P. Federico G. Faber
y los procesos de la Sagrada Congregación
de Ritos
(Reseña)
El P. Faber, “uno de los más grandes autores ascéticos” (Billot dixit) lo es también, sin dudas, incluso cuando escribe sobre asuntos de carácter más teológico, como es el caso que reseñamos.
Este ensayo, que sirvió como punto de partida a una colección de Vidas de
Santos de la editorial, fue escrito en 1848 con ocasión de una consulta.
Este trabajo está dividido en tres grandes secciones:
«Estas dos cosas: el trato constante con lo sobrenatural y la multitud
de acciones que parecen repugnar a la prudencia humana y a las convenciones
sociales, son precisamente las características distintivas de los
siervos de Dios, señalados para los honores del culto eclesiástico.
Apelamos con confianza a quienes tengan algún conocimiento de la voluminosa
literatura de la hagiología moderna, si estas dos clases no contienen en sí
mismas casi toda diferencia perceptible entre los católicos ordinariamente piadosos
y aquellos a quienes la Iglesia pone sobre los altares para la veneración de
los fieles. Teológicamente hablando, la differentia lógica de un santo
es la heroicidad de sus virtudes, pero cuando examinamos qué es la
heroicidad y en qué consiste, encontramos que sus manifestaciones especiales
están en estas acciones extraordinarias, y sus sellos especiales, en los
milagros obrados por los santos o por medio de sus reliquias…
No es, por lo tanto, una exageración (aunque lo pueda parecer) decir que, para obtener la especie «Santo» a partir del género «buen católico», la differentia debe consistir en la combinación de las dos cosas aquí mencionadas. Añadid estas cosas a un «buen católico», y se convierte en la semejanza de uno de aquellos que la Iglesia propone para nuestro culto; quitad estas cosas y desciende de nuevo al nivel de un católico ordinariamente piadoso; porque la heroicidad de sus virtudes se encuentra, repetimos, o bien en el sello que Dios ha puesto a la práctica de ellas, y esto es por el don de los milagros, o bien en esas acciones aparentemente extrañas, que entonces deben considerarse como frutos de un instinto especial del Espíritu Santo. Aplicad esta regla, por ejemplo, a las Vidas de muchos de aquellos nobles eclesiásticos franceses que fueron contemporáneos de San Vicente de Paúl y fundadores de aquellas numerosas Congregaciones misioneras que tan maravillosamente reavivaron el antiguo espíritu ambrosiano del clero. Algunos de ellos, por muy santos que fueran, tienen un aspecto muy distinto de aquellos a quienes la Iglesia inscribe en el catálogo de los santos, mientras que otros, como el Sr. Olier, fundador de San Sulpicio, parecen necesitar sólo las solemnidades judiciales para ser contados en la fraternidad de los canonizados. Cualquiera que esté versado en las biografías de los Santos admitirá enseguida estas verdades; saben casi de antemano el tipo de acciones que realizarán; su mente está constantemente sugiriendo paralelos tomados de las Vidas de otros santos; la perfecta semejanza y coherencia del conjunto les resulta familiar, de modo que saben «el tipo de cosa», por usar un enérgico vulgarismo, que deben buscar cuando abren el libro. En una palabra, para repetir lo dicho antes, lo maravilloso y lo excéntrico, como los llamaría la necia sabiduría del mundo, forman la differentia lógica por la cual adquirimos la especie «Santo»; y esto, independientemente de las conclusiones que de ello puedan sacarse, es extremadamente llamativo y merece una consideración seria y prolongada».
Y a continuación, traza uno de los signos más estupendos en todo canonizado: la persecución por parte de los buenos.
«Pero hay también otro punto que no debe olvidarse y que parece hacer más completa e impresionante la separación del carácter Santo. Porque si la differentia de los Santos ha de encontrarse en la combinación de lo maravilloso y lo excéntrico, el sufrimiento, y de entre todos los sufrimientos especialmente la persecución y oposición de los hombres buenos, parece ser un accidente inseparable de la santidad, tan pronto como y en la medida en que es heroica. «Era necesario que Cristo padeciese y así entrase en su gloria», y esto es, en su medida, aplicable a sus santos. De ahí que una investigación sobre este mismo punto forme parte del trabajo de la Congregación de Ritos. No sólo se investigan las enfermedades del siervo de Dios y las aflicciones ordinarias de su vida y el modo en que las soportó, sino también el alejamiento de sus amigos, el ridículo del mundo y la oposición incluso de hombres buenos; se examinan con especial cuidado, y eso mientras se considera el dubium acerca de sus virtudes, como si estas aflicciones y obstáculos fueran, por así decirlo, autenticaciones que la Providencia suele dar a la virtud heroica, y de naturaleza aún más convincente que los milagros, ya que la investigación de estos no puede iniciarse hasta que el dubium sobre las virtudes haya sido resuelto y puesto en claro. Sin embargo, es evidente que estas cosas aumentan mucho la probabilidad de que el carácter del Santo sea mal comprendido o cause escándalo a primera vista; dan a su vida un aspecto de extrañeza; naturalmente nos hacen sospechar singularidad, voluntad propia o, al menos, falta de discreción por no conservar el favor de las personas virtuosas y de las autoridades...».
Describe el P. Faber el minucioso proceso que la Sagrada Congregación de Ritos lleva a cabo y cómo está garantizada con el mayor de los resguardos. Junto con estudio severísimo sobre las virtudes heroicas, los escritos y los milagros, las causas pueden paralizarse por el menor de los inconvenientes (no haber sido tentado en la hora de la muerte (¡!), como Santa Francisca Romana, o el haber sido abandonado por todos, como Santa Teresa, y muchas cosas por el estilo). Como ejemplo, veamos lo que tienen en cuenta a la hora de canonizar a un Papa:
“Si el siervo de Dios, cuya causa se examina, ha sido
Sumo Pontífice, entonces, independientemente del examen que su vida sufre como
obispo y como príncipe secular, se presta particular atención a puntos como los
siguientes: si ha dedicado demasiado tiempo a la política y a cuidados
seculares, si ha practicado la meditación, procurado avanzar en humildad,
conferido dignidades, especialmente el cardenalato, a personas dignas y
«reacias», si ha sido enérgico en promover las misiones extranjeras, en velar
celosamente por la disciplina eclesiástica y defender los derechos de la Santa
Sede, y si en su corte y comportamiento personal ha habido más del emperador
que del Papa”.
Todas estas cosas (y muchas más que se leen con mucho deleite) han llevado a muchos no católicos a reconocer la seriedad y seguridad (humanamente hablando) con que se emiten las sentencias de canonización.
2)
En la segunda parte, luego de una serie de principios que la editorial
iba a tener en cuenta a la hora de publicar las vidas de los Santos, da otra serie
de criterios para discernir si lo que se lee en las vidas de los siervos de
Dios es seguro y prudente; criterios que nos contentamos con enumerar: Analogía
con la fe, analogía con la opinión recibida de los doctores y de los fieles, desemejanza
con la herejía o el fanatismo, armonía con lo que está registrado acerca de
otros Santos, confirmaciones,
en las vidas de santos activos y dedicados a la caridad en el mundo, de hechos
extraordinarios presentes en las vidas de santos místicos y claustrales, Consideración
de la época en que vivió el Santo, del carácter de su biógrafo y de la
autoridad del imprimatur unido a la Vida, investigación acerca de hasta
qué punto la Iglesia se ha comprometido en la materia.
Se
plantea siete cuestiones, entre las cuales las que más sobresalen son las
siguientes: ¿Qué se entiende que un siervo de Dios sea llamado Venerable,
qué se entiende por el decreto de que ha practicado la virtud en grado heroico
y qué autoridad se le atribuye? ¿Es el decreto de beatificación un juicio y, si
lo es, qué clase de juicio es y en qué se diferencia de la canonización? ¿Es la
Iglesia infalible en la canonización de los Santos? ¿Es de fide que la
Iglesia sea infalible en el decreto de canonización? ¿Es de fide que el
Santo canonizado sea realmente Santo?
Nos detendremos solamente en la cuestión de la infalibilidad del Papa en el juicio de canonización, negada hoy en día en algunos ámbitos, lamentablemente.
«La canonización es el testimonio público de la Iglesia acerca de la
verdadera santidad y gloria de alguno de los fieles difuntos. Este testimonio
se emite en forma de un juicio que decreta para la persona en cuestión los
honores debidos a quienes gozan de la visión beatífica y reinan con Dios.
Por este decreto es inscrito en el catálogo de los Santos, se le invoca en las
oraciones públicas de la Iglesia, se dedican iglesias a Dios en memoria suya,
se ofrece la Misa, se recitan las horas canónicas y se celebran sus fiestas, y,
finalmente, se permite pintar su imagen con rayos y nimbo, que denotan la
gloria que tiene con Dios, y se rinden honores públicos a sus reliquias…
Nuestra cuestión es: ¿es infalible la Iglesia en la canonización de los
Santos?
Con toda certeza.
1. Por la aceptación, por parte de toda la Iglesia, de
los solemnes decretos de canonización que los Papas han publicado durante
varios siglos.
Si tales decretos, o alguno de ellos, fueran falsos, la Iglesia universal
habría aprobado el error.
2. La opinión contraria subvertiría todo el culto de los Santos, porque, si
se pudiera admitir una vez que la Iglesia ha errado en algún caso
particular, cualquiera podría dudar de la legitimidad del culto de cualquier
Santo, aun de los más distinguidos.
3. La opinión contraria expondría a la Iglesia al
desprecio e injurias de los herejes y de los demonios, lo cual sería contrario
a las promesas de Cristo y deshonroso para Dios.
4. La opinión contraria destruiría la nota de santidad
en la Iglesia, porque admitiría que puede rendir culto a los condenados, enemigos de Dios y
compañeros de los demonios.
5. La Iglesia es infalible en la dotrina común de las
costumbres; la canonización de los Santos pertenece a la doctrina común de las
costumbres y,
por lo tanto, cae bajo la infalibilidad de la Iglesia.
6. La autoridad de Santo Tomás (Quodlib. 9, 16)
está a favor.
En el pasaje citado dice que la canonización de los Santos es algo intermedio
entre las cosas que pertenecen ad fidem y las que pertenecen ad facta
y que la Iglesia es infalible en tal materia, porque el honor que tributamos
a los Santos es una especie de profesión de fe, porque el Papa sólo puede ser
certificado del estado de cualquiera de los fieles difuntos por un instinto del
Espíritu Santo y porque la Divina Providencia preserva a la Iglesia en tales
casos de ser engañada por el testimonio falible de los hombres.
7. Sixto V, en el último consistorio para la
canonización de San Diego de Alcalá, habló durante una hora afirmando la
infalibilidad de los decretos de canonización; pero puede decirse que entonces hablaba como
doctor privado; sin embargo, aun así, su opinión es de gran peso.
8. Además de los tomistas, también los escotistas
defienden la infalibilidad del Papa en los decretos de canonización; de modo que estas dos
escuelas rivales concuerdan en este punto particular; y entre los modernos se
pueden mencionar a Belarmino y a Suárez como defensores de lo mismo.
9. En las canonizaciones realizadas por obispos particulares antes de que
la Santa Sede se las reservara se han descubierto errores; pero ninguno ha sido
descubierto en los muy numerosos decretos desde ese entonces.
10. El siguiente pasaje, muy hermoso, de Benedicto XIV no será considerado sin darle el peso que se merece:
«Nosotros mismos, que durante el espacio de tantos años desempeñamos las funciones de Promotor de la Fe, hemos visto con nuestros propios ojos, por así decirlo, al Espíritu Divino asistiendo al Romano Pontífice al definir las causas de canonización; pues, en algunas de ellas, que habían avanzado tan lejos con un curso muy próspero, de repente surgieron dificultades nunca antes conocidas, las cuales retardaron su hasta entonces feliz carrera; mientras que, en otras, por el contrario, dificultades que parecían insuperables han sido removidas y acalladas con una extraña facilidad por cosas que inesperadamente han salido a la luz, y así las causas han alcanzado su fin deseado».
Por lo tanto, el juicio de la Iglesia en la canonización de los Santos es infalible».
Y
pasa luego a responder algunas objeciones.
