Gertrud Von le Fort,
La Mujer eterna
(Reseña)
CJ Traducciones, 2025, pp. 137
Gertrud von le Fort (1876-1971) es la autora de este libro de una profundidad
rara vez vista; libro escrito por una alemana (solamente podría haber sido
escrito por una mujer) convertida al catolicismo a los 50 años de edad.
El libro vio la luz por primera vez en 1934 y recibió, en vida de la
autora, numerosas reediciones. La edición número 16, del año 1953, fue ampliada.
Es ésta la que se presenta ahora.
Esta
obrita nos señala la importancia de la mujer en su sentido simbólico, en el
triple status de la mujer: como esposa, madre y virgen, o, para usar los
términos de la autora, la mujer eterna, la mujer en el tiempo y la mujer intemporal.
Y el símbolo por excelencia, que atraviesa a la mujer en todo momento, es el velo,
el velo de la novia al casarse, el velo de la religiosa al consagrar su
virginidad a Dios, y el velo de la mujer casada, que se oculta detrás del
marido, removiendo todos los obstáculos materiales de la vida diaria (las
tareas del hogar, por ejemplo) y también detrás de los hijos en la educación,
cuidado y atención permanentes. Oficio (y no profesión, como señala agudamente)
que luego se amplía a otros ámbitos: enseñanza, hospitales, etc.
Si
libros como éste eran importantes a comienzos del siglo pasado, hoy en día se
han vuelto imprescindibles. En un mundo donde el error y la confusión reinan en
todos los ámbitos de la vida del hombre y de la mujer, libros como éste son
capaces de arrojar muchos rayos de luz.
Como dice Alice von Hildebrand en el prólogo:
“La mujer eterna exalta lo femenino. ¡Con cuánta profundidad muestra von le Fort la superioridad de lo sagrado sobre lo secular, de lo genitum (engendrado) sobre lo factum (hecho), de la maternidad sobre la productividad, de la misión sobre la profesión! Traza admirablemente el misterio de la feminidad: «El desvelamiento de la mujer significa la caída de su misterio», y la misión de la mujer es, ante todo, religiosa. Mujer altamente cultivada, tejió sus intuiciones con referencias artísticas y literarias que enriquecen tanto porque no son frutos de la abstracción, sino de la meditación sobre experiencias personales y vividas”.
Y más adelante agrega:
“Con intuición femenina, pareció anticipar la gravedad de nuestra
situación contemporánea, previendo la inminente guerra contra la maternidad
como un crimen cuyo horror amenazaba el futuro de la humanidad y que es, de
hecho, un ataque satánico contra María, la bendita que dio a luz al Salvador,
que es el camino, la verdad y la Vida.
La autora nunca pierde de vista el desenlace de esta guerra entre la
Vida y la Muerte. En todo momento se inspira en María, el gran y gozoso
descubrimiento que von le Fort, como otros prominentes conversos protestantes,
hizo al entrar en la Iglesia. La bendita entre las mujeres es Virgen,
Prometida, Esposa y Madre; es la Mujer vestida de sol que aplastará la cabeza
de la serpiente. Es María quien enseña que la receptividad –la apertura total a
la palabra de Dios– es el camino real hacia la santidad...
Esta joya es una sublime meditación sobre las palabras de San Pablo:
«Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (II Cor. XII, 10)”.
Hablando de la caída, von le Fort tiene párrafos como éstos:
“Partiendo del motivo del velo, resulta que a la mujer le
es propia sobre todo la sencillez. Todo lo que pertenece a la jurisdicción del
amor, la bondad, la compasión, el cui-dado y la protección, o sea, lo realmente
escondido y casi siempre traicionado en el mundo. Por eso también aquellas
épocas que rechazan a la mujer de la vida pública no son perjudiciales a su
significado metafísico; incluso es probable que, como suele ocurrir muchas
veces, sean precisamente ellas las que ponen en el platillo de la balanza del
mundo el inmenso peso de lo femenino.
Siempre que hay entrega, encontramos también un rayo del
misterio de la Mujer Eterna; pero en donde la mujer se quiere a sí misma, ahí
se esfuma el misterio metafísico. Elevando su propia imagen, destruye la imagen
eterna. Partiendo de aquí, se comprende la caída de Eva. No atañe a la esencia
de la caída el examinarla en contraposición de lo espiritual con lo sensual. La
caída de la mujer no es en realidad la caída de la criatura a la tierra, sino
que es más bien la caída de la tierra, por cuanto también significa lo
femenino, la disposición humilde. La caída en escena del Paraíso no está
motivada por la tentación del dulce fruto, ni tampoco por una curiosidad
intelectual, sino por el «seréis como Dios», en contraposición al fiat
de la Virgen. La verdadera caída en el pe-cado acontece, por lo tanto, en la
esfera religiosa; por eso significa en lo más profundo la apostasía de la
mujer; y la significa, no porque Eva tomara primero la manzana, sino porque la
tomó como mujer. La creación cayó en su substancia femenina, pues cayó en lo
religioso; por eso la Biblia atribuye con razón la mayor culpa a Eva y no a
Adán.
Pero es falso decir que Eva cayó por ser la más débil. La historia de la tentación de la Biblia muestra claramente que era la más fuerte y aventajaba al hombre. El hombre, considerado en sentido cósmico, entra en primer término en cuanto fuerza, mientras que la mujer reposa en su profundidad. Siempre que la mujer fue oprimida, no ocurrió porque era débil, sino porque, habiéndola reconocido como fuerte, se la temió, y con razón, pues, en el instante en que el poder más fuerte no quiere ser la abnegación, sino la soberana, surge naturalmente la catástrofe. En la obscura noticia de la lucha por el declinante matriarcado aún vibra el miedo ante el poder de la mujer; a la más profunda entrega responde la posibilidad de la máxima negación. En esta dirección el misterio metafísico de la mujer se inclina hacia el lado negativo. Dado que en su propio ser y en su significado más íntimo, no sólo está destinada a la entrega, sino que constituye el mismo poder de entrega que existe en el cosmos, la negativa de la mujer a entregarse denota algo demoníaco y se percibe fácilmente como tal. Aunque nunca es el poder del mal en sí misma –el ángel caído la supera en rebelión y el diablo es masculino–, comparte el poder de seducción del diablo”.
Y tampoco podía escapar a la Autora la nota apocalíptica de los tiempos que se vivían:
“Los
apocalipsis de las diferentes edades y culturas preceden al Apocalipsis final.
Esto significa, para el presente, que la caída religiosa de nuestros días,
inaudita en sus dimensiones, se percibe ya claramente en la aparición empírica
de lo femenino. El retiro del velo, al igual que el velo mismo, es
profundamente simbólico. Hemos dicho de todas las formas de vida de la mujer,
que la presentan velada: la novia, la viuda, la monja. Todas llevan el mismo
símbolo. El porte exterior nunca es vano, sino que, tal como sobresale el
objeto, lo representa. Visto así, muchas modas se convierten en terribles traidoras,
en el sentido auténtico de la palabra, pues comprometen a la mujer. El
desvelamiento de la mujer significa la caída de su misterio.
Sin duda, la mujer que, ni tan siquiera se entrega en la esfera sensual, sino que se da al más desgraciado de todos los cultos, esto es, al de su propio cuerpo –y esto en medio de una inaudita miseria entre sus semejantes–, representa una degeneración que ha roto hasta la última unión con su determinación metafísica. Aquí ya no nos contempla el rostro infantil ingenuo de la vanidad femenina, sino que se eleva, banal y fantasmagórico, el rostro que representa la plena oposición a la imagen divina. La máscara sin rostro de lo femenino. Ésta y no el rostro desfigurado por el hambre y el odio del proletariado bolchevique es la auténtica expresión del ateísmo moderno”.
Por
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