miércoles, 8 de octubre de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. Las operaciones Jerárquicas en la Iglesia Particular. Cap. XI (II Parte)

Su puesto en la Iglesia.

Si el estado religioso no es sino la profesión exterior de la renuncia perfecta, que es la esencia de la santidad cristiana, por sus mismas raíces entra dentro de la nota de santidad de la Iglesia.
Por este estado profesa la Iglesia públicamente la santidad a que quiere elevar a todos sus miembros. En efecto, a esta Esposa inmaculada de Jesucristo le conviene hacer esta profesión ya desde la vida presente en aquellos de sus miembros que son como su parte superior por la excelencia de su virtud o por la dignidad de su vocación; y por esto el episcopado, como el estado religioso, está llamado a un estado de perfección y obliga especialmente a la santidad, es decir, a la perfección de la caridad[1].
El estado religioso, así considerado en las relaciones que tiene con la santidad misma de la Iglesia, no es, por tanto, en ella un mero accesorio y como un vestido de lujo del que puede privarse la Esposa de Jesucristo.
Este estado es la Iglesia misma en su parte más excelente; es la Iglesia, que comienza en sus elementos más nobles lo que se realizará un día plenamente para toda la multitud de sus hijos en la gloria del cielo, donde no tendrán ya «más que un corazón y un alma» en la sola voluntad divina, donde toda la posesión de los bienes perecederos habrá pasado con la figura de este mundo, donde todos no tendrán más que un solo tesoro en las riquezas inagotables de la divinidad. Así el estado religioso, lejos de ser un mero accidente superfluo, es, por el contrario, lo que hay de más sustancial y de más acabado en la sustancia de la Iglesia.
Así pues, atacarlo en la doctrina o con la violencia no es atacar a algunas ramas inútiles para la vida del árbol plantado por Jesucristo; no es, como han osado decir algunos, fortificar el tronco y las ramas principales enviándoles una savia que de lo contrario se extravía, sino que es atacar a la Iglesia misma y atacarla en el corazón; es querer obstruirle las vías públicas y ordinarias de la santidad, que es la más excelente de sus notas esenciales.
El estado religioso así concebido forma hasta tal punto parte de la esencia de la Iglesia, que naturalmente «comenzó con ella, o más bien ella comenzó por él»[2].
Tal es la enseñanza común de los doctores y de los Papas
Los apóstoles fueron los primeros religiosos[3], los primeros fieles, aprendiendo de ellos, se elevaban a porfía a este santo y perfecto estado de pobreza y de renuncia, según la medida de la gracia otorgada a cada uno.
La Iglesia naciente de Jerusalén ofreció al mundo, por algún tiempo, el ejemplo del desasimiento perfecto de las riquezas terrenas, aunque sin hacerlo obligatorio para cada uno de sus miembros (Act. IV, 32.34-37).

lunes, 6 de octubre de 2014

El Discurso Parusíaco XV: Respuesta de Jesucristo, X. El Juicio de las Naciones y la Parusía (I de III)

El Discurso Parusíaco XV: Respuesta de Jesucristo, X.

El Juicio de las Naciones y la Parusía (I de III)


Mateo XXIV

29 "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor y los astros caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas.
30 Y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre, y entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gloria grande.
31 Y enviará sus ángeles con trompeta de sonido grande, y juntarán a los elegidos de El de los cuatro vientos, de una extremidad del cielo hasta la otra.


Marcos XIII

24 "Pero en aquellos días, después de la tribulación aquella, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor,
25 y los astros estarán cayendo del cielo, y las potencias que están en los cielos serán sacudidas.
26 Entonces verán al Hijo del hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria;
27 y entonces enviará los ángeles, y congregará sus elegidos de los cuatro vientos, desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo.”


Lucas XXI

25 "Y habrá señales en el sol, la luna y las estrellas y, sobre la tierra, ansiedad de las naciones, a causa de la confusión por el ruido del mar y la agitación (de sus olas).
26 Los hombres desfallecerán de espanto, a causa de la expectación de lo que ha de suceder en el mundo, porque las potencias de los cielos serán conmovidas.
27 Y entonces es cuando verán al Hijo del hombre viniendo en una nube con gran poder y grande gloria.
28 Más cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza porque vuestra redención se acerca.


Zerwick:

Lc. (25) συνοχὴ (ansiedad): “angustia en la cual el hombre no sabe dónde huir”.

Lc. (28) ἀπολύτρωσις (redención): “liberación, redención (a saber, escatológica e íntegra)”.

Mc. (27): “ἀπἄκρου γῆς ἕως ἄκρου οὐρανοῦ (desde la extremidad, etc): “En primer lugar se expresa la universalidad del espacio en sentido horizontal y luego en sentido vertical”.


Fillion:

Lc. (25): “In terris, opuesto a los signos en el cielo. En el griego ἐπὶ τῆς γῆς, en singular. Hay que notar que el artículo ha sido puesto solamente antes de la palabra γῆ (tierra) y que no acompaña a ninguno de los diez substantivos que siguen”.


Vuelven a juntarse aquí los dos discursos que, como quedó dicho, se dividieron al comienzo, si bien la similitud versa sobre la temática y no sobre el momento y lugar en que fueron pronunciados. De hecho se pueden observar todavía importantes diferencias.

domingo, 5 de octubre de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. Las operaciones Jerárquicas en la Iglesia Particular. Cap. XI (I Parte)

Naturaleza del estado religioso.

Y en primer lugar, ¿qué es el estado religioso?
El estado religioso es una profesión exterior de la perfección cristiana.
Sustancialmente no es de otra naturaleza que el cristianismo; únicamente es su perfección.
No rebasa los compromisos del bautismo; únicamente es su cumplimiento total y perfecto.
El estado religioso es, por tanto, propiamente un estado de perfección y de santidad cristiana.
Ahora bien, ¿qué es la santidad en la Iglesia?
Es el comercio de la perfecta caridad establecido entre Dios y el hombre por el misterio de la redención; es la perfección del amor en la perfección del sacrificio. Sobrevienen el sacrificio y la muerte, y la santidad de la Iglesia es su fruto. Dios amó al hombre hasta la muerte. Se entregó a la muerte por el hombre.
Al hacerlo fue el primero en amar (cf. I Jn IV, 9-10; Rom V, 8). Era como una provocación del amor infinito, amor que fue hasta el fin, pues morir es la última consumación del amor (Jn. XIII, 1).
La Iglesia, a su vez responde a esta provocación del amor con «una respuesta de muerte». Ama a su vez hasta la muerte, y toda la santidad, en que se expresa el amor, se consuma en la muerte. Es, por tanto, necesario que la Iglesia dé esta respuesta de muerte en todos sus santos. Lo hace primeramente en los mártires. Lo hace luego por un martirio incruento en los santos confesores. En efecto, sólo llegan a la santidad los que mediante una muerte espiritual se separan del mundo y de todo objeto terrenal y perecedero.
Ahora bien, como todos los cristianos están llamados a la santidad, el bautismo, en el que se sumerge la Iglesia entera, entraña el compromiso de esta muerte para todos los fieles y contiene su misterio en una sepultura mística (cf. Rom VI, 1-14).
La profesión religiosa, que no es sino un estado de perfección del cristianismo, no va más allá de este compromiso, puesto que en el amor no hay nada que vaya más allá de la muerte; no rebasa la vocación divina del bautizado a la muerte del hombre viejo, y por ella a la vida de la nueva humanidad, que es la vida de Jesucristo en cada uno de sus miembros; pero es el cumplimiento perfecto de esta vocación, cumplimiento al que obliga al hombre ya en esta vida presente.
La santidad es, por tanto, en cierto sentido idéntica con el estado religioso; en efecto, la esencia de éste consiste en ser una profesión exterior de santidad, y la Iglesia, que es toda santidad, está toda entera llamada en este sentido a este estado al que toda entera ha de llegar un día (cf. Ap. XXI, 2).
Efectivamente, el estado religioso es la profesión de la castidad perfecta. Por la obediencia es la adhesión perfecta, exclusiva y definitiva a la voluntad de Dios en todo y en todas partes. Por la pobreza es la renuncia total a los bienes de este mundo y a la propiedad particular.

viernes, 3 de octubre de 2014

Hacia el Padre, por Mons. E. Guerry (I de VI)

   Nota del Blog: Presentamos el prólogo de esta preciosa obrita tan alabada y citada por Straubinger. Es un libro de hermosas meditaciones del cual sólo publicaremos el prólogo, riquísimo en contenido teológico, y una o dos meditaciones por vía de ejemplo.

Mons. E. Guerry
HOMENAJE AL PADRE

PADRE, que manifestaste tu amor para con nosotros enviando a tu Hijo al mundo a fin de que viviésemos por El;[1]

Padre, que nos predestinaste a ser hijos tuyos adoptivos por medio de Jesucristo, por causa de tu amor;[2]

Padre, que nos amaste hasta querer hacer de nosotros verdaderamente tus hijos;[3]

Padre, que enviaste a nuestros corazones el Espíritu de tu Hijo, el cual nos hace clamar hacia Ti: ¡Padre!;[4]

Padre, que nos colmaste en Cristo de toda suerte de bendiciones espirituales;[5]

Padre, que nos escogiste antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en tu presencia por el amor;[6]

Padre, que nos arrancaste a la potestad de las tinieblas para trasladarnos al reino de tu Hijo muy amado;[7]

Padre, que nos hiciste capaces de tener parte en la herencia de los santos en la luz;[8]

Padre, que nos amaste y nos diste con tu gracia el consuelo eterno y la esperanza;[9]

Padre de Jesús, que según tu gran misericordia nos regeneraste por la resurrección de Jesucristo para una viva esperanza;[10]

Padre de las misericordias y Dios de toda consolación;[11]

Padre, que haces nacer el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores;[12]

Padre, que a nadie juzgas, sino que todo el poder de juzgar lo diste al Hijo;[13]

Padre, que tienes en Tí mismo la vida y diste al Hijo el tener la vida en Sí mismo;[14]

Padre, que enviaste a tu Hijo, Jesús, para que todos los que lo ven y creen en Él tengan vida eterna;[15]

Padre de Jesús, que nos das el verdadero pan del cielo;[16]

Padre, que ves en el secreto de nuestras almas;[17]

Padre, que conoces todas nuestras necesidades;[18]

Padre, que alimentas a las aves del cielo y vistes los lirios del campo;[19]

Padre, sin cuya disposición no cae en tierra un solo pajarillo;[20]

Padre, Señor del Cielo y de la tierra, que tienes encubiertas estas cosas a los sabios y a los prudentes del siglo, pero las revelas a los pequeños;[21]

Padre, que buscas adoradores en espíritu y en verdad;[22]

Padre de Jesús, de quien proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra;[23]

Padre de todos los hombres, que estás por encima de todos;[24]

Padre de las luces, de quien desciende toda dádiva preciosa y todo don perfecto;[25]

Padre, en quien no cabe mudanza, ni sombra de variación;[26]

Yo te ofrezco,
en testimonio de mi filial ternura,
estas pobres páginas de meditación,
extraídas del Corazón adorable de tu Divino Hijo,
bajo la luz de tu Espíritu de Amor.

E. Guerry.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. Las operaciones Jerárquicas en la Iglesia Particular. Cap. X (VIII Parte)

Tiempos modernos.

Estamos entrando en los tiempos modernos. Al alborear estos tiempos nuevos y en el momento mismo en que se abren con el gran desastre de la defección protestante, el Espíritu de Dios, que no cesa de sostener a la Iglesia y de renovar la faz de la tierra, va a suscitar en el universo cristiano un admirable movimiento de reforma de la disciplina y de las costumbres.
Por todas partes aparecen hombres de Dios que, como otras tantas antorchas luminosas, van a consolar y a reanimar la fe de los pueblos: san Felipe Neri, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo, san Francisco de Sales, san Vicente de Paul, M. Olier y tantos otros…
Las órdenes religiosas nuevas brillan por su celo apostólico; las órdenes antiguas se renuevan con heroicas reformas.
En una palabra, la Iglesia entera, animada por los mismos movimientos del Espíritu Santo y pronta a emprender bajo el impulso divino la inmensa tarea de renovación de las costumbres y de la disciplina, se reúne en Trento y en aquel memorable concilio traza el plan de las reconstituciones del porvenir.
No vamos a emprender aquí la considerable tarea, tan bien desempeñada por otros, de describir los trabajos de aquella asamblea ni los esfuerzos realizados con éxito por los grandes hombres de aquella época para hacer penetrar por todas partes el espíritu de sus decretos. Nos urge terminar esta rápida exposición de la historia de las instituciones y de la vida de las Iglesias particulares.
Nos limitaremos a observar que el sagrado Concilio se propuso en su obra disciplinaria dos objetos principales: poner remedio a los abusos, preparar el porvenir.
Pero para llevar a cabo este doble designio afirmará el Concilio sobre todo el primado soberano e independiente de san Pedro, obscurecido por las teorías del gran cisma, y pondrá empeño en restaurar la santa libertad del episcopado, libertad que nunca tuvo mayor garantía ni más válido sostén que la cátedra de san Pedro.
En todos sus decretos no cesará de destacar la independencia y la soberanía de los obispos a la cabeza de sus Iglesias. Desbaratará en cuanto sea posible las mil trabas puestas por los siglos y por las costumbres locales a su paterna y benéfica autoridad, y a cada página afirmará su deseo de ver a la cátedra episcopal reunir en sí, como en los primeros tiempos, todas las fuerzas de la Iglesia y volver a ser el centro de todos los impulsos vitales[1].

lunes, 29 de septiembre de 2014

División de las Siete Iglesias del Apocalipsis

Sabido es que el Apocalipsis está estructurado en base al número siete. Aquí solamente nos proponemos mostrar un septenario dentro de otro septenario, a saber, indicar cómo las mismas cartas están, a su vez, divididas en siete partes cada una.
No daremos aquí la exégesis de las siete Iglesias sino tan solo mostraremos su división septenaria, absteniéndonos de mayores comentarios al respecto.


I) Éfeso

1) Destinatario.

1. Al Ángel de la Iglesia en Éfeso escribe.


2) Título de Cristo.

1. El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que camina en medio de los siete candelabros, los dorados


3) Alabanzas.

2. Sé las obras de ti y el trabajo y la perseverancia de tí, y que no puedes soportar a los malos y que has probado a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos.
3. Y tienes perseverancia y padeciste por mi Nombre y no has desfallecido.
6. Pero esto tienes: que odias las obras de los Nicolaítas, que yo también odio.


4) Reprehensiones.

4. Pero tengo contra ti que tu amor, el primero, has dejado.


5) Exhortaciones-Amenazas

5. Recuerda, pues, de dónde has caído y arrepiéntete y haz las primeras obras; si no, vengo a ti, y moveré tu candelabro de su lugar, a menos que te arrepientas.


6) Conclusión.

7. El que tiene oído oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias


7) Promesa.

7. Al vencedor le daré a comer del Leño de la vida que está en el Paraíso de Dios”.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. Las operaciones Jerárquicas en la Iglesia Particular. Cap. X (VII Parte)

   Nota del Blog: ¡Páginas bellísimas e insuperables dignas de una seria meditación!

Pero si las riquezas de la Iglesia son, en sus manos, un inmenso beneficio para el mundo en tanto que ella las administra por sí misma y como su tesoro común, ¿no son causa de debilitamiento de la acción sacerdotal tan pronto como se convierten en riquezas individuales del sacerdote? Si el sacerdocio es una carrera para el que lo abraza,  se ve mermada su autoridad, completamente espiritual. El progreso de la institución de los beneficios ¿no parece infligirle en cierta manera este envilecimiento?
La paternidad no puede ser una carrera, y en ella no se conocen ascensos.
Si el sacerdote, en su ministerio, mientras procura la salvación de los hombres, persigue al mismo tiempo una carrera humana, por muy honorable que ésta sea, no es ya en el mismo grado padre de las almas, sino que en un orden elevado viene a ser un administrador justamente retribuido. Los pueblos podrán estimarlo y respetarlo todavía, pero ya no verán en él exclusivamente al hombre de Dios, que les pertenece y al que ellos pertenecen por un pacto inviolable y por las relaciones naturales, sustanciales y profundas de toda la vida nueva y del misterio divino y social del hombre regenerado.
Las consecuencias de este nuevo estado de cosas no tardan en manifestarse al exterior en síntomas significativos.
Así como se aflojan los lazos venerables que en cada Iglesia unían al pueblo con su sacerdocio, y al relajarse así la antigua unidad de la Iglesia particular y disminuir de esta manera su actividad íntima, se desinteresan los fieles cada vez más de lo que afecta a la vida pública de la misma, en breve espacio de tiempo vemos desaparecer toda participación del pueblo en las elecciones eclesiásticas; vemos cesar enteramente la penitencia pública, que resulta impracticable y sin objeto una vez que el espíritu de comunidad se ha extinguido en el seno de cada Iglesia y el pueblo mismo, en cierto modo, se ha disgregado.
Pero entre todos los efectos de esta revolución, el que seguramente fue más directamente sensible a las multitudes y del que más abusó el espíritu del mal en las reacciones heréticas que produjo en aquella época, fue el golpe que con ello se dio a la antigua administración del patrimonio eclesiástico.
Ya hemos dicho que en otro tiempo el bien de la Iglesia era bien de toda la corporación cristiana. El obispo, como un padre de familia, distribuía los beneficios. Era, en toda la fuerza del término, patrimonio de Cristo y de los pobres[1]; los clérigos eran alimentados con él bajo este título glorioso; con él se construían o se reparaban las basílicas y los edificios de la Iglesia, puesto que son propiamente las casas de Cristo y de los pobres.
Pero con la organización de los beneficios la propiedad eclesiástica se acercó en la forma a la propiedad feudal; y como los beneficios seculares forman el lote de la milicia secular, los beneficios eclesiásticos son, a los ojos de todos, los bienes del clero, y así, en la apreciación del vulgo, pierden su antiguo carácter de patrimonio común de todos.
Sabemos que no ha cambiado el fondo de las cosas, y así los beneficiarios son severamente amonestados, por los cánones de la Iglesia y por la sentencia de los teólogos, de la obligación que tienen de consagrar a los pobres todo lo superfluo. No son, se les repite constantemente, sino los administradores del bien de los pobres, y el patrimonio de éstos no ha cambiado de carácter ni de dueño por haberse repartido entre gran número de colonos[2].
Sin embargo, hay que reconocer que el legítimo empleo de estos bienes al servicio de los pobres, en lugar de tener la garantía pública que le daba su constitución en una sola masa, no tiene ya otro garante que la conciencia individual; y cuando da limosna el clérigo, a los ojos de los pueblos aparece como individualmente caritativo y filántropo. Pero los pueblos mismos han perdido de vista la antigua propiedad que les pertenecía y les pertenece.
Así pues, en adelante será posible excitar las envidias de las multitudes con respecto a las riquezas eclesiásticas. Y cuando los príncipes seculares se apoderen de ellas por la violencia, la usurpación parecerá menos odiosa y no afectará ya en el mismo grado a las multitudes que han perdido ya la costumbre de mirarlos como su propio patrimonio.