domingo, 23 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo X, por J. Tissot.

CAPÍTULO X

DE LOS DIFERENTES EXÁMENES

47. El examen habitual. — 48. El examen general, el centro y las dos circunferencias. — 49. Las dos cuestiones fundamentales. — 50. El examen particular. — 51. El examen de previsión. — 52. Facilidad para la confesión.


47. El examen habitual.

Hora es ya de hablar de las diferentes especies de exámenes, si es que hay varias especies. Se distinguen comúnmente el examen general, el examen particular y el examen de previsión. Antes que éstos habría que poner lo que yo llamaría examen habitual. Este examen habitual no es otra cosa que el simple golpe de vista rápido, que con la simplicidad de un solo movimiento resume los tres movimientos constitutivos del examen de conciencia. Me parece haber explicado ya suficientemente su naturaleza y práctica, para que no haya necesidad de insistir más sobre esto. Si quiero hacer algún progreso en la piedad es necesario que me acostumbre a repetirlo con frecuencia: la repetición de este acto establecerá en mí el hábito de la piedad, y cuanta mayor sea la facilidad que yo logre adquirir para hacerlo, más avanzará mi piedad hacia su completa expansión. En el santo que toca a la cúspide de la santidad este acto llega a ser el movimiento único de su vida; el acto se confunde con el hábito, y no se sabe ya si es un acto habitual o un hábito actual. Así se acerca a Dios, que es un acto puro. Dios mío, ¿cuándo me pareceré a Vos?


48. El examen general, el centro y las dos circunferencias.

He dicho ya que para el examen general era preciso separar las partes del mismo, o como dice San Francisco de Sales, tocar las cuerdas una después de otra. Paso, pues, sucesivamente del conocimiento al amor y al servicio de Dios, o dicho de otra manera, del golpe de vista a la contrición y a la resolución, y me detengo separadamente en cada una de esas tres partes.
El golpe de vista lo extiendo a todo el día y trato de ver cuál ha sido durante él mi disposición dominante. Hay, en efecto, en el día una disposición, un como estado predominante, o un movimiento al menos del corazón que caracteriza en conjunto el estado del alma y que da la fisonomía de todo aquel día. Veo en seguida si, en general, éste ha sido bueno o malo y por qué motivo: esto me salta a los ojos con la misma rapidez del golpe de vista. Una vez que me doy perfecta cuenta de esto, estoy en el centro de mi corazón.
Desde el centro se ven fácilmente, y casi simultáneamente, todos los puntos de la circunferencia. Así, extendiendo mi mirada desde el centro hacia la circunferencia procuro ver, según la fuerza actual de mi vista interior, sobre una primera circunferencia los movimientos secundarios de mi alma, los que han podido ocuparla un  instante, sin dominarla sin embargo del todo; éstos están por debajo del sentimiento dominante: ahí es donde veo los toques particulares de la gracia, las tentaciones del demonio y las diferentes agitaciones del corazón; después, en una segunda circunferencia, los hechos principales, palabras o actos que han nacido de estas disposiciones. El examen completo del todo como golpe de vista, se descompone de esta suerte en tres partes: en el centro, el sentimiento dominante, que es lo primero que veo; desde aquí, en una primera circunferencia, los sentimientos secundarios; y por fin, en una segunda, los actos principales nacidos de estas disposiciones.


49. Las dos cuestiones fundamentales.

Para medir esto con facilidad y exactitud tengo que plantearme dos cuestiones: una relativa al aspecto pasivo de mi piedad; la otra, a su aspecto activo. Respecto a la piedad pasiva, ¿cómo he aceptado? Respecto a la piedad activa, ¿cómo he obrado? En otros términos, y para repetir la comparación con la electricidad, que es gráfica, examino en la primera cuestión si se ha establecido la comunicación con el manantial del fluido, y en la segunda veo cómo ha funcionado la máquina. Por tanto, en primer lugar, ¿en qué situación me he mantenido respecto de Dios? ¿He estado abierto o cerrado a su acción? Abierto, cerrado, ¿por qué causa? Esta es la disposición dominante, éste es el punto central. En segundo lugar, ¿cómo he conocido, amado y cumplido mis deberes? Este es el funcionamiento de la máquina, éstas son las disposiciones y los actos consecutivos a la disposición dominante.
Estas dos cuestiones son vitales; me hacen ver la manera cómo he andado en el camino que conduce a Dios; veo de esta suerte los principales incidentes de la ruta, los buenos y los malos. Digo los principales incidentes, porque importa no pararse en detalles, que en esto suele consistir la tentación de la gente de buena voluntad en sus comienzos. No hay que detenerse sino en lo que es característico, en aquello que hace conocer el estado del alma: más vale mil veces no recoger todas las plantas, que perderse en el bosque.
Planteada así la cuestión, fácilmente y pronto se da la contestación a esas dos preguntas, y en breves instantes me doy cuenta de todo el día en su conjunto y en detalles, y conozco su fisonomía viva y su encadenamiento vital. ¡Oh, cuando se quiere ver!... Lo difícil no es ver, sino abrir los ojos y dirigirlos adonde deben dirigirse. ¡Oh, si yo quisiera ver...! ¡Dios mío, dadme la voluntad de ver!...


50. El examen particular.

Su objeto es derribar a Goliat, esto es, la pasión dominante del corazón. Lo hago cada vez que practico el examen de la manera indicada. Al echar mi golpe de vista interior, preguntándome dónde estoy, he atacado al verdadero Goliat; mi examen particular está hecho. No me fijo de antemano en un punto particular para examinarlo, no me aíslo en un rincón de mi alma, no tengo que hacer estadísticas, sino fijar mi atención directamente en mi corazón y sobre la disposición que de hecho domina en él. Lo que tengo ante mí es un enemigo vivo que está ahí, que obra, a quien yo veo y del cual me apodero para derribarlo.
Este enemigo principal, esta disposición dominante, ya lo he dicho puede variar de un día a otro y hasta dentro de un mismo día pero estas mismas variaciones, estas oscilaciones de mi corazón me enseñarán a conocerlo mejor, me harán penetrar en profundidades adonde yo no llegaría de otra manera, y me harán entrever, en lo más hondo del mismo causas ocultas de cuya acción no puedo darme cuenta sino por las fluctuaciones que produce. Lo que así analizo, lo que tengo en mi mano, es mi corazón tal cual es; mi corazón vivo, con sus latidos, con sus alternativas de salud y de enfermedad. Nada es más eficaz para llegar al verdadero conocimiento y a la destrucción del verdadero Goliat. En suma, el examen particular no es otra cosa que el golpe de vista que constituye el centro de todo examen.


51. El examen de Previsión.

Debe servir al principio del día para asegurar durante él la buena dirección y hacerme evitar los extravíos a que estoy más expuesto. Si en ese momento echo la mirada profunda del verdadero examen, de manera que ponga mi corazón en presencia de Dios y lo fije sólidamente, enderezándolo al fin supremo, el éxito del día estará bien asegurado. "El circuito eléctrico está abierto." Antes de prever los detalles, lo cual puede ser conveniente, es importante establecer mi corazón con la mira puesta en el servicio de Dios y en el olvido de mí mismo, cosas ambas que lo abarcan todo. La previsión de las circunstancias en las cuales debo mantener esta disposición puede venir en seguida, pero esto no es esencial; lo esencial, aquí también, como siempre, es regular mi corazón.

52. Facilidad para la confesión.

Si comprendo lo que constituye la esencia misma del examen de conciencia veré que en el fondo es uno y no múltiple: en toda ocasión es preciso ir al centro de mi corazón, y siempre penetro en él de la misma manera, con esa rápida y profunda mirada que me revela inmediatamente mi situación. Así, pues, gran sencillez.
Y además, gran facilidad: nada de largos rodeos, nada de fatigarse en detalles; basta un golpe de vista rápido sobre el conjunto del estado del alma. El mayor obstáculo al principio, mejor diré, el único obstáculo es que se quiere ver más de lo que es necesario y perderse en detalles. Con un poco de buena voluntad y haciéndose luz con el ejercicio se llega pronto a corregirse de este defecto.

Es de gran eficacia porque así veo verdaderamente mi alma, mi conciencia; voy a la fuente y descubro las raíces. Y además, ¡cuán útil es para la confesión! Cuando durante una semana me he dado cuenta así de mi estado interior, voy a mi confesos y le digo: Durante esta semana mis disposiciones interiores han sido éstas y las otras, y éstos los actos principales que de ellas han nacido; en pocas palabras pongo el cuadro de mi ama ante su vista. Lee como en un libro abierto, ve mi estado, sigue el movimiento de mi corazón, sorprende, por decirlo así, las pulsaciones de la vida en mí, y puede en pocas palabras, él también, darme los consejos oportunos para mis necesidades. Cuando me pierdo en detalles mi confesión es muy larga, muy poco clara, superficial siempre, y se parece algo a todas las confesiones vulgares. Mi confesor, que con esta confesión no puede enterarse suficientemente de mi estado interior, se ve precisado a hacerme advertencias y recomendaciones que poco más o menos se pueden aplicar a todos.