P. Federico G. Faber
La Beatificación, la Canonización
y los procesos de la Sagrada Congregación
de Ritos
(Reseña)
Traducciones CJ, Argentina, 2026, 131 pp.
El P. Faber, “uno de los más grandes autores ascéticos” (Billot dixit)
lo es también, sin dudas, incluso cuando escribe sobre asuntos de carácter más
teológico, como es el caso que reseñamos.
Este ensayo, que sirvió como punto de partida a una colección de Vidas de
Santos de la editorial, fue escrito en 1848 con ocasión de una consulta.
Este trabajo está dividido en tres grandes secciones:
1)
En la primera, el P. Faber va a explicar las características que tienen las
vidas de los Santos canonizados y, con buen ojo, las va a reducir a dos.
Dejemos hablar a nuestro Autor:
«Estas dos cosas: el trato constante con lo sobrenatural y la multitud
de acciones que parecen repugnar a la prudencia humana y a las convenciones
sociales, son precisamente las características distintivas de los
siervos de Dios, señalados para los honores del culto eclesiástico.
Apelamos con confianza a quienes tengan algún conocimiento de la voluminosa
literatura de la hagiología moderna, si estas dos clases no contienen en sí
mismas casi toda diferencia perceptible entre los católicos ordinariamente piadosos
y aquellos a quienes la Iglesia pone sobre los altares para la veneración de
los fieles. Teológicamente hablando, la differentia lógica de un santo
es la heroicidad de sus virtudes, pero cuando examinamos qué es la
heroicidad y en qué consiste, encontramos que sus manifestaciones especiales
están en estas acciones extraordinarias, y sus sellos especiales, en los
milagros obrados por los santos o por medio de sus reliquias…
No es, por lo tanto, una exageración (aunque lo pueda
parecer) decir que, para obtener la especie «Santo» a partir del género «buen
católico», la differentia debe consistir en la combinación de las dos
cosas aquí mencionadas. Añadid estas cosas a un «buen católico», y se convierte
en la semejanza de uno de aquellos que la Iglesia propone para nuestro culto;
quitad estas cosas y desciende de nuevo al nivel de un católico ordinariamente
piadoso; porque la heroicidad de sus virtudes se encuentra, repetimos, o bien
en el sello que Dios ha puesto a la práctica de ellas, y esto es por el don de
los milagros, o bien en esas acciones aparentemente extrañas, que entonces
deben considerarse como frutos de un instinto especial del Espíritu Santo. Aplicad esta regla, por
ejemplo, a las Vidas de muchos de aquellos nobles eclesiásticos franceses que
fueron contemporáneos de San Vicente de Paúl y fundadores de aquellas numerosas
Congregaciones misioneras que tan maravillosamente reavivaron el antiguo
espíritu ambrosiano del clero. Algunos de ellos, por muy santos que fueran,
tienen un aspecto muy distinto de aquellos a quienes la Iglesia inscribe en el
catálogo de los santos, mientras que otros, como el Sr. Olier, fundador de San
Sulpicio, parecen necesitar sólo las solemnidades judiciales para ser contados
en la fraternidad de los canonizados. Cualquiera que esté versado en las
biografías de los Santos admitirá enseguida estas verdades; saben casi de
antemano el tipo de acciones que realizarán; su mente está constantemente sugiriendo
paralelos tomados de las Vidas de otros santos; la perfecta semejanza y
coherencia del conjunto les resulta familiar, de modo que saben «el tipo de
cosa», por usar un enérgico vulgarismo, que deben buscar cuando abren el libro.
En una palabra, para repetir lo dicho antes, lo maravilloso y lo excéntrico,
como los llamaría la necia sabiduría del mundo, forman la differentia
lógica por la cual adquirimos la especie «Santo»; y esto, independientemente de
las conclusiones que de ello puedan sacarse, es extremadamente llamativo y
merece una consideración seria y prolongada».
Y a continuación, traza uno de los signos más estupendos en todo
canonizado: la persecución por parte de los buenos.