viernes, 5 de noviembre de 2021

El Tiempo legítimo de la Inmolación de ambos Corderos: El Típico y el Verdadero, por Fray Luis de León (I de XVI)

 

El Tiempo legítimo de la Inmolación

de ambos Corderos: El Típico y el Verdadero,

por Fray Luis de León 

Nota del Blog: Presentamos aquí la traducción de un pequeño estudio de Fr. Luis de León sobre la fecha de la Pascua, traducido al francés por un sacerdote (ver AQUI), el cual agrega un pequeño ensayo propio sobre los “cuartodecimanos”. Ya habíamos publicado un trabajo del P. Muñoz Iglesias sobre esta opinión de Fray Luis. Ver AQUI la primera parte (el resto de las entradas, siguen a continuación cronológicamente). 

 

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Prefacio del P. Gabriel Daniel, S.J. 

Las disputas sobre la Pascua se han vuelto extremadamente comunes entre los sabios desde que el R. P. Lami, del Oratorio, propuso su nuevo Sistema con respecto a la última Pascua de Nuestro Señor Jesucristo. Tuvo muchos adversarios de los cuales no pretendo aumentar el número. No me atrevería a tocar una materia que tantas personas hábiles han agotado, y si al final saco una conclusión contraria a la doctrina de este sabio autor, no es más que por un argumento general que no entra en la discusión de tantos puntos particulares que se le han opuesto. 

La primera parte de esta pequeña obra no es sino la traducción de un tratado compuesto hace casi un siglo por un doctor español con ocasión de las disputas que surgieron entonces en España sobre esta materia. Este doctor era un religioso Agustino llamado Luis de León, teólogo hábil y hombre de espíritu, cuyo estilo es claro, metódico y preciso. Sus pruebas y razonamientos son aquí las mismas y en el mismo orden que en el original. Solamente he agregado algunas transiciones para leer el discurso, y reducido una o dos partes que me parecieron demasiado extensas y que no tenían la misma fuerza que el resto. 

Este pequeño tratado se encuentra en latín entre las obras de otro teólogo muy docto de la misma orden llamado Basilio Ponce, que se intitula: Variae disputationes ex utraque Theologia Scholastica et Positiva. Era discípulo de Luis de León y escribió un tratado sobre la misma materia que no es, en esencia, más que el mismo de su maestro sobre quien se extendió mucho más. 

En caso que se quiera hacer en nuestra lengua un cuerpo con todos los Sistemas que se han propuesto sobre la cuestión de la última Pascua de Nuestro Señor, éste será necesario agregar para que esté completo, pues es totalmente diferente de los demás y no se puede negar que es ingenioso. 

No doy otro nombre más que el de Sistema a esta opinión de mi doctor español y lo merece tanto como los otros que se han dado, los cuales no merecen menos. El único punto que este Teólogo supone, a saber, la manera en que cree que Moisés ha entendido la noche del catorce de la luna, está fundada en las Escrituras, pero de tal forma que no demuestra evidentemente por la Escritura que ese sea el sentido de Moisés y es por eso que su opinión no es más que un Sistema. Puesto su principio, explica muy plausiblemente las dificultades más grandes del tema que se trata y es por eso que esta opinión es un buen Sistema. Y esas son las principales reglas según las cuales unos debe estimar más o menos los diversos pareceres que se proponen en estos temas. 

Además de las reflexiones que hago sobre el tratado de Fr. Luis de León sobre la última Pascua de Nuestro Señor, he agregado otras sobre la disciplina y los usos de las Iglesias de Asia que en los primeros siglos del Cristianismo celebraban la fiesta de la Pascua el catorce de la luna y he examinado si se puede concluir algo de su tradición, que era una verdadera tradición, con respecto a la decisión de la cuestión sobre la última Pascua de Nuestro Señor. Creo haber tratado este punto de la historia eclesiástica de una manera muy particular y haber destruido algunos prejuicios tan falsos como usuales. El lector juzgará. 

Me parece que la disertación que hago puede servir para confirmar el Sistema de Fr. Luis de León. Sin esta relación que estas dos piezas tienen entre sí, no las hubiera publicado; aunque tal vez independiente la una de la otra, no sean indignas de ser leídas.

martes, 2 de noviembre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, El Libertador (II de III)

   Jacob muere, rodeado de sus hijos. Sus descendientes permanecen en Egipto, pero después de haber conocido la prosperidad y la protección de los Faraones en recuerdo de José, son pronto reducidos a la más terrible de las esclavitudes. 

¡Qué abatimiento bajo la servidumbre, bajo la vigilancia del carcelero, bajo la obligación de fabricar ladrillos en serie sin parar! Cuán amarga fue la vida de Israel. 

Esas duras servidumbres no parecían suficientes aún al opresor. A Satanás, sobre todo, que inspiraba al Faraón. 

Dio esta orden: 

“Todo niño que naciere [a los hebreos] lo echaréis al río; mas a toda niña dejaréis con vida” (Ex. I, 22). 

La destrucción de los niños de Israel debía ser muy rápido y las crueldades se abatieron sobre ellos, como resplandece el sol tórrido de Egipto. 

El dolor de las madres fue inefable. ¡Qué sufrimiento de todo su ser! Ese arrancamiento de los pequeños era de una crudeza sin nombre, crueldad que el nazismo renovó a los hijos de Israel en estos últimos años. 

Comprendemos mejor, al medir el sufrimiento de las madres en la Biblia, cuán indisolublemente unida está la descendencia mesiánica a la mujer, a la madre. Ciertamente que debe haber sufrido indeciblemente, primero en su carne, según el juicio dado en el Edén, y todavía más en su corazón. 

Ahora bien, en ese drama de las riberas del Nilo, reconocemos el odio de la Serpiente. No se preguntaba, ante el nacimiento de cada niño: ¿será el Ungido del Eterno, el León de Judá? ¿No es el descendiente de la mujer? 

Una mujer de la tribu de Leví dio a luz un bello niño. Lo ocultó durante tres meses, pero temiendo sin dudas la delación lo colocó, finalmente, en una cestilla de juncos calafateada con betún y pez, entre las cañas del Nilo. 

Conocemos la escena tan conmovedora: una princesa real, llena de sensibilidad, vino a bañarse; tuvo compasión del “pequeño niño que lloraba” y, contra la orden de su padre, lo salvó de las aguas. 

sábado, 30 de octubre de 2021

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton (V de V)

 V. El Juramento 

En el contexto del Sacrorum antistitum, por lo tanto, el Juramento contra el Modernismo aparece como algo destinado principalmente a los profesores y directores de seminarios eclesiásticos y universidades católicas. A otros dignatarios de la Iglesia católica se les ordena prestar este Juramento, junto con la profesión de fe tridentina. Pero es algo destinado principal e inmediatamente a los que están llamados a enseñar o a dirigir a los candidatos a las Órdenes Sagradas. 

Así, el Juramento se constituye como una Profesión de la creencia católica. El que presta este Juramento declara solemne ante Dios que acepta y recibe firmemente todas y cada una de las enseñanzas 

“Que han sido definidas, afirmadas y declaradas por el magisterio inerrante de la Iglesia, principalmente aquellos puntos de doctrina que directamente se oponen a los errores de la época presente”[1]. 

Los más importantes e influyentes de estos "errores de la época presente" están claramente señalados en la fórmula, y el hombre que presta el Juramento invoca a Dios como testigo de que rechaza estos falsos juicios y acepta firmemente las afirmaciones de la doctrina católica opuestas a ellos. San Pío X ordenó que los profesores y administradores de los seminarios y universidades católicas firmaran con su nombre la fórmula del Juramento después de haberlo hecho. Así, sería difícil encontrar o incluso concebir una medida más eficaz para la protección de los candidatos a las Órdenes Sagradas de la infección del Modernismo que la constituida por San Pío X en su legislación sobre el Juramento en el Sacrorum antistitum. Aquel que enseñara o de alguna manera ayudara a la difusión o protección de las enseñanzas modernistas en un seminario o universidad católica después de la publicación del Sacrorum antistitum sería no sólo un pecador contra la fe católica, sino también un perjuro. 

Por cierto, el Juramento contra el Modernismo contenido en el Sacrorum antistitum es algo que exige un cierto conocimiento en el que lo toma seria y religiosamente. No debemos olvidar que, esencialmente, un Juramento es un acto de religión, un acto en el que adoramos a Dios todopoderoso o manifestamos nuestro reconocimiento de su excelencia suprema y de nuestra propia dependencia total y absoluta de Él[2]. Por lo tanto, un Juramento no es algo que pueda tomarse a la ligera. Y el hombre que presta el Juramento contra el Modernismo pide a Dios que sea testigo de que se somete reverentemente y asiente de todo corazón 

"A las condenaciones, declaraciones y prescripciones todas que se contienen en la Carta Encíclica Pascendi y en el Decreto Lamentabili, particularmente en lo relativo a la que llaman historia de los dogmas"[3]. 

Parecería realmente irreverente que cualquier profesor de seminario o de universidad preste el Juramento sin saber exactamente lo que se condena, lo que se enseña y lo que se exige en estos dos documentos tan importantes. Es bastante obvio que algunas de las doctrinas y directivas contenidas en los Pascendi y en el Lamentabili también se ponen de manifiesto en el Juramento contra el Modernismo. Pero es igualmente claro que no todas estas enseñanzas y preceptos de los dos documentos de 1907 están expuestos en el Juramento, y que el hombre que desea hacer el Juramento como un acto religioso, para tomarlo dignamente, debe esforzarse por averiguar exactamente y en detalle lo que está prometiendo aceptar y creer. Y es evidente que el hombre que no se toma el tiempo y la molestia de averiguar lo que se enseña y se manda en la Pascendi y en el Lamentabili está siendo algo descuidado al llamar al Dios vivo para que dé testimonio de que acatará de todo corazón las doctrinas y directivas contenidas en estas dos declaraciones. 

miércoles, 27 de octubre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, El Libertador (I de III)

   Nota del Blog: La sección dedicada al Patriarca José ya fue publicada con anterioridad. Ver AQUI y AQUI. 

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6. El Libertador 

Las bendiciones y las pruebas, unidas en manojos alrededor de los Patriarcas, los habían formado en el conocimiento del Eterno. A pesar de sus imperfecciones, habían conservado la promesa mesiánica en toda su pureza, y muchos de ellos habían escrito una página en el “rollo” de los sufrimientos y de las glorias del Mesías. 

Jacob permaneció con sus hijos en Egipto, en la tierra de Gosen, con excelentes pastos e irrigación fecunda, y esta región, al mismo tiempo, los protegía de los egipcios. Fue allí que, sintiendo cerca el fin de sus días, Jacob profetizó sobre sus hijos. 

“Reuníos y oíd, hijos de Jacob, escuchad a Israel, vuestro padre” (Gén. XLIX, 2). 

Varias de estas profecías son misteriosas. Dos de ellas sobre todo retendrán nuestra atención, pues se oponen y se colocan ante las dos descendencias como una enfrente de la otra. 

Jacob compara a Dan, su hijo, con la serpiente, la formidable víbora con cuernos que muerde el talón del caballo junto al camino para que caiga hacia atrás su jinete. Entonces, como asustado por esta terrible visión sobre Dan, que es comparado con la serpiente –la Serpiente antigua, sin dudas– Jacob deja escapar un grito, un llamado: 

“Espero tu salvación [o “tu Jesús”, puesto que la palabra tiene la misma consonancia en hebreo], Yahvé” (Gén. XLIX, 17-18). 

Jacob se une desde ya a Simeón, que alzará al “niño Jesús” en sus brazos y podrá decir: 

“Han visto mis ojos tu salvación [tu Jesús]” (Lc. II, 30). 

La profecía sobre Dan ha sido muy señalada por los Padres de la Iglesia; los cuales, viendo a esta tribu suprimida en la lista del libro del Apocalipsis (VII, 5-8), pensaban que de ella saldría el Anticristo. 

El suspiro y el grito de Jacob llamando a Cristo y oponiéndolo a la visión de la serpiente, parecería suponerlo. 

Pero sobre Judá reposarán las más magníficas promesas. Todas se relacionan con Cristo; sacan a luz su carácter real, simbolizado por el León y el “bastón de mando”. 

domingo, 24 de octubre de 2021

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton (IV de V)

   El contexto inmediato del Juramento en el Sacrorum Antistitum 

El cuerpo principal de la primera sección del Sacrorum antistitum es substancialmente una repetición de la parte legislativa o disciplinaria de la encíclica Pascendi dominici gregis. Sin embargo, en el texto del Sacrorum antistitum se añade una expresión de la preocupación del santo Pontífice por los seminarios, que termina con la enérgica orden de que en lo sucesivo se prohíba terminantemente a los seminaristas la lectura de “cualquier periódico o revista, por excelente que sea, cargando la conciencia de los superiores que no tienen un cuidado escrupuloso para evitarlo”[1]. 

La segunda sección del Sacrorum antistitum, la que contiene y trata del Juramento contra el Modernismo, sigue inmediatamente después de la declaración de la prohibición de la lectura de periódicos por parte de los seminaristas. La primera parte de esta sección es de particular importancia, ya que muestra muy claramente el efecto que San Pío X quería producir con el Juramento. La sección comienza así: 

“Pero para eliminar toda sospecha de que el Modernismo pueda entrar secretamente [en los seminarios], no sólo queremos que se obedezcan absolutamente los mandatos enumerados en el n. 2, sino que también ordenamos que todos los profesores, antes de sus primeras clases al comienzo del año escolar, deben mostrar a su Obispo el texto que cada uno decidirá usar en la enseñanza, o las cuestiones o tesis que se tratarán, y que además, a lo largo del año mismo se examinará el tipo de enseñanza de cada curso, y que si se encuentra que tal enseñanza es contraria a la sana doctrina, esto dará lugar a la destitución inmediata del profesor. Por último [queremos] que además de la profesión de fe [el profesor] preste Juramento ante su Obispo, según la fórmula que sigue, y que firme con su nombre”[2]. 

El Sacrorum antistitum continúa diciendo que la profesión de fe será la prescrita por el Papa Pío IV, junto con las adiciones, relativas al Concilio Vaticano I, prescritas por el Decreto del 20 de enero de 1877. Y también indica los funcionarios de la Iglesia, aparte de los profesores de los seminarios, que están obligados por ley a prestar el Juramento. 

En realidad, pues, en el contexto inmediato del Sacrorum antistitum, la orden de que los profesores de los seminarios presten el Juramento contra el Modernismo destaca como una de las cuatro órdenes dirigidas a impedir la entrada del Modernismo en los seminarios eclesiásticos. Estas cuatro directivas son: 

1. El cumplimiento estricto de la legislación establecida en el n. 2 de la primera sección del Sacrorum antistitum; 

2. La presentación por parte de los profesores de los seminarios a sus Obispos al comienzo del año escolar de los libros de texto que van a utilizar y de las tesis que van a proponer; 

3. la investigación (obviamente por parte de la autoridad eclesiástica competente y adecuada), de la enseñanza ofrecida en los diversos cursos que se imparten a los seminaristas, y finalmente; 

4. La realización de la profesión de fe tridentino-vaticana y el Juramento contra el Modernismo. El profesor debe firmar con su nombre el Juramento que ha prestado. 

jueves, 21 de octubre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, Heraldos de Dios (III de III)

    Isaac 

Abraham había recibido magníficas promesas del Señor sobre su descendencia, pero Sara era estéril. Un hijo de su esclava Agar había nacido, pero Abraham supo que la “descendencia de la Mujer” debía conservarse y desarrollarse por medio de Sara. Permaneció entonces en una gran obscuridad, a pesar del vigor de su fe imputada a justicia (Gén. XV, 6). 

La esterilidad de las esposas de los tres grandes Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob, es muy característica. Sara, Rebeca y Raquel son al principio privadas de hijo, y solamente después de una intervención particular de Dios pueden exclamar, como Ana, madre de Samuel: 

“Incluso la estéril da a luz siete veces” (I Rey. II, 5). 

Pensamos que esta ruda prueba a la fe, bajo la cual el Señor doblegó a estas mujeres, estaba relacionada con el nacimiento virginal de Cristo. ¿No era preciso que hubiera alguna similitud entre ellas y María, la esposa de José, y una similitud entre la trilogía patriarcal y el mismo José, padre nutricio del Salvador? 

Estos nacimientos, casi fuera de las leyes naturales, prefiguraban, pues, el de Jesús. 

Pero la prueba aparece repentinamente incluso para aquellos cuyo nacimiento ha estado lleno de bendiciones. Sus vidas se ven amenazadas de repente. Dios parece querer llevar consigo a los hijos que ha dado. Parece dejar el campo libre a la Serpiente para hacer la guerra a los hijos de la promesa. Ésta es la razón por la que Isaac deberá ser ofrecido, Jacob huirá de la casa paterna a fin de escapar del furor de Esaú, y José será vendido por sus hermanos y tenido por muerto durante años[1]. 

Finalmente nace Isaac. Su padre tiene cien años; su madre se sabe anciana, sin deseos, sin placeres carnales. 

“Y también mi señor (Abraham) es viejo”, dijo (Gén. XVIII, 11-15). 

Se había reído de la promesa de Dios, tan contraria a su impotencia física. Sin embargo, Dios la perdonó y cuando el niño nació, lo llamó Isaac, palabra hebrea que significa “risa”. 

El niño ha crecido y Dios le pide a Abraham que haga lo que ha visto hacer “del otro lado del río”, por las divinidades de Caldea. 

“Toma a tu hijo único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moria, y ofrécele allí en holocausto” (Gén. XXII, 2). 

Misterioso pedido que reviste una sublime grandeza. 

lunes, 18 de octubre de 2021

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton (III de V)

 La conclusión del Sacrorum Antistitum 

La conclusión de este documento, la última de las tres grandes declaraciones antimodernistas emitidas por la Santa Sede durante el reinado de San Pío X, es aún más esclarecedora que la introducción. En ella vemos cómo San Pío X enunció, más claramente que en ningún otro documento, la posición más fundamental de los modernistas. A continuación, el texto de esta conclusión: 

“Hemos creído conveniente prescribir y recordar todo ésto, mandando que se observe religiosamente; Nos vemos movidos a ello por la gravedad del mal que aumenta día a día, y al que hay que salir al paso con toda energía. Ya no tenemos que vernos, como en un primer momento, con adversarios disfrazados de ovejas, sino con enemigos abiertos y descarados, dentro mismo de casa, que, puestos de acuerdo con los principales adversarios de la Iglesia, tienen el propósito de destruir la fe. Se trata de hombres cuya arrogancia frente a la sabiduría del cielo se renueva todos los días, y se adjudican el derecho de rectificarla, como si se estuviese corrompiendo; quieren renovarla, como si la vejez la hubiese consumido; darle nuevo impulso y adaptarla a los gustos del mundo, al progreso, a los caprichos, como si se opusiese no a la ligereza de unos pocos sino al bien de la sociedad. 

Nunca serán demasiadas la vigilancia y firmeza con que se opongan a estas acometidas contra la doctrina evangélica y contra la tradición eclesiástica, quienes tienen la responsabilidad de custodiar fielmente su sagrado depósito”[1]. 

En esta conclusión del Sacrorum antistitum, San Pío X reconoce expresamente el hecho de que los modernistas y sus simpatizantes, los anti anti-modernistas, trabajaban en realidad en conformidad con los enemigos más acérrimos de la Iglesia católica, para la destrucción de la fe católica. Es interesante y muy importante observar exactamente lo que dijo San Pío X. Definitivamente, no afirmó que estos hombres estuvieran trabajando directamente para destruir la Iglesia como sociedad. Es bastante obvio que, dada la íntima conexión entre la Iglesia y la fe, una conexión tan estrecha y perfecta que la propia Iglesia puede definirse como la congregatio fidelium, el repudio de la fe católica llevaría inevitablemente a la disolución de la Iglesia. Sin embargo, para los modernistas y para quienes cooperaron en su obra, el objeto inmediato de ataque fue siempre la propia fe. Estos individuos estaban perfectamente dispuestos a que la Iglesia católica siguiera existiendo como sociedad religiosa, mientras no insistiera en la aceptación de ese mensaje que, durante todo el curso de los siglos anteriores de su existencia, había propuesto como un mensaje sobrenaturalmente revelado por el Señor y Creador del cielo y de la tierra. Estaban dispuestos, e incluso ansiosos, a mantener su pertenencia a la Iglesia católica, mientras no se vieran obligados a aceptar, basado en la autoridad de la fe divina, dogmas tan pasados de moda como, por ejemplo, la verdad de que no hay realmente salvación fuera de la Iglesia. 

Lo que estos hombres perseguían en realidad era la transformación de la Iglesia católica en un organismo religioso esencialmente no doctrinal. Consideraban que su época estaría dispuesta a aceptar a la Iglesia como una especie de institución humanitaria, vagamente religiosa, de buen gusto patriota y eminentemente cultural. Y definitivamente pretendían adaptar la Iglesia a las necesidades y los gustos de su época.