martes, 12 de octubre de 2021

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton (II de V)

  2. En la época en que se escribió el Sacrorum antistitum, la integridad de la fe católica estaba siendo seriamente amenazada. Dentro de la propia Iglesia católica se estaba haciendo un esfuerzo preciso y formidable para persuadir a los miembros de la verdadera Iglesia que rechazaran como anticuadas y desfasadas ciertas enseñanzas, que en realidad eran presentadas por el magisterio de la Iglesia como pertenecientes al depósito de la revelación pública divina. Este esfuerzo fue realizado por los Modernistas, la mayoría de los cuales eran miembros de la Iglesia Católica. Las enseñanzas que estos hombres habían intentado imponer a la Iglesia habían sido condenadas específica y autorizadamente por la Santa Sede tres años antes de que se publicara el Sacrorum antistitum. 

Por lo tanto, es inmensamente importante darse cuenta de que las enseñanzas contra las que se dirigía el Sacrorum antistitum estaban siendo presentadas por un grupo de hombres obstinados cuyas herejías habían sido señaladas, denunciadas y condenadas tres años antes de que se escribiera este Motu proprio. Esto, por cierto, está muy en desacuerdo con las afirmaciones anti-históricas de algunos simpatizantes contemporáneos del Modernismo y de los modernistas. Esta clase de escritores habían tratado de engañar a sus compañeros católicos haciéndoles creer que, al aparecer el Lamentabili sane exitu y la Pascendi dominici gregis, la mayoría de los hombres que habían estado enseñando y defendiendo las doctrinas condenadas en estos dos documentos se sometieron rápida y humildemente a la autoridad docente de la Santa Sede. El texto del Sacrorum antistitum, así como el texto del Ad beatissimi, la encíclica inaugural del Papa Benedicto XV, muestran que no se produjo tal reacción[1]. El grupo bien definido que había estado proponiendo y favoreciendo las proposiciones condenadas en el Lamentabili y en el Pascendi continuó trabajando insolentemente para que se aceptaran sus errores dentro de la Iglesia incluso después de que San Pío X los hubiera denunciado y condenado. 

3. En el Sacrorum antistitum San Pío X habla muy claramente de la existencia de una alianza secreta o foedus clandestinum entre los modernistas de su tiempo. Por una u otra razón, esta verdad, observada y expuesta por San Pío X, y claramente evidente para cualquier persona que se tome la molestia de estudiar la historia del movimiento modernista, ha sido siempre singularmente desagradable para los simpatizantes del Modernismo y de los modernistas. Parece que ha sido precisamente para causar confusión en este punto particular que los hombres que han sido parciales con los modernistas han llegado a tales extremos para engañar a la gente imaginando que la oposición a Loisy, Von Hugel, y otros semejantes dentro de la Iglesia Católica era fundamentalmente obra de una alianza secreta de católicos siniestros y reaccionarios. Ciertamente, la propaganda ridícula y mendaz dirigida contra la Sodalitium Pianum y contra Monseñor Umberto Benigni, incluso en el curso de los últimos años, puede explicarse mejor como un intento de encubrir el hecho de que había un foedus clandestinum conectado con el movimiento modernista e inherente a él. 

4. La introducción al Sacrorum antistitum tiene en cuenta el hecho de que la mayoría de los partidarios verdaderamente peligrosos del movimiento modernista, los hombres contra los que el Sacrorum antistitum y sus mandatos estaban especialmente dirigidos, eran sacerdotes activos dentro de la propia Iglesia Católica. San Pío X se dio cuenta de que tales sacerdotes estaban pervirtiendo su propio ministerio. Eran culpables de utilizar su poder sacerdotal y su posición sacerdotal para contrarrestar, en lugar de promover, la obra de Jesucristo Nuestro Señor. 

jueves, 7 de octubre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, Heraldos de Dios (I de III)

5. Heraldos de Dios

 MELQUISEDEC - ISAAC - JOSÉ 

Cuán preciosas fueron para nuestros hombres de la Edad Media las enseñanzas que extraían de la “Biblia de piedra”, las esculturas de las catedrales. 

Los cristianos de entonces tenían el alma completamente llena de Cristo. Lo buscaban por todas partes, lo veían en todos lados, tanto en los vitrales pintados como en la piedra esculpida, en el orden arquitectónico como en su exuberante decoración, en las ilustraciones de los manuscritos como en los tapices de alta costura. 

Todos los patriarcas, todos los héroes, todos los profetas, pasan a ser las letras de un alfabeto misterioso con las cuales Dios escribe en la historia el nombre de Jesucristo[1]. 

La disposición de una fachada medieval es un ensamble sorprendente. Alfabeto con sílabas que deletreamos con emoción y que nos clama las magnificencias de Cristo. 

La catedral de Chartres, la más extraordinaria de las biblias petrificadas, presenta entre sus estatuas la de los primeros heraldos de Cristo: Melquisedec, Isaac y José. 

Escogemos, de la época patriarcal, en tiempos de la gran separación del pueblo de Dios, a estas figuras como las más características. Cada una ha escrito, con su vida, una página del Libro; cada una de ellas es como un rollo vivo; cada una de ellas fue una presencia, antes de tiempo, del Verbo de Dios; cada una de ellas cargó sobre sí, durante su existencia terrestre, los estigmas místicos que el mismo Cristo portará, doloroso, en su Primera Venida, y glorioso en la Segunda. 

Primero en la línea de figuras de Cristo, el Melquisedec de Chartres presenta, con dignidad, un cáliz, una patena –el pan y el vino– y un incensario. 

En la catedral de Reims, en el interior del pórtico central, vestido como un sacerdote en el altar, Melquisedec ofrece una hostia a un caballero en cota de malla que no es otro que Abraham. 

Adorable ingenuidad la de esos hombres de antaño que habían viajado poco, que ignoraban el verdadero color local del Oriente antiguo. 

lunes, 4 de octubre de 2021

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton (I de V)

Sacrorum Antistitum y el trasfondo del Juramento contra el Modernismo, por J. C. Fenton 

Nota del Blog: El siguiente texto de Mons. Joseph Fenton está traducido de The American Ecclesiastical Review 143, pág. 239-260, octubre de 1960. Texto original AQUI. 

 

*** 

El 1 de septiembre de este año se cumplió el quincuagésimo aniversario del último, y en cierto modo el más importante, de los tres principales pronunciamientos antimodernistas emitidos por la Santa Sede durante el brillante reinado de San Pío X. Este documento fue el Motu proprio Sacrorum antistitum. Los otros dos documentos fundamentales antimodernistas son, por supuesto, el decreto del Santo Oficio Lamentabili sane exitu, fechado el 3 de julio de 1907, y la encíclica Pascendi dominici gregis, publicada el 8 de septiembre de ese mismo año.

 El Sacrorum antistitum es muy conocido porque contiene el texto del famoso Juramento Antimodernista y las reglas que prescriben cuándo y quién debe prestar este Juramento. Por la enorme importancia intrínseca del Juramento en sí mismo y por su función en la vida doctrinal de la Iglesia católica, el documento papal que contiene este Juramento merece definitivamente un estudio serio por parte de la actual generación de teólogos. El Sacrorum antistitum pone de manifiesto los objetivos básicos que el santo Papa Pío X esperaba alcanzar con el Juramento. Estos objetivos, que son también los fines que San Pío X se esforzó por alcanzar mediante la redacción del Motu proprio, se expresan muy claramente en la introducción y en la conclusión de este documento. 

Dado que el texto completo del Sacrorum antistitum no es muy accesible actualmente, será útil ver una traducción de sus partes más importantes, incluyendo la introducción y la conclusión. A continuación, se presenta una traducción de la introducción de este Motu proprio. 

La introducción 

Nos parece que a ningún Obispo se le oculta que esa clase de hombres, los modernistas, cuya personalidad fue descrita en la encíclica Pascendi dominici gregis, no han dejado de maquinar para perturbar la paz de la Iglesia. Tampoco han cesado de atraerse adeptos, formando un grupo clandestino; sirviéndose de ello inyectan en las venas de la sociedad cristiana el virus de su doctrina, a base de editar libros y publicar artículos anónimos o con nombres supuestos. Al releer Nuestra carta citada y considerarla atentamente, se ve con claridad que esta deliberada astucia es obra de esos hombres que en ella describíamos, enemigos tanto más temibles cuanto que están más cercanos; abusan de su ministerio para ofrecer su alimento envenenado y sorprender a los incautos, dando una falsa doctrina en la que se encierra el compendio de todos los errores. 

Ante esta peste que se extiende por esa parcela del campo del Señor, donde deberían esperarse los frutos que más alegría tendrían que darnos, corresponde a todos los Obispos trabajar en la defensa de la fe y vigilar con suma diligencia para que la integridad del divino depósito no sufra detrimento; y a Nos corresponde en el mayor grado cumplir con el mandato de nuestro Salvador Jesucristo, que le dijo a Pedro -cuyo principado ostentamos, aunque indignos de ello-: Confirma a tus hermanos. Por este motivo, es decir, para infundir nuevas fuerzas a las almas buenas, en esta batalla que estamos manteniendo, Nos ha parecido oportuno recordar literalmente las palabras y las prescripciones de Nuestro referido documento”[1]. 

viernes, 1 de octubre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, La Separación (II de II)

   Como la vida patriarcal debía tener su desarrollo durante el Reino mesiánico, Jesús, en su Primera Venida, confirmó, por medio de su actitud, la práctica de esta existencia. 

Recordemos que Israel debía ser un pueblo de pastores, un pueblo separado, ni guerrero ni mezclado con las naciones; por lo tanto, un pueblo de “sacerdotes”, de intercesores, de intermediarios entre Dios y las naciones y, por último, predicadores de la buena nueva. 

Estos aspectos de la misión de Israel fueron vividos de manera impresionante por Jesús mismo; ¿no fue Él en primer lugar ambulante, luego separado y predicador del Evangelio? 

Jesús nació durante un viaje, a imagen de los desplazamientos de los Patriarcas, en medio de pastores, de rebaños, en una gruta, participando desde los primeros instantes de su vida en esa existencia que el pueblo de Dios rechazó después de su entrada en Canaán. 

Jesús fue deportado a Egipto por el furor de Herodes, haciendo traer a la memoria el largo exilio de los hebreos. Vuelve a Nazaret y comienza a llevar una vida escondida –su vida de “separado”– hasta la edad de 30 años. 

Finalmente, hizo un retiro de cuarenta días en la montaña, siempre para conformarse al espíritu de “separación” que Dios pedía a Israel, antes de hacer de él una nación de sacerdotes. 

Es solamente después de haber cumplido sobre todos esos puntos los anuncios del “rollo del Libro” que comienza el ministerio de la predicación. Incluso durante este período, en el cual Jesús está muy cerca de la multitud, mezclado con los judíos y los Samaritanos, se retira a la soledad para rezar solo y declara que conserva el gran espíritu de la vida pastoril simple y pura: 

“Las raposas tienen guaridas, y las aves del cielo, nidos; más el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc. IX, 58). 

martes, 28 de septiembre de 2021

Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach (II de II)

 Nota 1[1] 

La práctica de rezar de esta manera ha existido desde tiempos inmemoriales en la sinagoga. Las tradiciones más antiguas y las oraciones actuales de la sinagoga, proporcionan una amplia prueba de ello. Las hemos relatado y desarrollado ampliamente en nuestra Disertación sobre la invocación de los santos en la sinagoga. Nos limitamos aquí a citar algunos pasajes de la Paráfrasis Caldea de Jonathan-ben-Huziel, que es anterior a Jesucristo. 

El cap. IX del Levítico da cuenta de la instalación de Aarón y sus hijos como sacerdotes. Se ve claramente que los sacrificios sólo pretendían recordar el de Isaac, es decir, representar la víctima divina del Calvario de la que Isaac era el tipo[2]. 

v. 2: Moisés dijo a Aarón: Tomarás un carnero para el holocausto, para que se te aplique el mérito de Isaac, a quien su padre ató como carnero en el monte del culto. 

v. 3: Di a los hijos de Israel: Presentad un cordero, para que se os aplique el mérito de Isaac, a quien su padre ató como cordero. 

Miq. VII, 20: Acuérdate (oh Dios) en nuestro favor, de cómo Isaac fue atado en el altar para serte ofrecido en sacrificio. 

Cant. I, 13: Entonces Moisés volvió y oró ante el Señor (por los hijos de Israel); y el Señor se acordó en su favor de Isaac, a quien su padre había atado en el altar erigido en el monte Moria. 

La sinagoga tiene un prodigioso número de oraciones cuyo objeto es pedir la aplicación de los méritos de Isaac. Los judíos no entienden que Isaac no es otra cosa en estas oraciones que el mediador por el que sólo se llega a Dios: 

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí” (Jn. XIV, 6). 

De esta manera, los bromistas entre ellos dicen que, si la desgracia hubiera querido que Isaac recibiera el menor rasguño en el monte Moria, necesitarían carros para llevar los libros de oraciones a la sinagoga. A los cristianos, mejor educados, no les resulta en absoluto tedioso repetir continuamente per Dominum nostrum Jesum Christum. Un hijo de la Iglesia no se cansa de repetir el dulce nombre de Jesús, ante el que se dobla toda rodilla, desde lo más alto del cielo hasta las profundidades de la tierra (Fil. II, 10). 

(…)

sábado, 25 de septiembre de 2021

He aquí que vengo, por Magdalena Chasles, Primera Parte, La Separación (I de II)

    4. La Separación 

Satanás tuvo conocimiento del fracaso sangrante que sufrió. Millares de cadáveres son el trofeo de su victoria. Es cierto, pero ¿qué son estos hombres pervertidos comparados con Noé, que guardó, por su fidelidad, el efecto de la promesa divina, que recibió una nueva alianza para la humanidad, la certeza de que la tierra nunca más será sumergida por el diluvio, y oyó la renovación del llamado a multiplicar y henchir la tierra? 

Sin embargo, entre los hijos de Noé, el Enemigo espera retomar algunas ventajas y encontrar un tronco para una descendencia para él, pues la suya se hundió en las aguas. No hay más descendencia entre los hombres[1]. Entonces va a rondar, observar, acechar astutamente. 

Noé plantó una viña; ignora los efectos, y he aquí que se emborracha. Cam lo encuentra desnudo en medio de la tienda: ha llegado el momento para que la Serpiente haga lo suyo. Sugiere a Cam la burla, y mientras sus hermanos, en un gesto púdico de una pureza que contrasta con las costumbres antiguas, cubren a su padre caminando hacia atrás, Cam se ríe mucho.

Noé, al despertarse, se enteró de lo sucedido y maldijo a Cam en su hijo Canaán: 

“¡Maldito sea Canaán; esclavo de esclavos será para sus hermanos!”, pero al mismo tiempo pide una bendición especial para Sem: “Bendito sea Yahvé, el Dios de Sem”. 

Noé pide a Dios extender las posesiones de Jafet, que habitará en las tiendas de Sem, pero Canaán será su esclavo (Gén. IX, 24-27). 

Una vez más las dos descendencias están enfrentadas: de los Semitas saldrá el hijo bendito de la mujer, y los Camitas encarnarán más particularmente el espíritu de la Serpiente antigua. 

Dios había declarado a Noé que sus descendientes debían poblar la tierra, pero en lugar de conservar la vida itinerante, la de los pastores de rebaños, buscaron, bajo inspiración satánica, siempre opuestos a la voluntad divina, agruparse, construir una ciudad (para aferrarse al suelo) con una “torre”, a fin de perpetuar el culto idolátrico. Finalmente, quieren “hacerse un nombre” para ser fuertes y no ser dispersados sobre la tierra por la primera invasión de otros pueblos. 

Hasta entonces había una única lengua; las mismas palabras servían para el intercambio de pensamientos entre los hombres. Pero, evidentemente, esas naciones, siempre dispuestas a revelarse contra Dios, debían ser separadas radicalmente por el lenguaje. La confusión de lenguas fue el primer medio que Dios empleó para preparar la separación de su pueblo y protegerlo de la descendencia de la Serpiente[2]. 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach (I de II)

 Similitudes entre la Sinagoga y la Iglesia, por P. Drach 

Nota del Blog: El siguiente texto está traducido de “De l`Harmonie entre l'Église et la Synagogue”, (1844) tomo 1, pag. 13-20. 

 

*** 

El israelita converso encuentra en la Iglesia, con inexpresable encanto, las ceremonias y costumbres de la sinagoga, liberadas de las prácticas supersticiosas introducidas por el fariseísmo. Los pasajes de las Escrituras divinas que oye recitar en todos los servicios le recuerdan constantemente la memoria de sus antepasados hasta la más remota antigüedad. Estas palabras del sublime cántico de la Virgen Santísima, gloria de la casa de David, resuenan hasta el fondo de su corazón: 

“Acogió a Israel su siervo, recordando la misericordia, conforme lo dijera a nuestros padres a favor de Abraham y su posteridad para siempre” (Lc. I, 54-55). 

La Iglesia, al igual que la sinagoga, recita oraciones por la mañana y por la tarde, junto con el símbolo de la fe. Ambos observan la costumbre de pronunciar una bendición antes de la comida y dar las gracias después de la misma. En la última cena, Jesucristo Nuestro Señor pronunció la bendición habitual sobre el pan, lo partió y lo distribuyó a los comensales, pero esto fue después de la consagración del pan de vida, el pan bajado del cielo, infinitamente superior al maná que no evitaba la muerte, mientras que éste comunica la vida eterna (Jn. VI, 49-50). Luego, bendijo el cáliz de vino e hizo que todos sus discípulos alrededor de la mesa de Pascua probaran la preciosa bebida de la sangre de la nueva alianza (Mt. XXVI, 28). Lo mismo hizo en el repetido milagro de la multiplicación de los panes (Mt. XIV, 19). Sabéis que estas prácticas relativas a la bendición y distribución del pan y el vino se siguen observando en la sinagoga. La Iglesia y la sinagoga también solemnizan la fiesta de la Pascua, en memoria de la liberación corporal y figurada del uno, la espiritual y real del otro. Cincuenta días después de esta fiesta se instituye Pentecostés en ambos, para recordar la promulgación de la ley de Dios en ese día a los judíos en el Monte Sinaí y la efusión del Espíritu Santo, autor de esa ley, sobre los discípulos de Nuestro Señor Jesucristo, reunidos en oración en el cenáculo de Jerusalén. El sacerdote católico, al igual que el sacerdote judío, lleva vestimentas especiales en el oficio, según el grado de su consagración. Ambos deben lavarse las manos antes de comenzar el sacrificio (Deut. XXX, 18-20); es una obligación estricta para ambos tanto estudiar la ley de Dios (Deut. XVII, 8.11; Jer. XVIII, 18; Mal. II, 7) como enseñarla al pueblo; ambos tienen derecho a dar la bendición al pueblo en los oficios del culto (Num. VI, 22-24).