domingo, 31 de marzo de 2024

La Humani generis y el Magisterio Ordinario del Santo Padre, por Mons. Fenton (III de III)

La última afirmación del vigésimo párrafo de la Humani generis contiene una de las lecciones más valiosas e importantes de toda la encíclica. Responde a una cuestión fundamental que debe ser considerada antes de que pueda darse cualquier apreciación práctica de la enseñanza de la Iglesia. La pregunta es la siguiente: ¿cómo podemos saber que una determinada afirmación de una encíclica papal (o de cualquier otro documento del magisterium de la Iglesia) es una afirmación que los católicos están obligados a aceptar en conciencia en virtud de la autoridad del propio documento?

La Humani generis no intenta ofrecer una respuesta completa a esta pregunta. Se contenta con señalar un caso en el que los católicos están definitiva y obviamente obligados en conciencia a dar un asentimiento interno a las enseñanzas de un documento papal. Este caso se da, según la Humani generis, cuando el Santo Padre se toma la molestia de emitir un pronunciamiento sobre un tema que, hasta la emisión de ese documento particular en el que se contiene el pronunciamiento, se ha considerado como abierto a controversia.

Evidentemente, nada puede considerarse discutible entre los católicos cuando ha habido una palabra definitiva y directa del magisterium eclesiástico autoritativo sobre este tema. Por lo tanto, la res hactenus controversa [cuestión hasta entonces discutida] a la que se refiere la Humani generis debe ser una cuestión aún no decidida por la autoridad de la Santa Sede o de la ecclesia docens en su conjunto. El punto establecido en la encíclica es que cuando el Santo Padre, data opera [de propósito], emite una declaración sobre esta cuestión, ya no se puede considerar legítimamente como estando todavía abierta a debate entre los teólogos. Esto sigue siendo cierto incluso cuando la sententia pronunciada por el Romano Pontífice no se plantea como irrevocable, es decir, cuando la contradicción de la enseñanza afirmada debe ser condenada con una censura teológica menor que de fide o erronea.

lunes, 25 de marzo de 2024

La Humani generis y el Magisterio Ordinario del Santo Padre, por Mons. Fenton (II de III)

   La segunda frase de este vigésimo párrafo de la encíclica tiene gran importancia para los estudiantes modernos de teología sagrada. Afirma que las encíclicas son órganos del magisterium ordinarium del Santo Padre, y que la promesa que Nuestro Señor hizo a sus apóstoles (y a través de ellos a sus sucesores en la ecclesia docens) de que "quien a vosotros oye, a mí me oye" (Lc. X, 16), se aplica al magisterium ordinarium con la misma verdad que a las sentencias solemnes emitidas por el mismo Santo Padre o por la ecclesia docens en su conjunto. Esta misma frase añade el comentario de que la mayoría de las afirmaciones que los fieles están obligados a aceptar de las encíclicas ya han sido asignadas dentro del campo de la doctrina católica bajo algún otro título. En otras palabras, la Humani generis tiene en cuenta el hecho de que ninguna carta pontificia individual se compone enteramente (o incluso en gran parte) de afirmaciones que nunca antes hayan sido expuestas con autoridad por la ecclesia docens.

De manera general, la literatura teológica que trata del poder de   enseñanza infalible y autoritativa de la Iglesia ha tendido a restringir el término "magisterium ordinario y universal" a las enseñanzas de los obispos residenciales de la Iglesia Católica dispersos por todo el mundo y unidos al Romano Pontífice. La terminología de estos volúmenes dejó poco espacio para cualquier estudio del magisterium ordinario del Romano Pontífice. De vez en cuando nos encontramos con algún escritor teológico lo suficientemente descuidado como para negar que el Santo Padre puede enseñar de forma infalible si no es mediante un juicio o definición solemne[1]. Sin embargo, la mayor parte de los comentarios sobre el magisterium ordinarium del Romano Pontífice son muy escasos. De ahí la declaración de la Humani generis en el sentido de que la enseñanza presentada con autoridad (es decir, de tal manera que los católicos están obligados en conciencia a aceptar y adoptar como propia) en las encíclicas papales nos llega por medio del magisterium ordinarium es definitivamente una contribución al pensamiento teológico moderno.

jueves, 21 de marzo de 2024

La Humani generis y el Magisterio Ordinario del Santo Padre, por Mons. Fenton (I de III)

La Humani generis y el Magisterio Ordinario del Santo Padre,

por Mons. Fenton

Nota del Blog: El siguiente texto de Mons. Fenton está tomado del American Ecclesiastical Review (AER), CXXV, (Julio de 1951), pág. 53-62. 

*** 

Existe una sección de la encíclica Humani generis del Santo Padre que ha despertado mucha atención en nuestro país. Se trata del siguiente párrafo, el que lleva el número 20. 

“Tampoco ha de pensarse que no exige de suyo asentimiento lo que en las Encíclicas se expone, por el hecho de que en ellas no ejercen los Pontífices la suprema potestad de su magisterio. Puesto que estas cosas se enseñan por el magisterio ordinario, al que se aplica también lo de quien a vosotros oye, a mí me oye (Lc. X, 16), y las más de las veces, lo que en las Encíclicas se propone y se inculca, pertenece ya, por otros conceptos, a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus documentos pronuncian de propósito sentencia sobre alguna cuestión hasta entonces discutida, es evidente que esa cuestión, según la mente y voluntad de los mismos Pontífices, no puede ya tenerse por objeto de libre discusión entre los teólogos”[1]. 

Cada frase de este párrafo contiene una importante verdad teológica. La primera expresa un hecho, a veces obscurecido, sobre la actividad docente del Santo Padre. La segunda frase pone de manifiesto una verdad que hasta ahora no ha sido expuesta con mucha frecuencia en la sección de los escritos teológicos que tratan del poder de enseñanza del Santo Padre. Constituye una importante contribución a la literatura teológica. La tercera es una inferencia necesaria de las primera y segunda frases. Tiene consecuencias definitivas e intensamente prácticas para los teólogos actuales.

La primera afirmación de este párrafo condena cualquier minimización de la autoridad de las encíclicas papales que pudiera basarse en el subterfugio de que el Santo Padre no utiliza la plenitud de su poder doctrinal en tales documentos. La enseñanza de las encíclicas postula un assensum per se, una aceptación por parte de los católicos precisamente porque es la enseñanza de la suprema autoridad doctrinal dentro de la Iglesia universal de Jesucristo sobre la tierra. Exige tal aceptación incluso cuando el Santo Padre no utiliza supremam sui Magisterii potestatem [la potestad suprema de su magisterio]. En otras palabras, los católicos están obligados a ofrecer, no sólo un reconocimiento cortés, sino una aceptación interna genuina y sincera a las enseñanzas que el Santo Padre establece con una nota o calificación menor que de fide o incluso doctrina certa.

Es imposible ver el significado completo de esta enseñanza sin tener una comprensión precisa de lo que constituye la suprema magisterii potestas del Romano Pontífice. Aquí hay que evitar dos errores distintos. La suprema magisterii potestas no se limita en modo alguno a la actividad docente solemne del Santo Padre, con exclusión de los pronunciamientos doctrinales que realiza de manera ordinaria. Tampoco se limita en modo alguno al objeto primario de la competencia doctrinal de la Iglesia, con exclusión de las verdades que se encuentran dentro de lo que se conoce como objeto secundario de la potestad docente infalible de la Iglesia. El Santo Padre ejerce realmente su suprema magisterii potestas cada vez que emite una decisión o pronunciamiento doctrinal infalible o irrevocable que obliga a la Iglesia militante universal. El modo o la forma de tal pronunciamiento puede ser solemne y extraordinario, u ordinario. Puede hablar dentro del campo del objeto primario de la potestad docente infalible de la Iglesia, o dentro del objeto secundario. En todo caso, cuando la decisión es definitiva y se dirige a la Iglesia militante universal y la obliga, el pronunciamiento es un ejercicio de la suprema magisterii potestas. Esto sigue siendo cierto, hay que recordarlo, tanto si la declaración es un juicio solemne como también si se trata de un pronunciamiento del magisterium ordinario.

domingo, 17 de marzo de 2024

Introducción al Libro de lo justo, por L. B. Drach, rabino converso (XII de XII)

APÉNDICE[1]

 Sobre la autenticidad mosaica del Pentateuco

 [De la Respuesta de la Comisión Bíblica, 27 de junio de 1906]

 Dz. 1997, Duda I: Si los argumentos, acumulados por los críticos para combatir la autenticidad mosaica de los libros sagrados que se designan con el nombre de Pentateuco son de tanto peso que, sin tener en cuenta los muchos testimonios de uno y de otro Testamento considerados en su conjunto, el perpetuo consentimiento del pueblo judío, la tradición constante de la Iglesia, así como los indicios internos que se sacan del texto mismo, den derecho a afirmar que tales libros no tienen a Moisés por autor, sino que fueron compuestos de fuentes en su mayor parte posteriores a la época mosaica.

 Respuesta: Negativamente. 

Dz. 1998, Duda II: Si la autenticidad mosaica del Pentateuco exige necesariamente una redacción tal de toda la obra que haya de pensarse en absoluto que Moisés lo escribió todo con todos sus pormenores por su propia mano o lo dictó a sus amanuenses; o bien, puede permitirse la hipótesis de los que opinan que Moisés encomendó la escritura de la obra, por él concebida bajo la divina inspiración, a otro u otros; de suerte, sin embargo, que expresaran fielmente sus pensamientos, nada escribieran contra su voluntad, nada omitieran, y que finalmente, la obra así compuesta, aprobada por Moisés su principal e inspirado autor, se publicara bajo su nombre. 

Respuesta: Negativamente a la primera parte; afirmativamente a la a la segunda. 

Dz. 1999, Duda III: Si puede concederse, sin perjuicio de la autenticidad mosaica del Pentateuco, que Moisés, para componer su obra, se valió de fuentes, es decir, de documentos escritos o de tradiciones orales, de las que, según el peculiar fin que se había propuesto y bajo el soplo de la inspiración divina, sacó algunas cosas y las insertó en su obra, ora literalmente, ora resumidas o ampliadas en cuanto al sentido. 

Respuesta: Afirmativamente. 

Dz. 2000, Duda IV: Si puede admitirse, salva la autenticidad mosaica esencial y la integridad del Pentateuco, que hayan podido introducirse en él algunas modificaciones, en tan prolongado transcurso de siglos, tales como: adiciones después de la muerte de Moisés, o apostillas de un autor inspirado o glosas y explicaciones insertadas en el texto, ciertos vocablos y formas de la lengua antigua trasladadas a lenguaje más moderno, en fin, lecciones mendosas atribuibles a defecto de los amanuenses, acerca de las cuales es lícito discutir y juzgar de acuerdo con la crítica. 

Respuesta: Afirmativamente, salvo el juicio de la Iglesia.


[1] Nota del blog: Damos, como complemento de lo dicho por Drach, las decisiones de la Comisión Bíblica sobre este tema, unos treinta años después de su muerte, y que confirman su postura.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Introducción al Libro de lo justo, por L. B. Drach, rabino converso (XI de XII)

  27. El crítico me pone una dificultad. Si el Pentateuco data recién de Esdras, se pregunta, ¿de dónde viene el Pentateuco de los samaritanos? Parece estar muy ansioso por hacerme pasar por algo que, gracias a Dios, no soy. Porque si yo preguntara a alguien: «Sin la creencia en un Dios que juzga nuestras acciones e intenciones, ¿qué sería de la moral?», pensaría que estoy ante un discípulo de Fichte, que un día abrió su lección con estas impías palabras: «Hoy, señores, estamos en proceso de crear a Dios».

28. Si yo hubiera argumentado, cosa que no me atrevería a hacer, que Moisés sólo dejó notas, memorias, a partir de las cuales otro, después de él, dio forma al Pentateuco, añadiendo incluso las suyas propias, se pueden imaginar fácilmente qué fiesta habría sido para el que merodea a mi alrededor a fin de espiar una oportunidad favorable, y cómo me hubiera tratado. Pues bien, ha habido alguien en todo el mundo que ha expresado esta opinión en los siguientes términos: 

«Advierte que Moisés escribió su Pentateuco simplemente como un diario o anal; pero Josué o algún otro ordenó los anales, los separó, agregó algunas frases y las insertó». 

Este alguien era… Cornelio Alápide (ver su Argum. in Pentat. p. 23).

29. Aquí reclamo ante el público, pero declaro que llevaré la causa ante la autoridad especialmente competente para pronunciarse sobre el espíritu y tendencia del ataque, que evidentemente pretende desacreditar a un autor que ha dedicado todas las vigilias de su vida al servicio de la santa religión católica.

30. Voy a dejar constancia aquí de mis reflexiones sobre los cambios que se acaban de mencionar. No suscribo en absoluto el sentimiento de aquellos entre los eruditos católicos que creen que las notas marginales, Bonfrerio llega a decir errores, menda (cap. III, sectio 2) se han deslizado en el texto, ya sea por inadvertencia o temeridad de los copistas. Tampoco suscribo la concesión hecha por autores católicos ortodoxos de que la alabanza a Moisés en Núm. XII, 3 es un añadido posterior. 1. Aquel de quien emanan las páginas sagradas cuidó sin duda de la pureza de su obra, para que no hubiera errores. 2. Cuanto más humilde era Moisés, más obediente era, y escribió con docilidad hasta la menor iota que Dios le dictaba. Escribió por obediencia tanto su elogio en el libro de los Números como el del final del Deuteronomio.

sábado, 9 de marzo de 2024

Mons. Joseph Clifford Fenton, Teología de la oración

 Mons. Joseph Clifford Fenton, Teología de la oración,

CJ Traducciones, 2024, p. 268.


 

El reconocido teólogo antimodernista aborda en esta ocasión un tema fundamental de la teología espiritual como es la oración. Un tratado completo enraizado en los Padres de la Iglesia, Santo Tomás y los grandes teólogos de la escuela tomista-carmelitana.

Tal vez alguien pudiera pensar que este tema está lejos de los que siempre abordó el gran teólogo estadounidense, que era la teología fundamental, y más en concreto el tratado de Ecclesia, pero nada más lejos de ello pues, en una prueba más de la armazón de la teología donde, tarde o temprano, todo tiene que ver con todo, recordemos nomás la importancia que le da Fenton a la oración en sus artículos sobre la interpretación del dogma “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, como así también en su obra maestra “La Iglesia Católica y la salvación” (ver AQUÍ).

Después de darnos la definición clásica, pasa a hablar sobre la causa, necesidad, conveniencia, objeto, etc. para terminar con los diversos grados de la oración.

En definitiva, se trata de un lindo estudio donde se pueden tener a mano todos los temas necesarios para una comprensión cabal de esta porción de la teología espiritual, tan importante en la vida del fiel y de la Iglesia.

Por ahora el libro puede conseguirse en Amazon AQUÍ.


lunes, 4 de marzo de 2024

Introducción al Libro de lo justo, por L. B. Drach, rabino converso (X de XII)

    22. Continuando con su disputa alemana, mi adversario, y se verá que este pasaje de su artículo, así como los otros que cito, llevan en su frente su propia condena, añade lo siguiente: 

«La negación de este hecho sorprendente (la autenticidad del Pentateuco, nada menos), no ha ganado nada al ser apoyada en el pasado por la erudición de los R. Simon, Lecène, Astruc; y no vemos que encuentre poderosos refuerzos en la autoridad de Rosen-Muller (sic), Spanheim, Gesenio. La verdad es que la insospechada ortodoxia del Sr. Drach nos haría desear otros adeptos». 

Este señor habla a sabiendas, y podría usar una expresión más dura. Compárese su imputación con lo que debe haber leído en mi prólogo, § 18: 

«Entre los eruditos modernos, muchos, y los más juiciosos, admiten que hubo Memorias antiguas anteriores a la redacción de los libros de los que se compone la Biblia hebrea: Masio (Prefacio a Josué y comentario al cap. X del mismo libro), Richard Simon (Hist. crit. du V. T., Prefacio y Lib. I, cap. 2), Pereyra (queremos decir, el jesuita, pues no aceptamos, ni damos como autoridad a Isaac Pereyra, el famoso pre-adamita), Gesenio (De Pentateucho Samaritano, pp. 6-8), Spanhemius, o Spanheim (Hist. Eccl. V. T., ep. 6, n. 5, 52), Rosenmueller, en sus Prefacios sobre el Pentateuco y sobre el Libro de Josué, nombra a un gran número de otros eruditos que estaban persuadidos de la verdad de las actas preexistentes». 

Ya veis la prueba patente de su táctica denunciada anteriormente. Tiene la gracia de trasladar a la cuestión de la autenticidad del Pentateuco lo que digo sobre las memorias antiguas. Mientras tanto, el pobre Drach está en mala compañía. Es realmente una pena que al crítico no se le haya ocurrido incluir en este meeting a Spinosa, Hobbes, Fréret y otras personas de la misma calaña. Es cierto que no invoqué su autoridad, pero tampoco mencioné a Lecène y Astruc. Quería demostrar que conocía estos dos nombres. ¡Qué erudición! Podría señalarle la página de una obra muy popular en la que los encontró uno al lado del otro. Sin embargo, quiero decirle que el cielo le ha concedido su deseo.

23. Además de los que lamenta que tengo por adherentes, tengo otros que son de reconocida catolicidad. En primer lugar, los que he citado (§§ 18, 24-27), y que tuvo el cuidado de dejar afuera, a saber: Teodoreto, aquel obispo que desplegó un gran celo contra las herejías, Procopio, D. Calmet, Masio, Huet, el P. Bartolocci, los jesuitas Pereyra, Sanctio, Bonfrerio[1]. Añadid a Josefo, que ciertamente no dudaba de la autenticidad del Pentateuco ni de los demás libros del Antiguo Testamento. Y he aquí otros adherentes no sospechosos que sacaré de mi etc. (§§ 24-27): Bossuet, cuyas propias palabras cité más arriba; el P. La Haye («Es muy probable que, en aquellos tiempos antiguos, hubiera en la antigua Sinagoga diarios y anales… de los cuales se tomó mucho de lo que ahora tenemos en las Sagradas Letras, en forma más corta y clara…», ver el pasaje entero, Proleg. p. 53); el teólogo Liebermann («Los hebreos, al igual que las demás naciones, ponían por escrito con mucha diligencia los acontecimientos anuales y diarios», vol. I. p. 263); el P. Glaire, citado anteriormente; el P. Fleury (le parece difícil que los hechos primitivos y su fecha precisa, la edad de todos los patriarcas desde Adán, etc., se hayan conservado en la memoria de los hombres sin anales escritos, y añade: «Pero aunque Moisés pudo haber conocido por medios naturales la mayoría de los hechos que escribió, no dejamos de creer que fue guiado por el Espíritu Santo para escribir estos hechos» (Moeurs des Isr. n. II); el P. Le François, en el siglo pasado uno de los más eruditos y laboriosos apologistas de la religión católica, se expresa en los mismos términos que Bossuet (Pr. de la Rel. chr. vol. I. p. 2. § 3, art. 1.); por último, el Barón Henriot desarrolla esta proposición: «Que Moisés haya podido recibir alguna ayuda de una tradición, incluso escrita, puede ser admitido sin negar la inspiración», vol. II, col. 1023).