisedec es imagen de Cristo en cuanto Sacerdote, ya que ofreció un sacrificio de pan y vino[1].

5) Isaac, cargando con el leño en que iba a ser sacrificado por Abraham su padre, prefigura la pasión, muerte y resurrección de Jesús, entregado a la muerte por Dios Padre (Rom. VIII, 32, etc.).

6) Jacob también es una hermosa imagen de Nuestro Señor en cuanto al carácter solidario y vicario de la Redención ya que para recibir la bendición que le correspondía a Esaú, engañó a su padre vistiéndose como Esaú y recibió la bendición que en principio no le correspondía; exactamente lo mismo que hizo Jesús cuando, a fin de recibir la maldición que Dios había decretado contra Adán en el Paraíso, engañó a Su Padre “vistiéndose” de la naturaleza humana y recibió sobre Sí, ya no la bendición como Jacob, sino la maldición que todos nosotros merecíamos.

7) Moisés es imagen de Jesús como Legislador, pues, así como éste recibió de parte de Dios la ley en el monte Sinaí, de la misma manera Jesús promulgó su Ley Nueva en el conocido Sermón del monte.

Podrían multiplicarse sin dificultad estos pocos ejemplos meramente ilustrativos, pero es preciso que volvamos nuestra atención a José.

El trabajo del P. Caron, aparecido en 1825 y que se presenta traducido (hasta donde sé por primera vez) al público de habla hispana, es una verdadera obra maestra que “espanta por su talento y erudición”, tal como lo señalara Paul Drach, el célebre Rabino francés converso del siglo XIX[2].

Divide el P. Caron el libro en tres grandes secciones: humillaciones, elevación y gobierno de José, que corresponden al triple status de Jesucristo en su Pasión, Resurrección y Gobierno. Es francamente asombrosa la manera en que va siguiendo paso a paso, versículo por versículo y casi diría palabra por palabra, la historia de José para aplicarla a Jesucristo y a su Iglesia. 

No estará de más tener desde ya presentes los siguientes dramatis personae:

José = Jesucristo

Faraón = Dios Padre

Egipto = la Iglesia

Jacob = los Patriarcas

Los Hermanos de José = los judíos infieles

Benjamín = los judíos conversos de los últimos tiempos. 

Existen otros personajes que intervienen en la historia y que tienen una asombrosa similitud con la vida de Jesucristo (piénsese, por ejemplo, en las dos personas condenadas en el calabozo junto con José, una de las cuales vuelve a su estado anterior ante el Faraón y la otra es condenada a muerte, las cuales representan claramente a los dos condenados que fueron crucificados junto con Jesús, etc.) pero estos son los que aparecen constantemente a través de toda la trama. Basta cambiar simplemente los nombres por sus equivalentes y la narración sigue teniendo sentido.

Se podría tejer una historia diciendo algo así como: había una vez un hombre de hermoso aspecto que era tiernamente amado por su padre, pero a quien sus hermanos envidiaban; un día, presentada la oportunidad, los hermanos lo vendieron y aseguraron que estaba muerto, pero este hombre, lejos de estar sin vida, fue elevado y colocado a la diestra del rey y se le dio toda potestad sobre sus súbditos; pasado mucho tiempo, los hermanos volvieron ante él y después de reconocerlo, se postraron y lo saludaron como a su salvador.

Si se le preguntara a un judío de quién habla esa historia, sin dudas diría se trata del Patriarca José, hijo de Jacob; e interrogado un cristiano, vería allí retratada la fiel imagen de Jesucristo, ¡y lo más asombroso es que ambos estarían en lo cierto, tan rica es la palabra de Dios!

Creo que todos convendrán también que esta clase de exégesis tiene también una importancia capital en lo que hace a la vida espiritual, pues, al estar llamados a imitar a Jesucristo para ser perfectos, no debemos perder de vista que la historia de José, como las demás tipologías bíblicas, son un ejemplo aleccionador. José ha podido ser un “profeta viviente” de Jesucristo gracias a no haber renegado de sus cruces y a haber recibido todo como venido de Dios, y es por eso que pudo exclamar a sus hermanos: “No sois vosotros los que me habéis enviado acá, sino Dios” (Gen. XLV, 8), pues bien sabía José que “todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios” (Rom. VIII, 28). Jesucristo quiere reproducir en cada uno de nosotros algún aspecto de su persona y simplemente tenemos que dejarle obrar y ver siempre, en todos los acontecimientos, su dulce Providencia.



 [1] Sobre Melquisedec como figura de Cristo ver la Epístola a los Hebreos, cap. VII. 

[2] De L`harmonie entre l`Église et la Synagogue, (1844), vol. I, pag. 182.

Tres años más tarde, el P. Caron publicó otro estudio del mismo estilo, pero esta vez sobre el Patriarca Isaac. Otra verdadera obra maestra.