miércoles, 30 de abril de 2014

La Resurrección de Lázaro como Tipo de la Conversión de Israel

La Resurrección de Lázaro
como Tipo de la Conversión de Israel

Nota del Blog: La resurrección de Lázaro es no solamente uno de los episodios más conocidos e importantes que se narran en el Evangelio, sino además una de las escenas más dramáticas, acaso comparable únicamente con la curación del ciego de nacimiento en el capítulo IX del mismo Evangelista.
Todos están de acuerdo en afirmar que el Evangelio de San Juan es altamente simbólico y si a esto le sumamos el hecho de que una lectura atenta de los Evangelios, como por lo general del resto de la Biblia, nos muestra una constante referencia a los últimos tiempos, creemos que nadie podrá sorprenderse de nuestra interpretación.

G. Doré. La Resurrección de Lázaro


El capítulo XI de San Juan es una verdadera obra de arte. Cada detalle delata no sólo un autor presencial de los hechos narrados sino también, un “algo más”. Cada pieza, cada movimiento, cada palabra, parecería estar milimétricamente planeado.

Por otra parte, sabido es que San Juan llama a los milagros σημεῖον, esto es, signo, casi como indicándonos que detrás del milagro hay otra cosa.

La resurrección de Lázaro es, sin ningún tipo de dudas, el milagro más grande de Nuestro Señor para con los hombres y el de mayores repercusiones.

Todo nos lleva aquí a la conversión de los Judíos y a la Parusía.

Los primeros cinco versículos nos introducen abruptamente en escena. Lázaro irrumpe en el relato bíblico sin advertir al lector y se va en el capítulo XII, tras el festín, casi tan pronto como llega.

Lázaro está enfermo (vv. 1.2) y sus hermanas le avisan a Jesús: “El que amas está enfermo” (v. 3). Simple. A la delicadeza del amor le basta con nombrar el mal, como la Virgen en las bodas de Caná. “El que ama” ya sabe qué hacer.
Sin embargo, por toda respuesta Jesús anuncia que la enfermedad no es mortal sino para la gloria de Su Padre y la Suya propia (v. 4). Retengamos esto porque es lo mismo que nos dirá luego San Pablo en su carta a los Romanos (XI, 32 ss).

¿Quién podría describir el dolor de Marta y María al ver a los mensajeros volver sin Jesús y encima con la muerte ya consumada?

Al retirarse los mensajeros, Jesús decide quedarse aún dos días más (v. 6). Después de esos dos días de espera le anuncia a sus discípulos que va a ir a resucitar a Lázaro.

Lázaro es aquí la imagen de Israel. Todas las imágenes nos llevan allí.

martes, 29 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. II (III de III)

Pastor

Como Jesucristo, dando la vida a su Iglesia, la adquirió y, a este título, posee sobre ella la más legítima y más augusta de las soberanías, así, haciendo al obispo ministro y cooperador de su sacerdocio y asociándolo a su acción vivificadora, le da a la vez participación en su autoridad y en sus derechos.
El obispo tiene, por tanto, el imperio sobre su Iglesia, y como Jesucristo conserva principalmente a la Iglesia universal por la solicitud que pone en regirla y por la asistencia que presta a su vicario para que la gobierne en su nombre, así también el obispo, ejerciendo sobre su pueblo su imperio espiritual, le presta continuamente sus cuidados más útiles y cuida de su salvación y de sus progresos.
Este imperio del obispo comprende la facultad de hacer layes y de establecer reglamentos estables; comprende, en segundo lugar, la facultad de juzgar y de mantener la paz y el buen orden con sentencias que zanjan las diferencias o castigan a los culpables; finalmente, comprende también la facultad de ejecutar sus decisiones y de aplicar penas incluso hasta separar de la Iglesia a los prevaricadores y a los rebeldes.
Este triple poder hace que el gobierno del obispo sea tutelar y temible a la vez. La luz y la vida de sus súbditos, y no ya su vida temporal, sino la eterna, dependen del ejercicio que hace de estos poderes. ¿Qué temor no deberá inspirar a los cristianos la autoridad de príncipe y de juez depositada en sus manos? ¿Cuál no deberá ser su obediencia? Pero este temor está mitigado por el amor; esta obediencia es filial. Porque todo este gran poder reposa sobre el beneficio de la regeneración y sobre el don de la vida nueva. Es el poder paternal de Dios mismo sobre los hijos de adopción que se procuró en Jesucristo, el único y el primogénito. El obispo lleva su imagen venerable; porque, como dice san Ignacio, «a todo el que envía el padre de familia a su propia administración, no de otra manera hemos de recibirle que al mismo que le envía»[1].
En el ejercicio de esta autoridad entrará el obispo en contacto más inmediato con el  elemento variable de las cosas humanas. Deberá sostener y dirigir a su pueblo en medio de peligros incesantemente renovados y de circunstancias diversas. Cada siglo y cada región traen a Jesucristo, juntamente con las generaciones humanas que vino a salvar las exigencias cambiantes de sus debilidades y de sus progresos, del bien y del mal que  hay en ellas, de su civilización o de su barbarie.

lunes, 28 de abril de 2014

Las LXX Semanas de Daniel, IX. Resumen y Conclusiones

IX

Resumen y Conclusiones

A través de los artículos precedentes hemos intentado seguir el hilo conductor de esta formidable profecía.

Comenzamos dando una somera estructura de los versículos 24-27 y allí dividíamos la profecía en cuatro partes, a saber:

1) 7 Semanas (v. 25a).

2) 62 Semanas (v. 25b).

3) Intervalo (v. 26).

4) 1 Semana (v. 27).


Luego, nos desviamos un tanto de los pasajes estrictamente proféticos para centrarnos un poco más en el contexto inmediato y analizamos algunas cuestiones relacionadas con el cautiverio de Nabucodonosor.

En la tercera parte buscamos detallar el comienzo del año exacto de la profecía, para lo cual analizamos las principales posibilidades.

Proseguimos analizando las diversas teorías que han dado los exégetas, las cuales se pueden reducir a tres: la profecía termina o en la época de los Macabeos, o en la primera Venida de Nuestro Señor, o en la Segunda Venida, y optamos por esta última por varias razones que allí dejamos señaladas.

Después pasamos a analizar la última semana (v. 27) e indicamos que es todavía futura para nosotros y que recién comenzará con la venida de Elías y la conversión de muchos judíos.

Y para terminar finalizamos analizando el v. 26 que mira a la entrada triunfal en Jerusalén de Cristo Rey el domingo de Ramos y aventuramos por vía de hipótesis la fecha exacta de su realización.

Nos parece que nuestra interpretación, no del todo nuestra por cierto sino apoyada en diversos autores y Padres, tiene la ventaja, a grandes rasgos, de presentar una exégesis natural, literal, sin cuestiones forzadas. Seguramente se podrán rever algunas cosas, y de hecho nosotros reconocimos algunas dificultades, pero nos parece que en líneas generales por lo menos, la exégesis de la profecía debe ir por estos cauces.

Nos parece que otra de sus ventajas es la de ayudar a explicar las dos principales profecías del Nuevo Testamento: el Discurso Parusíaco (Mt. XXIV y Mc XIII) y el Apocalipsis, las cuales no son más que un desarrollo cada vez mayor de la septuagésima semana, y es por ello que no sorprende que en muchos casos la causa de los errores en la exégesis de estas dos profecías haya que buscarlas en una mala comprensión (cuando no en un completo olvido) de la profecía de Daniel.

Sin dudas quedan muchísimas cosas por analizar sobre las Setenta Semanas pero nuestro fin principal era más que nada trazar las líneas generales para poder observar su aplicación en el Discurso Parusíaco y, sobre todo, en el Apocalipsis, lo cual esperamos poder hacerlo pronto.


Vale!

domingo, 27 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. II (II de III)

Santificador.

Pero la misión del obispo no se limita al ministerio de la predicación.
Después de la doctrina hay que dar las realidades de la vida nueva. La Iglesia no es una simple escuela donde el hombre recibe la verdad; en ella renace el hombre a la santidad, es animado por el Espíritu Santo y recibe el alimento divino de esta nueva vida.
Es preciso que sea incorporado a Jesucristo viniendo a ser en Jesús hijo adoptivo de Dios y miembro de su Hijo natural, a fin de que viva de su Espíritu.
Sabemos ya que estas misteriosas y eficaces influencias de Jesucristo en sus miembros son consecuencia de su sacrificio perpetuamente eficaz en los sacramentos; sabemos el orden y las relaciones que existen entre los sacramentos.
La eucaristía es su centro, porque es el sacrificio mismo de Jesucristo siempre presente. El bautismo, regenerando al hombre, crea en él la aptitud para este alimento celestial. La confirmación remata y consuma la obra del bautismo. La penitencia repara esta obra a todo lo largo de la vida cristiana, y la extremaunción viene a sostenerla en los últimos asaltos por los que el enemigo trata de destruirla a la hora de la muerte.
El obispo es el ministro principal de los sacramentos en su Iglesia.
Él bautiza; él marca al bautizado con el sello del Espíritu Santo.
Él celebra la sagrada eucaristía, que es el centro de toda la economía sacramental.
En el altar es ciertamente donde aparece como cabeza de su pueblo. En el altar opera en medio de este pueblo el misterio de vida; él es su distribuidor, y todos reciben de él el alimento divino, porque «sólo ha de tenerse por válida», en sus frutos, «aquella eucaristía que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización»[1].
En el altar es el obispo el centro de la comunión eclesiástica, cuyo fondo sustancial es la comunión eucarística; porque los fieles no están en aquélla sino por el derecho habitual que tienen a ésta (cf. I Cor. X, 17)[2].
Tanto las Constituciones apostólicas como el Pontifical romano, enunciando las sublimes atribuciones del obispo, enseñan que debe ofrecer y consagrar[3]: esta es, sin duda alguna, en medio de su pueblo, su primera y más augusta función.
Le veremos luego como médico caritativo, curar las almas enfermas con «la palabra de reconciliación» (II Cor. V, 19). Le veremos, como pastor misericordioso, ir en busca de la oveja perdida, traerla al redil y abrirle las puertas que ella misma se había cerrado con su infidelidad.
Como ministro del altar y sacrificador, abrirá, sin cesar las fuentes de vida y de santidad que brotan del altar y del sacrificio del Cordero inmolado, y derramará por todas partes la santidad y la bendición.
Por esta misma razón la oración del obispo tiene tanta fuerza y tanta dignidad, que en el misterio de la unidad contiene la oración de su pueblo, la concluye y la consagra.
La Iglesia que recibe por él los dones de Dios, dirige por él sus súplicas a Dios, por él hace que se eleven al cielo la alabanza y la bendición, por él tributa sus acciones de gracias.
Tal es el misterio de la oración litúrgica, de esa oración pública que es el acto cotidiano y perpetuo de la Iglesia. Es el coloquio incesante del Esposo y de la Esposa de que se habla en los libros sagrados.

sábado, 26 de abril de 2014

La Jerarquía Angélica (VII de VII)

Respuesta a una objeción y conclusión

De todo lo que hemos dicho se nos vino a la mente una objeción:

En la cuarta parte decíamos que las Potestades caídas tenían acceso junto con Satanás al cielo, y allí citábamos, entre otros pasajes el cap. XII del Apocalipsis cuando dice: “y peleaba el dragón y sus ángeles y no prevalecieron” y que después de luchar contra San Miguel y sus ángeles, “no se halló más su lugar en el cielo” (v. 8)”.
Ahora bien, se supone que el término “ángel” es sólo para los Principados y para las Virtudes, según lo que habíamos dicho al comienzo de toda esta sección cuando dimos la división fundamental de la jerarquía angélica.

Resp. Nos parece que aquí caben dos contestaciones posibles:

a) La primera es simplemente reconocer que o todas o por lo menos algunas de las virtudes de Satanás tienen acceso al cielo junto con su Príncipe.

b) La segunda, y la que más nos gusta, es que al caer estas Potestades perdieron, por así decirlo, su jerarquía y por lo tanto ellas también se rebelaron contra su jefe natural (algunos de los veinticuatro Señores-Dominaciones) y de esta forma pasaron a quedar sujetos a Satanás, el cual puede disponer de ellos a su gusto, es decir puede imperarles, enviarles a donde lo quisiere. Con lo cual nada tiene de extraño que sean llamados ángeles, puesto que, como es sabido, este nombre significa precisamente eso: enviado, nuncio, legado.

Esto que decimos se ve más claro aún si se tiene en cuenta que las Dominaciones con sus Potestades son los que asisten a Dios, son, si quiere, como los espíritus “contemplativos”, a diferencia de los Principados con sus Virtudes que son los que ejecutan sus órdenes, son espíritus “activos”.
Es decir, al perder su objeto de contemplación (Dios), estos ángeles fueron degradados a un oficio inferior y puestos bajo el mando de alguien que, por naturaleza, era inferior a ellos.

Conclusión: Hemos querido dar aquí un breve repaso por los principales textos escriturísticos y adrede nos hemos basado solamente en las Escrituras obviando toda referencia a los exégetas[1] y estamos seguros que consultando diversos autores se podrán encontrar numerosas cosas más para agregar (y seguramente corregir) como puede ser el caso de la identidad de Asmodeo (Tob. III, 8.17) con el mismo Satanás, pero como ya dijimos, hemos tratado de mantenernos al margen de los autores para que nuestro estudio estuviera basado primeramente en el dato revelado y sea este el fundamento del estudio de los ángeles y no las meditaciones del Pseudo-Dionisio, tal como lo pide Ramos García.

Vale!




[1]  Nos fue muy grato observar, después de haber terminado este trabajo, una coincidencia con cierta literatura judía.

“Según el Rabí Bechai (Explic. du Pentat. fol. 90, col. 1) los demonios se dividen en tres clases: unos residen en el aire y son los que envían los sueños, otros habitan en el hombre para incitarlos al pecado, algunos están sumergidos en los abismos del mar donde suscitan los cataclismos”. (Énfasis nuestro)

Citado por Prat, La Théologie de Saint Paul, II (1937), pag. 499.

Los cuales coinciden con Satanás y las Potestades, con los Espíritus Inmundos, y con las Virtudes infieles a sus Principados, respectivamente.

viernes, 25 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. II (I de III)

II

EL OBISPO, CABEZA  DE LA IGLESIA PARTICULAR

El obispo es cabeza de la Iglesia particular.
En el lenguaje eclesiástico, el nombre de cabeza no significa únicamente el órgano en que reside el mando sino también aquel de donde fluye la vida a todo el cuerpo; la Iglesia particular existe por su obispo, procede de él, recibe de él toda su constitución, reposa sobre él como el edificio reposa sobre sus cimientos[1].
Ahora bien, el único fundamento y cimiento es Cristo (I Cor. III, 11).
Así pues, el obispo es el fundamento de su Iglesia en la sola virtud de Jesucristo presente en él. Jesucristo opera por medio de él. El obispo mismo es Cristo dado a una Iglesia determinada para hacerla nacer y vivir de la vida divina.
En efecto, la misión del obispo y su sacerdocio no son sino una secuela y una comunicación de la misión y del sacerdocio de Jesucristo, y en él descubrimos todas las propiedades de este augusto y primer pontificado.
Sabemos que el sacerdocio de Jesucristo contiene en su unidad tres elementos principales: la enseñanza de la verdad, la comunicación de la santidad por los sacramentos y, finalmente, la autoridad del gobierno.
Sabemos que estos tres aspectos del poder dado por Dios mismo a su Sacerdote consagrado con una unción eterna, están íntimamente ligados entre sí, que el magisterio y el ministerio se unen para producir la nueva humanidad o la Iglesia, y que la autoridad del gobierno sobre esta Iglesia es consecuencia natural de la fecundidad sacerdotal que le dio la vida.
Aquí nos basta con recordar estas nociones importantes que dejamos expuestas en nuestra parte segunda.
El obispo, viniendo a su pueblo, le aporta el sacerdocio de Jesucristo en este triple e indivisible poder.

Doctor de la fe.

Comienza por ser su doctor proporcionándole la palabra de Dios. La fe es el primer fundamento que pone. Su predicación precede a todas sus demás funciones sacerdotales; aun antes de que los hombres a quienes es enviado el obispo hayan recibido el bautismo y hayan venido a ser miembros de la nueva sociedad, le pertenecen ya como a quien debe instruirlos; no son todavía sus ovejas, y él no es todavía su pastor, pero es ya su doctor.
En lo sucesivo continuará ejerciendo este ministerio, y cuando ya hayan entrado en su redil no cesará de alimentarlos en él con la Palabra de Dios.
La Iglesia vive de la fe: por la fe recibe al Hijo de Dios, que es la Palabra de su Padre; la fe del obispo, que fue el primero en recibir la palabra de vida para su Iglesia, formará la fe de ésta transmitiéndole dicha palabra. La fe del obispo es, por tanto, una fe enseñante, y la fe de su pueblo, una fe enseñada.
El Señor habló de esta fe fecunda y que se comunica, cuando dijo: «Ruego no sólo por ellos (por los apóstoles y los obispos, sus sucesores), sino también por los que creerán en mí gracias a su palabra» (Jn. XVII, 20). «Su fe, cuyo mérito consideró al orar por ellos, no es una fe que se detenga en ellos; se extiende, y se comunica al resto del pueblo, por lo cual mi oración no puede detenerse en ellos, sino que se extiende también a toda la posteridad de su sacerdocio.»


[1] San Cipriano, Carta 27, a los lapsi,  1; PL 4, 298; «De ahí (Mt XVI, 18-19) dimana, a través de la serie de los tiempos y de las sucesiones la elección de los obispos y la organización de la Iglesia: la Iglesia reposa sobre los obispos y toda su conducta obedece a la dirección de estas mismas cabezas».

miércoles, 23 de abril de 2014

La Jerarquía Angélica (VI de VII)

V. VIRTUDES (δυνάμεως)

Recordemos que estos ángeles son los subordinados de los Principados.

Parecen ser, en cantidad, los mayores de todos, como se desprende de Dan. VII, 10 y Apoc. V, 11. Cfr. también el punto “a”.

1) Rom. VIII, 38-39: “Porque persuadido estoy de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados (ἀρχαὶ), ni cosas presentes, ni cosas futuras, ni virtudes (δυνάμεις), ni altura, ni profundidad ni otra creatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor”.

2) I Cor. XV, 23-24: “Pero cada uno en su orden: como primicia Cristo en su Parusía; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya destruído todo principado (ἀρχὴν) y toda potestad (ἐξουσίαν) y toda virtud (δύναμιν).”

3) Ef. I, 20-21: “… que obró en Cristo resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su diestra en los cielos por encima de todo principado (ἀρχῆς) y potestad (ἐξουσίας) y virtud (δυνάμεως) y dominación (κυριότητος)…”.

4) II Tes. I, 7: “… y a vosotros, los atribulados, descanso, juntamente con nosotros, en la revelación del Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su virtud (δυνάμεως)”.


5) I Ped. III, 22: “… el cual subió al cielo y está a la diestra de Dios, hallándose sujetos a Él ángeles y potestades (ἐξουσιῶν) y virtudes (δυνάμεων)”.


V a.- Legiones:

1) Mt. XXVI, 52-53: “Díjole entonces Jesús: “vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que empuñan la espada, perecerán a espada ¿O piensas que no puedo rogar a mi Padre y me dará al punto más de doce legiones de ángeles?

2) Mc. V, 6-9: “Divisando a Jesús de lejos, vino corriendo, se prosternó delante de Él y gritando a gran voz dijo: “¿qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios no me atormentes. Porque Él le estaba diciendo: “Sal de este hombre, inmundo espíritu”. “Y le preguntó: “¿cuál es tu nombre?” Respondióle: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”.

3) Mc. V, 15: “Mas llegados a Jesús, vieron al endemoniado, sentado, vestido y en su sano juicio: al mismo que había estado poseído por la legión, y quedaron espantados”.

4) Lc. VIII, 30-31: “Y Jesús le preguntó: “¿cuál es tu nombre?”. Respondió: “Legión”; porque eran muchos los demonios que habían entrado en él. Y le suplicaron que no les mandase ir al abismo”.

martes, 22 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. I (III de III)

   Nota del Blog: importante sección del libro de Dom Gréa cuya doctrina fuera admirablemente expuesta por Fenton, en este exelente artículo AQUI.

Indefectibilidad de la Iglesia (particular) de Roma

Ahora bien, aunque entre todas las Iglesias ninguna tiene, por ley común, la seguridad de permanecer en su integridad hasta el fin del mundo, hay, sin embrago, una que sustrayéndose a esta ley posee por privilegio singular esta seguridad, que se le ha garantizado con una promesa.
Esta Iglesia es la santa Iglesia romana. Guardiana de la cátedra de san Pedro, debe conservar la herencia del vicario de Jesucristo como un depósito sagrado del que es responsable ante el mundo entero hasta el fin de los siglos.
De esta manera el destino de esta santa Iglesia está estrechamente ligado al de la Iglesia Universal; participa de las promesas hechas a ésta y de su indefectible perpetuidad.
Más aún: precisamente por medio de ella se cumplen las promesas hechas a la Iglesia universal, y la firmeza de Pedro, es decir, la inquebrantable estabilidad de la Iglesia romana, que es la cátedra de Pedro, es su propia firmeza[1].
En efecto, es evidentemente necesario que este cuerpo de la Iglesia Universal tenga un centro inmutable, en torno al cual gravite todo lo demás y del que todas las partes reciban una misma vida. Mientras todos los pueblos que entran en este cuerpo pueden un día salir de él y cesar de pertenecer por su infidelidad, mientras las Iglesias particulares pueden nacer y morir, es preciso que haya un punto inmutable, un principio de vida e identidad en este cuerpo cuyos elementos son móviles y por su primer origen participan de la inconstancia de las cosas humanas.
La Iglesia romana es el centro necesario; de ella reciben todas las demás, con su comunión, la comunión de la Iglesia Universal; por la Iglesia romana pertenecen a la Iglesia universal, y ésta es la razón por la que se puede decir que la Iglesia Universal subsiste en la Iglesia romana.
Por este singular y admirable privilegio, la Iglesia romana viene a ser en todo semejante a la Iglesia Universal. Al igual que esta, está dotada de eterna juventud; las decadencias no pueden abatirla; el Espíritu Santo la guarda con celosa solicitud; la cátedra de san Pedro hace irradiar sobre ella el vigor de la fe, única que vivifica, cura y reforma a todas las Iglesias del mundo, se purifica y se reforma así misma.
De esta manera da al mundo la espléndida prueba de la asistencia omnipotente de Dios en ella. En efecto, la Iglesia romana presenta el hecho único y contrario a todas las leyes de la historia y de las cosas humanas, verdadero milagro en el orden moral, de una institución que halla en sí misma la fuerza para restablecerse, que vuelve a erguirse cuando parece doblegarse, que por una energía intima recobra el vigor de su primer origen y hace que revivan todos los principios de su constitución primitiva.
Pero si ello es así, salta a la vista que la Iglesia romana, llamada con razón madre y maestra de todas las otras, ha de ofrecer a nuestros ojos a todo lo largo de este estudio el tipo principal de las Iglesias particulares y que en ella habremos de buscar los principios y las leyes constitutivas que rijan a las demás.





[1] Pío IX, encíclica Inter multiplices (21 de marzo de 1853): “… Esta cátedra del bienaventurado príncipe de los apóstoles, sabiendo muy bien que la religión misma no podrá jamás caer ni flaquear mientras esté en pie esta cátedra fundada sobre la piedra, de la que no triunfan nunca las puertas del infierno y en la que está entera y perfecta “la solidez de la religión cristiana”. Id., Encíclica Amantissimus (8 de abril de 1862): “De hecho esta cátedra de Pedro ha sido siempre reconocida y proclamada como la única, la primera por los dones recibidos, brillando por toda la tierra en el primer rango, raíz y madre del único sacerdocio (San Cipriano), que es para las otras Iglesias no solamente la cabeza, sino la madre y maestra (Pelagio II), centro de la religión, fuente de la integridad y de la perfecta estabilidad del cristianismo”. Pío XII, alocución de 2 de junio de 1944: “La Madre Iglesia Católica romana, mantenida fiel a la constitución recibida de su divino Fundador, y que todavía hoy se mantiene, inquebrantable, sobre la solidez de la piedra sobre la que edificó la voluntad de éste, posee en el primado de Pedro y de los legítimos sucesores la seguridad, garantizada por las promesas divinas, de conservar y de transmitir en su integridad y pureza, a través de los siglos y de milenios hasta el fin de los tiempos, toda la suma verdad y de gracia contenida en la misión redentora de Cristo”; Alocución de 30 de enero de 1949..” Si algún día - lo decimos por pura hipótesis- la Roma material viniera a derrumbarse; si algún día esta basílica vaticana, símbolo de la única, invencible y victoriosa Iglesia Católica, viniera a sepultar bajo sus ruinas sus tesoros históricos y las tumbas sagradas que encierra, ni aun entonces se vería por ello la Iglesia derruida ni agrietada; la promesa de Cristo a Pedro sería siempre verdadera, el papado duraría siempre, como también la Iglesia, una e indestructible, fundada sobre el Papa que entonces viviera”.

miércoles, 16 de abril de 2014

La Jerarquía Angélica (V de VII)

IV. PRINCIPADOS (ἀρχαὶ)

Así como los Ancianos o Dominaciones eran como el senado de Dios, los Principados, por su parte, son como los enviados o mensajeros de Dios, aquellos encargados de ejecutar sus órdenes.

En el pueblo de Israel vemos también la figura de los “Príncipes”: Mt. IX, 18 ss; Lc. VIII, 41; XIV, 1; XXIII, 13, etc.

Recordemos que los Principados tienen a su cargo Virtudes.

Veremos hacia el final una importantísima cita sobre los ángeles caídos.

1) Mt. IX, 32-34: “Cuando ellos hubieron salido, le presentaron un mudo endemoniado. Y echado el demonio, habló el mudo, y las multitudes, llenas de admiración, se pusieron a decir: “Jamás se ha visto cosa parecida en Israel”. Pero los fariseos decían: “Por obra del príncipe de los demonios lanza a los demonios”.
Cfr. Mt. XII, 24; Mc. III, 22; Lc. XI, 15.

2) Jn. XII, 31: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el príncipe de este mundo será expulsado”.

3) Jn. XIV, 30-31: “Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo. No es que tenga derecho contra Mí, pero es para que el mundo conozca que Yo amo al Padre…”.

4) Jn. XVI, 8-11: “Y cuando Él venga, presentará querella al mundo, por capítulo de pecado, por capítulo de justicia, y por capítulo de juicio… por capítulo de juicio, porque el príncipe de este mundo está juzgado”.

5) Rom. VIII, 38-39: “Porque persuadido estoy de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados (ἀρχαὶ), ni cosas presentes, ni cosas futuras, ni virtudes (δυνάμεις), ni altura, ni profundidad ni otra creatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús nuestro Señor”.

6) I Cor. XV, 23-24: “Pero cada uno en su orden: como primicia Cristo en su Parusía; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya destruído todo principado (ἀρχὴν) y toda potestad (ἐξουσίαν) y toda virtud (δύναμιν).”

7) Ef. I, 20-21: “… que obró en Cristo resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su diestra en los cielos por encima de todo principado (ἀρχῆς) y potestad (ἐξουσίας) y virtud (δυνάμεως) y dominación[1] (κυριότητος)…”.

8) Ef. II, 1-2: “También vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los cuales en otro tiempo anduvisteis conforme al curso de este mundo, conforme al príncipe (ἄρχοντα) de la potestad (ἐξουσίας) del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de incredulidad”.

9) Ef. III, 8-10: “A mí, el ínfimo de todos los santos, ha sido dada esta gracia: evangelizar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio, escondido desde los siglos en Dios creador de todas las cosas; a fin de que sea dada a conocer ahora a los principados (ἀρχαῖς) y a las potestades (ἐξουσίαις) en lo celestial, a través de la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios, que se muestra en el plan de las edades que Él realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro…”[2].

10) Ef. VI, 12: “Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados (ἀρχάς), contra las potestades (ἐξουσίας), contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de maldad en lo celestial…”.

martes, 15 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. I (II de III)

Dos grados de derecho divino

Aquí debemos hacer la siguiente observación: lo que decimos de la decadencia y de la destrucción a que están sujetas las Iglesias particulares no puede cancelar el derecho divino sobre el que reposan.
En efecto, en otro lugar hemos dejado suficientemente sentado que la constitución de la Iglesia particular obedece al misterio de la jerarquía y pertenece, por consiguiente, al derecho divino e inmutable que hay en ella.
Por este derecho divino de la jerarquía reposa la Iglesia sobre el fundamento del episcopado; por este derecho divino es el obispo cabeza de su Iglesia, y sobre este derecho divino están establecidas las relaciones esenciales del obispo, de los presbíteros, de los ministros y de los fieles.
El derecho positivo no puede suprimir este orden: este orden es querido por Dios y ha sido establecido por Él; es sustancial y proviene de las profundidades mismas del misterio.
Así como dijimos en otro lugar, el estado de las misiones, donde no existe todavía este orden, no puede ser nunca un estado perfecto y definitivo; debe servir de preparación y de introducción al régimen sagrado de las Iglesias; hasta entonces no está enteramente establecida la religión; por esto nada importa tanto a los Sumos Pontífices como introducir la jerarquía en las regiones recientemente evangelizadas. Cuando hacen estas creaciones solemnes creen honrar grandemente su reinado; la Iglesia universal celebra con santos transportes el establecimiento de las sedes episcopales y el nacimiento de las nuevas Iglesias como el de otras tantas hijas, fruto de su eterna fecundidad.
Y si contra el derecho divino de la jerarquía de la iglesia particular se arguye con el hecho de que Iglesias particulares pueden desfallecer y perecer, responderemos que en ellas sucede como en otro orden sucede en las familias humanas. Éstas han recibido de Dios una forma de derecho divino en el matrimonio y en la autoridad paterna, y esta constitución se mantiene aun cuando familias particulares la violen o perezcan. Y estas disoluciones de familias particulares no pueden hacer mella al derecho divino sobre el que todas reposan y que es el único que puede constituirlas.
La constitución de la Iglesia universal y la de las Iglesias particulares son, por tanto, igualmente de derecho divino y sin embargo hay entre ellas esta diferencia: la Iglesia universal no puede perecer, pero las Iglesias particulares están expuestas a desfallecer.
Así hay como dos grados en la aplicación del derecho divino a la nueva humanidad, y la razón de ello es patente.

domingo, 13 de abril de 2014

Castellani y el Apocalipsis, VII. Destinatarios

VII

Destinatarios

Ríos de tinta se han vertido sobre este tema. Lamentablemente, las mejores páginas no fueron escritas por Castellani.

En página 223 dice (énfasis nuestro):

“Cuando escribía – o recitaba – Juan, los cristianos tenían delante y encima una situación intolerable: matados y torturados en formas bestiales y satánicas, calumniados en todas formas, tachados de criminales, degenerados y "enemigos del mismo género humano", sólo los milagros o el Milagro pudo hacer que no se extinguieran, antes se multiplicaran incesantemente; hasta que Constantino vio que había que apoyarse, incluso políticamente, en ellos. Para consolar y corroborar a éstos se escribió primordialmente el "Librito". De ahí su fuerza, que hoy alguno dio en llamar "ferocidad".

La Real Academia define primordial como: “Primitivo, primero. Se dice del principio fundamental de cualquier cosa”.

Según esto, se trataría no de una primacía de tiempo simplemente sino de algo más. Si Castellani hubiera dicho “primeramente”, uno lo podría haber entendido (sin estar de acuerdo, de todas formas) como una alusión a la figura del Tipo y Antitipo.

Creemos que Castellani se contradice cuando afirma en varios lugares que las persecuciones romanas fueron el tipo de las del Anticristo.

En efecto Castellani comenta (énfasis nuestros):

Mas el trabajo del orador Bossuet no ha sido inútil: ha servido para dejar determinado con toda evidencia el contenido ocasional del libro de las Veinte Visiones, o sea, lo que llamamos el typo. Toda la Persecución de la Iglesia, y la Última que es la Suprema y Decisiva, están vistas a través de la entonces presente Persecución Romana. Por lo demás Bossuet hace constar claramente que su sistema no excluye un sentido esotérico más profundo del Apokalypsis…”. (Pag. 81)

San Juan habría anoticiado a los fieles el nombre del typo del Anticristo, el monstruoso primer Perseguidor[1]; en cuanto al antitypo, el verdadero y último Anticristo, nada podemos saber todavía.” (Pag. 176)

Veremos más tarde que San Juan tomó los elementos de su profecía sobre el último siglo de las circunstancias que lo rodeaban en aquel primer siglo; es decir, vio la última Persecución al trasluz de la Primera (typo y antitypo); lo mismo que hizo Cristo en su Sermón Esjatológico en Mateo, XXIV profetizando a la vez la destrucción de Jerusalén y la Parusía. (Pag. 177)

Al hablar de la figura del tipo y antitipo a través de sus obras, Castellani siempre dice que el objeto principal de toda profecía es el antitipo y que el tipo no es más que la ocasión. Sin embargo en la cita que dimos al comienzo nos dice que el Apocalipsis fue escrito primordialmente para los cristianos perseguidos contemporáneos de San Juan.

Además Castellani coincide acá con una de las principales tesis de la escuela histórica. Allo, Billot, Bover y un largo etcétera aplauden. Todos ellos podrían haber firmado tranquilamente ese párrafo. Una verdadera lástima.

No hay en el Apocalipsis una sóla alusión a las persecuciones romanas si no es en la iglesia de Esmirna, cuando habla de “la tribulación de diez días”. Fuera destas palabras, no encontramos absolutamente nada.

Creemos, siguiendo a Lacunza y tal como lo hemos dicho en varias oportunidades, que a partir del capítulo IV en adelante no se ha cumplido “ni una coma” del Apocalipsis y que el mismo mira (esto ya es nuestro) primordialmente las dos clases de mártires de la septuagésima semana daniélica: los que hemos dado en llamar “los mártires del quinto sello” y “los mártires del Anticristo”.

En definitiva, el Apocalipsis no es, pues, un libro de consuelo para los mártires del cristianismo primitivo. Simplemente porque no habla déllos.

Vale!






[1] Castellani habla aquí de Nerón, ¡pero éste hacía casi 30 años que había muerto! Resulta, pues, que según esto, el tipo de una profecía puede ser sobre algo pasado, cuando en otras ocasiones nos dice lo contrario.

sábado, 12 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Cuarta Parte. La Iglesia Particular. Cap. I (I de III)

PARTE CUARTA

LA IGLESIA PARTICULAR

I

CONSTITUCIÓN DE LA IGLESIA PARTICULAR

La cabeza divina de la Iglesia universal, Jesucristo, comunicando su sacerdocio a los obispos formó en ellas la Iglesia universal. Ellos son sus doctores, pontífices y pastores.
Pero la acción de éstos no queda circunscrita a esta esfera superior, sino que desciende de la Iglesia universal a la Iglesia particular.
Como hemos dicho en nuestra parte segunda, los poderes del episcopado, sin sufrir división ni alteración, vienen a ser, por una apropiación misteriosa, el tesoro de cada uno de los obispos.
Cada uno de los obispos ejerce así estos poderes sobre un número restringido de hombres, y a esta grey que le pertenece singularmente aporta, en su ministerio, la pura operación del sacerdocio de Jesucristo.
Consiguientemente, cada obispo tiene su familia y su herencia que le es atribuida propia y singularmente. Ahora bien, después de haber considerado al obispo en el senado de sus hermanos, sentado con ellos en torno al trono visible de Jesucristo, que es la sede de san Pedro, debemos considerarlo ahora separadamente, sentado él también en un trono, presidiendo a su pueblo y rodeado del senado de su Iglesia.
No vamos a repetir aquí todo lo que hemos dicho sobre la excelencia de la Iglesia particular, sobre la simplicidad, sobre la unidad de la jerarquía que hace de la Iglesia particular una misma cosa con la Iglesia universal, ni sobre las divinas realidades que descienden sobre ella de las cumbres del misterio de vida oculta en Dios, que la penetran, la elevan y, por una inefable identificación, la asimilan a las jerarquías superiores; ni tampoco volveremos a decir cómo es así transportada, por grados que se van desvaneciendo en la plenitud de la luz, hasta el seno de la sociedad de Dios y de su Hijo, Jesucristo.
Al tratar de estas cosas dijimos que Jesucristo salió del santuario de esta eterna sociedad para venir a su Iglesia católica, su única esposa, a la que formó del colegio de los obispos. El obispo, a su vez, sale de esta asamblea de la Iglesia universal, donde el episcopado recibe su primera noción. Abre el círculo sagrado de esta jerarquía más alta y viene a su pueblo, del que él debe formarse una Iglesia y una esposa.
Ahora bien, el misterio de la jerarquía no degenera en modo alguno al descender a la Iglesia particular; porque esta Iglesia  y esta esposa del obispo será todavía la Iglesia y la esposa de Jesucristo, unida indivisiblemente con Jesucristo en su obispo, pro-cediendo únicamente de Jesucristo y no viendo más que a Jesucristo en el obispo que la llama, la despierta a la vida y dirige su gobierno.
Al estudio de la Iglesia particular vamos, pues, a consagrar estas páginas.

viernes, 11 de abril de 2014

La Jerarquía Angélica (IV de VII)

III. POTESTADES (ἐξουσίαι).

Sobre este grupo de ángeles no nos parece que haya mucho por comentar, sólo resta decir que el pasaje de I Cor. XV nos parece, sin ningún lugar a dudas, que debe aplicarse a los ángeles y no a las potestades y principados en lo secular, como muchos hacen.

1) I Cor. XV, 23-24: “Pero cada uno en su orden: como primicia Cristo en su Parusía; después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya destruído todo principado (ἀρχὴν) y toda potestad (ἐξουσίαν) y toda virtud (δύναμιν).”

2) Ef. I, 20-21: “… que obró en Cristo resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su diestra en los cielos por encima de todo principado (ἀρχῆς) y potestad (ἐξουσίας) y virtud (δυνάμεως) y dominación (κυριότητος)…”.

3) Ef. III, 8-10: “A mí, el ínfimo de todos los santos, ha sido dada esta gracia: evangelizar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo, e iluminar a todos acerca de la dispensación del misterio, escondido desde los siglos en Dios creador de todas las cosas; a fin de que sea dada a conocer ahora a los principados (ἀρχαῖς) y a las potestades en lo celestial (ἐξουσίαις), a través de la Iglesia, la multiforme sabiduría de Dios, que se muestra en el plan de las edades que Él realizó en Cristo Jesús, Señor nuestro…”.

4) Ef. VI, 12: “Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados (ἀρχάς), contra las potestades (ἐξουσίας), contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de maldad en lo celestial…”.

5) Col, I, 16: “Por Él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las que están sobre la tierra, las visibles y las invisibles[1], sean Tronos (θρόνοι), o Dominaciones (κυριότητες), o Principados (ἀρχαὶ), o Potestades (ἐξουσίαι)…”.

6) Col. II, 9-10: “Porque en Él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente; y en Él estáis llenos vosotros, y Él es la cabeza de todo principado (ἀρχῆς) y potestad (ἐξουσίας).

7) Col. II, 14-15: “… habiendo cancelado la escritura presentada contra nosotros, la cual con sus ordenanzas nos era adversa. La quitó de en medio al clavarla en la Cruz; y despojando (así de aquella) a los principados (ἀρχὰς) y potestades (ἐξουσίας) denodadamente los exhibió a la infamia, triunfando sobre ellos en la Cruz”.

8) I Ped. III, 22: “… el cual subió al cielo y está a la diestra de Dios, hallándose sujetos a Él ángeles y potestades (ἐξουσιῶν) y virtudes (δυνάμεων).”

jueves, 10 de abril de 2014

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Tercera Parte (Sección segunda) La Iglesia Universal. Cap. VI (VI Parte)

Institución inmediata.

Pero esta disciplina, útil en los primeros tiempos de la Iglesia, debía poco a poco ceder el paso a un estado más perfecto.
La institución provisional dada a los obispos de las grandes sedes no fue otra cosa sino un remedio aplicado a las necesidades de las Iglesias[1].
Así, siempre que era posible, se recurría a la institución directa y definitiva del superior; por esta razón los metropolitanos más próximos a la sede de su patriarca debían ser ordenados por él, sin recurrir al más antiguo de los comprovinciales asistido de sus colegas. Por lo demás, los patriarcas, se decía, tenían el derecho de ordenación sobre todas las sedes de su dependencia[2], y precisamente por causa de este derecho la ordenación hecha lejos de ellos recibía su fuerza de sus cartas de confirmación.
Pero hoy día, hace ya mucho tiempo, las relaciones entre todos los miembros de la Iglesia se han facilitado lo bastante para que se pueda aguardar sin inconveniente y recibir directamente del superior la institución canónica.
Así pues, la ordenación no podrá ya nunca preceder a su sentencia, y las últimas huellas de la jurisdicción provisional otorgada a los elegidos desaparecieron con la decretal de Inocencio III que antes hemos citado.
Pero esto no es todo. El derecho mismo de los patriarcas y de los metropolitanos a dar la ordenación legítima con todos sus  efectos, es decir, a instituir a los obispos de su dependencia, no fue nunca en el fondo más que una pura concesión de la santa sede a apostólica. La dignidad de los patriarcas y de los metropolitanos es de institución puramente eclesiástica, por muy antigua que se suponga. El Papa, que los estableció, puede siempre a su arbitrio y según los tiempos extender o restringir la autoridad que les ha conferido.
Así el Papa, al hacerse representar por ellos a la cabeza de las diversas circunscripciones territoriales, no pudo despojarse de su prerrogativa esencial. Por consiguiente, si han podido instituir obispos, no lo han hecho nunca sino en nombre de san Pedro y por comunicación de su autoridad soberana, «puesto que entre todos los mortales sólo el vicario de Jesucristo puede elegirse colegas en el colegio apostólico»[3]. El vicario de Jesucristo no enajena este poder al comunicarlo.
Así los Sumos Pontífices, desde los  primeros tiempos y todas las veces que lo juzgaron oportuno, instituyeron personalmente obispos en todo el mundo católico.
El Papa Constantino, viajando por Oriente, «al ir y volver ordenó a doce obispos en diversos lugares»[4]. El Papa san Martín encargó al obispo de Filadelfia como a vicario suyo «y por la autoridad apostólica que Dios le había conferido por san Pedro, príncipe de los apóstoles», establecer obispos en todas las ciudades dependientes de las sedes de Jerusalén y de Antioquía[5].