miércoles, 25 de octubre de 2017

El Buen Samaritano, por Jean Daniélou (III de III)

Así, nos parece que la antigua tradición patrística nos da la verdadera interpretación del conjunto de la parábola. ¿Es lo mismo que decir que esta interpretación, en la fase que hemos alcanzado, reproduce exactamente la que dio Cristo? Las variantes que presenta muestran que estamos en presencia de un desarrollo posterior. La distribución entre los elementos comunes y los que presentan variantes nos permiten despejar el fondo primitivo y las elaboraciones ulteriores.

Los textos que utilizaremos para esta comparación son en primer lugar los tres que ya hemos mencionado: la cita de los presbíteros que trae Orígenes en las Homilías sobre Lucas; la cita de Ireneo y la de Clemente. Tendremos en cuenta también las numerosas alusiones de Orígenes a nuestra exégesis. Las cito por orden cronológico; Co. Jo. XX, 35; Co. Cant., Prol.; Co. Rom. IX, 31; Co. Mat., XVI, 9; Ho. Gn., XVII, 9; Ho. Jos., VI, 4; Contr. Cels., III, 61. Por otra parte, Rauer ha publicado en su edición de las Homilías sobre Lucas una cadena griega que da varias exégesis para cada detalle. Parece ser un resumen del pasaje que corresponde al Comentario sobre Lucas de Orígenes, hoy en día perdida. En efecto, en sus comentarios Orígenes acostumbra dar las diversas exégesis que conoce para un mismo texto.

Entre los exégetas ulteriores, mencionaremos solamente un fragmento del Pseudo-Teófilo de Antioquía, citado por Rauer en el prefacio de su edición de las Homilías sobre Lucas (p. LXIII), un pasaje del Agradecimiento a Orígenes de Gregorio Taumaturgo (PG, 10, 1101 A), un comentario, inspirado en Orígenes, de Gregorio de Nisa en sus Homilías sobre el Cantar de los Cantares (PG, 44, 1085 A-D; 1098 C), un fragmento de las Homilías sobre Lucas de Cirilo de Alejandría que Riecker considera como inauténtico (PG, 62, 681 B)[1], el largo pasaje inspirado de Orígenes que se encuentra en la Expositio in Lucam de San Ambrosio (CSEL, 311-316), un pasaje de Gregorio de Elvira (Tract., 16; Battifol, p. 177-178), otro de Zenón de Verona (Tract., II, 13; PG, 11, 431 C-432 A).

La comparación de estos textos nos lleva a los resultados siguiente. Ciertos elementos son supuestos por todos los autores y constituyen el sentido primitivo de la parábola. El hombre que desciende de Jerusalén es Adán y la humanidad toda entera. San Agustín escribirá: “Aquel hombre que estaba en el camino dejado medio muerto por los ladrones representa a todo el género humano”[2] (Serm. 171, 2). Jerusalén representa el Paraíso. La cadena sobre Lucas propone también la Jerusalén de arriba, lo que sin dudas alude a una exégesis gnóstica de Orígenes sobre la caída del hombre fuera del mundo de los espíritus preexistentes (GCS, 201). Jericó es la figura de este mundo. Los ladrones son los ángeles de las tinieblas.[3] Sólo difiere aquí una interpretación de la Cadena sobre Lucas, que vé allí “los pseudo-maestros venidos antes de Cristo” (GCS, 202). Las heridas son las consecuencias del pecado en la naturaleza humana.


De la misma manera en la segunda parte de la parábola la tradición es unánime en ver en el Buen Samaritano la figura de Cristo. Orígenes observa sobre este tema que Cristo, acusado de ser Samaritano y poseído del demonio, ha rechazado la segunda acusación, pero no la primera (Jn. VIII, 48)[4]. Relaciona la palabra Samaritano al hebreo σωμἡρ, que significa φυλάσσων (Co. Jo., 20, 35), lo que será retomado por Gregorio el Taumaturgo (Rem., 17) y deja ver la analogía del Samaritano y del Buen Pastor. El Sacerdote y el Levita venidos antes del Samaritano se entienden universalmente de la Ley y los Profetas. El πανδοχεῖον, la posada, es la Iglesia. El retorno del Buen Samaritano es la Parusía.

El caso del posadero, por el contrario, presenta divergencias que nos hacen tocar las modificaciones sufridas ulteriormente por la parábola. El presbítero de Orígenes vé allí “al que preside la Iglesia”. Este sentido se encuentra también en el Comentario a los Romanos (9, 31), de la cadena sobre Lucas, que precisa que se trata de los apóstoles y de sus sucesores (GCS, 102) y por el Pseudo-Teófilo de Antioquía (GCS, 63)[5]. Este parece ser el sentido primitivo. Pero Orígenes, en el comentario que sigue a la cita del presbítero, ven en el posadero “el ángel de la Iglesia” (GCS, 204). El rasgo es retomado por Gregorio de Elvira (Battifol, 179). Clemente ya veía ahí a los ángeles que son confiados a los hombres (GCS, 179). Esto es propiamente alejandrino. En fin, Ireneo lo interpreta del Espíritu Santo (3, 17, 3), lo que será retomado por el Pseudo-Cirilo de Alejandría (PG, 72, 681) y se relaciona con la teología propia de Ireneo y constituye sin dudas una réplica a una exégesis gnóstica.

Tales son los elementos que parecen constituir la interpretación original de la parábola. Pero por ahí se le quiere dar un sentido simbólico a todos los detalles – y es aquí donde aparece el alegorismo propiamente dicho, sea judeo-cristiano o alejandrino. Ese alegorismo aparece ya en el Presbítero de Orígenes, que representa una primera elaboración. Así, interpreta como el cuerpo de Cristo la montura sobre la cual el Buen Samaritano coloca al hombre herido (GCS, 20)[6]. Esto no se encuentra ni en Ireneo ni en Clemente, pero será retomado por Orígenes y los que de él dependen. De la misma manera interpreta al Padre y al Hijo en los dos denarios pagados al posadero (GCS, 202). Esto se encuentra en Ireneo: es “a la imagen y a la inscripción” del Padre y del Hijo que el hombre debe ser marcado. Pero en el Comentario a los Romanos, Orígenes vé allí los dos Testamentos, lo que retomarán Zenón (loc. cit., 431 C) y San Ambrosio (CSEL, 315). Por último, la cadena de Orígenes agrega a estos dos sentidos el de los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo, lo que se encontrará en Gregorio de Nisa (PG, 44, 1085 D). La misma indecisión muestra aquí la ausencia de una tradición firme, que da libre curso al alegorismo.

Hay que agregar un cierto número de detalles que solamente ciertos autores comentan. Así, el despojo del pobre hombre se interpreta como la pérdida en Adán de la inmortalidad original (Cat. Luc.; GCS, 202; Pseudo-Teófilo, GCS, 63; Greg. Nyss.; PG, 44, 1085 B-C); el hecho que sea dejado medio muerto significa que la caída implica la muerte del cuerpo, y que el alma permanece inmortal (Cat. Luc., 202; Greg. Nyss. 1085 B); el vino y el óleo son la verdad y la misericordia (Clem. Alex., Dives, 29; GCS, 179; Contr. Cels., 4, 61; Cat. Luc. 202), o la sangre redentora y la unción sacramental (Gregorio de Elvira, loc. cit., 179); al momento de la Parusía, al haberse curado el hombre, los ángeles serán librados de su servicio (Clem. Alex. loc. cit., 179).

Así vemos en qué sentido es cierto ver en la exégesis patrística del Buen Samaritano la tradición auténtica de la parábola y en qué sentido habría que ver una exégesis alegórica posterior. El sentido general de la parábola, los detalles principales, están bien conservados por los Padres. Pero sobre este fondo se injertan un alegorismo que se dirige a la vez sobre el sentido dado a ciertos detalles y sobre la extensión de la alegoría a los menores detalles. Parecería, como en muchos otros casos, que los gnósticos fueron en gran parte responsables de esta deformación, aunque no tengamos de ellos, en nuestra parábola, el equivalente de lo que tenemos de la oveja perdida y del hijo pródigo. Al corregirlos, los Padres fueron influenciados por ellos, Ireneo en primer lugar. Pero esta barrera nos permite, sin embargo, encontrar las líneas primitivas de nuestra parábola.


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Sigue siendo legítimo interpretar la parábola en el sentido de que un Samaritano despreciado que practica la caridad es superior a un Levita honrado que no la practica. Eso es evangélico. Y Lucas autoriza esa interpretación. Pero también es legítimo ver en la parábola una de las más admirables expresiones de la economía de la salvación. Y cuando los teólogos le tomen prestadas sus expresiones para designar la condición humana “despojada” por el pecado original de sus bienes sobrenaturales, “herida” en sus facultades naturales, pero sin embargo solamente “medio muerto”, diremos que no es una fantasía gratuita, sino un desarrollo válido, en la meditación de la tradición, del sentido auténtico de la parábola.




[1] Die Lukas – Homilien des hl. Cyrille von Alexandrien, Breslau, 1911, o. 76.

[2] “Totum genus humanum est homo ille qui iacebat in via semivivus a latronibus relictus”.

[3] Ver Taciano, Discours aux Grecs, 14 y 18. Taciano reenvía a una obra perdida de Justino.

[4] Nota del Blog: ¡Maravillosa y exquisita observación de Orígenes!

[5] Zenón de Verona vé allí “al doctor de la Ley” que cura al hombre herido por “el remedio cotidiano de las prédicas” (loc. cit., 431 C-432 A); Optato de Milevi lo compara al Apóstol Pablo, a quien son confiadas las naciones heridas (Schism. Don. 6; PG, XI, 10731).

[6] Nota del Blog: No nos termina de convencer lo que dice el autor sobre que es propio de la alegoría el querer interpretar todos los detalles, como así tampoco que los dos denarios y la montura no puedan interpretarse literalmente de la Parusía y del cuerpo de Nuestro Señor.