V
INTEGRIDAD
Y UNIDAD INDIVISIBLE DE LA IGLESIA
Misterio
de unidad en Cristo.
Acabamos de exponer el misterio de las jerarquías en
su noción más general.
Hemos visto en la Iglesia de Jesucristo la magnificencia de los dones que le han sido
conferidos. Por su cabeza, Jesucristo,
pertenece a la sociedad eterna de Dios y de su Cristo, y por sus miembros, los
obispos, forma por debajo de ella las jerarquías particulares cuyas cabezas son
estos obispos.
La Iglesia, centro de unidad en este mundo nuevo, es a
su vez misterio de unidad[1],
que reclama todavía nuestras meditaciones.
La Iglesia es una hasta tal punto, que la pluralidad
de las Iglesias y de los fieles no podría alterar el misterio de su unidad[2].
El antiguo Adán,
al multiplicarse según la división de las familias, veía formarse otras tantas sociedades
distintas por debajo su autoridad paterna suprema.
La ciudad que lo representa, es decir, el Estado o la
nación, a su vez no es sino la reunión o la suma de las familias y de los
individuos.
Pero
la Iglesia, que procede de Jesucristo, como Jesucristo procede de su Padre, la
Iglesia, que llama a sí a todos los hombres y los asume en su unidad, como
Jesucristo mismo la llama y la asume en sí, la Iglesia no hace de todos los
hombres sino un solo todo con este Jesucristo, cuyo cuerpo y plenitud es ella,
a fin de que Jesucristo, a su vez, los lleve en sí a la unidad eterna de Dios y
de su Hijo. Por tanto, es Jesucristo en la Iglesia el principio y el vínculo de
la unidad; siendo indivisible, es dado entero a la Iglesia entera, y la Iglesia
lo da entero a cada una de sus partes[3]. Y así, Jesucristo está entero en cada una de
las partes de la Iglesia, y la Iglesia está entera en su todo y en cada una de
sus partes[4].
Y tal es el misterio de su integridad indivisible, que san Pedro Damiano expresaba con esta sentencia: «Está toda entera
en el todo y toda entera en cada parte»[5].
Así
la Iglesia particular es, en sustancia, todo lo que es la Iglesia universal, es
decir, Jesucristo comunicado a los hombres. Posee este don enteramente: el
sacrificio, el sacerdocio, la regeneración, riquezas de la Iglesia universal,
son sin merma su propia riqueza; y así el misterio de la Iglesia universal, es
decir, el don de Dios por excelencia, Jesucristo dado a los hombres, se halla como
reducido y apropiado, y como multiplicado sin división, en cada una de las
Iglesias particulares. La víctima del mundo se ofrece en cada altar sin cesar
de ser única; es universal y pertenece a cada asamblea de fieles, a cada fiel,
como un bien que no se divide. Y así, como antes
dijimos, el nombre de Iglesia se comunica con la cosa misma que significa; no
hay más que una Iglesia, y hay multitudes de Iglesias; y este nombre, como el
misterio que expresa, pertenece a cada una de ellas sin cesar de ser el nombre
único e incomunicable de la única esposa de Jesucristo.
No consideremos, pues, esta grande y única Iglesia
coma la mera suma y resultado de las Iglesias particulares.
En
la mente divina las precede, y las Iglesias particulares no subsisten sino por
la Iglesia universal. No son, en sustancia, sino la apropiación hecha posteriormente
a un pueblo particular, del don divino que en un principio fue dado a todo el género
humano en la Iglesia universal[6].
Por
esto el episcopado aparece en la Iglesia universal antes de que el obispo sea
cabeza de una Iglesia particular. El vínculo que lo une con ésta no subsiste
sino por la apropiación que se le hace de un misterio anterior. Este vínculo
saca toda su virtud de ese fondo de universalidad del que procede y que no lo
podría alterar. Lo mismo hay que decir del sacerdote, del ministro, del fiel:
antes de pertenecer a una Iglesia particular pertenecen primera y
principalmente a la Iglesia universal, cada uno en su rango.
No
repetiremos nunca bastante que la Iglesia universal subsiste anteriormente a
las Iglesias particulares; no depende de éstas,
sino que estas proceden de ella, toman de ella todo lo que son y no cesan de
pertenecerle.
Así la Iglesia es una e indivisible, y por esta
indivisibilidad inviolable y esencial que admite la fecundidad y la
multiplicación sin sufrir alteración, añade al misterio de su maternidad el privilegio
de la virginidad. Es madre y virgen juntamente,
porque su fecundidad imita la fecundidad divina; y como Dios hace nacer en sí
mismo a su Hijo sin desgarramiento de su propia sustancia, así dio también a su
Iglesia la facultad de multiplicar en sí misma la generación divina de sus
hijos, las Iglesias particulares y las familias de sus elegidos sin ruptura ni
división y sin que sufra la menor merma su perfectísima integridad, simplicidad
y unidad[7].
¿Cómo
explicar estas cosas inefables? Toda propagación terrestre se hace por división
de la materia; pero la propagación divina, que tiene lugar en Cristo, se hace
por asunción en la unidad. El cuerpo de Cristo, lleno del Espíritu y de la
divinidad, dado a todos, para que todos
vivan de su vida y cada uno sea su miembro su sustancia, no se divide en modo
alguno. Pero este alimento divino, contrariamente a los alimentos terrenales,
que se asimilan al que los toma, asume en su propia unidad al que se alimenta
de él, se lo asimila y se lo une con una eficacia profunda e incomprensible
(cf. I Cor. X, 17)[8].
Son éstas operaciones de esta vida nueva, comunicación
de una misma sustancia divina «que penetra y no es penetrada, dice Leporio, que se da y no se divide, que
está a la vez toda entera en todas partes y derramada por todas partes, que se
derrama sin alteración, que sabe de tal manera unirse la naturaleza humana en Cristo y en la Iglesia, que no recibe
aumento alguno, y de tal manera derramarse que no sufre la menor disminución»[9].
Este misterio de la unidad de la Iglesia en la
multiplicidad de sus miembros, que los reúne a todos en la unidad de Jesucristo, a fin de que sean
consumados por él en la unidad que tiene con el Padre, unidad de la que dijo:
«Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno» (Jn XVII, 23), este misterio de unidad, decimos, es llamado la
comunión eclesiástica y pertenece a la comunión de los santos que es uno de los
artículos de nuestro símbolo apostólico[10].
[1] San Pedro Damiano, opúsculo Dominus
vobiscum 6; PL 145, 235: “Individuae unitatis arcanum”.
[2] Ibid.
5; PL. 145, 235: «Aunque la Iglesia
parece múltiple por causa del gran número de pueblos, es, sin embargo, una y
simple.» Ibid. 6: «Si, por causa de
su situación visible, perece la Iglesia dividida en partes, sin embargo, el
misterio de la unidad oculta (unitatis intimae sacramentum) no
puede, en manera alguna, perder nada de su integridad.» Ibid. 13; PL 145,
242: «Préstese atención al sacramento de la unidad de la Iglesia; en ésta la
unidad no excluye la multitud, como tampoco la multitud viola la unidad.» 14,
ibid.: «¿Qué tiene de extraño decir que a la Iglesia se la cree, a la vez,
múltiple en la unidad y una en la multitud?»
[4] San Cipriano, De la unidad de la Iglesia
católica 5; PL 4, 501: «No hay sino una Iglesia, que con su fecundidad
siempre creciente abraza una multitud cada vez más extensa»; cf. loc. cit., p.
11. Ibid. 7: «El que la recibía (la
túnica de Cristo)... la obtenía entera, de una vez para siempre, íntegramente,
en su contextura sólida, para no separarse ya de ella... El pueblo de Cristo no
puede ser dividido: así la túnica de Cristo, enteramente formada de una sola
pieza y sin costura, permanece indivisa en las manos de los que la poseen.
Siendo una, de una sola pieza, de un solo tejido, figura la concordia tan coherente
de nuestro pueblo, a nosotros que nos hemos revestido de Cristo. Por el
símbolo, por el signo de este vestido representó Jesús la unidad de la Iglesia»;
loc. cit., p. 15-17.
[8] Ibid.
6: PL 145, 238: «La unidad de la Iglesia
en Cristo es tan grande, que por toda la superficie de la tierra no hay más que
un solo pan del cuerpo de Cristo y un solo cáliz de su sangre. Así como es una
la divinidad del Verbo de Dios, que llena el mundo entero, así, aunque su
cuerpo se consagra en más de un lugar y en numerosos, no hay tampoco diversos
cuerpos de Cristo, sino uno solo. Y como este pan y este vino se transforman
verdaderamente en el cuerpo de Cristo, así también todos los que lo reciben
dignamente en la Iglesia son, sin género de duda, el cuerpo de Cristo; él mismo
lo atestigua cuando dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre está en
mí, y yo en él."»
[10] San Pedro Damiano, loc. cit., 10; PL. 145, 239: «Si todos somos uno en Cristo, cada uno
poseemos todo nuestro bien en él mismo... Así, lo que es de todos, es de cada
uno; y lo que algunos reciben personalmente, es también bien común de todos en
la integridad de la fe y de la caridad... Esta necesaria comunión de los fieles
Cristo, juzgaron nuestros padres que tenía tal certeza, que la inscribieron en
el símbolo de la fe católica y ordenaron su repetición en los rudimentos de
nuestra fe cristiana. Inmediatamente después de decir: "Creo en el
Espíritu Santo, en la santa Iglesia", añadimos luego: "en la comunión
de los santos"; así, cuando damos testimonio de nuestra fe en Dios,
afirmamos también, como consecuencia, la comunión de la Iglesia, que es una en
él.»