domingo, 1 de septiembre de 2013

Babilonia y sus Cautivos, por M. Lacunza (IV de VI)

Nota del Blog: Tener presente la NOTA que publicamos en la primera parte.

Párrafo V

Amenazas contra Babilonia.


Lo que hasta aquí hemos dicho de los cautivos de Babilonia, podremos decir a proporción de Babilonia misma. Las profecías que hay contra ella son tan terribles, tan admirables, tan enfáticas, y según parece, tan ejecutivas, que por eso mismo es claro e innegable, que no se han cumplido hasta el presente. Así como es claro e innegable que no se han cumplido hasta el presente las que hay en favor de los cautivos. Yo me imagino (y me sujeto en esto de buena fe al examen y juicio de los sabios) que Babilonia, contra quien hablan directa e inmediatamente los Profetas, es una Babilonia más general que particular. Quiero decir: así como los cautivos, en cuyo favor se habla tanto y de tantas maneras, no pueden limitarse de modo alguno a aquellos solos que llevó a Babilonia Nabucodonosor, y que volvieron a la Judea con licencia de Ciro, como acabamos de probar, así la Babilonia contra quien se habla, tampoco puede limitarse a aquella sola e individua Babilonia, que fue en otros tiempos la capital del primer imperio del mundo[1]. Parece que los Profetas de Dios no hicieron otra cosa, que tocar lo uno y lo otro de paso, como un correo, que llegando a una ciudad intermedia, deja en ella algunas órdenes del príncipe, que le pertenecen inmediatamente; mas no para ni se detiene en ella, sino que al punto pasa adelante hasta el fin y término de su misión. De este modo parece que lo hicieron los Profetas de Dios. No pudiendo parar como en término último, ni en aquellos cautivos de Babilonia, ni tampoco en aquella Babilonia, como que no eran el objeto primario y directo de su misión, aunque tocaron lo uno y lo otro; mas no se detuvieron mucho; pasaron por ambas cosas como por objetos intermedios, hasta dejar enteramente destruida a Babilonia (con toda la extensión de esta palabra) y sus hermanos en plena y perfecta libertad.
El carácter propio del profeta Isaías es andarse casi siempre por las cosas últimas, como que eran éstas su principal ministerio, y su particular vocación: “Spiritu magno vidit ultima, et consolatus est lugentes in Sion, dice la misma Escritura (Eccli. XLVIII, 27). Así, se ve este Profeta ocupado casi siempre, desde el principio hasta el fin, en las cosas últimas, sin olvidarse de ellas, aun cuando parece que debían distraerlo tantos otros asuntos de que trata. Con estas cosas últimas consuela frecuentemente a Sión y a sus miserables hijos en las tribulaciones que él mismo les anuncia. De manera que aunque toca muchos puntos pertenecientes al estado en que se hallaba en su tiempo el pueblo de Dios, ya reprendiendo, ya amenazando, ya exhortando, ya instruyendo, etc., y siempre con una viveza y elegancia admirable; aunque habla no pocas veces de la primera venida del Mesías, de su vida, de sus virtudes, de su doctrina, de sus tormentos, de su pasión y de su muerte; aunque habla del estado infelicísimo en que quedará Israel después de la muerte del Mesías, y en consecuencia de haberlo reprobado; aunque habla clara y expresamente de la vocación de las gentes en lugar de Israel, etc.; mas en todos estos y en otros muchos puntos que toca es fácil observar que casi siempre se pasa insensiblemente, y da un vuelo suave hacia donde lo llamaba su propia vocación, o el espíritu que lo gobernaba, que era lo último.

Esto que decimos en general de toda la profecía de Isaías, se hace más notable, y casi se toca con las manos, cuando habla de Babilonia. Al capítulo XIII, por ejemplo, le pone por título: Onus Babylonis, quod vidit Isaias, y todo el capítulo (exceptuados dos o tres versículos cuando más) es absolutamente inacomodable a la antigua Babilonia. Todo él se endereza visiblemente a lo último, como puede verlo quien tuviere ojos. Lo mismo sucede en el capítulo XIV en que sigue la misma materia. En todo él dice de Babilonia y de su rey cosas tan grandes, tan extraordinarias y tan nuevas, que es imposible acomodarlos a aquella Babilonia, y a su rey Baltasar. Los expositores más literales, después de haberse fatigado no poco en dicha acomodación, lo confiesan así aunque de paso y en confuso; y los más son de parecer, que aquí se habla del Anticristo, debajo del rey de Babilonia (por eso tal vez lo hacen nacer de Babilonia, y empezar a reinar en ella, como dijimos en el fenómeno III, artículo II). La verdad es que no se habla aquí de cosas pasadas, sino de cosas mucho mayores y todavía futuras. Aunque no hubiera otra contraseña que las últimas palabras con que se concluye la profecía, esto solo bastaba para comprender todo el misterio (XIV, 26): “Hoc consilium, dice el Señor, quod cogitavi super omnem terram; et hæc est manus extenta super universas gentes”. Del capítulo XLVII del mismo Isaías, en que vuelve a hablar de Babilonia, decimos lo mismo y mucho más.
Jeremías en sus dos capítulos L y LI hace lo mismo que Isaías, con más difusión y prolijidad. Esto es, pasa por encima de aquella Babilonia de Caldea, descarga sobre ella una tempestad de rayos, le hace saber las órdenes de Dios, que le pertenecen a ella inmediatamente, después de lo cual desembarazado en breve de un interés respectivamente tan pequeño, pasa luego mucho más adelante hasta llegar en espíritu a otra Babilonia, dicha así  per similitudinem non per proprietatem, de donde finalmente saca libres a todos los cautivos, así de Judá, como también de Israel; y no sólo libres, sino justos, santos, reconciliados enteramente con su Dios, y restituidos con grandes ventajas al honor y dignidad de pueblo suyo; los planta de nuevo en la tierra prometida a sus padres, y les promete de parte de Dios que ya no volverán otra vez a ser dominados por alguna potestad de la tierra.
Para que esto se haga más sensible, hagamos dos o tres observaciones, como por muestra de las que se pudieran hacer.


Primera observación

En el capítulo L, versículo 3 dice así: “Quoniam ascendit contra eam (contra Babilonia) gens ab aquilone, quæ ponet terram ejus in solitudinem, et non erit qui habitet in ea ab homine usque ad pecus: et moti sunt, et abierunt”, etc. Si el Profeta habla aquí de la antigua Babilonia Caldea, parece claro que nada de esto se verificó cuando fue contra ella la gente del Aquilón con Darío y Ciro[2]. Esta gente, lejos de destruir a Babilonia, lejos de ponerla a ella y a toda la Caldea en desierto y soledad, no hizo en ella otra mudanza de consideración, que poner en el trono del imperio, en lugar del hijo o nieto de Nabucodonosor, primero a Darío Medo, y después a Ciro Persa[3]. Babilonia, después de esta época, quedó de corte principal del mismo imperio muchos años, y se mantuvo en pie muchos más sin novedad alguna. Alejandro Magno, que destruyó este primer imperio doscientos años después de Darío Medo, tampoco destruyó a Babilonia, ni puso su tierra en soledad; antes en ella vivió, y en ella acabó sus días. En tiempo de Antioco, que empezó a reinar “anno centesimo trigesimo septimo regni Græcorum” (I Mac. I, 11), Babilonia era todavía ciudad considerable, donde habitaban cuando les parecía los reyes sucesores de Alejandro; pues expresamente dice la Escritura (I Mac. VI, 4) que no habiendo podido el rey Antioco despojar de sus riquezas el templo y la ciudad de Climaide en Persia: “abiit cum tristitia magna, et reversus est in Babyloniam.


Segunda observación

El mismo Jeremías, en el mismo lugar citado, prosigue inmediatamente diciendo: “In diebus illis, et in tempore illo, ait Dominus, venient filii Israël ipsi et filii Juda simul: ambulantes et flentes properabunt, et Dominum Deum suum quærent: in Sion interrogabunt viam, huc facies eorum: venient, et apponentur ad Dominum fœdere sempiterno, quod nulla oblivione delebitur, etc”. Si se habla aquí de la antigua Babilonia, y de los tiempos en que fue tomada por los Medos y Persas, es certísimo, cuanto puede caber en la certeza, que in diebus illis, et in tempore illo nada de esto se verificó. Después que los Medos y Persas se hicieron dueños de Babilonia, volvieron algunos hijos de Judá; mas no volvieron los que en toda la Escritura se llaman hijos de Israel, a contradistinción de los de Judá; no volvieron ipsi et filii Juda simul. De los que volvieron con licencia de Ciro, tampoco se verificó entonces, ni se ha verificado hasta la presente lo que se sigue: “venient, et apponentur ad Dominum fœdere sempiterno.


Tercera observación

“In diebus illis, et in tempore illo, ait Dominus, quæretur iniquitas Israël, et non erit, et peccatum Juda, et non invenietur” (v. 20). En aquellos días, y tiempos de Darío y Ciro, ni en todos los que han pasado hasta el presente, ¿cómo podremos verificar estas palabras? Volved los ojos a todos los tiempos pasados hasta tocar con Ciro y Darío, buscad en todos estos tiempos la iniquidad en Israel, y la hallaréis; buscad el pecado de Judá, y también lo hallaréis; ni será necesaria mucha diligencia, ni mucho estudio para hallar lo que ha estado y está patente a los ojos de todos: “Dura cervice, et incircumcisis cordibus et auribus, vos semper Spiritui Sancto resistitis: sicut patres vestri, ita et vos” (Hech. VII, 51); se les dijo con gran verdad quinientos años después de Ciro. Con la misma verdad les dijo el Mesías mismo (Mt. XV, 7-8): “Hypocritæ, bene prophetavit de vobis Isaias, dicens: Populus hic labiis me honorat: cor autem eorum longe est a me”. Y en otra parte (XXIII, 28): “Sic et vos a foris quidem paretis hominibus justi: intus autem pleni estis hypocrisi et iniquitate”.
Podrá decirse lo que sobre este texto de Jeremías dicen comúnmente los intérpretes, es a saber, que el Profeta con estas palabras, iniquitas Israel et peccatum Iuda, etc. sólo habla de la idolatría; la cual, dicen, cesó enteramente después de la vuelta de Babilonia. ¿Quién creyera que en una cosa tan clara no había de faltar algún efugio? Mas este efugio, si se mira de cerca, se halla muy semejante a una perspectiva. La apariencia se desvanece al punto, si se da algún lugar a la reflexión.
Primeramente, ¿con qué fundamento se asegura en tono decisivo que la iniquidad y pecado de que habla este Profeta es solamente la idolatría? Cierto que con ninguno. Estas palabras, iniquitas et peccatum, no solamente en la Escritura Divina, sino en todas las naciones y en todas las lenguas, son y han sido siempre unas palabras universales que comprenden todo mal moral, ya respecto de Dios, ya respecto del prójimo; ¿por qué, pues, se contraen aquí a sola la idolatría? La idolatría es cierto que es iniquidad y pecado gravísimo, ¿mas todo pecado y toda iniquidad deberá reputarse por idolatría?
Lo segundo, expresamente habla el Profeta de Israel y de Judá, como que vuelven juntos a la tierra de sus padres, sin llevar consigo el pecado y la iniquidad que antes los oprimía; y es cierto y claro, que aunque volvió Judá en aquel tiempo sin idolatría, mas Israel no volvió sin idolatría, ni con ella, porque no volvió.
Lo tercero, aun hablando solamente de los que volvieron, éstos no estuvieron tan libres de idolatría, que no fuesen idólatras casi todos en tiempo de Antioco. Judas Macabeo que los persiguió con tanto celo y fervor, no tuvo gran necesidad de encender lámparas y antorchas para encontrarlos; por todas partes se le presentaban. ¿Y qué diremos del resto de los hijos de Judá que no volvieron, sino que quedaron en Babilonia y en toda la Caldea? ¿Qué diremos de los hijos de Israel, o de las diez tribus que tampoco volvieron, sino que quedaron dispersos en la Media y en otras provincias del imperio? ¿Será necesario encender muchas lámparas y linternas, para hallar su iniquidad y su pecado?
Síguese de aquí (y de otras mil observaciones que podrían hacerse sobre estas profecías) síguese (digo) que o las profecías se han falsificado, o no tienen por objeto primario y directo la antigua Babilona de Caldea, sino que en ellas se encierra otro misterio mayor y más general que pide toda nuestra atención. La antigua Babilonia no parece que entra en dichas profecías, sino como una señal, o semejanza, o parábola de todo lo que ha sucedido, y se ha continuado desde Nabuco hasta ahora, y está todavía por concluirse. En efecto, así se lee expreso en Isaías, capítulo XIV, 3-5 en que hablando con todo Israel en general, y anunciándole la vuelta de su destierro y el fin de sus trabajos, le dice estas palabras: “Et erit in die illa: cum requiem dederit tibi Deus a labore tuo, et a concussione tua, et a servitute dura qua ante servisti, sumes parabolam istam contra regem Babylonis, et dices: Quomodo cessavit exactor; quievit tributum? Contrivit Dominus baculum impiorum, virgam dominantium”.
Si este texto seriamente considerado se pudiera aplicar, o acomodar de algún modo razonable a la antigua Babilonia y a su rey Baltasar, y a aquellos pocos cautivos, que sin dejar de serlo, volvieron con Zorobabel, etc., parece que no hubiera gran dificultad en creer que la palabra parábola no tiene aquí otro misterio ni otro significado, que el de cántico elegante y festivo, como pretenden insinuarnos; mas el trabajo es que, no siendo posible lo primero, quedamos en nuestra antigua posesión sobre lo segundo. La palabra, parábola, debe significar aquí lo mismo que en tantas otras partes de la Escritura, esto es, locutio per similitudinem, non per proprietatem. Así, este cántico que pone Isaías para cierto tiempo en boca de Israel, sin dejar de ser festivo y elegante, es al mismo tiempo una verdadera parábola; y todo lo que se dice en él, se dice per similitudinem, non per proprietatem. Por consiguiente, el rey de Babilonia y Babilonia misma, se deben mirar como una verdadera similitud, no como propiedad. ¿Con qué propiedad, y con qué verdad pudo Israel decir este cántico en tiempo de Ciro? Ni aun siquiera sus primeras palabras, que son éstas: Quomodo cessavit exactor; quievit tributum? Si alguno las hubiera dicho, o al salir de Babilonia, o después de estar en Judea, cierto que no hubiera sido creído sobre su palabra; todos lo hubieran desmentido al punto, diciendo con verdad lo que decían en tiempo de Nehemías (II Esd. IX, 36): “Ecce nos ipsi hodie servi sumus: et terra quam dedisti patribus nostris ut comederent panem ejus, et quæ bona sunt ejus, et nos ipsi servi sumus in ea. Et fruges ejus multiplicantur regibus quos posuisti super nos propter peccata nostra: et corporibus nostris dominantur, et jumentis nostris secundum voluntatem suam: et in tribulatione magna sumus” . Comparad este texto con aquel otro: “Quomodo cessavit exactor; quievit tributum?” y ved si los podéis concordar en un mismo tiempo y personas.

Continuabitur



[1] Todo parece indicar que esta es una de las siete cabezas de la Bestia...

[2] Lo mismo debe decirse de Is. XIII, 17 ss que anuncia más claramente aún la destrucción de Babilonia, dando el nombre de uno de los pueblos que toman parte en la misma: los Medos (actual Irán), y puesto que sabemos por el Apocalipsis (XVII, 16 s) que los diez cuernos de la Bestia van a destruir a Babilonia, entonces se sigue lógicamente que uno de los diez cuernos de la Bestia va a ser el actual Irán.
Creemos que a los diez cuernos de la Bestia hay que buscarlos en Medio Oriente y no en otro lugar.

[3] En lo que creemos es una de las varias alusiones que Straubinger hace de Lacunza, el docto Obispo Alemán comenta Dan. II, 37 ss: “Otros autores consideran que el primer reino continuó con Darío el Medo y Ciro el Persa, pues su reino no fue menor que el de Nabucodonosor, ni ellos destruyeron a Babilonia como antes se creía, sino que continuaron aquel reino, y el mismo Daniel, ministro de Nabucodonosor, lo fue también de Darío y continuaba en tiempo de Ciro”.