jueves, 6 de febrero de 2014

La Vida Interior, Tercera Parte, Segundo libro, Capítulo VI, por J. Tissot.

   Nota del Blog: Transcribiremos en varios artículos los Capítulos VI-XI de la Tercera Parte, segundo libro, del hermoso librito "La vida interior simplificada", atribuído a J.Tissot, pero como él lo indica en el prólogo: "las páginas que componen este libro no son mías...".
   Estos capítulos tratan sobre el examen de conciencia.


CAPÍTULO VI

EL EXAMEN DE CONCIENCIA


26. Los ejercicios deben estar unidos. — 27. El examen es el ejercicio lazo y director. — 28. El medio para la unidad. — 29. Testimonio de los santos. — 30. Los actos son transitorios. — 31. Los hábitos son las cuerdas que es necesario pulsar.


26. Los ejercicios deben estar unidos.

He visto los defectos; voy a ver ahora el medio de conseguir la unidad. Mi alma es substancialmente una; una y toda entera en el cuerpo, una y toda entera en cada una de las partes del cuerpo. Está en todas ellas sin extensión, y obra en todo el cuerpo sin división en su substancia. Una en su substancia, debe llegar a ser una en la acción de sus potencias: es el objeto de su vida y el término de su movimiento. Los ejercicios espirituales, que son el sustento de esta vida y el medio de este movimiento, deben conducirla a esta unidad; deben establecer la grande y única disposición, que es la busca única de lo único necesario; deben unir todas sus fuerzas, dirigiéndolas a la gloria de Dios; deben destruir la multiplicidad y la división que existen siempre cuando se pierde de vista el fin, que es lo que verdaderamente lo une todo.
¿Pero cómo podrán los ejercicios espirituales producir la unidad, si ellos mismos no están unidos? ¿Cómo destruir la multiplicidad y la división, si la multiplicidad y la incoherencia los tienen a ellos divididos? La multiplicidad no crea la unidad ni la división hace la unión; es de rigor, por consiguiente, que estén unidos entre sí, les es necesario un centro y un lazo común, es de toda necesidad que sean dirigidos a su verdadero objeto; de no ser así, en vez de ser medios serán obstáculos. Por esto es necesario que haya un ejercicio director y regulador.



27. El examen es el ejercicio lazo y director.

¿Cuál es este ejercicio, a la vez central y director? ¿Cuál es, en la múltiple variedad de prácticas piadosas, aquella de la cual dependen las otras y de la cual reciben su dirección y su unión? Un carácter distintivo me la dará a conocer: el ejercicio director debe ser aquel en el cual pueda deslizarse menos el mal general, que no es otro sino el buscarse a sí mismo. Y es más: no puede ser ejercicio director de una manera completa y segura, sino aquel en el cual este mal esté absolutamente excluido por la naturaleza misma del ejercicio. Si, en efecto, pudiera deslizarse en él algo de este mal de buscarme a mí mismo, sería yo lanzado fuera del camino y alejado de mi fin por el ejercicio mismo destinado a llevarme a él. Pero ¿acaso hay algún ejercicio en el cual no pueda yo alimentar mi vana satisfacción? En la oración, en la meditación, en la misa, en la comunión, etc., puedo fácilmente buscar, por interés humano, las dulzuras y los consuelos: ninguno de éstos, por consiguiente, es el ejercicio director. Pero ¿qué satisfacción podré yo encontrar en el examen de conciencia?...
Por otra parte, siendo el objeto de los ejercicios conducirme a Dios, la primera condición es que yo vea dónde estoy, adónde marcho, qué dirección llevo, qué obstáculos y peligros encuentro, qué medios me son necesarios para vencerlos; sin esto es imposible avanzar con seguridad. Pues bien, todo esto me lo dice el examen. El examen es, por tanto, el ejercicio central y regulador.


28. El medio para la unidad.

Voy, por consiguiente, a ver aquí cómo el examen es el medio que realiza la unidad de los ejercicios, y por la unidad de los ejercicios la unidad de la piedad. Es necesario, aquí sobre todo, no dejarme dominar por una idea de método particular y nuevo. El objeto de estas reflexiones no es un método ni una particularidad ni una novedad; el objeto es la unidad que hay que procurar.
Que para hacer el examen yo siga el orden de los mandamientos, o el orden de mis deberes para con Dios, para con el prójimo y para conmigo mismo; que yo haga tales o cuales actos, consideraciones o reflexiones; que lo comience y lo concluya con tales oraciones, invocaciones o acciones de gracias, etc., etc., todas éstas son particularidades de aplicación que encuentro muy variadas y muy bien indicadas en muchos libros excelentes; de todos esos métodos y de todos esos consejos soy libre para escoger y seguir lo que verdaderamente responda mejor a las necesidades de mi alma.
Aquí sólo voy a considerar un aspecto más general del examen, que es su influencia sobre la unidad de los ejercicios. El modo particular de hacerlo puede variar, pero lo que no debe variar es la influencia unificadora. Y voy a dedicarme a ver la manera de mantener esta influencia por encima y en beneficio de todos los procedimientos particulares.

29. Testimonio de los santos.

Los santos reconocen que el examen tiene una importancia soberana en la dirección y en la concentración de la vida. Éste es el pensamiento de San Ignacio, quien durante mucho tiempo no empleó en la dirección espiritual de sus compañeros más que el ejercicio del examen y el uso frecuente de los sacramentos. En las constituciones de su orden se da tal importancia al examen que no se dispensa nunca de él; la enfermedad u otras necesidades graves pueden eximir de la oración y de los otros ejercicios; del examen, jamás. La razón natural había ya demostrado a Pitágoras la importancia del examen, y lo recomendaba a sus discípulos como el verdadero medio de adquirir la sabiduría. San Juan Crisóstomo lo tenía en tanta estima que aseguraba que si durante un mes solamente lo hiciésemos bien nos constituiríamos en un perfecto hábito de virtud. San Basilio, en sus constituciones, dice que ante todo, para preservarse del mal y hacer algún progreso en el bien, es necesario poner este ejercicio como un centinela, a la cabeza de todos nuestros pensamientos, a fin de que el ojo de este centinela los modere y los dirija. Todos los santos doctores están de acuerdo en atribuir al examen esta importancia capital.


30. Los actos son transitorios.

Pero hay que saber hacerlo. Frecuentemente, por fijarnos demasiado en pormenores nimios, nos tomamos mucho trabajo y adelantamos muy poco; y así nos desanimamos fácilmente y llegamos a descuidar y tal vez a abandonar este ejercicio, importantísimo entre todos los demás. Si quiero llegar a hacerlo bien y darle su verdadera utilidad directora y unificadora, es conveniente recordar algunos principios teológicos.
La teología, de acuerdo con la filosofía, me enseña que por su naturaleza el acto es transitorio y el hábito permanente; el acto pasa, la costumbre queda. Si se trata de faltas veniales sé que en el estado de gracia son borradas por un acto de virtud sobrenatural que a ellas siga. Estos actos no dejan, por tanto, huellas en un alma que en el curso del día hace necesariamente un número bastante de actos sobrenaturalmente buenos, puesto que la supongo en estado de gracia. ¿Qué utilidad puede haber, pues, en volver en el examen sobre actos de los cuales nada queda? ¿Qué conocimiento de mi alma podrá dar-me la revisión de todos esos detalles? La Iglesia me enseña que no estoy obligado a confesar esas faltas; ¿por qué, pues, ocuparme detenidamente de ellas, convirtiéndolas en lo fundamental de mi examen?
Esto se aplica a los actos completamente transitorios que no tienen ningún enlace íntimo y esencial con un hábito interior. Porque respecto a aquellos que dependen de un hábito, no pueden ser borrados sino por un acto que venga a interrumpir el hábito y a interceptar la influencia ejercida por la costumbre sobre el acto. Luego veré la manera de examinarlos.
Si se trata de faltas mortales, el acto no es ya borrado por una virtud cualquiera; sólo la caridad perfecta tiene este poder; el pecado queda borrado por ella. Sin duda este acto, aun borrado por la caridad, debe ser sometido al poder de las llaves; es necesario, por consiguiente, examinarlo. Pero las faltas mortales no abundan, gracias a Dios, en un alma que piensa en su perfección, y su huella es bastante marcada para no ofrecer dificultad alguna al examen.


31. Los  hábitos son las cuerdas que es necesario pulsar.

El mero conocimiento de los actos no me llevará nunca al conocimiento cabal de mi alma; jamás por ellos solos llegaré a hacer un verdadero examen de "conciencia” en el sentido profundo de esta palabra. Su conocimiento puede servirme, es verdad, y es a veces hasta necesario; pero es preciso penetrar más hondo. La conciencia es lo que hay de más íntimo y más secreto en mí; es el santuario del templo. Si verdaderamente quiero hacer el examen de mi conciencia es necesario penetrar en este secreto interior, es preciso visitar este santuario. Y lo que mora en este santuario son los hábitos, las disposiciones del alma: cuando yo los conozca conoceré el estado de mi alma, de otra manera no. Aquí es donde es necesario que lleve las investigaciones de su examen todo aquel que quiera adelantar en la vida espiritual.
"Es preciso", dice San Francisco de Sales, "reducir el examen a averiguar cuáles son nuestras pasiones, porque el examen de los pecados pertenece a la confesión de los que no cuidan de su aprovechamiento. ¿Qué afectos ocupan nuestro corazón, qué pasiones le dominan y hacia qué parte se ha desviado más? Pues por las pasiones del alma se reconoce el propio estado, examinándolas una a una. Y así como el que ha de tocar la cítara va pulsando todas las cuerdas y templa las que están destempladas, estirándolas o aflojándolas, así también, después de haber tanteado el amor o el odio, el deseo, el temor, la esperanza, la tristeza y la alegría de nuestra alma, si las encontramos destempladas para el tono que queremos tocar, que es la gloria de Dios, podemos afinarlas con su divina gracia y el consejo de nuestro padre espiritual[1].
Lo importante, en efecto, es que las cuerdas de mi corazón estén acordes para lo que yo quiero tocar, que es la gloria de Dios, y el examen tiene por fin esencial mostrarme si esas cuerdas suenan bien en ese tono. Ahora bien; las cuerdas de mi corazón son mis disposiciones interiores; éstas son las que hay que pulsar para saber qué sonido tienen. ¿Cantan la gloria de Dios, o cantan mi satisfacción? Cuando yo conozca su sonido, entonces es cuando habré hecho verdaderamente mi examen de conciencia.




[1] La vida devota, parte 5, C. 7.