domingo, 3 de enero de 2016

Y la Mujer huyó al desierto… (Apoc. XII, 6) (VI de X)

Tratemos de avanzar un poco más, para lo cual, volvamos a Lacunza, pero esta vez tendremos que ir al Fenómeno IX, El Tabernáculo de David.

Citamos, una vez más, in extenso[1]:

El capítulo XVI de Isaías empieza con esta misteriosa oración: Envía, Señor, el Cordero dominador de la tierra, de la piedra del desierto al monte de la hija de Sión[2]. Estas palabras, y todas las que siguen hasta el versículo 6, no hay duda que son oscurísimas, no solamente consideradas en sí mismas, sino aun consideradas con todo su contexto, que es el que suele abrir el verdadero sentido, y aclarar las cosas más oscuras. Ni se conoce por ellas solas, con ideas claras, de qué misterio se habla, ni de qué tiempos, ni a qué propósito se dicen. La explicación que hallo en los intérpretes, confieso simplemente que no me satisface[3] (…)

Yo propongo aquí otra inteligencia de este lugar de Isaías (…)

Primeramente, convengo con todos, y me parece claro e innegable, que el profeta, al empezar el capítulo XVI, hace una especie de paréntesis o breve digresión, en que extiende por un momento su vista hacia otros tiempos muy futuros, y hacia otros sucesos muy diversos y mucho mayores que aquellos de que va hablando. Esto es frecuentísimo en Isaías, y se puede con verdad decir que es de su propio carácter. Para esta breve digresión le da una ocasión bien oportuna, no la viuda Rut, Moabita, sino el mismo Moab, contra quien va profetizando, y cuya profecía se cumplió plenísimamente en tiempo de Nabucodonosor. (Véase todo el capítulo XLVIII de Jeremías.) Mas no puedo convenir en que el paréntesis o digresión de Israel sea tan breve que comprenda solamente el versículo 1; a mí me parece claro que pasa algo más adelante hasta incluir dentro de sí todo el versículo 5, sin lo cual no sé cómo se puede dar algún sentido razonable y conforme en la historia sagrada, a estos cinco primeros versículos del capítulo XVI; véase aquí el texto seguido.
     Envía, Señor, el Cordero dominador de la tierra, de la piedra del desierto al monte de la hija de Sión. Y sucederá que como ave que huye, y pollos que vuelan del nido, así serán las hijas de Moab en el paso del Arnón. Toma alguna traza, junta el Ayuntamiento; pon como noche tu sombra al mediodía; esconde a los que van huyendo, y no descubras a los que andan errantes. Morarán  contigo mis fugitivos; Moab, sírveles de lugar en que se escondan de la presencia del destruidor; porque fenecido es el polvo, ha sido rematado el miserable (o el que hace miserables), que rehollaba la tierra. Y será establecido el trono en misericordia, y se sentará sobre él en verdad en el tabernáculo de David, quien juzgará y demandará juicio, y dará prontamente a cada uno lo que es justo (…)

Mi modo de discurrir es éste:


Acababa Isaías de hablar contra Moab en todo el capítulo XV, y todavía prosigue el mismo asunto en el capítulo XVI. Mas como el carácter propio de este gran Profeta, según se dice en el Eclesiástico (capítulo XLVIII) y queda notado en otras partes, es declinar insensible y casi continuamente a las cosas últimas; con ocasión de hablar de Moab, anunciándole su extrema humillación en castigo de su extrema soberbia, hace en medio de la profecía un como paréntesis o breve digresión, y profetiza en cuatro palabras otras cosas bien singulares, que deben suceder en otros tiempos remotísimos en la misma tierra o país de Moab. Empieza pidiendo a Dios que envíe del cielo al Cordero destinado a dominar la tierra. ¿Qué otro Cordero puede ser éste, destinado a dominar la tierra, sino aquel mismo de quien se hablar en el capítulo V del Apocalipsis? El cual se presenta delante del trono de Dios, recibe de su mano un libro cerrado y sellado, lo abre allí mismo en presencia de todos los conjueces y de todos los ángeles, los llena a todos, con sólo abrirlo, de sumo regocijo que se difunde a todo el universo, etc. ¿Qué otro Cordero puede ser éste, destinado a dominar la tierra, sino aquel de quien se habla en el capítulo VII de Daniel? El cual en los tiempos de la cuarta bestia, esto es en los últimos tiempos, se presenta delante del mismo trono de Dios, como Hijo de Hombre, y allí recibe de su mano, pública y solemnemente, la potestad, y la honra, y el reino; y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él. ¿Qué otro Cordero puede ser éste, destinado a dominar la tierra, sino aquel mismo a quien se le dice en el Salmo CIX: De Sión hará salir el Señor el cetro de tu poder; domina tú en medio de tus enemigos. Contigo está el principado en el día de tu poder entre los resplandores de los santos? Esta misma petición se le hace a este Cordero, destinado a dominar la tierra, en el capítulo LXIV del mismo Isaías. ¡Oh, si rompieras los cielos, y descendieras!, a tu presencia los montes se derretirían. Como quemazón de fuego se deshicieran, las aguas ardieran en fuego, para que conociesen tus enemigos tu nombre; a tu presencia las naciones se turbarían, etc. Todo lo cual, por más que quiera sutilizarse, es claro que no compete de modo alguno razonable a la primera venida del Señor, sino a la segunda, según todas las Escrituras.
Añade Isaías en su breve oración, pidiendo a Dios que envíe al Cordero dominador de la tierra: de la piedra del desierto al monte de la hija de Sión. Estas palabras, de la piedra del desierto, miradas en sí mismas, no hay duda que son oscurísimas; mas si se combinan con otros lugares de los Profetas y del mismo Isaías, pueden muy bien entenderse sin violencia, antes con gran naturalidad y propiedad. En Habacuc, por ejemplo, se dice: Dios vendrá del Austro, y el Santo del monte de Farán. La gloria de Él cubrió los cielos, y la tierra llena está de su loor. Su claridad como la luz será, rayos de gloria en sus manos (…) Ahora, el monte Farán está ciertamente en la Idumea, hacia el Austro, respecto de la Palestina; y por esto los LXX, en lugar del Austro, leen: de Teman vendrá; porque Teman era la metrópoli de Idumea. Por otra parte, en el capítulo XXXIV de Isaías, se dice clara y expresamente que el Señor cuando venga en gloria y majestad, vendrá primero directamente a la Idumea: He aquí que bajará sobre la Idumea, y sobre el pueblo que yo mataré, para hacer justicia. La espada del Señor llena está de sangre... porque la víctima del Señor será en Bosra, y la gran matanza en tierra de Edom (…) Aquí, en la Idumea, hacia el medio día de Jerusalén, tendrá tanto que hacer la espada de dos filos que trae en su boca, cuanto se puede ver y considerar despacio en todo este capítulo XXXIV de Isaías, digno ciertamente de toda consideración, y cuanto se puede ver con mayor claridad en el capítulo XXXVI del mismo Profeta; los cuales lugares y otros semejantes los toma manifiestamente San Juan, y los hace servir todos juntos en el capítulo XIX de su Apocalipsis (…).
Con todas estas advertencias parece ya fácil, o no muy difícil, comprender bien todo el paréntesis con que empieza el capítulo XVI de Isaías: Envía, Señor, el Cordero dominador de la tierra, de la piedra del desierto al monte de la hija de Sión. Después de esta breve oración, empieza luego, dentro del mismo paréntesis, la profecía particular comprendida en los cuatro versículos siguientes: Y sucederá (que es lo mismo que si dijera: sucederá en estos tiempos inmediatos a la venida del Cordero dominador de la tierra) que como ave que huye, y pollos que vuelan del nido, así serán las hijas de Moab en el paso del Arnón. Parece a primera vista que aquí se anuncia una huida verdadera de los Moabitas; los cuales, por temor de algún enemigo formidable que viene contra ellos, desamparan su país y pasan a la otra parte del río o del torrente Arnón. En efecto, así lo suponen los intérpretes, insinuando muy en confuso que todo esto pudo haber sucedido, y sucedería en las expediciones de Senacherib o de Nabucodonosor.
Mas, ¿cómo podremos componer una huida verdadera de Moab fuera de su país con las palabras que inmediatamente se le dicen? Toma alguna fuerza, junta el Ayuntamiento; pon como noche tu sombra al mediodía; esconde a los que van huyendo, y no descubras a los que andan errantes. Morarán contigo mis fugitivos; Moab, sírveles de lugar en que se escondan de la presencia del destruidor.
Por estas palabras se ve claramente que Moab asustado entrará en pensamientos de huir fuera de sus confines, y en parte empezará a moverse; no ciertamente por temor de algún príncipe enemigo que venga contra él, sino por temor de los prófugos que ya se acercan a su tierra, y que vienen huyendo de la presencia del destruidor. Lo cual alude visiblemente a lo que había sucedido en otros tiempos en la misma tierra de Moab, cuando estos mismos prófugos venían huyendo de Egipto; como se puede ver en el capítulo XXII y XXIII del libro de los Números. Así se le dice aquí a Moab que no tema como temió la primera vez; que no se alborote; que no se asuste; que entre primero en consejo antes que huir; mas que no tome el consejo, ni imite la conducta de su antiguo rey Balac, el cual cerró sus puertas, y no quiso hospedar, ni dejar pasar por sus tierras a estos mismos prófugos de Dios; sino que tome ahora otro consejo más humano y más prudente, que se le propone de parte del Señor: Toma alguna traza, junta el Ayuntamiento. ¿Qué consejo es éste? Pon como noche tu sombra al mediodía; esconde a los que van huyendo, y no descubras a los que andan errantes. Prepara para mis prófugos un asilo o una sombra, que sea como la de la noche más oscura en la mitad del día, y escóndelos de modo que sean como invisibles; no los descubras, ni les hagas traición. Ahora, ¿cómo ha de esconder Moab dentro de sí a los prófugos de Dios, si el mismo Moab ha huido fuera de sí a la otra parte del torrente de Arnón? Morarán contigo mis fugitivos. (Prosigue el Señor) Moab, sírveles de lugar en que se escondan de la presencia del destruidor; porque fenecido es el polvo, ha sido rematado el miserable que rehollaba la tierra. Habitarán o se hospedarán en tu país mis prófugos por algún poco de tiempo; recíbelos, oh Moab, y escóndelos dentro de ti. No temas que este oficio de humanidad te pueda ocasionar algún perjuicio; porque te hago saber que ya pasa, ya se acaba, o va luego a acabarse el gran polvo de los ejércitos que los persiguen (salidos sin duda de la boca del dragón) y acaba sus días, o los acabará en breve el miserable, o como leen Pagnini y Vatablo, el opresor, esto es, el que oprime a otros y los hace miserables, y por esto mismo es más miserable que todos; ya se acaba, o va luego a acabarse el que conculcaba la tierra; el cual, según todo el contexto, parece claro que no puede ser otro sino el figurado en la gran estatua de Daniel.

Sería conducente para la plena inteligencia de este lugar de Isaías, advertir aquí y no despreciar estas tres cosas entre otras.

Primera: que la tierra o país de Moab está tan cerca de la tierra de Israel o de promisión que sólo las divide el río Jordán (…).

Segunda: que en esta tierra o país de Moab está el célebre monte Nebo (…) donde el profeta Jeremías escondió por orden de Dios, después de destruida Jerusalén, el arca grande del Antiguo Testamento, el tabernáculo y el altar; profetizando de parte del Señor... Que será desconocido el lugar, hasta que reúna Dios la congregación del pueblo, y se le muestre propicio. Y entonces mostrará el Señor estas cosas, y aparecerá la majestad del Señor, y habrá nube, como se manifestaba a Moisés (II Mac. II, 7).

Tercera: que cuando todo Israel, prófugo de Egipto, conducido ya por Josué, pasó el Jordán, como había pasado el mar Rojo, entró luego al punto en el valle fertilísimo de Achor, en donde se empezó a dilatar su corazón, y a abrirse sus esperanzas con la milagrosa toma de Jericó. Todo lo cual nos puede traer fácilmente a la memoria lo que ya queda observado en el fenómeno antecedente, artículo VIII, cuando hablamos de la huida a la soledad de aquella mujer metafórica, a quien deben darse dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar, en donde es guardada por un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo, de la presencia de la serpiente; o como añade Isaías en el lugar de que vamos hablando: de la presencia del destruidor. Esta mujer que huye al desierto, a su lugar, así como ha de ir directamente al valle de Achor, según le promete Dios por Oseas (capítulo II), así debe pasar segunda vez por la tierra de Moab, y detenerse en ella algún poco de tiempo, como pasó y se detuvo la primera vez, cuando salió de Egipto. Sin esto, ¿cómo podrá verificarse la profecía de Jeremías? Por esto, pues, se le aconseja a Moab de parte de Dios que no cierre otra vez sus puertas a esta mujer que viene huyendo; sino que la reciba con humanidad, y la esconda dentro de sí.

Con estas tres advertencias se entiende ya sin dificultad el último versículo de paréntesis de Isaías (…)[4].

Habiendo observado, y si es lícito hablar así, habiendo conocido la persona para quien se debe preparar, en misericordia, el solio de David, nos queda ahora que observar el otro punto que tenemos suspenso. Es a saber, ¿cómo y con qué cosas se deberá hacer esta preparación? Para cuya inteligencia sería conveniente volver a leer con nueva atención los cinco primeros versículos del capítulo XVI de Isaías, advirtiendo en ellos estas tres cosas principales que quedan ya notadas. Primera: la oración misteriosa con que empieza este paréntesis, o esta profecía particular. Envía, Señor, el Cordero dominador de la tierra. Digo oración misteriosa, porque así se me figura por lo que en ella se pide; y esto cuando se va hablando de Moab. Segunda: en el consejo que aquí se le da al mismo Moab: Toma alguna traza, junta el Ayuntamiento; pon como noche tu sombra al mediodía; esconde a los que van huyendo, y no descubras a los que andan errantes. Tercera: que estos mismos vagos o prófugos, que el Señor llama suyos, habitarán por algún tiempo escondidos en la tierra de Moab (…).

Primera conclusión

En este tiempo de que hablamos, en que los prófugos de Dios que vienen huyendo de la presencia del destruidor, se hospedarán en la tierra de Moab, descubrirá Dios en esta tierra (donde ciertamente está en una cueva del monte Nebo) el arca sagrada del Antiguo Testamento, el tabernáculo, y el altar que escondió Jeremías por orden de Dios, después de destruida Jerusalén por Nabucodonosor. Se descubrirá, digo, este depósito sagrado para los fines que Dios solo sabe, y que no hay necesidad de que los sepamos los curiosos. El no saberse los fines de Dios no parece razón, ni es causa suficiente para mirar con tanta indiferencia y aun frialdad una profecía tan clara.
Será desconocido el lugar, hasta que reúna Dios la congregación del pueblo, y se le muestre propicio. Y entonces mostrará el Señor estas cosas, y aparecerá la majestad del Señor, y habrá nube, como se manifestaba a Moisés... (II Mac. II, 7).
El lugar donde queda depositada por orden de Dios el arca sagrada, el tabernáculo y el altar (dice Jeremías), será en los siglos venideros un lugar incógnito y del todo inaccesible hasta que congregue Dios, según sus promesas infalibles, la congregación de su pueblo, y se muestre propicio y favorable al mismo pueblo; y entonces el mismo Señor manifestará estas cosas, y también sus fines o designios; y entonces el monte Nebo, situado en la tierra de Moab, será como otro nuevo y admirable teatro, donde se renovarán todos aquellos prodigios que se vieron antiguamente en el monte Sinaí. Y entonces mostrará el Señor estas cosas, y aparecerá la majestad del Señor, y habrá nube, como se manifestaba a Moisés (…).

Segunda conclusión

(…) La mujer metafórica del Apocalipsis, o la claudicante de Sofonías y Miqueas, compuesta visiblemente de los prófugos de Dios, congregados con grandes piedades, es claro que huye a la soledad, o es conducida por el brazo omnipotente de su Dios, con gran acuerdo, con grandes designios, y para fines más que ordinarios, proporcionados sin duda a la novedad y grandeza de los sucesos maravillosos, que deben preceder y acompañar su huida. ¿Qué fines o designios pueden ser éstos? No otros, señor mío, sino los que hallamos expresos y claros en la Escritura de la verdad. Es a saber, aquellos mismos en sustancia, y, guardada proporción, con los cuales y para los cuales sacó el mismo Dios antiguamente de Egipto a esta misma mujer, compuesta y formada de estos mismos prófugos suyos, y la condujo con tantos prodigios al desierto y soledad del monte Sinaí: Según los días de tu salida de la tierra de Egipto, le haré ver maravillas (Miq.VII, 15).Y acaecerá que en aquel día, dice el Señor, me llamará: Marido mío... y cantará allí (en el valle de Achor) según los días de su mocedad, y según los días en que salió de tierra de Egipto (Os. II, 15-16).Y será en aquel día: Extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo... y congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá de las cuatro plagas de la tierra (Is. IX, 11).
En aquel primer tiempo o aquella primera vez sacó Dios de Egipto a esta mujer, y la condujo, como sobre alas de águila, al desierto y soledad del monte Sinaí. ¿Para qué fin y con qué designios? Primero: para que allí lejos de todo tumulto, y desembarazada de todo otro cuidado, pudiese oír quietamente la voz de Dios. Segundo: para que allí fuese apacentada con el pasto de doctrina, e instruida en las nuevas leyes y ceremonias con que Dios quería ser servido. Tercero: para preparar en ella un pueblo digno de Dios: para que seas a él un pueblo peculiar (Deut. VII, 16), le decía Moisés; un pueblo consagrado a Dios, conjunto a Dios, que le tributase aquel culto interno y externo que le era tan debido, ya que todos los otros pueblos y naciones lo habían enteramente olvidado. Cuarto, en fin: para celebrar con ella un pacto, un contrato, una alianza solemne y estrechísima, que el mismo Dios, habiendo hablado a los padres por los Profetas, llamó desposorio formal.
De este modo, pues, a proporción, y con los mismos fines y designios sacará Dios segunda vez a esta misma mujer, compuesta de los mismos prófugos suyos, no ya solamente de Egipto, sino de las cuatro plagas de la tierra, y la conducirá con los mismos y mayores prodigios a otra soledad que ya le tendrá preparada, para que allí la alimentasen mil doscientos y sesenta días... en donde es guardada... de la presencia de la serpiente. Y como dice por Oseas, para hablarle no solamente a los oídos y a los ojos, sino mucho más al corazón (Os. II, 15); y para celebrar con ella en misericordia y en justicia, y con fidelidad otro nuevo pacto estable y permanente: y te desposaré conmigo en justicia, y juicio, y en misericordia, y en clemencia. Y te desposaré conmigo en fe (o en fidelidad). No cierto (prosigue diciendo por Jer. XXXI, 32), no cierto, según aquel primer pacto o alianza que celebré con vuestros padres, cuando los saqué de la servidumbre de Egipto; pacto que ellos mismos hicieron írrito o inútil con sus frecuentes infidelidades; sino según otro pacto nuevo y sempiterno, que tengo preparado para las dos casas de Israel y de Judá, o para las doce tribus de Jacob (…).

Bueno, hasta aquí las palabras de Lacunza. Una vez más, tratemos de resumir un poco todo esto a fin de poder sacar algunas conclusiones.

La Mujer, en su huída, entrará en la tierra de Moab, pues por algo se le dice a los moabitas que no teman y que reciban a los prófugos.

De lo cual se concluye, sin mayor esfuerzo, que el punto de partida de la huida no es Jordania.

La segunda conclusión, que Lacunza diluye un tanto, es que la Mujer habitará los tres años y medio en Moab, pues se le dice claramente “morarán contigo mis fugitivos”, y una morada indica lugar permanente y no mero tránsito[5].

Además, a su llegada a Jordania la Mujer pasará por el Monte Nebo y allí se le dará el Arca, el Tabernáculo y el Altar que Jeremías escondió por mandato divino, profetizando que recién serían encontrados en esta oportunidad.

 
Babilonia - Monte Nebo

Por último, el Apocalipsis nos aclara que el lugar donde la mujer estará es el desierto.

Pero esta afirmación es aún demasiado vaga; además, y por si fuera poco, Jordania tiene dos grandes desiertos, uno al este y otro al sur, llamados, respectivamente, sirio y árabe.




[1] Párrafo VI. Pag. 295 ss.

[2] Por ahora dejemos el texto tal como lo trae la edición de Ackermann.

Hay algunas cosas para decir sobre este tan famoso versículo, pero nos detendremos ahora en lo más importante.

La gran mayoría de los autores traduce en plural corderos.

Los LXX, por su parte, tradujeron muy mal por ἑρπετὰ (reptiles), con lo cual, además de traducir en plural, dieron otro término.

Sin embargo en el original hebreo leemos כַ֥ר (Kar), en singular (el plural es כָּרִ֑ים, Karim). No hay, pues, razón alguna para introducir el plural, ni mucho menos, otro sustantivo.

La Vulgata, por su parte, mantuvo el singular y es sabido el uso que del pasaje ha hecho la liturgia.

¿Cómo explicar el uso del plural corderos en la mayoría de las traducciones? Creemos que la respuesta debe venir por una confluencia de dos razones: por un lado la influencia de los LXX y por el otro nos parece que estamos en presencia de un caso típico donde una exégesis preconcebida influye sobre el texto, cuando lo obvio y lógico es lo contrario.

[3] La exégesis no ha variado gran cosa desde entonces. La interpretación que trae Lacunza es la de San Jerónimo, que es rechazada por los autores generalmente, los cuales dan, a su vez, otra distinta tanto o más inentendible.

[4] Luego continúa Lacunza demostrando que el Rey para el cual se prepara el solio no es Ezequías sino Jesucristo, pero ésto no hace directamente a nuestro propósito como no sea ayudarnos a ver a qué tiempos se refiere esta profecía y quién es el Cordero que es enviado.

[5] Esto podría ayudar a explicar uno de los pasajes más enigmáticos de las Escrituras. En Dan. XI, 41, hablando del Anticristo, se dice:

Escaparán de su mano Edom y Moab y la parte principal de los hijos de Ammón”.