sábado, 31 de enero de 2026

P. Esteban José Piat, Historia de una Familia. La familia de Santa Teresa del Niño Jesús (Reseña)

 P. Esteban José Piat O.F.M., 

Historia de una Familia.

La familia de Santa Teresa del Niño Jesús 

 (Reseña)

CJ Traducciones, 2025, pp. 231 


A esta altura, este libro del P. Piat es casi un clásico. Es muy común pasar por alto, o al menos no tener suficientemente en cuenta, un aspecto importantísimo en la vida de los santos: el ambiente familiar en el que fue criado.

A diferencia de otros casos, aquí fue toda la familia (incluso los cuatro hermanitos de la Santa que murieron siendo niños) la que conspiró para producir uno de los frutos más hermosos de los tiempos modernos.

Los padres de la Santa destacan rápidamente por sus virtudes. Dos almas modelos de esposos que, antes de unir sus almas y sus cuerpos, compartieron incluso los mismos fracasos: la vida religiosa. Vida que los persiguió, con cierta nostalgia, hasta sus últimos días.

Zélie, la madre de Santa Teresita, fue avisada por una voz interior con respecto a su futuro esposo. Vale la pena citar el episodio: 

“La esposa del capitán Martin no se resignaba a ver a Louis, que estaba por cumplir los treinta y cinco años, sepultarse en la piadosa soledad de la relojería del Puente Nuevo y del Pabellón. Lo reprendía amistosamente, sin que pareciera inmutarse. En los cursos profesionales que seguía en sus ratos libres para especializarse en cierto tipo de encaje célebre y asegurar ingresos complementarios al hogar, había coincidido con la joven Zélie Guérin y había notado sus sólidas cualidades envueltas en tanto encanto. ¿No era la esposa ideal para su hijo? Se volvió persuasiva y logró quebrar una resistencia que parecía invencible.

Una intervención misteriosa facilitó el acercamiento. Un día, al cruzar Zélie Guérin el puente San Leonardo, se encontró con un joven cuya noble fisonomía, porte reservado y actitud llena de dignidad la impresionaron. En ese mismo instante, una voz interior le murmuró en secreto: «Ese es el que te he preparado»”.

 Situaciones como estas fueron, no diría comunes, pero sí se dieron con cierta regularidad en la vida de la madre de nuestra santa.

Sabido es que los primeros meses de matrimonio los vivieron en perfecta castidad y que fue necesaria la autoridad del confesor para que consumaran el matrimonio. ¿Cómo no brotaría de allí, de ese matrimonio tan puro, una descendencia llena de virtudes?

Louis Martin era de Misa diaria, sobre la cual tiene frases como éstas, que parecen sacadas de los diarios de León Bloy: 

“Entre semana, las jóvenes se reunían a las seis, junto a la Catedral, en el bonito santuario gótico dominado por la efigie de la Madre de Dios. Su padre las llevaba, indiferente a las tormentas, la nieve o el hielo. Prefería la primera Misa:

«Es la única –decía– a la que pueden asistir los sirvientes y los obreros. Allí estoy en compañía de los pobres».

No será sin pesar que la dejará más tarde por la de las siete, para ahorrar a los suyos la molestia de levantarse demasiado temprano.”

 

La vida de los padres estuvo marcada, como no podía ser de otra manera, por la cruz: muerte prematura de cuatro niños, invasión de Alemania en 1870, enfermedades muy dolorosas y humillantes, etc., pero todo llevado con una gran resignación cristiana, no carente de lágrimas, por supuesto.

Decía Ernest Hello, hablando del gran Profeta Elías, que los hombres suelen colocar a los grandes personajes muy lejos y muy alto a fin de tener la excusa perfecta para no imitarlos, pero, así como Elías fue preso de un terror incomprensible para con una mujer, en el relato de estas páginas, vemos a menudo la sencillez de la vida cotidiana al alcance de todos. ¿Cómo no emocionarse incluso con pasajes como éste? 

“Más tarde, un alegre compañero los acompañará con sus brincos. No contenta con criar conejos de suave pelaje, Teresa solicita de su padre «un animal con pelos» que salte y retoce a su alrededor. El Sr. Martin adquiere un magnífico spaniel que, bajo el nombre de Tom, pasa a formar parte del decorado de los Buissonnets. La niña lo colma de caricias; él se acuesta a sus pies cuando estudia sus lecciones. ¿Está a punto de morir? lo salva de la muerte dándole, bocado tras bocado, una papilla de su invención. Este buen perro, elegante como un paje y fiel como un caballero servidor, hará huelga de hambre durante el viaje de su amo a Europa Central.

No olvidará a su dueña cuando entre al Carmelo. En 1889, cierto día en que Santa Teresa del Niño Jesús ayudaba a la portera a introducir obreros en el monasterio, aparecerá por casualidad en la puerta de clausura y correrá a refugiarse bajo el velo de la querida Santa, que llorará de emoción”.

   El amor, la devoción, que las hijas tenían por sus padres se ve reflejada en estas líneas de una gran profundidad, que lo resumen todo: 

“Oh tú, el mejor de los padres, que das a Dios a manos llenas toda la esperanza de tu vejez, la gloria es para ti, la gloria que no pasa; sí, padre amado, te glorificaremos, como mereces ser glorificado, convirtiéndonos en santas. Otra cosa sería indigno de ti”. 

La caridad para con los pobres, la actitud hacia las sirvientas, la devoción a Nuestra Señora de La Salette, e incluso el vínculo que el gran Dom Guéranger tuvo con esta familia, especialmente con la hermana de Zélie, religiosa de la Visitación, son apenas un puñado de temas más que interesantes que se pueden apreciar en esta múltiple biografía.

Señala el P. Piat, con mucho acierto, y con esto termino, la importancia que la vida en familia y su educación tuvieron en la espiritualidad de Santa Teresita. 

La santidad de Teresa es el ápice de toda una estirpe en busca de la perfección. La herencia le transmite, junto con el fuego espiritual y el instinto caballeresco que brillan en los ojos paternos, el equilibrio perfecto, la solidez del juicio y la sabiduría nunca defraudada que caracterizan a la Sra. Martin y que serán tan necesarias para la «Doctora» del caminito de la infancia.

Llegada en noveno lugar a un hogar ya visitado muchas veces por la prueba, encuentra allí el espíritu de abnegación y el sentido del sacrificio, la educación completa lo recibido por nacimiento. Para afinar este perfil moral, se da como una admirable confluencia: todos se empeñan con entusiasmo. La madre lo hace con precisión de pinceladas, firmeza de trazo y sabia utilización de las fuerzas afectivas, de modo que Teresa, más tarde, no tendrá más que inspirarse en ella para convertirse en una maestra de novicias insuperable. El padre instruye a su «Reina» en los secretos de la unión con Dios. Pauline guía su infancia antes de orientar su vuelo hacia el claustro. Marie prepara con respeto a la primera comulgante, calma las angustias de la adolescente y despierta las confidencias de la joven monja. Léonie la provoca hacia la generosidad extrema cuando, en plena crisis vocacional, la llama en su auxilio espiritual. Céline comparte sus ímpetus de amor y, deseosa también de inmolación total, cede en todo para permitir su ingreso al Carmelo a los quince años. Incluso los cuatro pequeños difuntos la ayudan con sus sufragios, desatando la crisis de escrúpulos que desde hacía tiempo la atormentaba. Las lecciones del Breviario traducen la exacta realidad cuando, al exaltar la heroicidad de sus virtudes, asocian al elogio a toda la familia en cuyo seno floreció su alma.

¿Nos hemos de extrañar, pues, que encontremos en la doctrina de nuestra santa, sintetizados, profundizados y madurados por la contemplación interior, los principios que regían la conducta del hogar?...

La que había de revelarnos el «ascetismo de la pequeñez» experimentó la dulzura de ser en casa la novena, la última, la benjamina. Sin mimarla en exceso, la colmaban, la devoraban a besos, acudían en auxilio de su fragilidad, se enternecían ante su gracia menuda. Sintió con agudeza el prestigio de tal debilidad. La lección no se perdió. Trasladada al plano sobrenatural, le enseñó a reconocer su impotencia y a amar su nada...

Para abrirse a la confianza, no tuvo más que llevar al infinito, en el Corazón del Padre Celestial, lo que leía de bondad en el corazón de sus padres...

El Sr. Martin era para ella la encarnación viva de la condescendencia. De él esperaba todo: perdón, apoyo, impulso. Saboreaba con deleite el abrigo de sus caricias. Si tal era la ternura de un hombre, ¿qué será la caridad sin límites de Aquel de quien Tertuliano decía: «Nadie es tan Padre»?...

De esta confianza sin límites, el abandono es el fruto espontáneo... se veía de nuevo al pie de la escalera, esforzándose en vano por subir el primer peldaño o frente al columpio, donde anhelaba sentarse rápidamente. El padre y la madre, acudiendo a su llamado, se conmovían ante su esfuerzo y, tomándola en brazos, la hacían franquear de un salto el obstáculo. ¡Qué felicidad ser tan pequeña para ser así objeto de tanta solicitud!...

No exige más que una cosa a cambio de esta intervención decisiva: que el pequeñito ponga toda su ingeniosidad en agradarle. No se trata de buscar sacrificios eminentes, de montar en sueños heroicos ni de agotarse en penitencias...

El realismo cristiano que iluminaba de divino los tranquilos días de su infancia impregnará después, para elevarla hasta el heroísmo, su existencia de carmelita. Fue en el seno de la familia donde se formó su capacidad para hacer de modo extraordinario las cosas más ordinarias... La Historia de un alma constituye realmente un documento de carácter familiar”. 

La traducción está hecha en base a la edición de 1964 

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