domingo, 3 de abril de 2016

El que ha de Volver, por M. Chasles. Primera Parte: Volverá (VII de XVI)

VII

EL DIA DEL SEÑOR VENDRA COMO LADRON

II Ped. III, 10

Nuestro detestable "Yo" que hace de los misterios más sublimes "su cosa", su cosa medida por su propia capacidad, se desliza como pérfida serpiente en casi toda la exégesis de la vuelta de Jesús. Ya hemos señalado algunos lamentables efectos de esto; profundicemos más todavía.

Durante los cuatro primeros siglos, ningún cristiano hubiera pensado identificar el Retorno de Cristo con su muerte. Las admirables parábolas escatológicas transmitidas por San Mateo (XXV), por San Marcos (XIII) y por San Lucas (XII), que más adelante estudiaremos en detalle, se refieren TODAS a este día, Día del Señor. La duda no cabe (excepción hecha de la Parábola de Luc. XII, 16-21[1]). Durante cuatro siglos jamás se dijo, como en nuestros días, hablando de la muerte: "Ella viene como ladrón".

Esta acepción estaba exclusivamente reservada al advenimiento glorioso de Cristo que vendrá en efecto como un ladrón, es decir, de improviso, súbitamente (II Ped. III, 10).

Pero en consideración a la debilidad humana, a causa de nuestra apatía para el bien y de nuestra gran aptitud para el mal, en lugar de mantener la tradición, poco a poco, los Padres de la Iglesia, San Jerónimo y San Agustín los primeros, en seguida los sermonarios de la Edad Medía, comentaron estas parábolas en función de la muerte. Ellos trataron de espantar a los cristianos con el pensamiento de la Vuelta de Cristo, que ellos llaman "la muerte", para mantenernos en el temor. No se vió en el ladrón que perforaba la casa más que la muerte que sobrevenía de repente para precipitarnos a los pies del Juez.

En cuanto al "fin del mundo", durante la Edad Media, por las representaciones que se hacían de los "misterios" delante de las catedrales, se popularizó una concepción a menudo burlesca, a menudo trágica y siempre deformada. Esta falsa concepción no se aviene con la espera alegre del Retorno; ella solamente da cabida a la idea de la conflagración general del mundo y el terrible juicio del "Dies irae", ¡como si todos fuéramos un pueblo de condenados!

Cuando Jesús se compara al Ladrón, al Esposo, al Maestro, al Rey que vuelve de improviso después de haberse hecho esperar largo tiempo, se trata de una cosa completamente distinta de la muerte individual que tiene un carácter de castigo por el pecado. Se trata de su segunda Venida para la resurrección de los justos, después de la larga expectación de los siglos y, por lo tanto, de un suceso que debe causarnos inmensa alegría.

Una lectura atenta de las páginas evangélicas no dejará en pie la menor duda. No hay más que una expectación: Jesús da una sola parábola en función de la muerte a fin de hacer temer el momento terrible a cualquiera que amasa grandes bienes.

“Y les dijo una parábola: “Había un rico, cuyas tierras habían producido mucho. Y se hizo esta reflexión: “¿Qué voy a hacer? porque no tengo dónde recoger mis cosechas”. Y dijo: “He aquí lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré unos mayores; allí amontonaré todo mi trigo y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma mía, tienes cuantiosos bienes en reserva para un gran número de años; reposa, come, bebe, haz fiesta”. Mas Dios le dijo: “¡Insensato! esta misma noche te van a pedir el alma, y lo que tú has allegado, ¿para quién será?”. Así ocurre con todo aquel que atesora para sí mismo, y no es rico ante Dios” (Luc. XII, 16-21).

Únicamente esta parábola trae una enseñanza moral y directa sobre la muerte individual. Pero las parábolas escatológicas, ¿acaso no pueden traer también su enseñanza moral, aún mantenidas en su verdadero sentido escriturístico?

Esta "feliz esperanza", ¿no trae acaso admirables frutos de santificación y de desprendimiento? Lo creemos firmemente y me atrevo a decirlo así, experimentalmente, pero aquéllos que predican a los cristianos poco lo creen, y el Cardenal Billot que ha dicho con tanto acierto que el Retorno del Señor es "la explicación, la razón de ser, la sanción" de la predicación de Jesús, supone en cambio, que este pensamiento fundamental - que fué básico para la enseñanza de los apóstoles — no puede ser fecundo para los católicos de nuestros días:

"Es preciso, escribe, estar bien sólidamente asentado en la región de las abstracciones, donde el espíritu se ejercita sobre entidades puramente metafísicas, para imaginarse que la eventualidad de una cosa que se sabe podrá llegar tanto dentro de mil o dos mil años como dentro de ciento, de veinte, diez o cincuenta, podrá jamás producir alguna impresión, acción o influencia sobre hombres reales hechos de carne y huesos"[2].

Nos atrevemos a afirmar lo contrario. Si tuviésemos el hábito de una oración menos personal, inspirándonos más en la liturgia, si viviésemos no "de entidades puramente metafísicas", sino de la profundidad de los misterios, si en lugar de las devociones superficiales estuviésemos verdaderamente desprendidos de nuestras propias "prácticas de piedad" y sinceramente apegados a la lectura de la Biblia, comprenderíamos rápidamente el magnífico alcance de esta vigilancia en la expectación del Señor. Esta expectación, no lo dudamos, tendría "una impresión, una acción, una influencia" extremadamente profunda: "Poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os traerá cuando aparezca Jesucristo" (I Ped. I, 13). Y San Juan por su parte, dice: "Quienquiera tiene en Él esta esperanza se hace puro, así como Él es puro" (I Jn. III, 3).

La aparición de Cristo traerá, pues, su gracia magnífica, pero ya en la sola esperanza de su venida, San Juan nos muestra el medio más eficaz para llegar a ser puro, como Jesús mismo es puro.

En fin, aquel día será el supremo de la gloria de nuestro amado Salvador. ¿Nos habrá de interesar más nuestra muerte que la gloria de nuestro Cristo, para que todo lo refiramos a ella?

La opinión del Cardenal Billot probaría entonces que el amor se ha enfriado completamente sobre la tierra.

Plegue al Señor que pudiéramos tener el espíritu de los Patriarcas, los cuales esperaron el primer Advenimiento sin verlo. Su salvación estaba puesta en esa larga expectación: "En la fe murieron todos éstos sin recibir las cosas prometidas, pero las vieron y las saludaron de lejos, confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra (…) Y todos éstos que por la fe recibieron tales testimonios, no obtuvieron la (realización de la) promesa, porque Dios tenía provisto para nosotros algo mejor, a fin de que no llegasen a la consumación sin nosotros " (Heb. XI, 13.39-40).

Juntamente con nosotros esperan la consumación del misterio de Cristo, pues no dudamos que el cielo entero, como la tierra, están en una misma expectación del coronamiento de la Redención.

Si "la muerte es una ganancia" como lo dice San Pablo, que tenía prisa de estar con el Señor (II Cor. V, 8) ella sigue siendo, sin embargo, el enemigo "el último enemigo destruído" (I Cor. XV, 16). No es posible confundirla con la Parusía, que traerá una resurrección de los cuerpos y nos dará el reinar con el Cristo. La muerte, "este salario del pecado" (Rom. VI, 23) es, pues, una cosa y la Parusía otra, la confusión de una y otra es un grave atentado a las últimas enseñanzas de Jesús y a las de los Apóstoles.

Es preciso amar, apresurar la Venida de nuestro Salvador, que lo glorificará magníficamente y a nosotros con El. Si vivimos de toda esperanza, seremos hechos puros según la promesa de San Juan, y entonces no temeremos nuestra muerte por muy próxima que ella esté: "¡Bienaventurados los muertos, los que mueren en el Señor desde ahora! Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos, pues sus obras siguen con ellos” (Apoc. XIV, 13).




[1] Nota del Blog: ¿Será? Nos haría falta un estudio más profundo para tener una respuesta definitiva, pero por lo poco que hemos analizado nos parece que yerra aquí la autora y que Nuestro Señor no hace más que seguir hablando de su Parusía.

1) El contexto de la parábola ya podría hacernos sospechar que estaría fuera de lugar una alusión a la muerte.

2) Al rico se le dice que le pedirán el alma y no que va a morir. El giro es ciertamente inusual.

3) El alma le será pedida de noche ¿Justo tenía que ser de noche…?

4) El lenguaje es ciertamente el mismo que el de las parábolas parusíacas:

Mt. XXIV, 38; Lc. XII, 45; XVII, 27-28 = Lc. XII, 19: bebiendo.

Mt. XXIV, 47; Lc. XII, 44 = Lc. XII, 15: bienes.

Mt. XXV, 29 = Lc. XII, 15: abundará.

Mt. XXV, 35.42 = Lc. XII, 19: comer.

El necio del v. 20 parece un eco del mal siervo de Mt. XXIV, 45-51; a las vírgenes necias de Mt. XXV, 1-13; al siervo malo y perezoso de Mt. XXV, 26.30 y al de Lc. XII, 42-48.

[2] Cardenal Billot: La Parousie, p. 10 y 136-137.

Nota del Blog: Palabras horribles en boca de quien es considerado el teólogo más grande del siglo XX.