Lady
Georgiana Fullerton, Vida de Santa Francisca Romana y de la Beata Lucía de Narni, Traducciones CJ (2026), 200
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Santa Francisca Romana (1380-1440) es, sin dudas, una de las grandes santas
de uno de los períodos más tumultuosos de la historia de la Iglesia, el llamado
cisma de Occidente. Dios multiplicó ya desde niña las gracias con tal
profusión, que algunas de ellas parecerían apenas creíbles.
Su padre la había prometido en matrimonio desde muy niña, lo que supuso
para nuestra santa un choque muy grande que le hizo derramar numerosas
lágrimas. Ante la consulta a su director espiritual, obtuvo un respuesta que es
una verdadera joya llena de sabiduría celestial.
«Si tus padres persisten en su resolución, acéptala, hija mía, como signo de que Dios espera de ti este sacrificio. Ofrécele en ese caso tu ardiente deseo de la vida religiosa. Él aceptará la voluntad por la obra y obtendrás de inmediato la recompensa de ese deseo y las gracias peculiares unidas al sacramento del matrimonio. Los caminos de Dios no son siempre como los nuestros, Francisca. Cuando Santa María Magdalena envió llamar al Señor Jesucristo para que viniera y sanara a su hermano, sin duda fue una prueba severa para ella que no fuera; que las largas horas del día y de la noche se sucedieran y que tardara en el camino, sin enviar mensaje ni señal de su amor. Pero cuando su hermano resucitó, cuando el sudario cayó de sus miembros y se presentó ante ella lleno de vida y de fuerza, comprendió el misterio y adoró la divina sabiduría de aquel retraso. Dios, en efecto, pide tu corazón, Francisca; pero también reclama tu ser completo como ofrenda; y, por lo tanto, tu voluntad, para que pueda moldearla en plena conformidad con la suya. Porque las obras pueden ser muchas y buenas, hija mía, y la piedad puede ser fervorosa y las virtudes eminentes, y aun así el más pequeño atisbo de amor propio o voluntad propia puede arruinarlo todo. ¿Por qué lloras, Francisca? ¿Porque la voluntad de Dios no se cumple o porque la tuya se ve frustrada? Nada más que el pecado puede estropear la primera y en esta prueba tuya no hay la menor sombra de pecado. En cuanto a tu propia voluntad, inclínala, rómpela, aniquílala, hija mía, y toma valor. Ten sólo un pensamiento: la buena y dulce voluntad de Dios; sométete a su Providencia. Deposita tus deseos como ofrenda en su altar; renuncia a aquel lugar más alto que, con justicia, habías codiciado; toma el inferior que ahora te asigna; y si no puedes ser su esposa, sé su fiel y amorosa sierva».
