miércoles, 11 de diciembre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. VII, (II Parte).

Título.

La comunión jerárquica no agota toda la fecundidad encerrada en la potencia del orden.
Hace entrar al clérigo, según su grado, en la jerarquía de la Iglesia universal. Pero, como hemos reconocido ya anteriormente, la vida, los misterios y las riquezas de la Iglesia universal son, por comunicación íntima y mística, apropiados a cada Iglesia particular.
Como el sacrificio mismo de Jesucristo, tesoro de la Iglesia universal, es con todos sus frutos la riqueza de la Iglesia particular, así el sacerdocio de la Iglesia universal le pertenece igualmente y viene a ser así su propio sacerdocio.
Como consecuencia de estos principios el obispo, el sacerdote, el ministro que gozan de la comunión de sus órdenes en la Iglesia universal, podrán ser también apropiados y vinculados, cada uno en su grado, a una Iglesia particular, y ser así el obispo, el sacerdote, el ministro de esta Iglesia. Esta apropiación del clérigo a una Iglesia particular es lo que llamaremos su título[1].

lunes, 9 de diciembre de 2013

Castellani y el Apocalipsis, III. La llave de David (II de II)


La llave de David (II de II)

En la Primera Parte vimos que Castellani identificaba “la llave de David” con “las llaves del Reino de los Cielos”. En esta segunda parte vamos a observar una nueva identificación de la llave de David; identificación que creemos igualmente errónea.
Al comentar el título de Jesucristo en la primera Iglesia, Castellani hace una observación que fácilmente pasa desapercibida[1], pero creemos que comete un error parecido al que vimos en la primera parte.

Después de citar el versículo 1 del capítulo II que dice:

“Esto dice
El que tiene las siete estrellas en su diestra
Y anda en medio de los siete candelabros
De oro…”

Castellani comenta (énfasis nuestros):

“Al comienzo de cada mensaje a las Iglesias, el Ángel declina los títulos de Cristo, descomponiendo la imagen de la Visión Preambular; menos el título de la última Iglesia, Laodicea, que es nuevo” (pag. 38).

Hasta aquí las palabras de Castellani. Según el Padre, pues, los títulos de las primeras seis Iglesias están tomadas de la visión preliminar, es decir, de los vv. 12-18, que dice así:

12. Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelto vi siete candelabros de oro,
13. y, en medio de los candelabros, alguien como Hijo de hombre, vestido de ropa talar, y ceñido el pecho con un ceñidor de oro.
14. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos como llamas de fuego.
15. y sus pies semejantes a bronce bruñido al rojo vivo como en una fragua; y su voz como voz de muchas aguas.
16. Y tenía en su mano derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su aspecto como el sol cuando brilla en toda su fuerza.
17. Cuando le vi caí a sus pies como muerto; pero Él puso su diestra sobre mí y dijo: “no temas; Yo soy el primero y el último.
18. y el Viviente; y fui muerto, y he aquí que vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y del hades.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Inmaculada Concepción, por el Cardenal E. Schuster, O.S.B.

   Nota del Blog: el siguiente texto está tomado del VI tomo del famoso y reconocido Liber Sacramentorum del gran Cardenal de Milán.
   La edición es de Herder, Barcelona y fue publicado en 1947.

Cardenal Schuster


8 De Diciembre

La Concepción Inmaculada de la Bienaventurada Virgen María

Este dogma que tanto vigor presta a la fe católica, tan glorioso para María, y tan honorífico para toda la humana familia, no aparece en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento más que de una manera confusa, misteriosamente velado. Con todo, forma parte del divino depósito de la tradición católica, y se reconoce en las liturgias de las diferentes Iglesias como el exponente y la declaración más autorizada de esa misma fe.
El hecho de que María Santísima fuese exenta del pecado original, está afirmado explícitamente en el Corán, que en este caso se hace eco de la fe de las Iglesias Nestorianas: Toda humana criatura ha recibido ya en su nacimiento el influjo de Satán, a excepción de María y de su Hijo[1].
San Efrén Siro, en un himno compuesto en 370, pone estas palabras en boca de la Iglesia de Edesa: «Tú y tu Madre sois los únicos enteramente hermosos, bajo este aspecto, puesto que ninguna mancha hay en tu Madre»[2]. El mismo concepto de la pureza absoluta de la Virgen se encuentra repetido por muchísimos otros Padres, principalmente por los griegos de la primera época patrística; pero la mayoría de ellos, más que proponerse la cuestión formal de la concepción, como más tarde se la propusieron los Escolásticos, la suponen resuelta en el mismo sentido que tiene en la definición dogmática de Pío IX, en cuanto ese candor inmaculado que atribuyen a la Madre de Dios se entiende en sentido tan riguroso, que de él se excluye hasta el borrón del pecado original.
En un sermón del obispo Juan de Eubea, contemporáneo de San Juan Damasceno, se habla ya de una fiesta local en honor de la Concepción de María Santísima[3], y, aproximadamente, un siglo más tarde ya había ganado terreno la solemnidad, que se había hecho común entre los griegos, según se desprende de un discurso del obispo Jorge de Nicomedía acerca de la «Conceptio sanctae Annae»[4]. Es común entre los antiguos el tomar esta palabra en sentido activo, de suerte que en sus calendarios el título de Conceptio Sanctae Mariae se emplea para conmemorar la Encarnación del Salvador.
La fiesta de la Concepción de Santa Ana, madre de la Madre de Dios, figura en el 9 de diciembre en el calendario que lleva el nombre del emperador Basilio II Porfirogénito, y es enumerada entre los días que han de señalarse con descanso sabatino en una constitución de Miguel Commeno de 1166.
En Occidente, la Conceptio sanctae Annae figura en el 9 de diciembre en un célebre Calendario de mármol de la Iglesia Napolitana, que se remonta al siglo XI. Así el título como la fecha revelan a las claras la influencia bizantina, que no sólo dominó en la risueña Partenope, sino en Sicilia y en toda la Italia inferior, por donde siguió extendiéndose durante largos siglos el imperio de los últimos sucesores de Constantino de Teodosio.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. VII, (I Parte).

LOS SUJETOS DEL PODER JERÁRQUICO

El poder confiado a la jerarquía comprende tres elementos: el magisterio, el ministerio y el imperio, que forman su objeto en toda su extensión.
Pero si consideramos este poder en los sujetos que lo ejercen y que han sido constituidos en depositarios suyos, se nos presenta en un nuevo aspecto.
Está compuesto de potencias y de actos que se corresponden, que se reclaman y se suponen mutuamente.
Esto es lo que en el lenguaje de la teología se llama generalmente el orden y la jurisdicción.
Vamos a tratar aquí de describir estas potencias y estos actos, empleando a veces para más precisión y comodidad, y sin excluir los términos recibidos, otras expresiones consagradas por la antigüedad y autorizadas por el uso de las concilios y de los Padres.

Poder de orden.

El primer fundamento, la pura potencia del poder jerárquico, es el orden.
El orden, despojado de todo lo que no es él, es el fondo inamisible del poder jerárquico en todos sus grados. Contiene, como en germen, y puede recibir, como su expansión normal y legítima, todas las actualidades y actividades diversas que responden  a su virtud determinada en cada grado.
Decimos que esta virtud está determinada por los grados jerárquicos.
El orden es, en efecto, diverso según cada uno de estos grados: el orden del obispo es la pura potencia de todo lo que es y de todo lo que puede el episcopado; el orden del sacerdote contiene todo el sacerdocio en su virtud; el orden del diácono, todo el diaconado[1].
Así el orden es esencialmente distinto en cada grado: el orden del sacerdote no contiene el acto del obispo, el orden del diácono no contiene el acto del sacerdote.
Pero como en la jerarquía los grados superiores contienen eminentemente a los inferiores, el Orden del sacerdote contiene todas las potencias que constituyen a los ministros, el orden del obispo contiene en su simplicísima plenitud todos los órdenes inferiores[2].

viernes, 6 de diciembre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Cuarta Parte: Escatología, cap. III

EL OLVIDO DEL APOCALIPSIS

I

Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los arcanos del Apocalipsis (Apoc. XXII, 7). De modo que es una bienaventuranza guardar esas palabras. Obsérvese que guardar no quiere decir cumplir, pues no se trata aquí de mandamientos; guardar - o “custodiar" como dice el latín—, quiere decir conservar las palabras en el corazón, como hacía María Santísima con las del Evangelio (Luc. II, 19 y 51). No es otro el sentido de la expresión de San Pablo cuando nos dice: "La Palabra de Dios habite en vosotros abundantemente" (Col. V, 16). Por lo demás, el secreto de toda Palabra de Dios consiste precisamente en eso: en que el guardarla o conservarla es lo que hace cumplirla, como lo dice claramente el salmista: "Escondí tus palabras en mi corazón para no pecar contra Ti" (Sal. CXVIII, 11).
Esta bienaventuranza que dan las palabras misteriosas de la Profecía del Apocalipsis, se extiende a todos, como se ve desde el principio (Apoc. I, 3): “Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía y conserva lo que en ella está escrito; porque el tiempo está cerca"[1].
Tal afirmación de que "el tiempo está cerca", está repetida varias veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma: "No selles (es decir, no ocultes) las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca" (XXII, 10). Compárese esto con lo que Dios dice a Daniel en sentido contrario, hablando de estos mismos tiempos de la vuelta de Cristo: "Pero tú, oh Daniel, ten guardadas estas palabras, y sella el libro hasta el tiempo determinado: muchos le recorrerán, sacarán de él mucha doctrina” (Dan. XII, 4).
Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que si entonces, en tiempo de Daniel, algunas profecías habían de estar selladas, hoy es necesario, al revés, que las conozcamos. Si esto fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que Dios ha revelado al hombre, fuese conocido por todos los cristianos; si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios escondidos de Dios que ignoraban los mismos ángeles (Efes. III, 9 y 10), ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión! Entretanto, hoy se lamentan obispos europeos (Monseñor Landrieux, de Dijón, Monseñor Girbeau, de Nimes etc.) de la insuficiencia de la enseñanza catequística, por haberse convertido en “una suma de mandamientos y en un catálogo de pecados, vacío del contacto con la persona de Cristo”, que es el Maestro y como tal se muestra en la Escritura.
El Ángel del Apocalipsis compara con los profetas a los que guardan las palabras de esa profecía (Apoc. XXII, 9), y tan insuperable importancia atribuye Dios al conocimiento de esa Revelación, que, además de las bienaventuranzas ya citadas, cierra ese Libro, que es el coronamiento de toda la Revelación divina, con estas terribles amenazas: "Ahora bien, yo advierto a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Que si alguno añadiere a ellas cualquier cosa, Dios descargará sobre él las plagas escritas en este libro. Y si alguno quitare cualquiera cosa de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará a él su parte del árbol de la vida, y de la ciudad santa, que están descritos en este libro" (Apoc. XXII, 18 y 19, texto griego).

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La restauración de Israel, por Ramos García (II de XIII)

I. Los Principios: ¿El espíritu o la letra?

Sumario. Método a seguir: Ni literalismo ni espiritualismo exagerado. Una conclusión del P. Lagrange: El trono sacerdotal y el trono real de Cristo. Crítica del espiritualismo alegorista: Sus libertades exegéticas son de origen bastardo. Reacción de la sana orientación literalista. Contra un reducto del espiritualismo alegorista: La definición Piana de la realeza de Cristo y una revisión que se impone.

Para hacer un estudio objetivo de la cuestión propuesta, como de cualquier otra cuestión preferentemente positiva, es necesario dejar hablar a los documentos, evitando en lo posible los equívocos, los prejuicios, las cavilaciones y las oficiosidades.
Método, el corriente en exégesis racional: texto, contexto, lugares paralelos, analogía de la fe y cualquier otro adminículo a propósito. Norma, el sentido literal, cuando propio, propio, y cuando trasladado, trasladado; pero trasladado o propio, hay que dejarle vocear a su talante, sin poner nunca sordina a lo que dice. En el sentido trasladado viene incluida sin dificultad la alegoría, pero no la alegoría transcendente, filosófica, platonizante, alejandrina, por más espiritual que sea, y por ende halagadora, sino la alegoría inmanente, retórica, humanística, que no es más que una metáfora continuada, por todos admitida, menos espiritual, si se quiere, pero de más seguridad y confianza que la otra, porque no se arriesga como ella a volar sobre los tejados, sino que se desliza suavemente por el suelo empedrado de la letra.
Ni es esto judaizar, como podría tal vez pensar alguno. A nuestro entender, hay dos modos de judaizar: uno dogmático y otra hermenéutico y en ninguno de ellos nos creemos comprendidos. Consiste el dogmático en la pretensión de resucitar los sacrificios y ceremonias de la antigua Ley[1], siendo como son la sombra y el pronóstico de las realidades de la Nueva (Col. II, 17; Hebr. X, 1); mas ¿quién piensa ahora en tales cosas? El hermenéutico se quiere que signifique una adhesión excesiva a la letra del sagrado texto, propendiendo hacia el sentido propio y hasta material de las palabras, por el estilo de aquellos saduceos, a quienes el Señor condenó por eso como a ignorantes de las Escrituras (Mt. XXII, 23-32, y par.). No es, ni puede ser, ésta nuestra norma. Si propugnamos el sentido literal de la Escritura, es en la inteligencia de discernir lo formal de lo material, lo figurado de lo propio, pero dentro siempre de la unidad dialéctica del contexto.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. VI (IV de IV)

Unidad del poder jerárquico.

Hemos esbozado a grandes rasgos los tres elementos que constituyen el poder de la Iglesia, a saber: el poder de enseñar o magisterio, el poder santificador o ministerio, y la autoridad de gobierno o imperio.
Estos tres elementos no son tres poderes distintos en su origen ni, en su esencia, independientes entre sí.
Como dijimos al principio, Jesucristo, por una sola misión de su Padre, es maestro, santificador y rey. Esta única misión, sin dividirse, se comunica a la Iglesia en el colegio episcopal y va a formar por cada uno de los obispos las jerarquías particulares.
No hay, por tanto, un orden de maestros, un orden de santificadores y un orden de príncipes espirituales, constituidos separadamente y cuyas funciones —debido al azar, a una disposición arbitraria o, cuando mucho, a una simple conveniencia— se han reunido por una especie de acumulación sobre las cabezas de las mismas personas; sino que entre estos tres elementos existe una conexión lógica y un vínculo esencial.
Para entenderlo bien recordemos el principio fundamental de toda la jerarquía, a saber, que la autoridad pertenece al que da el ser. En el antiguo orden es Dios dueño de las cosas porque las creó; en el nuevo, posee a su Cristo, porque Cristo viene de Él; Cristo posee a su Iglesia, porque ésta procede de Él; el episcopado no está asociado a Cristo en la autoridad sino porque le compete, juntamente con Cristo, hacerla nacer a la vida; y hasta en la jerarquía de la Iglesia particular el obispo es el príncipe de su pueblo porque, en su grado, es el padre de la vida de los fieles.