jueves, 4 de diciembre de 2014

Reseña a "La profecía de las setenta semanas de Daniel y los destinos del pueblo judío" de Caballero Sánchez (II de II)

   Nota del Blog: Traemos ahora la crítica escrita en la Revista Bíblica de España, V (1946), pag. 237-239.

PABLO CABALLERO SANCHEZ, C. M.: La profecía de las 70 semanas de Daniel y los destinos del pueblo judío. Madrid. Editorial Luz, 1940. 214 x 101, 117 páginas, 15 pesetas.

El P. Caballero no es desconocido para los antiguos lectores de ESTUDIOS BIBLICOS, ya que en la primera serie de nuestra revista colaboró asiduamente desde Quito. Las parábolas del Evangelio, la Epístola a los Romanos y el Libro de Daniel fueron repetidas veces objeto de sus estudios. Hoy viene a ofrecernos en un tomo, ligeramente retocados, los artículos que allí publicó sobre la interpretación de las setenta semanas de Daniel.
Puede decirse que todos los capítulos presentan un doble aspecto, negativo y positivo. Porque comienza por refutar las interpretaciones dadas por otros autores, y señaladamente por los PP. Lagrange y Knabenbauer, para pasar en seguida a establecer la exégesis que él cree más acertada.
La idea nuclear de esta exégesis, que viene a penetrar todas las páginas del libro, es que las setenta semanas de Daniel no terminan con la venida de Jesús, y la fundación de la Iglesia, sino que separando las sesenta y nueve primeras de la última, alcanzan a través de ésta los tiempos escatológicos. Por eso fácilmente podríamos dividir la obra en dos partes: los nueve primeros capítulos en que habla de las sesenta y nueve semanas y los otros ocho en que se ocupa de la semana septuagésima.
Resulta francamente simpática en la primera parte la reacción del P. Caballero contra la tendencia actual a restar toda precisión cronológica a la profecía de Daniel. Un profeta como un historiador podrá dar números redondos, pero si habla con mayor precisión, difícilmente podrá negarse un valor cronológico a sus palabras.
El P. C. opina que el punto de partida de las setenta semanas es la licencia dada a Nehemías por Artajerjes Longimano el año XX de su reinado, hecho que él fija en el mes de Nisán del año 453 a. C. Las siete primeras semanas están dedicadas a la reconstrucción de la ciudad «en la angustia de los tiempos» reconstrucción civil y religiosa del pueblo, y terminan el año 404 a. C. con la muerte de Nehemías. Las otras sesenta y dos semanas nos llevan hasta el «Ungido-Príncipe», o sea Jesucristo, que muere exactamente el 23 de marzo del año 31. Muy distinto de Jesús sería el Ungido que por esta misma fecha había de ser evacuado. Es el pueblo judío, que en la actualidad se ve privado de los bienes mesiánicos. Pero un día se convertirá a la Iglesia y entonces comenzará la semana septuagésima. Habrá un pueblo, arrebatado de furor antijudaico, que asolará la ciudad de Jerusalén y suprimirá en ella la oblación de la Eucaristía, sustituyéndola por «abominación de la desolación», que no será otra cosa que un culto sacrílego fomentado entonces desde Roma, porque la Iglesia gentílica habrá apostatado y el jefe del pueblo invasor hará consagrar y se rodeará de prestigio y honores divino. Mas Dios barrerá como una inundación al ejército invasor.
Es indudable que la interpretación de esta profecía exige un esfuerzo grande de imaginación, y el P. C. lo ha realizado. Lo difícil es llegar mediante este fuerzo a una solución que pueden todos aceptar como definitiva en los múltiples puntos oscuros o indiscutibles. Estamos seguros de que el mismo P. C. no cree haberlo conseguido, aunque sí ha aportada su esfuerzo, y un esfuerzo muy considerable, al estudio de esta célebre profecía.
No hemos de ocultar nuestra extrañeza al leer (pág. 97) que en la semana septuagésima «la Iglesia de Jerusalén rediviva» será «el verdadero Eje religioso mundo». Y en la página anterior, que la abominación de la desolación consiste en que se implante en Palestina «el Culto y el sacerdocio promovidos desde Roma por el Pontífice traidor y usurpador. Desaparecida oficialmente de la vida social la Iglesia de Jerusalén, con sus pretensiones a la hegemonía religiosa del mundo, no queda más que la entonces apóstata Iglesia gentílica». Esto parece suponer que llegará un momento en que la Iglesia romana habrá claudicado. Nos parece una afirmación demasiado fuerte. Porque el Obispo de Rema será siempre el sucesor de Pedro, y el sucesor de Pedro no puede, como tal, apostatar[1].
Finalmente, el P. C., tras una breve alusión al quiliasmo, formula su esperanza de que en un porvenir cercano han de librarse batallas exegético-teológicas sobre el punto del Advenimiento del Reino de Dios, que serán coronadas, renacido Israel en el seno de su Madre, la Iglesia, con una definición dogmática[2].

J. Enciso




[1] Nota del Blog: Ríos de tinta se han escrito sobre este tema y no es el fin del Blog el discutirlos. Tal vez habría que hacer un par de distinciones o aclaraciones para defender lo que dice el P. Caballero Sánchez. No que estemos de acuerdo con su exégesis, sino que lo decimos para intentar una defensa a esta objeción.

[2] Nota del Blog: Notemos una vez más que el autor de esta reseña, el reconocido Padre Enciso, no condena en absoluto el Milenio sino que trae esta afirmación del P. Caballero Sánchez como una simple opinión.
Si el Milenio fuera un error, fácil le hubiera sido al P. Enciso mostrar el documento pontificio o conciliar con la condena, pero es obvio que no existe.
Los errores teológicos no pueden ser definidos por medio de una declaración dogmática…