lunes, 24 de diciembre de 2018

Ezequiel, por Ramos García (XV de XXI)


6) Ageo.

¿Quieren mis lectores ver una vez más cómo se agranda el contenido de la letra al proyectarse del tipo (= objeto menor anterior) al antitipo (= objeto mayor y posterior)? Lean atentamente a Ageo en su profecía sobre Zorobabel: “Habla a Zorobabel, gobernador de Judá, y dile: Yo conmoveré el cielo y la tierra; trastornaré el trono de los reinos y destruiré el poder de los reinos de los gentiles, volcaré los carros y sus ocupantes, y caerán los caballos y los que en ellos cabalgan, los unos por la espada de los otros. En aquel día, dice Yahvé de los ejércitos, te tomaré, oh Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío, dice Yahvé, y te haré como anillo de sellar, porque Yo te he escogido”, dice Yahvé de los ejércitos (Ag. II, 22-24).

¡Cómo se agiganta en esas palabras la figura del Zorobabel histórico, al proyectarse la silueta harto mezquina (cf. Ag. II, 3 s.) del caudillo de Judá, en la figura colosal de un Zorobabel escatológico, caudillo de Judá e Israel (Os. I, 11), que descollará sobre las ruinas de todos los imperios, por la evacuación y aniquilamiento de todo otro imperial poder que no sea el suyo (cf. I Cor. XV, 24 s.)! El mismo agrandamiento prodigioso en Isaías acerca de la persona de Elicacím, el depositario de la llave de la casa de David (Is. XXII, 20...): qui legit intelligat.

Es que cuando el Señor, que tiene ahora en su mano, por derecho de devolución, la llave de la casa de David (Ap. III, 7), haga valer su gran poder y se ponga a reinar en este mundo subceleste (Ap. XI, 17; cf. Dan. VI, 27), el verdadero Zorobabel, alias Eliacím, alias David redivivo, será el único depositario de la única realeza entonces valedera, la cristiana; y en él y por él sujetará Dios a su Hijo el orbe de la tierra venidero (Hebr. II, 5), y será, finalmente, un hecho el gran acontecimiento que celebran alborozados los celícolas: Se hizo el reino del mundo de nuestro Señor y de su Cristo (Apoc. XI, 15)- nótese bien el “su Cristo” (cf. Hab. III, 13)-; acontecimiento cumbre, que no ha tenido todavía lugar en la Iglesia, diga lo que quiera la euforia alegorista, pues como observa S. Pablo nunc autem necdum videmus omnia subjecta ei (Hebr. II, 8; cf. X, 13).


7. Zacarías.

La clave para entender el verdadero alcance de Zorobabel en la profecía de Ageo, y a pari del Eliacím de Isaías y del David de otros profetas, nos la da Zacarías con estas palabras: “¡Oye oh Jesús, Sumo Sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan en tu presencia! pues son varones de presagio; porque he aquí que haré venir a mi Siervo, el Pimpollo” (tsémah), que pone luego en plan de igualdad con el gran pontífice (Zac. III, 8; VI, 9 ss).

De aquí es necesario concluir que ni el uno ni el otro, aun en su alcance escatológico, son el Messías, sino sendos vicarios suyos, el uno en lo espiritual, el sumo sacerdote, y el otro en lo temporal, el tsémah o retoño de la dinastía davídica. Dos vicarios de Cristo, el uno como sacerdote y el otro como rey, y por consiguiente dos tronos, dos palacios, dos capitalidades distintas y no una sola, como quiera la euforia alejandrina interpretando alegóricamente, metafóricamente, la realeza messiana, por la excelencia de Cristo mediador entre Dios y el hombre, es decir, por el sacerdocio cristiano.

No, esta posición, la de la realeza metafórica, está ya superada in terminis por Pío XI en la IV lección del oficio de Cristo Rey y hay que arrostrar las consecuencias o renunciar cobardemente a esperar la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef. I, 10) en este mundo subceleste (Dan. VII, 27; Ap. XI, 15 ss.), la cual hasta ahora es sólo parcial, según el sacerdocio, pero está claramente anunciado que se ha de hacer también según la realeza, y aun el cómo y el cuándo en líneas generales. En pocas palabras: al convertirse Israel en masa, traerá consigo esa realeza que le está reservada (Ex. XIX, 6; cf. Rom. XI, 29; alias), como a primogénito de Dios (Ex. IV, 22; Ecco. XXXVI, 14; cf. Sal. LXXXIII, 28).