sábado, 4 de septiembre de 2021

La oración y el esfuerzo, por el P. Thibaut S. J. (I de III)

La oración y el esfuerzo, por el P. Thibaut S. J.

Nota del Blog: Este artículo del P. Thibaut está tomado de la Nouvelle Revue Théologique 74 (1952), pp. 1078-1083. 

 

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No existe oración sincera ni esfuerzo serio sin un deseo anterior. El esfuerzo supone además la confianza en sí o en la naturaleza, y la oración la confianza en Dios o en otra fuera sobrenatural. La oración y el esfuerzo no están sino medio relacionados y no crecen necesariamente juntos. Podría pasar que los que rezan y los que obran sean dos clases de hombres, como los creyentes y los incrédulos, pero no debe suceder así. La oración no dispensa del esfuerzo, ni éste de aquélla. 

I. La oración no dispensa del esfuerzo 

El esfuerzo es bueno mientras el hombre está inconcluso. Al esforzarse por ser más, la creatura se hace un poco a sí misma con el auxilio divino. Es debido a una mayor bondad que Dios no nos ha creado completos. Quiere que le seamos semejantes lo más posible en el acto creador y que gustemos eternamente la alegría de habernos hecho en parte tal como somos. Después de esto está claro que la oración o el recurso a Dios no podría tener como finalidad hacer superfluo al esfuerzo. 

Es cierto que la oración digna de ese nombre, la oración eficaz, incluye un esfuerzo personal. También que la mayor parte de los mismos creyentes ruegan raramente como se debe. ¿Por qué ese esfuerzo no dispensa de todos los demás? A menudo se piensa que así sucede. “Sin ella, dicen los perezosos, ¿qué ventaja tiene rezar?”. En vez de buscar metódicamente el objeto perdido, invocan a San Antonio; en lugar de recurrir al médico o de sufrir una operación benigna, hacen novena tras novena. No les viene la idea de unir los medios naturales a los sobrenaturales. 

En ciertos casos, sin dudas, la sugestión es un remedio razonable y uno tiene el derecho de pedir a Dios que opere la curación por ese medio y no por los medicamentos o los psiquiatras. San Gregorio de Tours confiesa ingenuamente que San Martín era su médico. Entonces no era tentar a Dios sino preferir la oración a la intervención de los médicos. De la misma manera, la policía estaba tan mal hecha que el clero en general no prohibía las ordalías. Hoy en día ya no soportamos la idea de un duelo judicial, nos hemos olvidado de la lista de los santos curadores y, si el pan de San Huberto sigue figurando el 3 de noviembre en nuestro desayuno, nada nos impedirá recurrir, llegado el caso, a la vacuna antirrábica. 

Al prometer escuchar toda oración confiada, Nuestro Señor ciertamente no recomendó la inercia o el menor esfuerzo. Un cumplimiento que favorezca la pereza no viene de Dios. Existen peticiones que en realidad son rechazos a colaborar. Dios nos quita la ilusión y no las oye. Es como si nos dijera: “¿Por qué pedirme que lo haga solo cuando podemos hacerlo juntos?”. 

Dios obra solo cuando no puede obrar de otro modo. Él solo crea las almas humanas, pero no crea ningún cuerpo humano sin el concurso de un hombre y una mujer. Para el primer hombre fue necesario que Dios tuviera una mayor intervención y para “el segundo primer hombre” [Jesús] convenía también que la intervención divina se hiciera milagrosamente. En el milagro, Dios obra solo para afirmar su presencia. Pero no multiplica los milagros, a menos que sean invisibles, como la transubstanciación. Benefactor discreto, el Todopoderoso se sirve de buen grado de los intermediarios. Da así la posibilidad de hacer el bien y de imitar aquello que hay de más divino. 

Al exigir nuestra colaboración, Dios nos hace un favor. Menos discreto, sería también menos generoso. Si obrara solo, todo sería hecho materialmente mejor, pero a esas obras “perfectas” les faltaría irremediablemente un aspecto de semejanza con su Autor. Incluso la imperfección de las creaturas es la señal de su originalidad. Y es por eso que el Creador pudo, sin adularse, juzgar que su obra era excelente. Es que no fue exclusivamente suya y es a las creaturas autónomas a quien alaba al felicitarse a sí mismo. 

Este modo discreto de creación tenía naturalmente un cierto riesgo. Los tanteos de la evolución son su prueba, como la caída original de la humanidad. Pero Dios saca bien del mal y la redención lo glorifica aún más que la creación primitiva. Pero incluso la redención se hará discretamente. La oración del Salvador no nos dispensará ni de orar ni de trabajar. No hay que entender mal la eficacia ex opere operato de los siete sacramentos exagerando el automatismo. En primer lugar, no son administrados a todo hombre que viene a este mundo; además, se requiere la libre cooperación cuando es posible. A aquel que no tiene la atrición y el firme propósito, la absolución no le da el perdón; la confirmación no previene necesariamente la apostasía; la comunión frecuente no parece producir más frutos que la comunión poco usual pero bien preparada y seguida de una ferviente acción de gracias; el sacerdocio no dispensa de estudios teológicos y la ciencia sagrada no es un “octavo sacramento”, como dice San Francisco de Sales (que se refería a otra cosa); el matrimonio no hace imposible ni el divorcio ni la esterilidad culpable; por último, la extremaunción no hace invariablemente que los moribundos exulten de alegría en una espera asegurada de la bienaventuranza. 

Al igual que los sacramentos, los sacramentales tampoco tienen por finalidad reducir el esfuerzo personal: 

“Medallas, escapularios, novenas, votos… auxilios excelentes si los empleamos para incitarnos a un incremento de celo, de vigilancia, de fervor en nuestras oraciones; pero si las adoptamos para substituilas al trabajo, a los medios eternamente necesarios e indispensables, entonces no son auxilios sino supersticiones muy perniciosas”[1]. 

Las últimas palabras son tal vez un poco demasiado severas, pero creemos que en el fondo, los católicos estarán de acuerdo con el protestante converso y hélas, el futuro modernista. 

Si bien todos los dones sobrenaturales están por encima de nuestras fuerzas, sin embargo, no dejan de reclamar de nuestra parte una disposición que exige muchos esfuerzos y, para conservarlos, será precisa una vigilancia constante. 

¿Qué es más eficaz que el recurso al auxilio divino en la tentación? Sin embargo, el cumplimiento no pondrá fin a la lucha; más bien la prolongará fortaleciendo la resistencia al mal. De la misma manera, el que sufre y pide paciencia se ilusiona si supone un relajamiento del esfuerzo sostenido hasta ese momento. El esfuerzo no disminuirá, sino que, al ser mejor dirigido, aportará la paz o la aceptación más sincera del sufrimiento tal vez acrecentado 

San Alfonso escribió un libro para exaltar “el gran medio de la oración”, y llega a exclamar: “¿Qué es preciso para salvarse? Es suficiente con decir: “¡Dios mío, ayúdame!, ¡Señor, asísteme, ten piedad de mí! ¿Hay algo más fácil?”. Sin embargo, reconoce que “¡La mayor parte de los hombres descuida este medio tan fácil y que son muy pocos los que alcanzan la salvación”! Lo que sucede es que incluso la demanda de la salvación, con tal que sea sincera, no es para nada cómoda. El que ora sinceramente debe estar dispuesto a aceptar no sólo el fin bienaventurado, sino los medios necesarios para llegar a él. 

Toda oración tiene por finalidad a Dios. Pero el Bien Soberano no entra en el alma sin expulsar lo que le es contrario. Todo don divino exige, por lo tanto, una renuncia, es decir un esfuerzo, a veces heroico. En todo caso, la oración sincera no existe sin el deseo real. Muy a menudo lo que falta es ese deseo primordial y lo que hay que pedir, antes que nada. Maurice d´Hulst, meditando sobre la gran necesidad que tenía Francia de sacerdotes santos, se sintió vivamente llevado a rezar por la multiplicación de estos obreros de la salvación. ¡De repente, le vino el pensamiento que bien podía él mismo aumentar su número en una unidad! Pero el deseo tarda en seguir al pensamiento. El sacerdote, distinguido sin dudas pero que todavía no ha muerto a sí mismo, duda en desear ser santo. Más tarde, se animará a pedir sinceramente ese don tan pesado como glorioso. Sabemos, por la historia de su vida, a qué precio fue escuchado “el primer sacerdote de Francia”. 

Para animarse es preciso tener confianza en Dios. Ninguna razón limita más la generosidad divina que nuestra falta de fe. El límite definitivo al don de Dios viene siempre de nosotros y es bueno que no venga de Dios. Dios impondría sus beneficios si no le repugnara limitarlos al hacerlos independientes de nuestra aceptación. Después del deseo, lo que hay que pedir es el coraje de aceptar, ya bosquejado en el deseo. Los valientes no tienen dificultad en rezar como se debe y los cobardes, a fin de rezar bien, deben pedir la valentía.


 

[1] Tyrrell, La religion extérieure, París, 1902, p. 126.