domingo, 28 de julio de 2019

La Neomenia Mesiánica en el Prólogo del cuarto Evangelio, por B. Pascual (IV de X)


6 Ἐγένετο ἄνθρωπος, ἀπεσταλμένος παρὰ θεοῦ, ὄνομα αὐτῷ Ἰωάννης: 7 οὗτος ἦλθεν εἰς μαρτυρίαν, ἵνα μαρτυρήσῃ περὶ τοῦ φωτός, ἵνα πάντες πιστεύσωσιν δι' αὐτοῦ. 8 οὐκ ἦν ἐκεῖνος τὸ φῶς, ἀλλ' ἵνα μαρτυρήσῃ περὶ τοῦ φωτός.

“6 Apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba Juan. 7 Él vino como testigo, para dar testimonio acerca de la luz, a fin de que todos creyesen por Él. 8 Él no era la luz, sino para dar testimonio acerca de la luz”.

En esa lucha de las tinieblas no queda la luz vencida. Después de un decrecimiento que, así como el menguante de la luna, semeja el preludio de su extinción definitiva, ella reaparece con nueva fuerza y con nuevo esplendor. Φαίνει (luce) dijo el versículo anterior, usando el tiempo presente para mejor designar la persistencia y también la identidad de la luz en el período de iluminación que acaba y en el otro que ahora comienza.

Es ya la neomenia mesiánica. ¡Y cuán naturalmente, y cuán bellamente el evangelista introduce aquí a San Juan como el portador del anuncio, como el testigo de la nueva luz!

En efecto, la neomenia de ordinario no podía celebrarse sin una testificación solemne. El cálculo astronómico no entraba en el ritual judío, sino que la neomenia era fijada cada mes mediante observación. Al aproximarse la fecha presumida, una expectación general, de que tan sólo pueden dar pálida idea algunas costumbres religiosas del Islam que de esa se derivan, dominaba en Jerusalén y en las ciudades y en las villas de Judea y de Galilea y de más allá del Jordán. Las miradas de todos se fijaban en el horizonte y, al punto de aparecer la luna nueva, los caminos de la ciudad santa se llenaban de celosos israelitas para ser los testigos primeros, los testigos oficiales y ganar las albricias de la nueva luz. Un día, refiere el Rosch ha-schana (1, 6, en lo sucesivo sea R. H. la sigla), desde las llanuras de Séphela y de Sarón subían presurosos más de cuarenta pares de testigos, pasaban ya por Lydda cuando allí los detuvo Rabbi Akiba: era día de sábado y faltaban aún cuarenta kilómetros para llegar a Jerusalén; además, ¿a qué cansarse en una competencia inútil y para un testimonio que había de ser tardío? Pero lo supo Rabban Gamaliel y envió quien dijera al atrevido Rabbi, en tono de autoridad y de severa reconvención:

"Si tú detienes así a la gente, sepas que te haces responsable de los tropiezos del porvenir".


Nada, pues, según la casuística judía, podía detener a los testigos de la luz: ni la distancia, ni los peligros del camino, ni el temor de no ser los primeros, porque las albricias se multiplicaban en espléndido y numeroso banquete; hasta la misma severísima ley del descanso sabático cedía ampliamente ante los portadores del testimonio. Cuando estaba en pie el santuario, prosigue el R. H. (I, 4b) era obligatorio traspasar el sábado antes que retrasar esa noticia, que tanto afectaba al buen orden de los sacrificios. A fin, pues, de recibirla y comprobarla cuanto antes oficialmente, los miembros del Sanedrín esperaban en Jerusalén, reunidos en la sala Beth Ja'azeq (R. H. 2, 5a), cuyo nombre debía recordarles el triste apólogo isaiano de la viña del Señor (Is. V, 2). Allí era examinado de seguida el primer par de testigos. Estaba fijada la lista de los que no tenían capacidad para tal testimonio (R. H. 1, 7-8) y la lista acaba mencionando a los esclavos. ¡Debían ser hombres libres para dar testimonio fehaciente de la luz! Estaba también formulado el interrogatorio minucioso:

"Entra del primer par de testigos el que es mayor de edad, y se le pregunta: Dime, ¿cómo has visto tú la luna, antes del sol o después del sol? ¿Al norte de él o al sur de él? ¿A qué altura? ¿Qué grueso tenía?... " (R. H. 2, 6)

Y se ayudaban, si preciso era, de una tabla con las fases lunares, como aquella que tenía Gamaliel en su cenáculo de Jabnes (R. H. 2, 8a). El interés del asunto suscitaba, en los casos dudosos, las habituales sutilezas de los maestros de Israel, y no sería cosa extraña en el tribunal una discusión como aquellas que, para apreciar testimonios de la luz nueva, se promovieron con Rabbi Jochanan ben Nuri, Rabbi Dosa ben Horkinos, Rabbi Jehoschua, Rabbi Akibha y el Rabban Gamaliel, el cual tuvo que cortar imponiendo su autoridad y conminando con una multa. El R. H. nos la ha conservado pintorescamente: cuando ben Horkinos se presentó, bolsa en mano para satisfacerla, Rabban Gamaliel "se puso de pie y le besó sobre la cabeza y le dijo esas palabras: Ven en paz, maestro mío y discípulo mío; mi maestro en sabiduría, mi discípulo porque tú has aceptado mis palabras" (R. H. 2, 9d).

Pero ordinariamente el caso era más simple, y examinados los testigos desde luego los jueces aceptaban el testimonio y se declaraba santificada la neomenia, pronunciando el presidente la palabra sacramental: "¡Consagrado!” y todos repetían “consagrado, consagrado" (R. H. 2, 7a). "Amén, contestaba el pueblo, muchos son los que anuncian la buena nueva en Israel: consagrado está el mes, consagrado en la neomenia, consagrado a su tiempo, consagrado en su día intercalar; consagrado según la Thora, consagrado según la Halacha, consagrado en lo alto, consagrado aquí bajo, consagrado en la tierra de Israel, consagrado en Sión, consagrado en Jerusalén, consagrado en todos los lugares de Israel, consagrado por la boca de nuestro maestro, consagrado en la casa del consejo... Dad gracias al Señor porque es bueno, etc., Salmo 118" Sopherim (19, 9-10). Entonces comenzaban las ceremonias en el templo; y a fin de difundir con presteza la ansiada noticia de esa oficial declaración de la neomenia, se encendían fuegos sobre el vecino monte de las Olivas, y para más exactitud, en determinados meses, se despachaban mensajeros a las ciudades y villas palestinenses y hasta a las de más allá de Palestina. Todo estaba previsto con larga experiencia de casos, y todo está consignado en el R. H. minuciosamente.

¡La luz había de anunciarse con otra luz, con los fuegos de los altos montes! "¿Y de qué manera se hacían las señales con fuegos? Cogíase un largo tronco de cedro y un palo alto y leña de olivo y estopa de lino y se ligaba. Subía uno a la cumbre de un monte y con eso encendía el fuego y lo movía hacia acá y hacia allá, hacia arriba y hacia abajo, hasta ver que otro efectuaba lo mismo en la cumbre de un segundo monte, y así continuaba éste hasta que lo veía en la cumbre de un tercer monte… ¿Y desde dónde se hacían tales señales de fuego? Desde el Olivete hacia el Sartaba (Kourn Sourtabah que se adelanta hacia el Jordán dominando el valle), desde Sartaba hacia Geruphina (el Arabonneh de los montes de Gelboe), desde Geruphina - hacia el Tabor (Tos. 2, 2) -hacia Hauran, desde Hauran hacia Beth Biltin y desde Beth Biltin… aquí movía uno el fuego hacia acá y hacia allá, hacia arriba y hacia abajo hasta ver ante sí toda la región de la cautividad ardiente como una hoguera" (R. H. 2, 4); viva expresión que refleja la claridad con que lucían las villas enteras cuando "cada cual subía con antorcha a su terraza" en exultación de la nueva luz (Bartenora, h. 1).

"Antes, cualquiera era aceptado para testigo de la nueva luna, pero después que los minim pusieron engaño se ordenó que sólo fuesen admitidas las personas conocidas" (R. H. 2, 1b), así también "al principio se hacían las señales de fuego, pero luego que los Kuteos (samaritanos) causaron confusión, se estableció el servicio de mensajeros" (R. H. 2, 2), sin quedar aquellas señales suprimidas, sino más bien aseguradas en determinados casos con la personal presentación de tales enviados. "En seis meses se despachan mensajeros: en el mes de Nisán, a causa de la Pascua, en el mes de Ab a causa del ayuno, en el mes de Elul a causa del año nuevo; en el mes de Tischri a causa de la ordenación de las fiestas; en el mes de Kislen a causa del Chanukka; y en el mes de Adar a causa del Purim. Además, cuando estaba en pie el templo, también salían en el mes de Ijar a causa de la pequeña Pascua" (R. H. I, 3). Y, aunque hubiesen de profanar el sábado, tales mensajeros marchaban en los meses de Nisán y de Tischri hasta la Siria (R. H. 1, 4a), por los largos caminos que conducen a Damasco, probablemente los mismos que pisaban los pies de Saulo, para diferente propósito, cuando le detuvo y derribó la visión del que es la verdadera luz.

En estos pasajes del Rosch ha-schana que hemos transcrito y citado según la crítica edición de Fiebig (Die Mischna h. v. G. Beer u. O. Holtzmann Rosch ha-schana. -Text, Uebersetzung und Erkfarung… von Paul Fiebig- 1914), se ve cual sería poco más o menos en los tiempos de San Juan el ceremonial del testimonio de la luz nueva, ceremonial espléndido y, aparte de algunas pequeñeces rabínicas, verdaderamente grandioso y capaz de dar una imagen también grandiosa para el prólogo de las máximas ideas teológicas. San Juan, en su espíritu litúrgico y de auténtico israelita, debió impresionarse a menudo ante ese espectáculo tan frecuente y tan emocionante, y así acumuló alusiones a él en esos tres versículos (6-8), que ahora analizamos. Ya quizás el lector, al pasar la vista sobre el precedente extracto del libro judío, habrá reconocido espontáneamente el alcance de las expresiones evangélicas. La impresión de conjunto por sí sola es convincente; no será, empero, por demás indicar aquí varias correspondencias, unas, si se quiere, bien discutibles y conjeturales, pero otras, a nuestro entender, seguras y definitivas.