viernes, 23 de mayo de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. IV (II de II)

Subdivisión del diaconado.

Salta a la vista que los diáconos, sin ejercer el sacerdocio, son elevados a una incomparable dignidad en la Iglesia. Un Padre del desierto vio el diaconado bajo la imagen de una columna de fuego que se elevaba hasta el cielo y le fue revelado que era necesaria una virtud sublime a los que recibían este orden tan augusto.
Y sin embargo, las funciones de los diáconos, que los hacen acercarse al altar y a los divinos misterios, los hacen también descender, por los variadísimos empleos a que son llamados alternativamente, como por una sucesión de grados, hasta los últimos y más humildes servicios de la Iglesia. Realizan así en ellos la figura de los ángeles, que llamados a contemplar incesantemente la faz de Dios, no tienen a menos el cuidarse de los niños débiles.
En tiempos de los apóstoles ejercían en persona todos estos variados ministerios.
Pero desde aquellos primeros tiempos la Iglesia, con una sabia disposición y usando en ello de un poder que le fue dado por Dios, como también para reservar a los diáconos las más altas funciones, abrió, por así decirlo, el tesoro del diaconado, distribuyó sus riquezas y lo desmembró instituyendo las órdenes inferiores.
Así se pudo conservar durante largo tiempo en cada Iglesia un pequeño número de diáconos multiplicando los otros ministros[1], se impidió que se envileciera el diaconado a los ojos de los pueblos — que juzgan del valor de las cosas por su rareza — y se conservó para este orden sublime el número de siete consagrado por la institución primitiva[2] y que conviene a las relaciones misteriosas que tienen los diáconos con el ministerio de los ángeles y con los «siete espíritus» que están ante el trono de Dios (cf. Ap. IV, 5)[3].
Así, a medida que el árbol de la Iglesia iba alcanzando mayor desarrollo, esta rama maestra del diaconado, obedeciendo a las leyes de una divina expansión, se abrió y se dividió en varios ramos, que fueron el orden del subdiaconado y los órdenes inferiores, las llamadas órdenes menores.
Pero para entender cómo pudo llevarse a cabo esta gran partición y asimismo cómo pudo tener el diaconado tan admirable fecundidad y dar al mismo tiempo origen a las órdenes inferiores, hay que recordar una doctrina que propusimos anteriormente en nuestra segunda parte, a saber, que en esto hay diferencia esencial entre el sacerdocio y el ministerio.
El sacerdocio es simple e indivisible por su naturaleza; no puede comunicarse parcialmente, aunque puede poseerse a títulos distintos, es  decir, a título de cabeza y a título de participante, de obispo o de presbítero; admite grados, pero sin desmembrarse en su fondo.
En cambio, el ministerio, cuya plenitud está contenida en el diaconado, es indefinidamente susceptible de partición, porque las múltiples funciones de los ministros, relativas todas al sacerdocio al que deben servir, y reducidas así a la unidad, no tienen entre sí relaciones necesarias y pueden, sin infringir ninguna conveniencia, pertenecer separadamente a diferentes personas.
La sabiduría divina, que conserva a los seres su esencia, habiendo impreso al ministerio eclesiástico este carácter de divisibilidad, aunque fundándolo primeramente en el diaconado y dándole así origen divino para todo lo sucesivo, dejó a la Iglesia la libertad de distribuir a su arbitrio sus diferentes partes.
La Iglesia, a su vez, hizo soberanamente esta partición según las exigencias de los lugares y tiempos, y de esta manera salieron del diaconado las órdenes inferiores, instituidas divinamente en el diaconado, pero formadas y distribuidas en varios grados por institución eclesiástica.
La primera de estas órdenes inferiores es el subdiaconado, común a todas las Iglesias.
Los que le siguen fueron admitidos diversamente en la Iglesia latina, en la Iglesia griega y en las otras Iglesias de Oriente; y, fuera del orden de lector, que pertenece, como el subdiaconado, a todas las Iglesias, los otros ministerios difieren según los lugares por el número y las atribuciones.
La Iglesia latina admite por debajo de los subdiáconos, cuatro órdenes menores: acólito, exorcista, lector y ostiario o portero.



[1] Sozómeno, Historia eclesiástica, l. 7, c. 19; PG 67, 1475: «En Roma no ha habido nunca hasta ahora más que siete diáconos.» San Cornelio I (251-253), en Eusebio, Historia eclesiástica, l. 6, c. 43, n.° 11; PG 20, 622: «En ésta (la Iglesia de Roma) hay cuarenta y seis sacerdotes, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos, cincuenta y dos exorcistas, lectores y ostiarios».

[2] Concilio de Neocesarea, (entre 314 y 325), can. 15; Labbe 1, 1483; Mansi 2, 544: "En una ciudad, incluso muy grande, no debe haber regularmente más que siete diáconos. La prueba la tendréis en los Hechos de los Apóstoles»; cf. Hefele 1, 334. San Ambrosio (339-397), Comentario I Tim III; PL 17, 497: «En adelante es preciso que haya siete diáconos.»

[3] San Isidoro, De los oficios eclesiásticos, l. 2, C. 8, 4; PL 83, 789: «Los apóstoles o los sucesores de los apóstoles decidieron que en todas las Iglesias hubiera siete diáconos, que en la grada más alta, más cerca que todos los demás, estarían de pie en torno al altar de Cristo, como las columnas del altar, y no sin ese misterio del número de siete. En efecto, simbolizan a los siete ángeles del Apocalipsis que tocan la trompeta; son los siete candelabros de oro; son las voces del trueno".