viernes, 28 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo XI, por J. Tissot.

CAPÍTULO XI.

LA UNIDAD DE LOS EJERCICIOS

53. La sencillez del ojo. — 54. El examen es el ojo de los ejercicios. — 55. Es el preludio obligado de la meditación. — 56. De todos los demás ejercicios. — 57. La presencia de Dios. — 58. El gran instrumento de la piedad. — 59. Consultar los autores para los detalles de métodos.


53. La sencillez del ojo.

Debo ver ahora cómo el examen de conciencia hecho así es verdaderamente el ejercicio central y director; cómo los demás ejercicios encuentran en él su dirección y su camino, su luz y su regla, su vínculo y su unidad. Puedo aplicar al examen, así practicado con la rapidez del golpe de vista, lo que Nuestro Señor dice de la sencillez del ojo: “La antorcha de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo será resplandeciente; mas si fuere malo, también tu cuerpo será tenebroso. Mira, pues, que la lumbre que hay en tí no sean tinieblas. Y así, si todo tu cuerpo fuere resplandeciente, sin tener parte alguna de tinieblas, todo él será luminoso y te alumbrará como una antorcha de resplandor (Lc. XI, 34). Si el ojo del examen es sencillo y luminoso, todo el cuerpo de los ejercicios será resplandeciente y perfecto; mas si el examen es malo, todos los ejercicios estarán en ti-nieblas.

54. El examen es el ojo de los ejercicios.

El ojo de los ejercicios es el examen. El examen no es todo el cuerpo de los ejercicios; él solo no sería suficiente. No es tampoco el corazón que distribuye la vida; el corazón son los ejercicios productores de la gracia, los sacramentos, la oración; de éstos viene la vida, de éstos se toma la savia: los sacramentos y la oración son los depósitos y los canales que derraman en mi alma los torrentes de la vida sobrenatural, son el corazón y las arterias del cuerpo místico de la piedad.
El examen es el ojo de este cuerpo. Por él veo, soy iluminado, evito los peligros, corrijo los defectos y enderezo los caminos. Por medio de él, y sirviéndome de antorcha, registro y veo claro todo mi interior; y de este modo no puedo permanecer en el mal, sino que me veo obligado a hacer la verdad, es decir, a adelantar en la piedad. Porque todo el que obra mal aborrece la luz y no viene a la luz para que sus obras no sean descubiertas; mas el que obra la verdad viene a la luz para que sean manifiestas sus obras, porque son hechas según Dios (Jn. III, 20).
Es sumamente importante que esta luz del examen no sea tinieblas; porque si la luz que hay en mí es tinieblas, ¿qué serán las mismas tinieblas? (Mt. VI, 23). Si el examen está mal hecho, ¿en qué estado estarán los demás ejercicios?


55. Es el preludio obligado de la meditación.

El examen es el preludio obligado, la preparación indispensable de todo ejercicio serio. En mi meditación, por ejemplo, no evitaré los defectos que destruyen su valor si al comenzarla no me pregunto: "¿Dónde está mi corazón?" Sin esto podré dar oídos a mi indolencia y abandonar la misma meditación, o bien trataré en ella de saciar mi apetito de consuelos y nutrir así mi capricho y mi amor propio. De una manera o de otra no iré a Dios y mi meditación se frustrará. Si he enderezado mi corazón por medio de este rápido golpe de vista del examen, estos dos enemigos, mi indolencia y mi satisfacción, son arrojados fuera, y desde este momento nada impide que Dios entre en mí. Evidentemente, todas las dificultades no desaparecerán del todo por ese hecho: las distracciones, la sequedad y cien miserias más quedarán, todavía; pero no siendo voluntario nada de eso, nada impedirá mi encuentro con Dios: estas mismas miserias son frecuentemente lo que más aprovecha al alma. El éxito verdadero de la meditación está, pues, asegurado.


56. De todos los demás ejercicios.

Lo que es verdad de la meditación lo es también de los demás ejercicios, la misa, la comunión, el oficio, etcétera. Así cada uno de ellos es dirigido a su verdadero objeto; los peligros están señalados, los obstáculos apartados, el camino iluminado, el alma afianzada y el objeto alcanzado. Y no solamente se perfecciona cada uno de los ejercicios, sino que todos se unen, todos convergen al mismo fin bajo la acción común del principio director. La acción del uno se une a la acción del otro, la sostiene y la fortifica; todos se sostienen entre sí como las piedras de una misma bóveda, como las placas de un mismo imán; y en definitiva su acción múltiple es una acción unificada ¿Cómo no ha de ser fuerte el alma apretada en semejante haz? ¿Cómo no ha de avanzar, impulsada por semejante poder?


57. La presencia de Dios.

Esto me conduce a hacer otra observación. Todo ejercicio piadoso comienza por el recuerdo de la presencia de Dios: es esta una recomendación general para todos. Puesto  que quiero hablar a Dios, debo evidentemente principiar por ponerme en su presencia. Pues bien; la manera verdaderamente práctica y sólida de ponerme en la presencia de Dios, es el examen de conciencia tal como lo comprendo aquí. Si me contento con traer a mi memoria el recuerdo de Dios, sin descender a mi corazón para enderezarlo, ese recuerdo me será conveniente es indudable, pero no rectificará mis caminos; podría quedarme buscándome a mí mismo, y estando cerca de Dios no iré sin embargo a Dios. Esto es lo que acontece a algunas almas: adquieren el hábito de la presencia de Dios y de las oraciones jaculatorias, están llenas de ternura y de palabras afectuosas para Dios, ¡pero están también al mismo tiempo tan llenas de sí mismas y tan infatuadas de amor propio! Y no es éste un caso problemático ¡Oh, la busca del propio yo!...
Pero si escudriño mi corazón para ver dónde está, si enderezo sus movimientos dirigiéndolos a Dios y a su gloria, entonces estoy eficazmente en la presencia de Dios, le busco verdaderamente, voy a Él y le encuentro. Este acto se enseñorea de toda mi alma, se apodera del resorte que mueve mis facultades y las dirige a Dios; y si contraigo este hábito, llegaré verdaderamente a ver, amar y servir a Dios en todo ¡Seré piadoso!...


58. El gran instrumento de la piedad.

En resumen, el golpe de vista del examen será el principal instrumento con cuya ayuda formaré en mí la gran disposición una y viva que es la piedad. Es imposible seguir la gran vía que conduce al gran fin, sin el gran medio del examen, y no la seguiré pronta y fácilmente sino por medio del examen interior. San Francisco de Sales afirma que todo el que desea adelantar debe examinar sus hábitos y su interior ¡Es tan sutil el amor propio, ha penetrado de tal suerte las ideas, los afectos y los hábitos, y ha invadido tan profundamente nuestro interior!... Es necesario perseguirlo en esas trincheras, arrojarlo fuera, y para arrojarlo es preciso entrar. A eso tienden todas estas reflexiones.
Fácil es ver que su objeto constante es apartar al alma de sus preocupaciones exteriores, para atraer su atención principal sobre el  interior. Obrar sobre el interior a fin de reaccionar sobre lo exterior; purificar lo interior del vaso y del plato, para que esté también limpio lo que está fuera (Mt. XXIII, 26); separar el alma de las minuciosidades donde se detiene, se fatiga y se engaña, para traerla al principio que tiene olvidado; dar a su movimiento espiritual los verdaderos caracteres de la vida, la unidad y la simplicidad del trabajo interior, unidad de fin, de camino y de medios; aligerar las maneras de ser demasiado convencionales cuya multiplicidad llega a poner trabas al trabajo de la vida: tal es el fin ardientemente buscado aquí...

59. Consultar los autores para los detalles de métodos.


Y ahora, ¿qué diré de los demás ejercicios? — Nada; porque me parece que si se ha comprendido el papel que desempeñan en la piedad, y si el examen de conciencia los mantiene en su verdadero camino, serán perfectos o no tardarán en llegar a serlo. Las cuestiones de método son, ya lo he dicho, accesorias y cambian necesariamente según las diferentes necesidades y las distintas disposiciones de las almas. No queriendo tocar aquí sino las cuestiones esencialmente conexas con el único principio, objeto de todo este trabajo, no estudio más que las relaciones esenciales, sin entrar en cuestiones de detalle, sobre las cuales, por otra parte, se encuentran excelentes consejos en los maestros de la vida espiritual.