DE
GRECIA A CRISTO
“Nadie
es malo, mientras no se demuestre".
Derecho
Romano (Orden natural).
“Nadie
es bueno, sino sólo Dios”.
Jesús
(Orden sobrenatural).
“Gnothi sauton”
(conócete a ti mismo); Aforismo griego y pagano, de muchos admirado. No es
esto lo que enseña la Escritura de la divina Revelación. Poco me importa,
dice S. Pablo, ser juzgado por vosotros o por cualquier juicio
humano. Ni yo mismo me juzgo. . . El Señor es quien me juzga (I Cor. IV,
3-4). “De tu rostro (oh Señor) salga mi sentencia”, dice David
(Salmo XVI, 2), anhelando poder entregar por entero la suerte de su
causa a Aquel que es la fidelidad, la luz y la sabiduría, la omnipotencia y sobre
todo la bondad y la misericordia que perdona.
Para nosotros hay más aún que para David: la
Redención, que justifica por los méritos de Cristo. Aún hallándome yo deudor
insolvente, el divino Padre me perdona y para eso sé que mi seguridad es
absoluta; pues Jesús “es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y
no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (I
Juan II, 2).
"Conózcate yo, Señor, y conózcame yo a mí mismo”,
dice San Agustín; pero este conocimiento propio, presentado así en
parangón con el conocimiento de Dios, no tiene nada de esa "ciencia del
bien y del mal", cuya ambición fué lo que corrompió a Adán. Esta oración,
pues, del gran Doctor de la gracia, equivale a decir: sepa yo, Señor, vivir
este gran dogma de que Tú lo eres todo y yo soy la nada.
Es que Jesús no dice, como el oráculo griego:
"conócete a ti mismo", sino: "niégate a ti mismo".
La explicación es muy clara. El pagano ignoraba el dogma de la caída original.
Entonces decía lógicamente: analízate a ver qué hay en ti de bueno y qué hay de
malo. Jesús nos enseña simplemente a descalificarnos a priori, por lo cual ese
juicio previo del autoanálisis resulta harto inútil, dada la amplitud inmensa
que tuvo y que conserva nuestra caída original. Ella nos corrompió y depravó
nuestros instintos de tal manera, que San Pablo nos pudo decir con el Salmista:
"Todo hombre es mentiroso" (Rom. III, 4; Salmo CXV, 2). Por lo
cual el Profeta Jeremías nos previene: "Perverso es el corazón de
todos, e impenetrable: ¿Quién podrá conocerlo?" (Jer. XVII, 9). Ese
mismo profeta dice también: “Maldito el hombre que confía en el hombre" (Ibid.
5), y de Jesús sabemos que no se fiaba de los hombres, "porque los conocía
a todos" (Juan II, 24).
