lunes, 15 de junio de 2026

Lady Georgiana Fullerton, Vida de Santa Francisca Romana y de la Beata Lucía de Narni (reseña)

 Lady Georgiana Fullerton, Vida de Santa Francisca Romana y de la Beata Lucía de Narni, Traducciones CJ (2026), 200 pág. 


Santa Francisca Romana (1380-1440) es, sin dudas, una de las grandes santas de uno de los períodos más tumultuosos de la historia de la Iglesia, el llamado cisma de Occidente. Dios multiplicó ya desde niña las gracias con tal profusión, que algunas de ellas parecerían apenas creíbles.

Su padre la había prometido en matrimonio desde muy niña, lo que supuso para nuestra santa un choque muy grande que le hizo derramar numerosas lágrimas. Ante la consulta a su director espiritual, obtuvo un respuesta que es una verdadera joya llena de sabiduría celestial. 

«Si tus padres persisten en su resolución, acéptala, hija mía, como signo de que Dios espera de ti este sacrificio. Ofrécele en ese caso tu ardiente deseo de la vida religiosa. Él aceptará la voluntad por la obra y obtendrás de inmediato la recompensa de ese deseo y las gracias peculiares unidas al sacramento del matrimonio. Los caminos de Dios no son siempre como los nuestros, Francisca. Cuando Santa María Magdalena envió llamar al Señor Jesucristo para que viniera y sanara a su hermano, sin duda fue una prueba severa para ella que no fuera; que las largas horas del día y de la noche se sucedieran y que tardara en el camino, sin enviar mensaje ni señal de su amor. Pero cuando su hermano resucitó, cuando el sudario cayó de sus miembros y se presentó ante ella lleno de vida y de fuerza, comprendió el misterio y adoró la divina sabiduría de aquel retraso. Dios, en efecto, pide tu corazón, Francisca; pero también reclama tu ser completo como ofrenda; y, por lo tanto, tu voluntad, para que pueda moldearla en plena conformidad con la suya. Porque las obras pueden ser muchas y buenas, hija mía, y la piedad puede ser fervorosa y las virtudes eminentes, y aun así el más pequeño atisbo de amor propio o voluntad propia puede arruinarlo todo. ¿Por qué lloras, Francisca? ¿Porque la voluntad de Dios no se cumple o porque la tuya se ve frustrada? Nada más que el pecado puede estropear la primera y en esta prueba tuya no hay la menor sombra de pecado. En cuanto a tu propia voluntad, inclínala, rómpela, aniquílala, hija mía, y toma valor. Ten sólo un pensamiento: la buena y dulce voluntad de Dios; sométete a su Providencia. Deposita tus deseos como ofrenda en su altar; renuncia a aquel lugar más alto que, con justicia, habías codiciado; toma el inferior que ahora te asigna; y si no puedes ser su esposa, sé su fiel y amorosa sierva».

 Calmadas sus ansias, descubrió que Dios le había reservado para el estado matrimonial no sólo un excelente esposo digno de ella (digo digno a falta de una palabra mejor, pues no sé si alguien era digno de tenerla como esposa), sino una hermana, una amiga en Vannozza, su cuñada, que compartía sus sentimientos y su piedad. Son esas clases de amistades que Dios concede muchas veces en esta vida como un solacio en medio de tantas miserias. Amistad que, al igual que el matrimonio, sólo la muerte fue capaz de romper en esta vida.

Sin dejar de atender a su familia y sirvientes (pues era una de las familias más ricas de Roma), encontraba tiempo para dedicar a la oración, a la visitas a las iglesias y para socorrer a los pobres y necesitados.

De los tres hijos que tuvo, dos volaron pronto al cielo y fue la aparición de uno de ellos la que había de ir acompañada con una de las gracias más extraordinarias y por las cuales muchas veces es conocida nuestra Santa: a partir de ese día, vio a su ángel de la guarda constantemente junto a ella para corregirla y aconsejarla.

Así lo describe: 

«Su estatura es la de un niño de unos nueve años; su aspecto está lleno de dulzura y majestad; sus ojos están generalmente vueltos hacia el cielo; las palabras no pueden describir la pureza divina de esa mirada. Su frente está siempre serena; sus miradas encienden en el alma la llama de una devoción ardiente. Cuando lo miro, comprendo la gloria de la naturaleza angélica y la condición degradada de la nuestra. Lleva una larga túnica resplandeciente y, sobre ella, una vestidura, ya blanca, como los lirios del campo, ya del color de una rosa roja, ya del tono del cielo cuando es de un azul profundo. Cuando camina a mi lado, sus pies nunca se ensucian con el barro de las calles ni con el polvo del camino».

 Por muchas y grandes tribulaciones tuvo que pasar durante su vida, incluyendo el saqueo de Roma y el cautiverio de su esposo e hijo, pero hacia el final, Dios le concedió aquello por lo que tan ardientemente había suspirado desde niña: la vida religiosa.

Desde hacía un tiempo había formado la congregación de las Oblatas de Tor di Specchi, pero su esposo, que la había liberado de todos sus deberes matrimoniales, solamente le había dejado uno: permanecer con él hasta su muerte. Y así fue que, aquélla que había pasado por entre las riquezas de este mundo como si no existieran, pudo terminar sus días como superiora de la Congregación que había fundado.

Tras su muerte, toda Roma lloró a su bienhechora y cantó sus alabanzas. Todo el bien que había hecho en vida, como los milagros y las numerosas conversiones, continuaron después de su partida como si nada hubiera cambiado.

Fue canonizada por Pablo V en 1608[1]. 

***

 En cambio, la vida de la Beata Lucía de Narni (1476-1544), que parecía, en sus comienzos, un calco de la de Santa Francisca, terminó siendo muy diferente.

Rodeada de milagros y visiones desde la más tierna infancia, fue desposada con Nuestro Señor, asistiendo la Santísima Virgen, Santo Domingo y Santa Catalina, junto con los ángeles, pero, al igual que la santa de Roma, fue prometida por su padre en matrimonio, aunque, a diferencia de la santa de Roma, el matrimonio fue de lo más infeliz, pues su esposo era incapaz de apreciar el tesoro que tenía junto a él.

Al cabo de algunos años, dejó a su esposo[2] y entró en la vida religiosa, fundando una casa para terciarias dominicas.

Pero así como en su matrimonio y posterior fracaso encontramos similitudes y desemejanzas con la Santa Romana, lo mismo encontramos en la vida Religiosa. Ambas fundan una congregación y son superioras, pero nuestra Beata, que había recibido los estigmas, y junto con ellos la veneración del pueblo y de los nobles, pedía a Dios que la humillara. Y la humillación llegó, pues, habiendo desaparecido los estigmas de las manos y pies (no la del costado), se esparció entre las hermanas la calumnia de que todo había sido un engaño y fue tal el alboroto generado en la ciudad que fue puesta en prisión en el convento… por más de treinta años.

Jamás una palabra de queja o una mueca cruzó por su rostro. Adoró los designios de Dios, que había oído sus oraciones, y pudo santificarse en la soledad de la celda. Dios jamás la abandonaba, por supuesto, y hasta llevaba a religiosas santas a visitarla para que se entretuvieran en santas conversaciones.

Lo que Dios no había querido para Lucía en vida, se lo devolvió tras su muerte. Pues ante la vista de los milagros que se multiplicaban, inmediatamente después de su muerte, el pueblo, las religiosas y los sacerdotes reconocieron su error y repararon la injusticia que habían cometido en vida.

Su veneración se extendió rápido entre el pueblo y recién fue reconocida como Beata en 1710, gracias al Papa Clemente XI[3]. 

El libro está disponible en Amazon.



[1] El lecho de muerte de nuestra Santa fue toda una rareza en la vida de los santos, pues no sufrió tentación alguna. El P. Faber dice que la ausencia de tentaciones en el último tránsito de esta vida, presentó casi una objeción en su proceso de canonización. Ver La beatificación, la canonización y los procesos de la sagrada Congregación de Ritos, disponible en Amazon.

[2] Nota la autora que estas decisiones no eran, en aquellos tiempos, ni raras ni contrarias a la ley.

[3] A veces se la asocia con Lucía, el personaje creado por C. S. Lewis en Las crónicas de Narnia, pero, por más seductora que sea esta teoría, los especialistas consultados niegan esa relación.