lunes, 10 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo VII, por J. Tissot.

CAPÍTULO VII

EL GOLPE DE VISTA


32. Su facilidad. — 33. Su objeto. — 34. Es la substancia del examen de conciencia. — 35. La llave.


32. Su facilidad.

Pero ¿cómo llegaré a hacerme cargo de este estado verdadero de mi alma? ¿Cómo tomaré lo que podríamos llamar la fisonomía de mi corazón? En un momento cualquiera, cuando quiero saber, dónde estoy, cuál es el estado de mi alma, qué impresión domina en mi interior, me pregunto sencillamente: "¿Dónde está mi corazón?". Con esta pregunta trato únicamente de conocer cuál es la disposición dominante de mi corazón, la que le inspira, la que le dirige, la que, por decirlo así, le tiene en sus manos. Muchas impresiones, muchas aspiraciones y muchos sentimientos se aglomeran apretadamente en el corazón; es éste un depósito insondable; pero sea cualquiera el número y la naturaleza de estas disposiciones, hay siempre una que domina. No siempre es la misma; el corazón humano tiene tantas fluctuaciones: un afecto sucede a otro afecto, una impresión sustituye a otra; pero hay siempre una que, ocupando el primer lugar, da al corazón su dirección y determina su movimiento. Ésta es, en suma, la que da la nota verdadera del alma; de ésta es preciso que yo me apodere ante todo si quiero tener la fisonomía de mi corazón.
Para hacerme cargo y apoderarme de ella me hago esta sencilla pregunta: ¿Dónde está mi corazón? — En el instante mismo en que me pregunto eso tengo la contestación dentro de mí. Esta pregunta me hace dirigir un golpe de vista rápido sobre el centro más íntimo de mí mismo, y enseguida veo el punto saliente; presto el oído al sonido que da mi alma, e inmediatamente recojo la nota dominante: es un procedimiento intuitivo, instantáneo. No hay necesidad de investigaciones de la inteligencia, de esfuerzos de la voluntad, de ejercicios de la memoria: veo y comprendo. Es un golpe de vista, in ictu oculi. Es simple y rápido: sería preciso que un alma no tuviese idea alguna de su interior, ningún hábito de entrar dentro de sí misma, para no darse cuenta de ello.



33. Su objeto.

Unas veces veré que la disposición que me domina es el ansia del aplauso, o el deseo de alabanzas, o el temor de una censura; otras veces es el desabrimiento, nacido de una contrariedad, de una conversación o de un proceder que me ha mortificado, o bien el resentimiento procedente de una reprensión agria y dura; otras veces es la amargura producida por la suspicacia, o el malestar mantenido por una antipatía, o tal vez la cobardía inspirada por la sensualidad, o el desaliento causado por una dificultad o un fracaso; otras veces es la rutina, fruto de la indolencia, o la disipación, fruto de la curiosidad y de la alegría vana, etc.; o, por el contrario, el amor de Dios, la sed de sacrificio, el fervor encendido por un toque señalado de la gracia, la plena sumisión a la voluntad de Dios, el gozo de la humildad, etc. Buena o mala, lo que urge averiguar es cuál sea la disposición principal y dominante, porque hay que ver el bien lo mismo que el mal, pues lo que se trata de conocer es el estado del corazón: es preciso que yo vaya directamente a examinar el gran resorte que hace mover todas las piezas del reloj.
Sucede a veces que este gran resorte es una disposición persistente, que se mantiene por mucho tiempo, por ejemplo, una amargura o una antipatía; otras veces es una impresión que sólo ha sido momentánea, pero cuyo poder ha bastado para imprimir durante cierto tiempo un movimiento característico a mi corazón; por ejemplo, la aceptación generosa de un sufrimiento: ha sido un hecho instantáneo, y sin embargo ha dejado en el corazón algo que le hará obrar por espacio de uno o de varios días.


34. Es la substancia del examen de conciencia.

Cuando me he dado cuenta de esta disposición dominante, sea buena o mala, mi examen de conciencia está substancialmente hecho; tengo de él lo esencial, el centro. En efecto, la disposición dominante, determinando finalmente los movimientos de mi corazón, es como la resultante de las fuerzas de los demás sentimientos, que vienen, por decirlo así, a condensarse y a resumirse prácticamente en ella. Podría, pues, en rigor con-tentarme con este golpe de vista esencial y por él consolidar lo que está débil, curar lo que está enfermo, recomponer lo que está roto, atraer lo que está separado y encontrar lo que se ha perdido (Ez. XXXIV, 4).
De hecho, cuando en el curso del día quiero averiguar el estado de mi alma, esto es, hacer mi examen, me contento con este único golpe de vista, bien dirigido al centro del corazón ¿Cómo voy? me pregunto, y en el acto veo mi interior. Corrijo y enderezo si hay algo que corregir y enderezar, y si todo va bien, me humillo y doy gracias a Dios. Y esto puedo hacerlo todos los instantes, millares de veces en un día. Es un acta sencillísimo; basta una mirada al corazón.


35. La llave.

Este simple golpe de vista produce grandes efectos, pues mantiene o restablece, según los casos, en la única vía y dirige al único fin la resultante de las fuerzas del corazón. Y de hecho nada se le escapa, puesto que se apodera del centro de todo ¿Qué necesidad tengo de preocuparme de los otros detalles? No tengo que cortar las ramas del árbol cuando el mismo árbol está cortado, ni tengo que seguir el curso de los arroyos cuando estoy en la fuente de donde nacen.

Cuando por los cien pequeños agujeros de una regadera salta el agua como de un surtidor, ¿no sería un trabajo largo y penoso ir cerrando, uno tras otro, todos los agujeros para suprimir dicho surtidor? Y si un poco más abajo hubiera una llave que bastaría cerrar para suprimir de un solo golpe la salida del agua, sería insensato fatigarse en cerrar los pequeños agujeros, tanto más cuanto que nos expondríamos a que volvieran a abrirse unos a medida que cerrábamos otros. El que en su examen se detiene en detalles y en lo externo pierde el tiempo cerrando pequeños agujeros..., el golpe de vista interior cierra la llave del agua... Detenerse en detalles y en lo exterior es permanecer en la circunferencia y obrar en la superficie del alma. Yo voy al centro y abarco mi alma entera cuando echo este golpe de vista profundo sobre la disposición dominante.