miércoles, 15 de abril de 2015

La Perspectiva Escatológica, por Ramos García (II de XIV)

I

II ESTAMPA DEL REINO MESIANO

Una lectura de conjunto, aún superficial, de los profetas nos presenta los últimos tiempos de la humanidad, como el desenlace del drama de la historia, bajo su aspecto social e individual, tanto en la vertiente política como en la religiosa, otras tantas dimensiones que era preciso estudiar conjuntamente, pues sobre todas ellas hay indicaciones múltiples en ambos Testamentos, con interferencias frecuentes de unos aspectos en otros, y una mayor acentuación del aspecto individual en el Nuevo.


1. EL SISTEMA TEOLÓGICO Y EL BÍBLICO

Sobre esos eventos finales se ha hecho corriente entre los cristianos un sistema muy sencillo, que podemos llamar teológico, por ser el que interesa a la teología, y que podría expresarse así: Sesión del Señor a la diestra del Padre; su vuelta al juicio final; universal resurrección muertos; celebración del juicio final en que se hace la separación entre buenos y malos, y cada uno va a ocupar su puesto en la eternidad feliz o desgraciada.

Todo esto es verdad pero no toda la verdad. La Escritura Profética en su conjunto es mucho más rica y puntual, así acerca del juicio como de la resurrección.
El juicio que en ese esquema brevísimo se nos da, no es el juicio escatológico en su totalidad, sino sólo el último acto de ese juicio, que por eso se llama justamente juicio final, y del que hay en la Escritora sólo dos descripciones ciertas (Mt. XXV, 31-46[1] y Ap. XX, 11-15), y una o dos alusiones inequívocas (II Cor. V, 10; cf. Rom. XIV, 10[2]).
Como se ve por las citas, el juicio final así descrito, nos es conocido por una revelación estrictamente cristiana. En vano se buscaría en los profetas de Israel la expresión de creencia semejante: la perspectiva de los antiguos profetas es indefinidamente terrestre, y si acaso introduce la resurrección (Sal. CIX, 3[3]; Is. 26, 19; Dn. XII, 2 s.; Sab. VII, 8; Lc. XIV, 14; XX, 33 ss.), sería en orden al subsiguiente Reino mesiano, en que desemboca la dicha perspectiva y conforme a este modo de ver habría que interpretar la fe en la resurrección de los mártires Macabeos (II Mac. VII). En otras palabras, la resurrección, según la antigua fe judaica, tendría más bien los caracteres de la resurrección primera, previa al reinado milenario (Apoc. XX, 4 s.), que no los de la segunda, previa al juicio final (Ap. XX, 12 s.).


La consideración del acto final, en que se cierra el orden temporal y se inicia el eterno invadió de tal manera la conciencia cristiana, que ante él llegaron a eclipsarse los demás actos escatológicos del juicio.
Pero eclipse no es negación. Así como los antiguos profetas con su perspectiva terrestre indefinida, mostraban ignorar, mas no negaban la solución cristiana; así tampoco la dicha solución cristiana ha de negar los anticipos proféticos que la ilustran. Las varias revelaciones acerca del juicio divino escatológico no son contradictorias, sino complementarias, y se acoplan perfectamente en el siguiente esquema:

Según las fuentes de la revelación el juicio divino es de dos maneras, social una e individual otra, y una y otra tienen dos momentos: el histórico y el escatológico. Llamamos momento histórico del juicio individual al que sigue a la muerte de cada uno, según aquello: “fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Heb. IX, 27), y momento escatológico al del juicio final (Mat. y Ap. l. c.) tan familiar a los fieles cristianos. Y a semejanza de estos dos momentos del juicio individual hay otros dos para el juicio social o de naciones, el histórico, que es cuando en el curso de la historia el Señor liquida o poco menos, ahora a esta nación, ahora a la otra, ahora a aquella, ahora a la otra ciudad; y el escatológico que es cuando el Señor hará eso mismo, no ya con esta o la otra nación, sino con todas las naciones juntas, destruyendo en masa a los impíos, para dar paz y descanso a los justos, "si es que Dios encuentra justo dar en retorno tribulación a los que os atribulan, y a vosotros, los atribulados, descanso, juntamente con nosotros, en la revelación del Señor Jesús, etc” (II Tes. I, 6 ss.).

Nada más frecuente que esta perspectiva en los profetas de Israel, perspectiva que recoge nuestro Señor en el discurso escatológico (Mateo, XXIV y par.), acá y allá los Apóstoles en sus cartas, y sobre todo San Juan en el Apocalipsis, al abrir del sexto sello, sonar de la séptima trompeta y derramar de la séptima copa, etc., etc.[4]
A ese juicio escatológico de las naciones hostiles le llamaremos también juicio de los vivos, o simplemente juicio universal, en oposición al juicio final, que es el juicio de los muertos (Ap. XX, 12 s.), aunque más que dos juicios diferentes tendríamos aquí distintos actos del gran juicio escatológico, en que se realiza plenamente la letra de la fórmula dogmática: "Y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos", a los vivos en el juicio universal y a los muertos en el juicio final.


2. LOS DOS ASPECTOS DEL JUICIO UNIVERSAL

A tenor de las descripciones, el juicio final sería instantáneo o de muy corta duración. En cambio, el juicio universal implica sucesión, y desde luego hay que distinguir en él dos aspectos complementarios muy diversos, el de la ira contra los malvados, y el de la misericordia en favor de los justos, aspectos que Habacuc compendia en esta nerviosa expresión: "En tu ira no te olvides de la misericordia" (Hab. III, 2).
De esa ira escatológica hablan frecuentemente los profetas y los apóstoles (cf. II Thes. I, 5 ss.; II Pet. III, 7 ss. etc.), y San Juan en el Apocalipsis sorprende el momento en que al abrir del sexto sello, estalla imponente sobre los hombres de aquel tiempo, que llenos de terror apostrofan así a los montes y a las rocas: "Caed sobre nosotros y escondednos de la faz del Sedente en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el día, el grande, de la ira de ellos y ¿quién puede estar de pie?” (Ap. VI, 16 s. = Is. II, 10-22).
Este día grande de la ira del Señor no es ciertamente un día de 24 horas (cf. Zac. XIV, 7 y II Pet. III, 8). Hay sobre él una literatura inmensa, y de ella se desprende que no será una manifestación momentánea de terror, sino que la actuación o intervención divina se desarrolla en varios actos sucesivos que podrían titularse así: La hecatombe de Idumea (Is. XXXIV, 1-8 = Ap. VI, 12 ss.; cf. Abd. 15 ss.), la del valle de Josafat (Joel III, 12 s.= Ap. 14 fin; cf. Zac. XIV, 4 s.), y la de Armagedón contra el Anticristo y sus huestes (Ap. XVI, 16; XVII, 14; XIX, 11 ss.; cf. Is. LXIII, 1-6), por no citar más que las más salientes. El que Edom, Josafat y Armagedón sean todos nombres simbólicos no empece a la verdad del evento[5].
El vulgo, al confundir el acto del valle de Josafat con el juicio final, confunde el juicio de vivos con el de muertos, y tantas otras cosas que lleva consigo esa primordial confusión, y es la primera y principal la de cerrar en ese punto el horizonte terrestre, cuando tanto Joel, autor de la denominación, como los demás profetas y el propio Evangelio lo dejan abierto al reino mesiano (cf. Joel III, 17 ss.; Sap. III, 7 s. = Mt. XIII, 41 ss.), el mismo al que real o simbólicamente concede San Juan un lapso de tiempo de mil años antes del juicio final (Ap. XX).

Este sería el segundo aspecto del juicio universal: la misericordia tras la ira; una como continuación del mismo juicio de vivos, según la consabida ecuación hebraica entre "rey" y "juez", "reinar" y "juzgar", "reinado" y "juicio". Nada, en efecto, más averiguado que la finalidad funcional del juicio social y universal de vivos, que es la de hacer limpieza general de los impíos, para que los justos puedan campear libremente: Compendiosamente lo dice el Señor en la moraleja de la parábola de la cizaña:

“El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos, y a los que cometen la iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. ¡Quien tiene oídos, oiga!" (Mt. XIII, 41 ss.)

Este reino de Dios, en que se hace esa limpieza general, es todavía hujus temporis Ecclesia, como nos advierte San Gregorio a propósito de este texto, o lo que es lo mismo, estamos todavía en el juicio universal de vivos, pues no se comprende qué significación ni finalidad podría tener el acto de quitar escándalos en un juicio final de muertos.
De los tres enemigos del hombre, aquí se da jaque mate al mundo, que esto y no otro sería el finis saeculi de que ahí se trata, eliminando los grandes escándalos públicos, en que el mundo tiene toda su fuerza maléfica, que por eso dice de él el Señor en otra parte "¡Ay del mundo por los escándalos!" (Mt. XVIII, 7). A seguida del mundo (Ap. XVIII y XIX) se le quita la fuerza seductora al demonio su aliado (I Jn. V, 19; cf. Ap. XII), porque se le aherroja en el abismo, "para que no engañase más a las naciones" (Ap. XX, 3). Y libre así el hombre de sus dos grandes enemigos externos gozará en consecuencia de esa paz externa y bienestar social envidiable, que tanto ponderan los profetas, y que no hay por qué desdeñar, pues será un don del Mesías, muy de procurar y agradecer después de tantas guerras y persecuciones.
Continuará todavía como antes la lucha interna por la adquisición de la virtud en cada hombre, aunque muy facilitada por la eliminación de los dos grandes enemigos externos, que tanta parte tenían en sus determinaciones; con lo que el camino del bien y la justicia quedará llano y expedito para todos, aun los menos dotados, de modo que pudo decir el profeta: "Y habrá allí una senda, una calzada, que se llamará camino santo. Ningún inmundo lo pisará, será solamente para ellos; los que siguen este camino, aún los sencillos, no se extraviarán” (Is. XXXV, 8), fruto sazonado todo ello de la limpieza general de maleantes (Is. ib.; cf. Ap. XI, 18, etc.) ¡Cuán bien se presagia y celebra este deseable cambio de la vida social en el precioso y alentador Salmo XXXVI (XXXVII)!




[1] En su momento aplicábamos este pasaje a la Parusía y decíamos que correspondía al Juicio de las Naciones, mientras que ahora, por el contrario, creemos se trata de un juicio a la Iglesia, es decir, a los católicos que estén vivos al momento de la Parusía. Este juicio parece ser el mismo que vemos en la parábola del trigo y la cizaña (Mt. XIII, 24-30.36-43) y en el juicio de Apoc. XIV, 14-20. Cfr. también Mt. XXIV, 30-31 y Mc. XIII, 26-27; Mt. XXV, 1-30, etc.

[2] No tanto.

En cuanto a Rom. XIV, 10 notemos que se habla de “el tribunal de Cristo”, mientras que el de Apoc. XX, 11-15 parece referirse a Dios Padre “el sedente en el trono”, como es llamado siempre en el Apocalipsis. Cfr. IV, 2-3.9-10; V, 1-7.13; VI, 16; VII, 10.15; XIX, 4; XXI, 5, en varias de las cuales se distingue claramente entre “el Sedente en el trono” y “el Cordero”.

Y por lo que respecta a II Cor. V, 10, Straubinger lo aplica sin más a la Parusía.

[3] No entendemos qué tienen que ver ni esta cita ni la de la Sabiduría con la resurrección.

[4] Ni en el abrir del sexto sello, ni en el sonar de la séptima trompeta, ni en el derramar de la séptima copa…
El autor parecería indicar con esta observación que defiende la teoría de la recapitulación. Teoría que es preciso desterrar de la exégesis de una vez por todas.

[5] Nuestra visión de los sucesos, por orden cronológico, es la siguiente:

a) Castigo a la Idumea: Hab. III, 3, y lo suponen Is. LXIII, 1-6 y Apoc. XIX, 13.

b) Armagedón: contra la Bestia y el Falso Profeta, Apoc. XIX, 20. Cfr. Mt. XXIV, 29 y Mc. XIII, 24.

c) Juicio a las Naciones e Israel. Aquí los pasajes son numerosos: Is. XXIV, 19 ss; XXXIV, 1-4; LXIII, 1-6; Joel II, 30-31; III, 12-16; Mt. XXIV, 29.32-34; Mc. XIII, 24-25.28-29; Lc. XXI, 25-26.29-31; Apoc. VI, 12-17, etc. Cfr. Apoc. II, 26; XI, 18; XII, 5; XVI, 19.

d) Juicio a la Iglesia: solamente se encuentra en el N.T.: Mt. XIII, 24-30.36-43.47-50; XXIV, 31.36-51; todo el capítulo XXV; Mc. XIII, 26-27.32-37; Lc. XVII, 26-29.34-37. Cfr. I Cor. XV, 51 ss; I Tes. IV, 15 ss.