La distinción entre la Sede y el ocupante de la Sede Apostólica
Escolio sobre el Cisma de
Occidente
por el Cardenal Juan Bautista Franzelin, S. J.;
CJ Ediciones – pp. 48,
2026
Lamentablemente, no
abundan las traducciones de los grandes clásicos teológicos, escritos, en su
gran mayoría, en latín. Pequeñas y parciales traducciones como éstas, intentan,
aunque sea mínimamente, llenar este vacío[1].
La eximia figura del
Cardenal Franzelin es sinónimo de escritos serios y profundos. Considerado el teólogo
del Concilio Vaticano I, formó parte, en la segunda mitad del siglo XIX, de ese
renacimiento de los estudios filosóficos y teológicos impulsados en gran manera
desde la cátedra romana con la Encíclica Aeterni Patris de León XIII.
Profesor de Teología
dogmática en el Colegio Romano, enseñó allí, entre otras cosas, el tratado de
Ecclesia, de donde están traducidas estas páginas.
La primera parte trata
sobre la Sede y el ocupante de la Sede, cuándo se pueden distinguir y cuándo
no; cuándo es erróneo hacerlo y cuándo no; y cuáles son las consecuencias de
semejantes errores.
El
error básico que combate Franzelin es el de aquellos que aplicaban las promesas
de Cristo, no al Papa que ocupaba la sede, sino a la cátedra ocupada a través
de los siglos; como si el Papa pudiera errar sin que la las promesas de Cristo resultaran
falsas. Deshace el Autor con mucha facilidad los sofismas de los innovadores,
como se los llamaba en esa época, y que pretendían basarse en Papas de los
primeros siglos, para sacar luego importantes conclusiones de carácter
dogmático.
La segunda parte, que
no es más que un escolio de lo anterior, es un análisis dogmático-histórico del
cisma de Occidente y cómo se puede resolver a la luz de la recientes
definiciones dogmáticas del Concilio.
Defiende
de manera muy convincente, y para ello no teme contradecir a grandes lumbreras
como San Roberto Belarmino y Suárez, no sólo que la línea verdadera fue la de
Urbano VI (cosa que ya nadie negaba en su época), sino la manera en que
se resolvió el cisma, sin negar ninguno de los principios definidos en el
Concilio, viendo allí, por supuesto, la mano de la divina Providencia que
siempre guía de manera suave e infalible la barca de Pedro.
Esperemos que este tipo de publicaciones sigan viendo la luz y que algún día podamos tener traducidos de manera completa esta clase de libros.
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