sábado, 3 de enero de 2026

Gertrud Von le Fort, La Mujer eterna (Reseña)

 Gertrud Von le Fort,

La Mujer eterna

(Reseña)

CJ Traducciones, 2025, pp. 137





Gertrud von le Fort (1876-1971) es la autora de este libro de una profundidad rara vez vista; libro escrito por una alemana (solamente podría haber sido escrito por una mujer) convertida al catolicismo a los 50 años de edad.

El libro vio la luz por primera vez en 1934 y recibió, en vida de la autora, numerosas reediciones. La edición número 16, del año 1953, fue ampliada. Es ésta la que se presenta ahora.

Esta obrita nos señala la importancia de la mujer en su sentido simbólico, en el triple status de la mujer: como esposa, madre y virgen, o, para usar los términos de la autora, la mujer eterna, la mujer en el tiempo y la mujer intemporal. Y el símbolo por excelencia, que atraviesa a la mujer en todo momento, es el velo, el velo de la novia al casarse, el velo de la religiosa al consagrar su virginidad a Dios, y el velo de la mujer casada, que se oculta detrás del marido, removiendo todos los obstáculos materiales de la vida diaria (las tareas del hogar, por ejemplo) y también detrás de los hijos en la educación, cuidado y atención permanentes. Oficio (y no profesión, como señala agudamente) que luego se amplía a otros ámbitos: enseñanza, hospitales, etc.

Si libros como éste eran importantes a comienzos del siglo pasado, hoy en día se han vuelto imprescindibles. En un mundo donde el error y la confusión reinan en todos los ámbitos de la vida del hombre y de la mujer, libros como éste son capaces de arrojar muchos rayos de luz.

Como dice Alice von Hildebrand en el prólogo: 

La mujer eterna exalta lo femenino. ¡Con cuánta profundidad muestra von le Fort la superioridad de lo sagrado sobre lo secular, de lo genitum (engendrado) sobre lo factum (hecho), de la maternidad sobre la productividad, de la misión sobre la profesión! Traza admirablemente el misterio de la feminidad: «El desvelamiento de la mujer significa la caída de su misterio», y la misión de la mujer es, ante todo, religiosa. Mujer altamente cultivada, tejió sus intuiciones con referencias artísticas y literarias que enriquecen tanto porque no son frutos de la abstracción, sino de la meditación sobre experiencias personales y vividas”. 

Y más adelante agrega: 

“Con intuición femenina, pareció anticipar la gravedad de nuestra situación contemporánea, previendo la inminente guerra contra la maternidad como un crimen cuyo horror amenazaba el futuro de la humanidad y que es, de hecho, un ataque satánico contra María, la bendita que dio a luz al Salvador, que es el camino, la verdad y la Vida.

La autora nunca pierde de vista el desenlace de esta guerra entre la Vida y la Muerte. En todo momento se inspira en María, el gran y gozoso descubrimiento que von le Fort, como otros prominentes conversos protestantes, hizo al entrar en la Iglesia. La bendita entre las mujeres es Virgen, Prometida, Esposa y Madre; es la Mujer vestida de sol que aplastará la cabeza de la serpiente. Es María quien enseña que la receptividad –la apertura total a la palabra de Dios– es el camino real hacia la santidad...

Esta joya es una sublime meditación sobre las palabras de San Pablo:

«Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (II Cor. XII, 10)”. 

Hablando de la caída, von le Fort tiene párrafos como éstos: 

“Partiendo del motivo del velo, resulta que a la mujer le es propia sobre todo la sencillez. Todo lo que pertenece a la jurisdicción del amor, la bondad, la compasión, el cui-dado y la protección, o sea, lo realmente escondido y casi siempre traicionado en el mundo. Por eso también aquellas épocas que rechazan a la mujer de la vida pública no son perjudiciales a su significado metafísico; incluso es probable que, como suele ocurrir muchas veces, sean precisamente ellas las que ponen en el platillo de la balanza del mundo el inmenso peso de lo femenino.

Siempre que hay entrega, encontramos también un rayo del misterio de la Mujer Eterna; pero en donde la mujer se quiere a sí misma, ahí se esfuma el misterio metafísico. Elevando su propia imagen, destruye la imagen eterna. Partiendo de aquí, se comprende la caída de Eva. No atañe a la esencia de la caída el examinarla en contraposición de lo espiritual con lo sensual. La caída de la mujer no es en realidad la caída de la criatura a la tierra, sino que es más bien la caída de la tierra, por cuanto también significa lo femenino, la disposición humilde. La caída en escena del Paraíso no está motivada por la tentación del dulce fruto, ni tampoco por una curiosidad intelectual, sino por el «seréis como Dios», en contraposición al fiat de la Virgen. La verdadera caída en el pe-cado acontece, por lo tanto, en la esfera religiosa; por eso significa en lo más profundo la apostasía de la mujer; y la significa, no porque Eva tomara primero la manzana, sino porque la tomó como mujer. La creación cayó en su substancia femenina, pues cayó en lo religioso; por eso la Biblia atribuye con razón la mayor culpa a Eva y no a Adán.

Pero es falso decir que Eva cayó por ser la más débil. La historia de la tentación de la Biblia muestra claramente que era la más fuerte y aventajaba al hombre. El hombre, considerado en sentido cósmico, entra en primer término en cuanto fuerza, mientras que la mujer reposa en su profundidad. Siempre que la mujer fue oprimida, no ocurrió porque era débil, sino porque, habiéndola reconocido como fuerte, se la temió, y con razón, pues, en el instante en que el poder más fuerte no quiere ser la abnegación, sino la soberana, surge naturalmente la catástrofe. En la obscura noticia de la lucha por el declinante matriarcado aún vibra el miedo ante el poder de la mujer; a la más profunda entrega responde la posibilidad de la máxima negación. En esta dirección el misterio metafísico de la mujer se inclina hacia el lado negativo. Dado que en su propio ser y en su significado más íntimo, no sólo está destinada a la entrega, sino que constituye el mismo poder de entrega que existe en el cosmos, la negativa de la mujer a entregarse denota algo demoníaco y se percibe fácilmente como tal. Aunque nunca es el poder del mal en sí misma –el ángel caído la supera en rebelión y el diablo es masculino–, comparte el poder de seducción del diablo”. 

Y tampoco podía escapar a la Autora la nota apocalíptica de los tiempos que se vivían: 

Los apocalipsis de las diferentes edades y culturas preceden al Apocalipsis final. Esto significa, para el presente, que la caída religiosa de nuestros días, inaudita en sus dimensiones, se percibe ya claramente en la aparición empírica de lo femenino. El retiro del velo, al igual que el velo mismo, es profundamente simbólico. Hemos dicho de todas las formas de vida de la mujer, que la presentan velada: la novia, la viuda, la monja. Todas llevan el mismo símbolo. El porte exterior nunca es vano, sino que, tal como sobresale el objeto, lo representa. Visto así, muchas modas se convierten en terribles traidoras, en el sentido auténtico de la palabra, pues comprometen a la mujer. El desvelamiento de la mujer significa la caída de su misterio.

Sin duda, la mujer que, ni tan siquiera se entrega en la esfera sensual, sino que se da al más desgraciado de todos los cultos, esto es, al de su propio cuerpo –y esto en medio de una inaudita miseria entre sus semejantes–, representa una degeneración que ha roto hasta la última unión con su determinación metafísica. Aquí ya no nos contempla el rostro infantil ingenuo de la vanidad femenina, sino que se eleva, banal y fantasmagórico, el rostro que representa la plena oposición a la imagen divina. La máscara sin rostro de lo femenino. Ésta y no el rostro desfigurado por el hambre y el odio del proletariado bolchevique es la auténtica expresión del ateísmo moderno”. 

Por ahora, el libro solamente está disponible en Amazon ACÁ.