miércoles, 30 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Tercera Parte: El Misterio del Hijo, cap. III

HERMANA Y ESPOSA

I

Para entender por qué el esposo del Cantar de los Cantares usa estos dos términos (cf. Cant. IV, 9 s.; V, 1), es necesario considerar que Cristo ha empezado por elevarnos hasta El, haciéndonos sus hermanos, es decir verdaderos hijos de Dios como Él lo es (véase Ef. I, 5).
Ahora, pues, al considerar Cristo su amor hacia nosotros bajo este otro aspecto más apasionado de Esposo a esposa, tiene el divino Príncipe un gesto de infinita delicadeza, como todos los suyos, y nos recuerda que ya antes éramos sus hermanos, como para que nuestro impuro origen y nuestra sangre plebeya no nos avergüencen ni puedan apartarnos de las bodas con El, puesto que el Rey que todo lo puede nos ha llevado al mismo rango de nobleza que tiene el Príncipe heredero. El sentido es, pues, análogo al de Cant. IV, 7, donde el esposo llama a la esposa toda hermosa y sin mancha.
Si es esto verdad, no significa que la esposa no haya tenido nunca mancha, puesto que “fuí dado a luz en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre (Sal. L, 7), sino que El le ha comunicado su propia limpieza, que es lo que ella reconoce alborozada cuando dice: "La fuente del jardín (de este jardín que soy yo) es un pozo de aguas vivas, y los arroyos (que me riegan y embellecen y fertilizan) fluyen del Líbano", es decir, de Ti (Cant. IV, 15). Quizás en esto reside también la explicación del ansia que la esposa siente de que el Esposo fuese hermano suyo e hijo de su misma madre (Cant. VIII, 1).
De todos modos, jamás podría pensarse que hubiese aquí en la esposa un deseo de que la madre Eva nunca hubiese caído, y fuese tan pura como la Madre Inmaculada; porque tal deseo, lejos de serle grato al Esposo, implicaría ignorar que Dios supo sacar de aquel mal un bien mayor ("mirabilius reformasti") y que, precisamente gracias a esa "felix culpa", es que la esposa podrá llamarse ahora hermana del Esposo, y serlo de verdad (I Juan V, 1), en tanto que Eva, antes de la caída, no había sido elevada a esa filiación divina por la cual el Espíritu Santo nos hace, como hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, mediante la fe en Jesucristo (Juan I, 12 s.).
Eva, pues, siempre estuvo muy por debajo de nuestra condición actual -nos referimos a los que tienen fe viva-, pues nunca disfrutó de esa adopción divina que sólo se nos da por la "gratia Christi", por lo cual nuestra vieja madre sólo podía, more franciscano, decirse hermana de las creaturas, más no del Hijo unigénito de Dios.

lunes, 28 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. IV (I de II)

IV

EL OBISPO ES CABEZA DE LA IGLESIA PARTICULAR

El colegio episcopal es la parte principal de la Iglesia, porque por él la fecundidad del sacerdocio de Jesús produce todos los otros miembros de su cuerpo místico.
Ahora bien, el episcopado es uno: no es poseído parcialmente, sino que reside entero en cada obispo[1].
De resultas del misterio de esta integridad indivisible, se puede considerar el episcopado en un obispo particular. La fecundidad del episcopado, la operación sacerdotal de Jesucristo, productora de la Iglesia, comunicada al episcopado, se hallan enteramente en este obispo. Éste se apropia, por decirlo así, la virtud que produce a la Iglesia[2] y, haciéndola irradiar sobre elementos restringidos, la ejerce sobre una grey limitada, a la que se extiende su acción y que existe distintamente y sin confundirse, como su parte de herencia.
De esta manera este obispo viene a ser cabeza de lo que se llama su Iglesia, dando a la parte, es decir, a la Iglesia particular, el nombre misterioso del todo. Así el obispo, miembro del colegio de la Iglesia universal bajo su cabeza única, Jesucristo, como consecuencia y desarrollo de lo que a este título recibe, adquiere además la calidad de cabeza de una jerarquía y de una Iglesia particular.
Es la tercera y última de nuestras jerarquías y, como ya lo hemos dejado dicho: Dios es la cabeza de Cristo, Cristo es la cabeza de la Iglesia o del episcopado, así decimos todavía en tercer lugar: el obispo es cabeza de la Iglesia particular.

domingo, 27 de octubre de 2013

Fiesta de Cristo Rey, por Benito Baur O.S.B.


"El Señor es Rey."


   1. Un día de acción de gracias al Padre por haber constituido Rey y Señor de todo a su divino hijo, que tan profundamente se anonadó en su pasión y muerte. Un día de acatamiento al Hombre-Dios, a Jesucristo, al cual se le ha concedido todo poder sobre el cielo y sobre la tierra. "Él domina de un mar a otro, desde el río (Éufrates) hasta los últimos confines de la tierra. Le acatan todos los reyes de la tierra. Le sirven todos los pueblos" (Gradual). Acatémosle y sirvámosle también nosotros, hoy y siempre.

   2. "Yo soy el Rey." Un gran momento en la historia de la humanidad aquel en el que Jesús, arrastrado por los judíos, es presentado ante Pilatos, ante el representante del poder pagano, del poder romano. "¿Eres tú el Rey de los judíos?" —le interroga Pilatos. Y otra vez: "Luego, ¿tú eres Rey?". Jesús le responde: "Sí; yo soy Rey. Para esto precisamente he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad" (Evangelio del día), para fundar "el reino de la verdad y de la vida, el reino de la gracia y de la santidad, el reino de la justicia, del amor y de la paz" (Prefacio). "Mi reino no es de este mundo." Es el reino divino de la santa Iglesia, un reino lleno de gracia y de verdad. Es el reino divino en el que se proporciona la salud a los enfermos, la luz a los ciegos, la libertad a los cautivos. Es el reino divino en el que nos libertamos del dominio y del poder de Satanás y del pecado, en el que nos hacemos dueños de la vida divina, de la libertad divina, de los bienes divinos. Es el reino de la santa sociedad con Dios. Una sociedad llena de paz, de alegría y de felicidad. Un gozoso y beatificante dominio de Dios en nuestra alma. Este señorío divino consiste en la presencia y en la acción de Dios en nosotros, en la radicación en Dios de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de nuestra voluntad y de toda la vida de nuestra alma. Todo esto, en virtud de nuestra unión vital, de nuestra unidad de ser con Cristo, con la Cabeza. Este reino de Dios fué fundado por Jesús con sus enseñanzas, con su ejemplo y, sobre todo, con su muerte de cruz. Él es el Rey de este reino. Él fué quien creó sus leyes y sus estatutos. A Él se le concedió también toda la potestad judiciaria (Jn. V, 22). Ante Él tienen que doblar su rodilla todos los seres del cielo, de la tierra y de los infiernos. Todos tienen que confesar: "Tú eres el Kyrios, el Señor" (Phil. II, 10 11). Nosotros acatémosle alegremente y cantemos con el Introito: "Digno es el Cordero, que fué inmolado (en la cruz), de recibir la potestad (la potestad regia) y la riqueza[1] y la sabiduría y la fortaleza y el honor. A Él sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos." "El Señor se sentará eternamente como Rey: bendecirá a su pueblo con paz" (salud, redención, gracia, felicidad eterna) (Comunión).

sábado, 26 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. III

JESUCRISTO ES CABEZA DE LA IGLESIA

Como hemos dicho, Jesucristo lleva en Sí mismo a toda la Iglesia. Por esto, después de haberlo considerado como viniendo de su Padre y unido a su Padre, que es su cabeza, en esa jerarquía primera y suprema de la que se dice: Dios es cabeza de Cristo, debemos considerarlo a su vez como cabeza, es decir, como cabeza de la Iglesia que procede de Él y permanece en Él.
Es una consecuencia de los mismos misterios: Jesucristo, cabeza de la Iglesia, tiene su acabamiento o su plenitud (Ef. I, 23) en la Iglesia, de la que no será nunca separado: y análogamente la Iglesia no se puede considerar fuera de su unión con Él, puesto que recibe de Él todo lo que es y toda su sustancia.
Así Jesucristo, habiéndolo recibido todo del Padre, que es su cabeza, lo da a su vez todo a la Iglesia; y esta sucesión es muy cierta: «Dios es cabeza de Cristo» (I Cor XI, 3), «Cristo es cabeza de la Iglesia». (Ef. V, 23).

El colegio episcopal.

Pero esta Iglesia no es en modo alguno una multitud informe: las obras divinas llevan en sí un orden continuado; y para que esto mismo se verifique en esta obra, la más excelente de todas, Jesucristo hace que su Iglesia proceda de Él mismo, y en esta misma procesión se la une por medio de su colegio episcopal. Así, los obispos asociados a Jesucristo y sus cooperadores son los miembros principales de quienes los otros dependen, y su colegio es verdaderamente toda la Iglesia, porque encierra a toda la multitud de los fieles en su virtud y fecundidad[1].
Así Jesucristo, la víspera de su pasión, en el momento en que ofrecía su sacrificio y aseguraba su perpetuidad, orando por toda la Iglesia parece orar únicamente por su colegio (Jn XVII, 16-19); los apóstoles son los únicos que le rodean en aquel momento, pero su designo abarca en ellos a todo el resto. En efecto en ellos alcanza a todo el cuerpo de la Iglesia, por la predicación de la palabra, por la eficacia de los sacramentos y por la autoridad pastoral; porque en ellos establece para todos la enseñanza de la doctrina, en ellos deposita el poder santificador de los sacramentos para la vivificación de toda la Iglesia, y en ellos queda establecido el gobierno pastoral.

viernes, 25 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Tercera Parte: El Misterio del Hijo, cap. II

PRIMOGENITURA

Vale la pena meditar, a la luz de la Revelación bíblica, sobre el misterio de la condición del Primogénito. Es algo muy grande y muy profundo, muy dulce y muy terrible...

I

El misterio, que tiene su plenitud en Cristo, “primogénito entre muchos hermanos” (Rom. VIII, 29), se anuncia desde el principio de la Biblia. Es un misterio de santidad y amor. Es Dios que pone sus ojos en el primogénito porque es el fruto más deseado de los amores (de esos que El se aplica a sí mismo en el Cantar): “Mío es todo primogénito" (Núm. III, 13). Él es Dueño de todos, pero se digna tener una preferencia: quiere para Él solo a todo primogénito. ¡Qué dulce honor! “Al primogénito de tus hijos me lo darás" (Ex. XXII; 29).
 ¡Qué honroso!... y ¡qué apremiante! El misterio está ahí. Nobleza obliga. Abraham, bien sabemos cómo corrió a ofrecer al primogénito... ¡y cómo le respondió la bondad de Dios!
Esaú, terrible nombre. Como Satanás es el padre de los mentirosos, así éste es el padre y caudillo de los que renuncian, de los que venden primogenitura por lentejas. "Me estoy muriendo (de cansado), ¿de qué me servirá ser primogénito?... Comió y bebió, y marchóse, dándosele muy poco de haber vendido sus derechos de primogénito" (Gén. XXV, 32 ss.).
Jacob, en cambio, el ambicioso, desde el seno materno se peleaba con el otro, y nació agarrándole el talón. Si hay una primogenitura, si hay un privilegio, si hay un tesoro que poseer, ¿por qué no para mí?... Y Dios aprobó y alabó esta ambición, -corno Jesús hizo alabar al tramposo que se hizo amigo con los tesoros de iniquidad-, y aprobó luego el ardid de Jacob y su madre, que arrebataron la bendición destinada para Esaú (Gén. XXVII). Destinada para el primogénito, el privilegiado, el preferido gratuitamente, el afortunado... que despreció el don y dijo: ¡a mí qué me importa!
"Los celos son duros como el infierno" (Cant. VIII, 6), los celos del amor despreciado. Y Dios dijo: "Amé a Jacob y aborrecí a Esaú” (Rom. IX, 13; Mal. 1, 2), "para que nadie sea fornicario (que inspira celos al amante) o profano (que desprecia los tesoros ofrecidos) como Esaú, que por comida vendió su primogenitura (Hebr. XII, 16).
"Que muera todo primogénito" (Ex. XI, 5), dijo Dios en el Egipto del Faraón, como castigo supremo, porque sabía que nada duele tanto, "como suele llorarse un primogénito” (Zac. XII, 10). ¡Terrible papel de los amados! Pero de los amados que no son para Dios: "Al primogénito de tus hijos lo redimirás (Ex. XXIV, 20), es decir, tendrás que rescatarlo si no se lo das al Señor, puesto que El ya ha dicho que los quiere y que son suyos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. II (II de II)

El misterio de la salvación.

Aquí se descubren de nuevo misterios y aquí intervienen el sacrificio y la muerte.
La muerte no puede tener ninguna pretensión sobre Jesucristo inocente (Rom VI, 23), y sin embargo, por su muerte es como Él quiere entrar en su gloria (Lc. XXIV, 26). Pero es que no pretende entrar en ella Él solo: lleva consigo multitudes (Heb. II, 10). No le conviene hacer valer el derecho que le pertenece en su santidad personal; como estas multitudes contrajeron en otro tiempo el pecado, va a santificarse por ellas (Jn XVII, 19) por un bautismo con el que las lavará en Sí mismo. Es el bautismo de su sangre, cuyo deseo le apremia y que quiere llevar a cabo (Lc XII, 50). Si no pasa por la muerte, quedará solo: como grano de trigo debe morir para multiplicarse (Jn. XII, 24-25). Así, desde su mismo nacimiento se entregó a ella anticipadamente. Entrando en el mundo, dice el Apóstol, pronunció este voto (Heb. X, 5.7; Sal. XXXIX, 3), y los ángeles lo adoraron en este misterio que les fue revelado (Heb. I, 6). Irá a su sacrificio a la hora señalada, o mejor dicho, no cesa de ejecutar la acción de su sacrificio hora tras hora, desde su nacimiento hasta su consumación en la cruz. Finalmente, todo es consumado (Jn XIX, 28) por su muerte. Como no tenía que pagar ninguna deuda por Sí mismo, porque sólo Él no debe nada a la muerte por ser el único que no tiene pecado[1], Él solo paga la deuda de todos (Heb. II, 19). La muerte, asombrada, no puede retenerlo: sale de ella por su resurrección, que es un nuevo nacimiento. Renace de la tumba, y su Padre, dice el Apóstol, le dice a la hora de la resurrección, proclamando este nuevo nacimiento: «Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado hoy» (Act. XIII, 33).
Esta vida que asume en la resurrección es para todos los hombres: todos los hombres rescatados en Él recibirán de Él el beneficio de este segundo nacimiento y resucitarán por Él en la santidad de esta vida.
Tal es el misterio oculto en el bautismo de los fieles, que se declarará en su gloria futura (Rom VI, 3-5)[2].

martes, 22 de octubre de 2013

León Bloy y la Historia

   Nota del Blog: Este texto está tomado del primer capítulo de la hermosa obrita de Jaime Eyzaguirre, "León Bloy, El Peregrino de lo Absoluto", ediciones "Estudios", Santiago de Chile, 1940.
   El título es forzosamente nuestro ya que el original carece del mismo.

   Grande y misterioso movimiento es el de las almas, en el que el poder de Dios se manifiesta con expresiones de tanta variedad y riqueza. Multiplicidad sin medida que quiebra las limitadas y humanas previsiones, que vuelca fuentes de eternidad sin orillas y pide a cada cual una distinta misión, una nota expresiva diferente en esa colosal y unitaria sinfonía de la gloria divina. Realización acabada, en el ondulante fluir de la libertad, de esa integración estética que hace del orden la unidad en la multiplicidad bien repartida. Sabia, en fin. Y portentosa intervención providente que en los instantes de baja negación suscita de la nada el oportuno testimonio de la fe y logra vestir de realidad el vigoroso apóstrofe de Pablo de Tarso: "No me avergüenzo del Evangelio" (Rom. I, 16).
   Quien se haya detenido por algunos instantes ante el perfil arrebatador de León Bloy, no podrá sino colmarse de aquellos pensamientos. Tan acentuada es en él la intervención  de la mano de Dios que su figura pareciera un milagro de retrospectividad histórica, una fuga sobrenatural al país de los profetas, para llegar a producir la extraña simbiosis de la palabra de fuego y piedra de Ezequiel, con la elocuencia gigante del artista de Isaías y los quebrantos y dolores del paciente Job. Evocación de prodigio que debía saber a azote en las espaldas del mundo hipócrita y de apostasía que muy a su pesar hubo de albergarle. Porque León Bloy fué un signo de contradicción, un llamado que la verdad absoluta lanza implacable al rostro de los hombres. Jules Barbey d'Aurevilly supo ver en él a "una gárgola de catedral que vomita las aguas del cielo sobre buenos y malos”.

lunes, 21 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. II (I de II)

II

DIOS ES CABEZA DE CRISTO

El misterio de la sociedad divina.

Dios no está solo en su unidad; tiene su consejo que es su Verbo y su Hijo único (cf. Is. IX, 6).
A ese Hijo, que está en su seno, comunica su divinidad y todos sus atributos. Le da su sabiduría y su poder, le hace compartir su trono, lo asocia a su majestad.
Se trata ciertamente de una sociedad indisoluble, eterna y sagrada en Dios. El Padre no cesa de comunicar al Hijo, y el Hijo no cesa de recibir del Padre. Hay ciertamente dos personas y dos títulos: el principio, que no depende en nada de aquel a quien engendra; el que es engendrado, que depende enteramente de su principio, recibiéndolo todo de él con una plenitud y una perfección total y tan absoluta, que le es igual en todas las cosas (Jn. XVI, 15).
En tal sociedad hay número, y para que este número sea perfecto brota una tercera persona en el seno de esta sociedad incomprensible e inefable del Padre y del Hijo para ser su fruto y consumarla.
El Padre y el Hijo se dan mutuamente un amor eterno; y en este amor está el origen de la tercera persona que pertenece a los dos, procede de los dos, y es el testigo y el sello sagrado de su alianza eterna. Tal es, sin duda alguna, la sociedad del Padre y del Hijo sellada por el Espíritu Santo, en la que todas las relaciones son inviolables y no se pueden invertir.
Estas relaciones no se perturban cuando se manifiesta Dios al exterior por sus obras, y se mantienen inmutables al revelarse en el tiempo.
Dios opera según las leyes de su vida íntima; en toda operación de Dios operan las personas divinas en su rango y según la ley inmutable de su origen eterno.

domingo, 20 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Tercera Parte: El Misterio del Hijo, cap. I

JESUS, CENTRO DE LA BIBLIA


I

"Todo lo atraeré a Mí" (Juan XII, 52). Cuando Jesús dice esta Palabra no parece significar que después de su muerte todos se convertirán a Él. Bien tristemente vemos que no fué así, ni lo es hoy, ni lo será cuando Él venga (Mat. XIII, 30 y 41; XXIV, 24; Luc. XVIII, 8).
Al decir, pues, Jesús: “Cuando Yo haya sido levantado en alto, todo (no todos) lo atraeré a Mí”, quiere significar que, consumado el misterio oculto desde todos los siglos" (Ef. III, 9), con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él será “el centro hacia el cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos”.
Desde entonces, toda posible fe es necesariamente fe en Jesús (I Juan V, 10), y por eso los judíos, al no creer en El, que, según Hech. III, 26, había resucitado ante todo para ellos, quedaron desde entonces con un velo que les impide entender aún el Antiguo Testamento (II Cor. III, 14 s.) y que sólo se levantará cuando se conviertan a Él (ibid. v. 16; Mat. XXIII, 39). ¿Cómo podría en efecto entenderse el Antiguo Testamento sin Jesús, siendo el Mesías el fin hacia el cual se encamina toda la Ley (Torah), todos los Profetas (Nebiyim) y todos los Hagiógrafos (Ketubim)?
Oigamos cómo les habla Jesús: "Si creyeseis a Moisés me creeríais también a Mí, pues de Mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos ¿cómo creeréis a mis palabras?" (Juan V, 45 s.). "Abraham vuestro padre se alborozó por ver mi día; y lo vió y se llenó de gozo”. (Juan VIII, 56). Y San Juan por su parte añade: "Isaías dijo esto cuando vió Su gloria, y de Él habló” (Juan XII, 41).
Jesús confirma todo esto de muchas maneras y especialmente cuando a los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de El" (Luc. XXIV, 27). Y también cuando dijo a los Once, aún después de su Resurrección: “Es necesario que todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se cumpla" (Luc. XXIV, 44). Y fijé entonces cuando "les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras (ibid. v. 45).

sábado, 19 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Segunda Parte, Cap. I.

Parte Segunda

PRINCIPIOS GENERALES DE LA JERARQUÍA DE LA IGLESIA


I IDEA GENERAL DE LA JERARQUIA

En el momento en que nos disponemos a describir el orden de la Iglesia y la admirable disposición de la obra divina en ella, elevemos los ojos a la jerarquía divina y contemplemos la sociedad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

Dios es cabeza de Cristo.

El Padre engendra al Hijo en su seno (Sal. CIX, 3; Jn I, 18); el Padre envía a su Hijo al mundo (Jn X, 36); el nacimiento es eterno y la misión se declara en el tiempo[1]. Pero en la generación y en la misión reverenciamos las mismas relaciones de origen, las mismas personas, la misma sociedad del Padre y del Hijo, sociedad eterna y declarada en el tiempo, sociedad cuya vida inefable permanece en el seno de Dios y que apareció en el mundo (I Jn. I, 2). Porque la misión no se establece en otro orden que el nacimiento. Al Padre corresponde enviar al Hijo, y la sociedad del Padre y del Hijo, sin turbar sus relaciones eternas, se revela en su misión. Así nuestro Pontífice, revestido de su carácter sacerdotal por el Padre, es enviado y consagrado en el tiempo por el mismo que lo engendra desde coda la eternidad (Jn VII, 29)[2].
Ahora bien, esta primera e inefable jerarquía del Padre y del Hijo aparece en la misión de Cristo, y es el origen y el tipo de todo lo que sigue en la obra de la Iglesia.
El Padre envía al Hijo; el Hijo a su vez envía a los apóstoles y constituye en ellos el colegio y el orden episcopal, es decir, verdaderamente la Iglesia universal, que subsiste en este colegio como en su parte principal. Los envía con una misión semejante a la que ha recibido Él mismo: «Como me envió el Padre, así os envío yo» (Jn. XX, 21). Al enviarlos está en ellos, como su Padre está en Él: «El  que os recibe a vosotros, a Mí me recibe; y el que me recibe, recibe al Padre que me envió» (Mt X, 40; cf. Jn XIII, 20).

viernes, 18 de octubre de 2013

Addenda V: ¿San Gabriel en el Apocalipsis?

Al tratar de identificar Principal Ángel que aparece por todo el Apocalipsis dimos diversas razones que nos parecían atendibles para procurar identificarlo con San Gabriel. Uno de los argumentos (el n. 8) estaba relacionado con “el ángel que tiene poder sobre el fuego” (XIV, 18) para lo cual dábamos dos argumentos que si bien estaban lejos de ser convincentes, sin embargo no contradecían en nada la posibilidad de que fuera el mismo San Gabriel.
El primero se refería a la aparición de San Gabriel a Zacarías al momento de ofrecer el incienso (Lc. I, 8 ss) y el otro a la “no imposibilidad” de que el ángel del cap. VIII sea San Gabriel, a pesar de que podría parecer lo contrario a primera vista.
Vamos a agregar ahora dos argumentos más, uno parecido al del cap. VIII y otro casi podría decirse un argumento de autoridad. Veamos:

En el cap. XVI, después de derramarse la cuarta copa, leemos:

7. Y oí al altar que decía: “Sí, Señor, el Dios, el Todopoderoso, veros y justos son tus juicios”.

La pregunta es ¿a quién se refiere San Juan con “el altar”?
Los comentadores han visto en general a los mártires del quinto sello (VI, 9), y así lo dicen expresamente Straubinger, Gelin, Wikenhauser, y parece que Allo, y esto creíamos también nosotros hasta que leímos la opinión de Fillion:

“… el autor pensaba evidentemente en el ángel encargado del fuego del altar, que mencionó más arriba en XIV, 18”.

Y la verdad que esto nos pareció mucho más probable, y por dos razones:

jueves, 17 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Primera Parte, Cap. III (II de II)

Relaciones de la Iglesia con la saciedad humana.

Acá abajo se encuentra la Iglesia con la humanidad de Adán.
¿Cuál es esta humanidad en el tiempo presente? ¿Y en qué estado nos aparece?
La hemos visto creada en un principio en un estado de santidad sobrenatural y de inmortalidad; debía partir de Adán guardando su unidad bajo este padre universal que no debía morir en modo alguno; y en esta unidad se habrían formado, como otras  tantas ramas, los pueblos y las familias, bajo los patriarcas, hijos de Adán.
Esta humanidad decayó de tal estado por el pecado de Adán: desde entonces no está ya revestida de santidad y de gracia.
Gimiendo bajo el pecado y la muerte se conserva, sin embargo, por algún tiempo. Las palabras «sed fecundos, multiplicaos» (Gén. I, 28) no han sido revocadas en modo alguno y en virtud de estas palabras las multitudes humanas, dadas a Adán antes de su caída, nacerán de él en el transcurso de las edades, aunque ya no santas y justas con la justicia sobrenatural, ni dotadas de inmortalidad, sino, como él, contaminadas y abocadas a la muerte.
No obstante, en esta muerte misma ocultó Dios el remedio: prometió un Redentor que en su persona elevaría el castigo de la muerte a la dignidad y al mérito de la reparación y que, tomando a todos los hombres muertos en Adán, los haría nacer de nuevo en sí por la resurrección, de tal forma que, habiendo pecado todos y habiendo muerto de resultas del pecado en Adán, fueran todos justificados y resucitados como efecto de la justificación en Jesucristo (cf. I Cor. XV, 21-22).
La humanidad se ha conservado, por tanto, con este designio: vive por algún tiempo únicamente para Cristo y para la Iglesia, en quienes renace para la eternidad. Así la vieja humanidad no tiene ya más que una existencia caduca y temporal en sí misma; poco a poco será transformada de Adán en Cristo, y transferida de su antiguo orden a la Iglesia.
Es ciertamente aquella humanidad constituida antes de la caída por las palabras «sed fecundos, multiplicaos», y creada, por así decir, anticipadamente, cuando en aquella naturaleza todo era todavía justo y puro. Dios no habría dicho tal palabra a Adán pecador: no le conviene crear al hombre en tal estado; y si la palabra que lo hizo nacer no ha sido revocada a pesar del pecado, sin embargo, el pecado la infecta contra el primer designio que dicha palabra llevaba encerrado en sí misma. Dios, que no creó a Adán pecador, le conservó la vida en su pecado para conducirlo a la salvación; y este mismo Dios que llamó a la existencia a las generaciones humanas antes del pecado, que las afecta a todas, las dejó crecer y multiplicarse en ese miserable estado con el mismo designio de misericordia para conducirlas a la gracia de Jesucristo[1].

miércoles, 16 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Segunda Parte: Hacia el Padre, Cap. V

Nota del Blog: exquisito capítulo de una innegable actualidad.

La curación del ciego de nacimiento
“DA GLORIA A DIOS"
(Juan IX, 24)


I

He aquí un ejemplo de claro pecado contra el Espíritu Santo, un detalle asombroso de la apostasía de los directores espirituales de todo un pueblo. El Evangelio nos lo presenta con la elocuencia divina de su sobriedad única sin parangón en escrito alguno de los hombres.
Lo leemos en el capítulo IX de S. Juan, que está dedicado todo entero a la curación del ciego de nacimiento. Tiene más juego de pasiones, más psicología intima, que mil dramas, pero es psicología espiritual, que hay que desentrañar con amor. El que no tiene su corazón puesto en los sucesos de una narración, la escucha fríamente aunque ella se refiera a una acción de guerra con millares de muertos. En esto, el Evangelio está hecho para poner a prueba la profundidad del amor, que se mide por la profundidad de la atención prestada al relato: porque no hay en él una sola gota de sentimentalismo que ayude a nuestra emoción con elementos de elocuencia no espiritual. Por ejemplo, cuando llegan los Evangelistas a la escena de la Crucifixión de Jesús, no solamente no la describen, ni ponderan aquellos detalles inenarrables, que María presenció uno por uno; ni siquiera la presentan, sino que saltan por encima, dejando la referencia marginal indispensable para la afirmación del hecho. Dos de ellas dicen simplemente: Y llegaron al Calvario donde lo crucificaron (Luc. XXIII, 55; Juan XIX, 18). Los otros dicen menos aún: Y habiéndolo crucificado, dividieron sus vestidos (Mat. XXVII, 35; Marc. XV, 24). ¡Y cuidado con pensar que hubo indiferencia en el narrador! Porque no sólo eran apóstoles o discípulos que dieron todos la vida por Cristo, sino que es el mismo Espíritu Santo quien por ellos habla.
Pues bien, en la curación de este ciego los fariseos han puesto en juego primero, “honradamente”, todo cuanto era posible para persuadirse de que no hay tal milagro. Cuidadosa indagación ante el público, interrogatorio especial a los padres del ciego, y por fin a éste mismo, el cual afirma el hecho con una insistencia tan terminante, que desconcierta la insistencia con que ellos, los fariseos, deseaban poder negarlo. Queda así establecida la clase de rectitud de los fariseos: Ellos no deseaban pecar, ni querían mentir gratuitamente: tenían un solo inocente deseo: que Jesús no fuera el Mesías. Si se les hubiera concedido esto, no se habrían empeñado en hacer daño a Jesús ni al pobre ciego. Pero admitir la posibilidad de que aquel advenedizo carpintero viniese a despojarlos de su situación y a burlarse de su teología formulista: ¡eso, jamás! esto era para ellos su propia gloria, es decir, su interés supremo, el único dogma que no podía admitir ni sombra de prueba en contrario.

martes, 15 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Primera Parte, Cap. III (I de II)

III

RELACIONES DE LA IGLESIA CON LAS SOCIEDADES
 ANGÉLICA Y HUMANA


Coordinación íntima de las obras divinas.

Si es propio de la sabiduría de Dios imprimir el sello de la unidad a todas sus obras y dar a cada una, al mismo tiempo que el ser, el orden de sus diversas partes, la misma ley se impone al conjunto de todos sus designios; están coordinados entre sí en un designio supremo y único que los abarca a todos.
En el espacio no hay sino un solo universo, y en el tiempo no hay sino una sola sucesión y un solo progreso de las cosas.
Así, la creación primordial de los ángeles y de los cuerpos, la creación del hombre y del mundo orgánico, la encarnación y la Iglesia no son tres obras separadas en la mente de Dios e independientes en su existencia, sino que estas obras están ligadas y subordinadas entre sí.
Todo fue previsto por Dios en Cristo y en el designio final de la encarnación; todo va a rematar en ella. La creación angélica, la creación humana, sirven al desarrollo de este plan final de la Iglesia. Poco a poco, todas las obras de Dios vienen a inclinarse y a someterse a Cristo; y Cristo mismo, reuniendo en sí el homenaje de todo lo que Dios sacó de los tesoros de su sabiduría y de su bondad, en su persona lo somete todo a Dios (cf. I Cor. XV, 28). En Cristo y en la Iglesia tendrá lugar la consumación eterna de las cosas.
Debemos, por tanto, contemplar cuáles son las relaciones de la Iglesia con la jerarquía angélica y con la humanidad salida de Adán o, si se quiere, considerar la alianza y la dependencia que  ligan al ángel y a Adán en Cristo.
Ya hemos visto, como de paso, que la ley del progreso relaciona entre sí las diversas obras de Dios: que la creación del hombre es un progreso de la obra divina después de la creación del ángel; que la encarnación la corona y la consuma, y que el pecado intervino dos veces, como un grito de angustia de la criatura, al que Dios respondió con estos progresos.
Pero entre estas obras de Dios existen relaciones estrechas que es preciso conocer.

lunes, 14 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Segunda Parte: Hacia el Padre, Cap. IV

HACIA EL PADRE POR EL HIJO

I

Uno, el soberano Señor, que tiene derecho a toda nuestra adoración, esa adoración que nunca le damos dignamente, por lo cual no podríamos llegar directamente a Él.
Otro, el aliado nuestro, el confidente a quien confiamos las barrabasadas que hacemos contra el primero.
Al uno lo vernos como Señor y Juez inapelable.
El otro es el abogado, el Salvador, ante el cual recurrimos por miedo al Juez... y a nosotros mismos.
Uno, el que siempre tiene razón contra nosotros.
Otro, el que puede y quiere interponer su influencia para hacernos salir del paso y justificarnos ante el primero.
El uno es el Padre, el gran Rey. El otro es su Hijo Jesús, Príncipe influyente para protegernos y recomendarnos al Rey, y que, siendo hombre como nosotros, conoce nuestras debilidades y nos parece estar más dispuesto a disimularlas. Nuestra actitud es como si dijésemos a Jesús lo mismo que los Israelitas a Moisés: “Háblanos tú, y no nos hable Dios, no sea que muramos".
Hemos, pues, de empezar la vida espiritual por entender y vivir el misterio de la Redención y aprovechar en su infinita utilidad la mediación de Jesucristo.

domingo, 13 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Primera Parte, Cap. II (II de II)


Jerarquía eclesial.

Pero ya es hora de que de estos tipos desvaídos y de estos vestigios del orden nos elevemos a contemplar, en Dios mismo, el tipo perfecto de la jerarquía, cuya impronta marcada en su obra son aquéllos.
En Dios hay jerarquía, puesto que hay unidad y número: unidad tan perfecta, que el número es en ella un misterio: número distinto muy realmente en la unidad de la sustancia, con una igualdad tan perfecta, que ésta es esa unidad misma, lo cual es otro aspecto de este misterio.
Es la sociedad eterna del Padre y del Hijo por la comunicación que va del Padre al Hijo y que el Hijo da y hace volver al Padre, y, en esta sociedad, la procesión sustancial del Espíritu Santo, que la consuma.
Ahora bien, esta jerarquía divina e inefable salió al exterior en el misterio de la Iglesia. En la encarnación el Hijo, enviado por su Padre, vino a buscar a la humanidad para unírsela y asociarla a dicha jerarquía. De esta manera esta sociedad divina se extendió  hasta el hombre y esta extensión misteriosa vino a ser la Iglesia.
La Iglesia es la especie humana abarcada, asumida por el Hijo en la sociedad del Padre y del Hijo, entrando, por el Hijo, a  participar de esta sociedad, y toda ella transformada, penetrada y envuelta por ella: «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (I Jn. I, 3).
Por consiguiente, la Iglesia lleva en sí no sólo las huellas del orden, como cualquier otra obra de Dios, sino que las realidades de la jerarquía divina misma, es decir, la paternidad y la filiación divina, el nombre del Padre y el nombre del Hijo vienen a ella y reposan en ella.
El Padre abriendo su seno, extiende el misterio de la paternidad hasta la Iglesia y abraza, en su Hijo encarnado, a todos sus elegidos y, por su parte, la Iglesia, asociada a este Hijo, recibe para todos sus miembros el título de la filiación extendido a ellos y el derecho a la herencia divina: «Hijos y, por tanto, herederos» (Rom VIII, 17). En adelante los llamará Dios, pues, sus hijos y ellos lo llamarán su Padre; ésta es la obra maestra de la caridad del Padre, «que seamos llamados hijos de Dios» y lo seamos  verdaderamente (I Jn. III, 1).

sábado, 12 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Segunda Parte: Hacia el Padre, Cap. III


MISERICORDIOSO Y BENIGNO ES El SEÑOR
(Sal. 102, 8).


I

Alguien que, por una rápida infección en la cara se halló a un paso de la muerte sin perder el conocimiento, ha narrado las angustias de ese momento para el que quiere prepararse al juicio de Dios. Sentía necesidad de dormir, pero luchaba por no abandonarse al sueño, porque tenía la sensación de que éste era ya la muerte y que en cuanto se durmiese despertaría en el fuego del purgatorio si no ya en el infierno. Aunque había hecho confesión general y recibido los sacramentos le faltaba todo consuelo, y la certeza de la futura pena se le imponía como una necesidad de justicia, pues tenía, claro está, conciencia de haber pecado muchas veces, pero no la tenía de haberse justificado suficientemente ante Dios.
Una religiosa enfermera, a quien le confió esa tremenda angustia espiritual, no hizo sino confirmarle esos temores, como si debiera estar aún muy satisfecho si ese fuego no fuese el del infierno.
Salvado casi milagrosamente de aquel trance —agrega—, consulté con un sacerdote, que me aconsejó leer y estudiar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, y allí encontré lo que asegura la paz del alma, pues al comprender que "nadie es bueno sino uno, Dios" (Luc. XVIII, 19), comprendí que sólo por la misericordia podemos salvarnos y que en eso precisamente consiste nuestro consuelo, en que podemos salvarnos por los méritos de Jesucristo, pues para eso se entregó El en manos de los pecadores.
Maravillosa e insuperable verdad, que nos llena más que ninguna otra de admiración, gratitud y amor hacia Jesús y hacia el Padre que nos lo dió. Ella quedará grabada para siempre en el alma que haya meditado este misterio de la misericordia divina.

viernes, 11 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Primera Parte, Cap. II (I de II)

II

NATURALEZA Y EXCELENCIA DEL ORDEN EN LA IGLESIA

El orden en la obra de Dios.

El orden es la reducción del número a la unidad[1].
Ahora bien, toda obra de Dios, por una necesidad absoluta y metafísica, lleva en sí misma el carácter o sello de Dios. Este gran Dios, que es la soberana sabiduría, ve en efecto por esta sabiduría y crea por su Verbo — que es el fruto natural de esta — todas sus obras[2] es decir: su diversidad y su multitud, innumerable para el espíritu humano, le pertenece en una visión única, que es su Verbo[3], y sale de Él en el tiempo, para manifestarse en diversos grados por sus obras.
La unidad de su Verbo abarca, pues, todas las cosas[4], y en esto preside su sabiduría todas sus obras y se revela en ellas. Hace que reine en ellas esa unidad superior de la idea única que las contiene, y esta sabiduría se muestra en ellas verdaderamente soberana, porque nunca habrá nada que ella no abarque en todas las cosas existentes o, posibles[5].
De aquí se sigue que, esencialmente, todas las obras de Dios, por la necesidad de su pensamiento, que las concibe, y del ser que les da conforme a este tipo, son reducidas a la unidad y constituídas en el orden. Cada una tiene su puesto en un plan universal, y las jerarquías parciales concurren en una unidad suprema, fuera de la cual nada puede concebirse, porque Dios mismo no concibe nada que no dependa de ella. Y por esta razón nos enseña la teología que no hay más que un solo universo y que repugna que haya varios, es decir, que repugna que haya varios conjuntos de cosas, independientes unos de otros[6].

jueves, 10 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Segunda Parte: Hacia el Padre, Cap. II

DIOS JUSTO Y MISERICORDIOSO

I

No nos conviene, ciertamente, que Dios sea justo, en el sentido humano de la palabra. El litigante desea un justo juez cuando su causa es buena. Pero cuando la causa es mala, cuando no tiene razón, ¿acaso le conviene un juez justo?
Ahora bien, ¿qué tal es la causa nuestra delante de Dios? Él mismo nos lo enseña por si acaso nuestra ceguera no lo viese: “Ningún viviente puede aparecer justo en tu presencia”, dice el Profeta David (Sal. CXLII, 2); y en otra parte: “Si examinaras, Señor, nuestras iniquidades, ¿quién podría subsistir? (Sal. CXXIX, 5). “Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros” (I Juan I, 8).
¿Qué haríamos, pues, con un juez justo?
Jesús, que es y será nuestro Juez porque el Padre así lo quiso, ha definido su justicia en estos términos: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que había perecido” (Luc. XIX, 10). “Que no envió Dios su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que por su medio el mundo se salve” (Juan III, 17).
¿En qué consiste, pues, la justicia de Dios?

lunes, 7 de octubre de 2013

Castellani y el Apocalipsis, I

Contrariamente a lo que pueda parecer a primera vista, esta nueva sección del blog estará dedicada a criticar la conocida interpretación que Castellani hizo del Apocalipsis.
Nos parece que ha llegado la hora de cavar su fosa, enterrarla y poner sobre ella una hermosa lápida. Ya es tiempo de rehabilitar a Lacunza de una buena vez por todas.
Nuestras diferencias con Castellani son, casi diríamos, totales. Con el transcurso del tiempo iremos mostrándolas y dando para ello los respectivos argumentos; por ahora, y a modo de resumen, daremos algunas razones generales:

Creemos que el Apocalipsis de Castellani:

1) Es confuso.

2) Tiene malas traducciones.

3) Termina cayendo en lo mismo que le critica a otros exégetas.

Y en definitiva, nos parece que todos los errores se pueden reducir a dos, sobre todo al último:

4) Se aparta en gran manera de Lacunza, a menudo sin dar razones, y a tal punto es esto así que estamos tentados de decir que no es Lacunziano. Intentar conciliar a ambos es una empresa tan imposible como conciliar a Santo Tomás con Escoto… y nos parece que está claro quién es Santo Tomás y quién Escoto en la analogía.

5) Y esta es la clave de todo: sigue el erróneo método de la Recapitulación.

domingo, 6 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Segunda Parte: Hacia el Padre, Cap. I

Sancta Trinitas
EL PADRE CELESTIAL EN EL EVANGELIO

Si preguntamos quién es el Padre Celestial, cualquiera nos dirá que es Dios, porque Dios es nuestro Padre.
Si volvemos a preguntar quién es ese Dios, no faltarán quienes nos digan que es Jesucristo, pero algunos dirán sin duda que es la Santísima Trinidad.
¿La Santísima Trinidad sería entonces nuestro Padre? ¿Ese Padre a quien Jesús nos enseñó a adorar "en espíritu y en verdad"? ¿Ese Padre a quien nos enseñó a dirigir el Padrenuestro? Ese Padre a quien El llamó "mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios", ¿sería la Santísima Trinidad? ¿Entonces Jesús sería el Hijo de la Santísima Trinidad?
Entonces, ¿la Misa y las oraciones de la Iglesia se equivocan cuando se dirigen al Padre, primera Persona de la Trinidad? Pues casi todas terminan pidiéndole "por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo".
¿Podría haber una ignorancia más grande que la de decir que Jesús es Hijo de la Trinidad? Tal fué exactamente la herejía del P. Harduin y su discípulo el P. Berruyer, que refutó tan claramente San Alfonso de Ligorio.
El mal viene de ignorar el Evangelio, pues cualquiera que lo ha leído, aunque sea una sola vez, no puede dejar de admirar la insistencia de Jesús en hablar de su Padre, del Padre que lo envió, es decir de esa Primera Persona, cuya gloria es para Cristo una obsesión constante. De ahí que defina los tiempos mesiánicos como aquéllos en que se va a "adorar al Padre en espíritu y en verdad, porque tales son los adoradores que el Padre quiere" (Juan IV, 23 s.).

sábado, 5 de octubre de 2013

Dom A. Gréa. La Iglesia, su Divina Constitución, Primera Parte, Cap. I (II de II)

Tercera «salida» de Dios.

Pero este hombre, al que Dios creó en tan alta dignidad y que encierra en sí a todo el género humano, cae a su vez en el pecado.
Dios sale por tercera vez de Sí mismo con  el misterio de la encarnación. Tal será el coronamiento y el fin de todas sus obras.
La encarnación es por parte de Dios lo más grande que puede hacer Dios mismo para mostrarse en el tiempo: es su más perfecta manifestación. Hasta ahora sus obras hablaban  de Él, ahora aparece Él mismo.
Con esto da a su obra su última mano, su remate: después que, con la creación del hombre, hubo colmado, por así decirlo, el espacio incomprensible que separa la materia del espíritu, con su encarnación colma el abismo infinito que separa a Dios de la criatura[1].
Después de haber reunido toda su obra en el hombre, toma a éste todo entero, cuerpo  y espíritu, y lo une personalmente a su divinidad. Así por el hecho mismo, recibe el pecado su reparación y su remedio, pero también la obra de Dios recibe su coronamiento supremo.
En efecto, ésta es sin duda la suprema manifestación de Dios. Y para entender esto bien hemos de considerar que en sus obras manifiesta Dios sus atributos y que en esta manifestación hay como un progreso y una jerarquía, un orden establecido y seguido.

viernes, 4 de octubre de 2013

Espiritualidad Bíblica por Mons. Straubinger. Primera Parte: Espíritu y Vida, cap. XIII

COMPASION

I

Cuando vemos en el teatro un drama triste, lloramos con el personaje que aparece sufriendo, y sin embargo sabemos muy bien que todo no es más que ficción. Esto nos muestra que esa compasión no es una espiritualidad, sino que reside en el sentido externo de la imaginación. La contraprueba sobre el valor de tales sentimientos está en que al poco rato ya no nos acordamos de esas lágrimas.
San Pedro es un ejemplo elocuente a costa de cuyos fracasos podemos aprender mucho, como se ha mostrado en el artículo titulado "El caso de Pedro". La compasión sentimental del apóstol es la que lo lleva a querer oponerse a la Pasión redentora de Cristo. Y este sentimiento, que los hombres hallarían nobilísimo, es lo que despierta en Jesús la más ruda de sus repulsas: "Apártate de mí, Satanás. Me sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres" (Mat. XVI, 25). Y esa misma compasión, que tan hermosa parece, es la que lleva al mismo Pedro a jurar que morirá por su Maestro, y... a negado pocas horas después, delante de una sirvienta inofensiva, es, decir, cuando ni siquiera corría peligro su vida con decir la verdad.
Aquella tremenda sentencia de Cristo, tan humillante para nosotros, según la cual lo que es sublime para los hombres, es despreciable para Dios (Luc. XVI, 15), se ve cumplida en la repugnancia que nos cuesta admitir esta tesis cristiana sobre la falacia de nuestra compasión. Porque nos gustaría soberanamente decir que compadecemos mucho a Cristo en sus dolores, y de ello resultaría una agradable conclusión sobre la nobleza de que es capaz el corazón humano. Pero Dios nos enseña que no tenemos motivo para gloriarnos de tal nobleza, porque “no somos suficientes por nosotros mismos para concebir algún pensamiento, como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia viene de Dios” (II Cor. III, 5).