II. Pero no basta que la figura, para ser demostrativa, tenga un indudable parecido con el objeto que representa; es necesario, además, que ese parecido sólo haya tenido a Dios como autor. Porque si fuera efecto del azar o de la impostura, es obvio que no demostraría nada.
Ahora bien, es muy
fácil averiguar si el parecido entre el objeto figurativo y el objeto figurado
es efecto de la casualidad u obra de la impostura.
Porque, en primer
lugar, «el sentido común distingue fácilmente –dice el P. Felicité de Lamennais[1]– lo que puede ser efecto
fortuito, de lo que debe atribuirse a una causa determinada, sin la cual, no
pudiendo ni siquiera sospechar la existencia del orden, no tendríamos idea de
él»[2].
«El azar –dice el
orador romano– nunca imita perfectamente a la verdad, nunca se asemeja
perfectamente a ella en todos los aspectos»[3].
«Si uno tuviera ante
sus ojos –dice Fenelón–, un hermoso cuadro que representara, por ejemplo, el
paso del Mar Rojo por Moisés, a cuya voz las aguas se dividieron y se
levantaron como dos muros para permitir a los israelitas pasar a pie seco a
través del abismo, vería, por un lado, esa innumerable multitud de personas
llenas de confianza y alegría, levantando las manos al cielo, y del otro, se
vería al Faraón con los egipcios, llenos de confusión y miedo al ver las olas
que se reunirían para tragarlos.
»En verdad, ¿dónde estaría el hombre que se atreviera a decir que una sirvienta, chapuceando en la tela con una escoba, haría que los colores se dispusieran por sí mismos para formar ese vívido colorido, esas actitudes tan variadas, esos gestos faciales tan apasionados, ese bello orden de figuras en tan gran número sin confusión, esa disposición admirable de drapeados, esas distribuciones de luz, esas degradaciones de colores, esa perspectiva exacta, y, en fin, todo lo que el genio más sublime de un pintor puede representar?[4]».
Por mucho que se razone y
se sutilice tanto como se quiera, jamás se convencerá a un hombre sensato de
que un cuadro semejante no tiene más autor que el azar.
Del mismo modo, hay
figuras cuyas relaciones son tan numerosas, parecidas, claras, demostrativas,
que no podemos, sin escandalizar al sentido común, atribuirlas al azar, y
debemos situarlas entre esos retratos cuyo parecido salta a la vista, y que
todo el mundo reconoce, en cuanto se muestran.
«Entre las cosas que
la Escritura ha envuelto bajo figuras y emblemas –dice San Agustín– hay algunas
que, puestas bajo el mismo punto de vista, se unen con tal fuerza en el
testimonio que dan de Jesucristo, que quien es sordo a tal voz debe
avergonzarse de su estupidez»[5].
Por lo tanto, es muy
fácil, en primer lugar, distinguir si la semejanza entre la figura y su objeto
es efecto del azar, es decir, de la concurrencia ciega y fortuita de causas
necesarias y no razonables.
Pero no es más
difícil, en segundo lugar, distinguir si esta semejanza es el resultado de la
impostura o si es obra de Dios.
En efecto, ¿no
declara el sentido común universal que la semejanza entre la figura y su objeto
no puede ser obra de la impostura cuando es cierto que la figura ha preexistido
a su objeto, y que éste existe realmente? ¿No es evidente, entonces, que la
semejanza entre el objeto figurativo y el objeto figurado sólo pudo ser obra de
la sabiduría y poder infinitos? Por ejemplo, si un pintor, en una serie de
cuadros conocidos en toda Francia, difundidos por todas las familias y
conservados bajo el sello del Estado, hubiera representado a Luis XVI y todos
los acontecimientos de su reinado hace diez siglos, ¿se atrevería alguien a
considerar a dicho pintor como un impostor? ¿No lo consideraríamos con razón,
por el contrario, como un hombre iluminado desde lo alto, como un verdadero
profeta? ¿Podría haber representado, con colores tan vivos y con rasgos tan
llamativos tantos acontecimientos extraordinarios sin haberlos visto? ¿Y podría
haberlos visto en otra parte que en la luz infinita de aquel ante quien están
presentes todos los siglos?
Pero
la admiración que inspiran estos cuadros milagrosos ¿no estaría en su apogeo, y
la suposición de que han sido obra de la impostura sería doblemente ridícula,
si estuvieran vivos y animados? ¿Y si hubiera sido necesario, por lo tanto, que
Dios, para formarlos, hubiera unido a las maravillas de su pensamiento los
prodigios de su poder, y hubiera hecho concurrir un gran número de
acontecimientos extraordinarios y de voluntades libres en la ejecución del
designio que había concebido de pintar la historia de Luis XVI en la de otro
personaje del siglo VIII? ¿Y que, de esta manera, para formar estas imágenes
fieles y vivas, no sólo la sabiduría de Dios hubiera dirigido el pincel, sino
que su poder hubiera preparado los colores?
Si, pues, las figuras
no eran otra cosa que imágenes como las que acabamos de mencionar; si llevaban,
como ellas, el doble carácter de la sabiduría y el poder de Dios, ¿no sería
supremamente irrazonable atribuirlas a la impostura?
Ahora bien, las
figuras son verdaderos retratos vivos y animados en los que las palabras, las
alianzas, los hijos y las diversas circunstancias de la vida de los hombres son
utilizadas por el soberano Maestro de los acontecimientos para representar la
gran obra para la que todo lo demás fue hecho, y que no es otra que Jesucristo
y la Iglesia.
¿Quién,
pues, podría considerar sin sentirse admirado, la soberana grandeza de un Dios
que sabe componer alegorías ordenando los acontecimientos con la misma
facilidad con que los hombres juntan varias palabras en un discurso? ¿Quién
podría dejar de reconocer a aquel a quien todos los siglos están presentes, que
tiene todos los acontecimientos en su potente mano y a cuyos ojos un rey
poderoso, un imperio formidable, es un personaje teatral encargado de
representar el papel que se le ha asignado? Por
último, ¿quién podría atribuir a la impostura estas imágenes milagrosas
contenidas en el Antiguo Testamento? ¿Hay algún incrédulo que se atreva a negar
que el Antiguo Testamento se escribió antes que el Nuevo? No lo creemos;
hacerlo sería negar la historia de los judíos, la historia de los cristianos, e
incluso la tradición universal y perpetua del género humano, es decir, anular
la base de toda certeza.
Por lo tanto, es
bastante fácil, en segundo lugar, distinguir si la semejanza entre la figura y
el objeto que representa es efecto de la impostura u obra de Dios.
De este modo, todas
las preguntas que pueden plantearse razonablemente sobre la figura se reducen a
dos puntos: la existencia de la figura y su cumplimiento milagroso; en otras
palabras: ¿Es cierto que tal figura tiene un parecido incuestionable con tal
objeto? ¿Es cierto que este parecido sólo pudo ser creado por Dios? Dos puntos
que pueden comprobarse fácilmente, como todo lo demás, por el sentido común,
tal como acabamos de demostrar.
Una figura que cumple
estas dos condiciones es, por lo tanto, una figura demostrativa, es decir, una
prueba irrefutable de la religión en favor de la cual se hizo.
Ahora bien, tal es la
historia de Isaac. Esta historia tiene un parecido innegable y visiblemente
milagroso con la historia de Nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que esperamos
demostrar con la mayor evidencia a lo largo del resto de este trabajo. Cuando
lo hayamos hecho, tendremos derecho a concluir que ambos relatos son divinos,
pues se demostrará que el primero predijo, muchos siglos antes del
acontecimiento, lo que el segundo nos hace ver realizado.
Así, el desarrollo de
tantas relaciones milagrosas, la exposición de este retrato vivo y animado
formará una rigurosa y completa demostración a favor de la religión que se
apoya en tales pruebas, es decir, a favor del cristianismo; arrojará una luz a
la que la más obstinada incredulidad se verá obligada a ceder, a menos que
cierre voluntariamente los ojos.
ORACIÓN
Divino Jesús, Profeta de los profetas, Profeta de todos los tiempos, de todas las verdades, luz verdadera del mundo, verdad eterna, fuente y plenitud de todas las verdades, ilumina, por tu Espíritu Santo, nuestra débil e impotente razón para que percibamos la tuya en esta historia milagrosa, donde todo nos representa tus sublimes misterios. Abre nuestro entendimiento para otorgarnos la inteligencia de las divinas Escrituras; y nuestro corazón, como los de tus primeros discípulos, se llenará de ardiente caridad.