martes, 18 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo IX, por J. Tissot.

CAPÍTULO IX

CONTRICIÓN Y RESOLUCIÓN

41. Necesidad. — 42. Contrición perfecta. — 43. Contrición imperfecta. — 44. Subir de una a otra. — 45. Una resolución. — 46. Unión de los tres elementos del examen.

41. Necesidad.

¿Pero puedo contentarme con este golpe de vista? ¿Consiste todo en ver ?— No, no es eso todo, pero es el principio de todo. ¿Para qué quiero ver?—Ya lo he dicho: a fin de secundar el movimiento de la gracia, el movimiento de ascensión hacia Dios. Es preciso enderezar los extravíos si los hay, afirmar y desarrollar el movimiento bueno cuando éste existe. La vista de mi interior debe, pues, acarrear la contrición y la resolución: la contrición, que endereza el mal; la resolución, que afirma el bien; la contrición, que mira el camino recorrido; la resolución, que mira el camino por recorrer.

42. Contrición perfecta.

La contrición debe llegar a inspirarse, como motivo esencial, en el amor perfecto, en el amor de Dios por Él mismo y para su gloria. El único todo de mi vida es llegar a procurar la gloria de Dios en todo; incesantemente debo acercarme a ese fin. La contrición es precisamente el movimiento que aproxima mi corazón a él, alejándolo del mal. Este movimiento sería incompleto si no tendiese a este fin supremo.
Por lo demás, siendo la gloria de Dios el centro y la cumbre de todo, todo conduce a ella con tal que se quiera llegar. Por consiguiente, todos los motivos de contrición y de amor, todos los medios propios para desarrollarlos, conducen a este fin si yo quiero dirigirlos a él. Lo esencial es no detenerme en el camino, poner allí la mira y subir hasta esa cúspide. Puedo utilizar, según me convengan, las industrias sugeridas por los santos, las prácticas recomendadas a este efecto por los autores espirituales; pero siempre a fin de elevar mi alma hasta el conocimiento, amor y servicio de Dios, que es la cima de mi vida.


43. Contrición imperfecta.

Los motivos de contrición imperfecta, como son el temor del infierno, el deseo del cielo, la fealdad del pecado, la hermosura de la virtud, etc., son motivos buenos y útiles; la Iglesia los aprueba y los santos los recomiendan, Dios mismo recurre a ellos en su palabra sagrada para determinar a los hombres a glorificarle: me es provechoso, pues, recurrir a ellos. Pero ¿de qué modo?— Como el sastre recurre a la aguja para hacer pasar el hilo. La aguja es necesaria porque sin ella no se podría introducir el hilo en la tela; pero la aguja no debe permanecer en la tela, sino que debe pasar, porque si se queda, el hilo no entrará. Así también los motivos de temor pueden y frecuentemente deben servir de introductores al hilo puro del amor; pero para servirle de introductores es preciso que ellos pasen y quede él; porque la perfecta caridad echa fuera el temor (I Jn. IV, 18). Puedo, pues, pedir a Dios que traspase mis carnes con la aguja de su temor, con el temor de sus juicios (Sal. CXVIII, 120): la llaga que me cause será buena si por ella fluyen los humores del mal y penetra la verdadera piedad. Sí; ¡que penetre el temor y que éste introduzca el amor!

44. Subir de una a otra.

Me es, pues, conveniente recurrir al temor de los juicios de Dios: hay en esto un poderoso remedio contra el mal, un aguijón penetrante que me ayuda a salir de él, un preservativo enérgico que me garantiza contra las caídas; pero debo estar en guardia contra esta manera de pensar, que podría ser egoísta y mezquina y vendría a hacerme sensible únicamente a la pérdida de los goces de que me priva el pecado. Si permanezco así, encogido en mí mismo, me condeno a no hacer ningún progreso; permaneceré aplastado por el temor, preocupado de mí solamente, no veré en Dios sino su rigor, obedeceré a la fuerza, mi vida será un tormento y un continuo suplicio, amenazada por una parte por el pecado y por otra parte por Dios. Así es como se llega a encontrar la religión molesta y penosa.
Pero cuando el alma se dilata en el amor; cuando se eleva en la verdadera y sólida piedad; cuando la contrición la trae al conocimiento, amor y servicio de Dios, entonces, si el arrepentimiento continúa teniendo su aguijón que se deja sentir, este aguijón lleva consigo tanta dulzura que el dolor está como anegado en un océano de infinita felicidad. Es preciso estar reñido consigo mismo para condenarse a sufrir en la contrición imperfecta, cuando se puede encontrar bienestar y dilatación en la contrición perfecta. ¿Será necesario añadir que ésta borra por sí misma el pecado, mientras la imperfecta o atrición no lo borra sino con la absolución sacramental?

45. Una resolución.

La contrición debe venir a condensarse en una resolución. Digo en una resolución, porque también aquí es preciso reducir todo a la unidad. Esta resolución, sea cualquiera el punto particular sobre que recaiga, debe llevarme a lo único esencial, es decir, al cono-cimiento de Dios, a la sumisión a su voluntad y a la conformidad con el movimiento de su gracia. Esta resolución puedo y hasta debo particularizarla, haciéndola recaer sobre el punto que domina en mi corazón; debe enderezar la tendencia que más se haya apartado de Dios, o bien afirmar la que más se ha acercado a Dios, y poner así completamente mi corazón en presencia de la gloria de Dios, bajo la voluntad de Dios y en la gracia de Dios: a esto debemos venir a parar siempre.

46. Unión de los tres elementos del examen.

Tales son los tres elementos constitutivos del examen de conciencia: el golpe de vista, la contrición y la resolución. Esos tres actos no son otra cosa que los tres elementos constitutivos de piedad: ver, amar y servir. La unión de estos tres últimos elementos en un solo movimiento del corazón constituye la piedad; asimismo la unión de estos tres actos, golpe de vista, contrición y resolución, en un solo movimiento del corazón, constituye el examen completo.
De hecho, en el rápido examen que repito en el curso del día estos tres movimientos no son distintos; es un solo movimiento instantáneo, es el golpe de vista, in ictu oculi; y este golpe de vista es, a la vez, conocimiento, amor y servicio; mirada, contrición y resolución. Esas tres cosas no llegan a ser distintas sino en un examen más prolongado, en el de la noche, por ejemplo, en el que la debilidad de mi naturaleza me obliga a separar las piezas de este movimiento, a analizarlas una por una, a recorrerlas una tras otra, a fin de que así cada una de ellas sea más perfecta y el todo sea más acabado.

En el fondo, entre el examen y la piedad no hay más diferencia sino que ésta es un estado y aquél un acto: es el acto vivificador, el acto director que imprime el movimiento y da la dirección del mismo. Y así el conocimiento íntimo de la piedad y del examen de conciencia me hace ver que el examen es verdaderamente el ojo de la piedad.