viernes, 14 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo VIII, por J. Tissot.

CAPITULO VIII

EL EXAMEN DE LOS DETALLES

36. El examen de las disposiciones secundarias. — 37. Los procedimientos de la fructificación. — 38. El examen sigue y secunda los progresos del alma. — 39. No es una estadística. — 40. La manía de los detalles.

36. El examen de las disposiciones secundarias.

Pero, preocupándome exclusivamente de esta disposición principal, ¿no perderé de vista las otras disposiciones del corazón, que crecerán así en la sombra sin que yo me dé cuenta de ellas?— No hay peligro de esto. Esas disposiciones no pueden abrirse paso para salir, puesto que la llave está cerrada, quiero decir que la disposición principal del corazón, y con ella todo el corazón, se encuentra vuelta y enderezada hacia Dios por el resultado del examen: todas las disposiciones secundarias están por lo tanto sujetas. Por lo demás, ya lo he hecho observar, la disposición dominante no es siempre la misma; los defectos se manifiestan cada uno a su vez, según las circunstancias, y desde el momento en que llegan a dominar por un ímpetu cualquiera el examen se apodera de ellos y los reprime.
Por otra parte, a medida que los defectos van disminuyendo y desapareciendo bajo la influencia del examen, como la nieve a la acción de los rayos del sol, aquellos que al principio eran ignorados por estar en lo más profundo, cubiertos por las capas superiores de los defectos más salientes, aparecen y salen a la superficie en cuanto los que estaban encima han desaparecido. Hay en efecto, en el alma como capas superpuestas de disposiciones, y cada una de ellas es más fina y más tenue a medida que están más profundas. De esas capas mi vista sólo se da cuenta, como en todas las cosas, de la que está en la superficie. Es necesario saber contentarse con esta mirada.



37. Los procedimientos de la fructificación.

La naturaleza no procede nunca por detalles, pero va siempre de lo simple a lo compuesto. Toma una semilla y concentra su acción sobre el principio vital, oculto en la unidad y simplicidad de este primer elemento. Los principios de esta acción son bastante informes; frecuentemente son esbozos que parecen hasta groseros. Pero por la expansión del principio vital los contornos se dibujan pronto, las formas se perfeccionan, las diversas partes se terminan y la progresión natural del trabajo alcanza, por fin, la finura perfecta de cada detalle, la proporción armónica de las partes y la unidad viva del conjunto. Éste es el trabajo de la naturaleza. ¿Quién ha visto nunca que un árbol principie a desarrollarse por la extremidad de las hojas?
La gracia sigue análogo procedimiento: es depositada en mí como una semilla. El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza (Mt. XIII, 31). Esta semilla comienza su trabajo por esbozos elementales: son los principios de la vida espiritual, la lucha contra los pecados y los defectos graves. A medida que prosigue la acción, el trabajo se perfecciona las virtudes crecen, la invasión de la vid va alcanzando a los detalles, hasta el momento en que todo termina y se acaba en la santidad.


38. El examen sigue y secunda los progresos del alma.

Mi examen debe seguir necesariamente esta progresión, puesto que su objeto es darse  cuenta y secundar a la vez este trabajo. Pues bien, yo sigo esta progresión si mi examen se aplica ante todo a apoderarse de la disposición dominante del alma. ¿Qué me indica, en efecto, esta disposición sino el estado actual del trabajo de la gracia en mí? Al averiguarlo veo dónde está realmente el trabajo de fructificación de la gracia en mi corazón, veo el estado real y actual de mi piedad. Y como el principio de este trabajo es rudimentario y no se revela sino por grandes líneas, no podré en mi examen darme cuenta de mis disposiciones sino en esas grandes líneas, que son las únicas que aparecen en ese momento. Cuando el germen comienza a echar su primer tallo no puedo todavía ver acabadas ni las hojas ni las flores.
Pero a medida que el trabajo avanza, me basta mirar, y mi mirada sigue el trabajo y lo va percibiendo en los detalles, a medida que éstos van apareciendo. Voy sondeando cada vez más en mis disposiciones interiores, siguiendo la progresión del trabajo de la gracia. De esta manera el santo llega a hacerse cargo de todos los movimientos más sutiles de su corazón, hasta en sus más delicados matices: el santo puede hacer esto porque el trabajo de la gracia ha llegado en él hasta ese punto. El objeto del examen es, pues, indagar el estado del trabajo de la gracia y seguirlo.
Pero su objeto es además secundario. Quiero ver, en efecto, a fin de facilitar la marcha de la gracia, a fin de separar los obstáculos, a fin de impedir las desviaciones. La indagación sería sólo una curiosidad estéril si no tuviese por objeto asegurar el desarrollo del principio vital cuyos movimientos vigilo. Este doble resultado de indagación y de facilitación se alcanza maravillosamente con el golpe de vista del examen in tenor.


39. No es una estadística.

¿Lo lograría también con sólo el examen de los detalles?— De ninguna manera. Supongo, por ejemplo, que con mi examen llegue a saber con toda exactitud el número de mis distracciones; si me limito simplemente a saber este número con toda exactitud, ¿me revelará él la causa del mal? Y si no me la revela, ¿para qué me sirven esos números? Por el contrario, si desde luego, con una mirada dirigida a lo más profundo de mi corazón he averiguado la causa del mal, ¿qué me importa que sus manifestaciones exteriores hayan sido 10 o hayan sido 20? Esto será de importancia capital para los pecados mortales, cuyo número debo conocer para acusarme de ellos; pero en lo que es venial la cuestión del número es siempre una cuestión accesoria, útil sin embargo. Cierto que no puedo desatenderla del todo, hasta el punto de no cuidarme para nada de los hechos exteriores, porque frecuentemente los actos externos son los que revelan la situación interior. Su número puede también ser un revelador, y lo es; pero, sin descuidar la cuestión del número, no debo hacer de ella la cuestión capital y exclusiva del examen.
Supongamos que en el orden del bien me dedico a contar y a sumar, por ejemplo, el número de oraciones, de prácticas y de jaculatorias, tan santificantes y tan recomendables ¿Es seguro que su acumulación dará la medida de mis progresos ?— Las manías contraídas por muchas personas devotas dan suficiente testimonio de que la preocupación dominante de llegar en sus pequeñas devociones a una cifra determinada y mecánica, es un manantial de ilusiones. No, no hay que quedarse en lo meramente exterior; es necesario no creer que el amontonar cifras indique precisamente, por sí mismo, un aumento de savia; lo que importa es favorecer el estado y la dirección de esa savia espiritual. Lo que importa conocer bien es la disposición del corazón: se trata de analizar y comprobar una situación, y no de hacer una estadística.


40. La manía de las detalles.

Nunca me persuadiré bastante de la necesidad, de la sencillez y de la eficacia de ese golpe de vista interior que constituye lo esencial del examen. ¿Qué es, Dios mío, lo que tantas veces me ha desalentado en este ejercicio y me ha llevado hasta abandonarlo, sino el cansancio y la inutilidad de mis esfuerzos, hechos por o para recorrer todos los detalles? ¡La manía de los detalles!... Tarea larga, penosa y estéril; con menos hay bastante para hastiarse.
¡Cuánto más anima esta sencillez del golpe de vista! Indudablemente supone una buena voluntad eficaz y un deseo sincero de conocerme y de adelantar. Supone también una tendencia tan sólida como recta en el alma, una ingenuidad sin doblez para con Dios y para conmigo mismo, una resolución imperturbable de ver lo que existe realmente en mí, y no lo que yo tenga interés en ver. Es necesario, pues, renunciar a la mentira, echar fuera los cálculos ruines y mezquinos.

Si tengo miedo de mirarme a mí mismo, si por ese instinto del alma apegada a un defecto al que no quiere renunciar, desvío la vista por miedo de ver demasiado, jamás haré bien mi examen de conciencia. Pero este mismo miedo de ver demasiado, ¿no es ya un golpe de vista cuya terrible necesidad se me impone como un examen violento, necesidad que viene a ser la causa de mi malestar interior y de mis remordimientos? Si yo supiese resueltamente decidirme a penetrar en mi interior con ese verdadero y sincero golpe de vista examinador y purificador de mi espíritu, sentiría cuánto menos penoso es hacer este examen que sufrir el otro.