jueves, 20 de junio de 2013

Melkisedek o el Sacerdocio Real, por Fr. Antonio Vallejo. Conclusión I de II

RESUMEN Y CONCLUSIONES

El hombre es, radicalmente, sacerdote. Lo es en razón de su naturaleza compósita: puente alzado entre el tiempo y la eternidad, entre los días del Creador y su reposo.
El estado de justicia paradisíaca de perfecta amistad del hombre con Dios, guarda estrecha relación con el primer mandamiento. Aquél constituye una consagración sacerdotal; éste instituye un verdadero sacrificio.
El pecado original, contra un sacrificio imperado por obediencia, fue un acto de desobediencia sacrílego. Paralelamente, la pérdida voluntaria del estado paradisíaco fué un acto de apostasía.
El sacerdocio de la humanidad, después de la culpa, es restaurado por la gracia santificante. Trátase de un sacerdocio unívoco, participado en común por todos los justos, conforme a diversos grados de santidad.
Religión, sacerdocio, sacrificio son de ley natural. Luego, no guardan relación alguna necesaria con el pecado, sino con lo más noble de la naturaleza humana; la cual es de suyo hierática y jerárquica desde el principio.
Por tanto, Jesucristo no es sacerdote “porque Dios decretó la encarnación del Verbo en orden a la redención humana”[1]. Lo es porque es hombre en gracia de Dios; y es el supremo sacerdote, a causa de la plenitud capital de su gracia; y es el sacerdote único, porque en el Cuerpo sacerdotal divino que Él instituye, es el único sacerdote naturalmente divino.
La Madre de Dios participa capitalmente la gracia capital de su Hijo, sin otras limitaciones que las que se derivan de su condición de creatura; y con todos los privilegios sagrados que hacen de ella la mujer por excelencia, el complemento paradisíaco del varón de Dios: la Ancilla Domini junto al Servus Yahveh.
No pertenece a la esfera del sacerdocio jerárquico, de poderes consagratorios prácticamente impersonales, sino que consuma, en la esfera singular transcendente de la maternidad divina, la perfección del sacerdocio personal complementario; que de un modo muy inferior realizan también los miembros del Cuerpo místico, en cuanto tales.

Estos participan, real y formalmente, el sacerdocio divino del Verbo encarnado, mediante el carácter sacramental.
Todos los miembros del Cuerpo místico son sacerdotes según diversos modos, análogos a la plenitud sacerdotal de Cristo con analogía de proporcionalidad propia. No menos los simples fieles que los ministros del culto, sino de manera diversa. Estos son los únicos capacitados, en virtud de su carácter sacramental propio, para realizar ciertos actos rituales de efecto infalible, ex opere operato. Aquéllos obtienen su mayor o menor unión eficaz al sacrificio de la cruz, ex opere operantis.
Es errónea la doctrina de los que reducen el sacerdocio de los fieles a una pura metáfora o a una mera atribución.
En el campo de la proporcionalidad impropia (metáfora) no pueden darse analogías metafísicas de ningún género. El analogum tiene forma entitativa sólo en una de las proporciones; en la otra se halla de un modo traslaticio, por alguna semejanza contingente.
De igual manera, sólo uno de los términos de la analogía de atribución posee lo análogo en propiedad intrínseca.
Con el sacerdocio de la gracia capital cristiana, y sus diversas participaciones, entramos de lleno en el ámbito metafísico de la analogía de proporcionalidad propia.
Ha sido frecuente la confusión del concepto de sacerdocio ministerial, especialmente dedicado a funciones sacerdotales representativas, con el concepto pleno de sacerdocio. Este concepto corresponde, hasta la encarnación, a una realidad unívoca: el sacerdocio de Adán y su descendencia. Fue anonadado por la culpa. La gracia y la penitencia consiguieron restaurarlo, mas sólo a medias e intermitentemente. En el camino de aquella restauración, Abel, Abraham y Melquisedek son tres efímeras ascensiones a gran altura sobre el horizonte común. Melquisedek eleva el sacerdocio de la humanidad, en esperanza y figura del Ungido de Dios, a su mayor pureza típica.
Tan unívoco era aquel sacerdocio como el mismo concepto de humanidad, aplicado a los descendientes de Adán y de Eva. Dentro de aquel orden sagrado primigenio hombre y sacerdote eran términos convertibles. Entre persona y persona sólo se daban diferencias sacerdotales de grado (mayor o menor participación de la forma única); y entre laicos y jerarcas, distinción meramente legal.
Asumida la humanidad por la persona del Verbo, en la singular naturaleza humana de Jesús, un nuevo sacerdocio, con un culto nuevo, resulta del nuevo tipo de hombre que sólo Jesucristo realiza de manera absoluta y transcendental. Porque fuera del Verbo encarnado, nadie es por sí mismo Hijo de Dios, primogénito de toda creatura, sacerdote divino.
Dentro de ese orden de realizaciones absolutas, la persona humada de Nuestro Señor Jesucristo es el princeps analogans de un conjunto de analogías de atribución. Supremo analogado que, sin la comunicación real de su gracia, conforme a diversos caracteres, hubiese retenido, solitarias en su humanidad, todas las formas posibles del sacerdocio cristiano.
Si sólo Jesucristo poseyese la formalidad intrínseca del sacerdocio, como parece entienden algunos autores, su participación real sería negada a los caracteres del bautismo y de la confirmación; pero también al que se confiere con el sacramento del orden. Ni los mismos obispos serían sacerdotes verdaderos, sino sólo por atribución. Autorizados, por designación extrínseca, a realizar ciertos actos religiosos externos, conforme a ritos convencionales, jerarcas y presbíteros ejercerían un culto en sí mismo inane, al cual atribuiría el Sacerdote único, por una determinación de su divina voluntad, el valor efectivo de su propio culto. Subordinados los fieles, en su vida cultual, a ese tipo de acción ministerial atributiva, no producirían ni se harían capaces de recibir efectos sacerdotales propios; sólo darían, como los ministros, ocasión a una ingerencia directa de Dios, concomitante con sus actos exteriores de culto. (De culto cristiano, se sobreentiende).
Así, pues, de no darse participación formal del sacerdocio de Cristo, de no producir la gracia y los caracteres diversos tipos de sacerdotes análogos al Supremo, con analogía de proporcionalidad propia, tendríamos, en todos los casos, un sacerdocio impropio: o metafórico o de atribución. Hay quien admite que todos los caracteres sacramentales producen una participación del Sacerdocio capital; que estas participaciones son todas propias; pero que unas son menos propias; y al mismo tiempo, entitativamente superiores a las más propias.
La contradicción resulta del aislamiento en que se coloca al analogado principal, Jesucristo, considerándolo, con respecto a su Iglesia, el princeps analogans de un conjunto de analogías de atribución, las unas más propias que las otras.
La diferencia esencial entre la atributio y la proportionalitas propria, consiste en que la primera es “secundum intentionem tantum et non secundum esse”; mientras que la segunda “habet aliquod esse in unoquoque eorum de quibus dicitur” (Sto. Tomás).
Sólo en los casos de analogía de atribución se da un princeps analogans, en sentido estricto. Así, conforme al clásico ejemplo, lo sano que se atribuye al aire de altura o de mar, al buen color del rostro, a ciertos ejercicios corporales, bebidas, comidas, etc., sólo conviene en propiedad al animal sano o a la persona sana. También en la analogía metafórica uno solo de los términos responde a toda la verdad del nombre analogado. La verdad de la risa se da en el hombre, no en la pradera; lo realmente zorruno, en la raposa, no en los políticos del tipo de Herodes.
En la analogía de proporcionalidad propia, que es la que vindicamos para las cuatro[2] participaciones diversas del sacerdocio de Cristo, lo análogo se encuentra formal y entitativamente (secundum esse) en cada uno de los analogados; de suerte que a éstos les corresponde el nombre común, en razón de algo que a todos les es propio. Así, por ejemplo, conviene el ser a Dios y a las creaturas. Cuando decimos que Dios es, que las creaturas son, no nos referimos al ser como poseído por Dios quiditativamente y de manera exclusiva (al modo que el animal sano posee la salud y el hombre sano la capacidad de reír), sino conforme a una proporción que es, por cierto, exclusiva de Dios, pero no más real y verdadera que las diversas proporciones en que las cosas creadas participan del ser. Ello no quita que, en otros aspectos, el Creador sea, con respecto a sus creaturas, el princeps analogans de un conjunto de analogías de atribución.
Facilita las confusiones el hecho de que, entre los términos análogos con proporcionalidad propia, puede darse uno que realice con mayor perfección que los otros la formalidad común o que la realice, incluso, de la manera más perfecta y cabal posible. En tal caso, mas sólo por razón de esa plenitud singular, ocurre distinguir a ese término con el título de supremo analogado.
De esa manera posee Jesús la supremacía del sacerdocio común. No porque el sacerdocio se dé sólo en Él entitativamente sino porque sólo en Él se da del modo más perfecto  y cabal posible: en Persona de Dios.




[1] No hace falta colocarse  en  uno u otro extremo del falso problema del motivo de la encarnación — aunque fuese un problemita  bien planteado — para entender que religión, sacerdocio y sacrificio no incluyen en su esencia, la nota de desagravio a la Divinidad. He aquí una definición de sacrificio quo vale para cualquier hipótesis: Sacrificia sensibilia instituta sunt, (non propter placationem Dei tantum, sed) ut homo se et omnia sua referat in Deum, ut in finem, principium et dominum omnium. El sacrificio es religación teologal, y no sólo retorno moral del hijo pródigo al Padre.
Nota del Blog: parecería que Fr. A. Vallejo tiene en mente el interesantísimo trabajo: “Si la remisión del Pecado Original cae fuera o dentro de una economía reparadora”, P. Basilio de San Pablo, C.P.

[2] Nota del Blog: es curioso que el autor, conociendo el libro del P. SaurasEl Cuerpo Místico de Cristo”, no dijera algunas palabras, a favor o en contra, sobre su teoría de “la gracia del Apostolado”, que resultaría ser una quinta participación en el sacerdocio de Cristo. Creemos que es un tema interesantísimo que merecería ser profundizado.