jueves, 18 de octubre de 2012

La incredulidad de Israel y los impedimentos del Anticristo, según 2 Tes. 2, 6-7; 1 (II Parte)

I Parte

Elías, el que lo restaurará todo...


III. NUESTRA HIPÓTESIS: “HO KATEJON” ES EL ARCÁNGEL SAN MI-GUEL,  Y “TO KATEJON” ES LA INCREDULIDAD COLECTIVA DE ISRAEL

1) Miguel, protector del pueblo judío, incluso hasta la época escatológica (Dan, 12).

Que los ángeles sean enviados por Dios como mensajeros de su justicia y de su misericordia entre los hombres, es una idea tan patente en la Biblia, que nos dispensamos de las oportunas citas.
Pero no está tan clara la idea de que Dios haya asignado a cada pueblo un ángel protector.
Algunos atisbos de ello han querido ver algunos autores en distintos pasajes del A. T. (Jos. 4, 15; Deut. 32, 8 (LXX); Is. 24, 21; Eccli. 17, 17); pero todos ellos son sumamente discutibles.
Solamente en el libro de Daniel nos tropezamos por primera vez con el concepto, claro y definido, de la protección de un ángel determinado sobre todo un reino o nación.
El primer texto es 10, 12-14. El ángel revelador aborda a Daniel con este extraño mensaje:

“Díjome: Nada temas, Daniel, pues desde el primer día en que diste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y por ellas he venido yo a ti; pero el Príncipe del Reino de Persia se me opuso veintiún días; mas Miguel uno de los príncipes supremos vino en mi ayuda, y yo me quedé allí junto a los reyes de Persia. Vengo ahora para darte a conocer lo que sucederá a tu pueblo en los tiempos a venir, pues a estos tiempos se refiere la visión[1].”

En la interpretación del texto seguimos la sentencia de la mayoría abrumadora de los exegetas, que ven con razón en estos “príncipes” ángeles custodios. Entre ellos, Miguel es designado corno “uno de los príncipes supremos”.
Poco después, en el capítulo 12, 1, se nos presenta a Miguel como protector determinado del pueblo de Israel:

“Entonces se alzará Miguel, el gran príncipe, el defensor de  los hijos de tu pueblo, y será un tiempo de angustia tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día. Entonces se salvarán los que de tu pueblo estén inscritos en el libro.”

Prescindimos, por el momento, de todos los problemas exegéticos que tienden a determinar la cronología escatológica de estos textos de Daniel.
En cualquiera de las hipótesis adoptadas, la profecía daniélica tiene un indiscutible matiz escatológico: se emplea el término técnico “aharith yamim” (12, 13), consagrado entre los profetas para designar una situación escatológica.
Pero lo escatológico puede admitir una apreciación relativa: hay en los mismos profetas un gran Escatológico, un Escatológico Absoluto, que es el juicio de Dios en el último día del Eón actual. Pero al lado de este Escatológico Absoluto están ciertas encrucijadas de la historia y de la vida humana, en las que se produce una liquidación del período anterior en un avance o anticipo de Juicio Divino. Todas estas escatologías inferiores y parciales se presentan siempre con referencia a esa otra Escatología máxima del Gran Día del Señor.
Si las profecías citadas de Daniel se refieren literalmente a la Escatología suprema, o a un período de liquidación histórica, como fué para los judíos la persecución de Antíoco Epifanes, no entra en nuestros planes discutirlo.
Para nuestro estudio nos basta tan sólo el destacar este hecho cierto en las profecías de Daniel: se trata de un periodo escatológico durante el cual Miguel, constituído defensor perpetuo del pueblo de Israel, saldrá airoso en su papel de abogado del pueblo escogido.
Sin embargo, no queremos dejar de destacar que, aun cuando en la primera superficie de la profecía no hubiera más que el sentido literal de la persecución histórica de Antíoco, es muy probable que en el transfondo, envuelta en las brumas proféticas del sentido típico, se dibuje la silueta difuminada de la gran hora escatológica.
Podríamos encontrar un paralelo de este procedimiento en el mismo discurso escatológico de Nuestro Señor. Allí mismo cita Jesús estas profecías de Daniel y emplea sus mismas fórmulas.
En el Discurso evangélico se presenta en primer término la destrucción de Jerusalén, y a través  de ella, como de un tipo profético, se hace una indiscutible referencia a las postrimerías del Cosmos.
Está, pues, sólidamente fundada la opinión de los que ven en estos textos de Daniel una alusión, aunque sea en sentido típico, a la Escatología suprema y absoluta.[2]
La idea de que el arcángel San Miguel es el protector nacional de Israel la encontramos continuada en la literatura apócrifa judía, sobre todo en el género apocalíptico (Hen 20 5; Levi 5, 6; Test. Dan. 6, 2).

2) Miguel, detentador secular de las fuerzas infernales hasta la época subescatológica del Anticristo (Apoc. 20).

Prescindimos de la idea general, latente en todo el A. T. de que la lucha clamorosa empeñada a ojos vistas entre los partidarios y los enemigos del Reino de Dios tiene un transfondo invisible que se desarrolla entre bastidores: o sea la lucha entre las fuerzas de la milicia angélica contra los seguidores de Satán. No solamente al lado del individuo, sino de las mismas naciones combaten encarnizadamente los ángeles buenos contra los malos. Excusamos las citas, pues en ambos Testamentos esta doble intervención de los ángeles buenos y malos se encuentra en cada repliegue de sus páginas.
Sólo nos queremos fijar particularmente en la actuación del arcángel San Miguel en su lucha secular contra Satán, y precisamente con vistas a la gran eclosión escatológica de las fuerzas de la oposición.
Nos basta con las referencias del Apocalipsis, que recoge indudablemente un fondo aprovechable de las viejas tradiciones judías, algunas de ellas consignadas en los libros inspirados o en la propia literatura apócrifa, principalmente la apocalíptica.
La primera referencia la hallamos en el capítulo 12 del Apocalipsis. Se nos presenta, en un cuadro profético de perspectiva meta-crónica, la síntesis de esa lucha angélico-infernal que se esconde tras el proscenio de la lucha terrestre entre los amigos y los enemigos del Reino de Dios.
El capitán general de los ejércitos angélicos es Miguel, y su gran adversario Satanás:

“Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon con el dragón. Y peleó el dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fué hallado su lugar en el cielo” (12, 1-8).

Se trata indiscutiblemente de la lucha empeñada en torno al reinado del Mesías:

“Oí una gran voz que decía: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios, la autoridad de su Cristo, porque fué precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de Dios de día y de noche. Pero ellos le han vencido por la sangre del Cordero” (12, 10-11)
 
Más adelante, en el capítulo 20 se amplían las referencias de la lucha angélico-infernal con un dato interesantísimo para nuestro propósito. Un ángel baja del cielo

“trayendo la llave del abismo una y una gran cadena en su mano. Y se apoderó del dragón la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y le encadenó por mil años. Le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un  sello, para que no extraviase más a las naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco tiempo” (20, 1-3).

No importa que San Juan no designe el nombre del ángel, pues, aunque no se refiera personalmente a San Miguel, por el tono general del Apocalipsis se echa de ver claramente que, si no él mismo en persona, se trata de uno de los muchos ángeles buenos puestos bajo su mando de capitán general de los Ejércitos angélicos.
En el comentario de este trozo del Apocalipsis seguimos la sentencia más común, que entiende que el milenio es un número simbólico y redondo que abarca el espacio comprendido entre la primera y la segunda venida de Jesucristo, durante el cual el demonio, atado por el “fuerte armado”, no puede desarrollar toda la plenitud de su poder maléfico. Solamente al final, en los tiempos escatológicos, el demonio obtendrá un margen más amplio de poder, coincidiendo esta referencia del Apocalipsis con la doctrina general del Nuevo Testamento sobre la máxima eclosión, de las fuerzas del Anticristo en la época escatológica.[3]
Uniendo estos dos datos interesantes que nos suministra el contexto bíblico, podemos establecer la siguiente hipótesis:
Indiscutiblemente Miguel ha sido designado por Dios como protector especial del pueblo de Israel. Lo natural, pues, es que esta custodia de Israel perdure mientras que el pueblo judío continúe formando una unidad etnográfica y mientras continúe siendo objeto de la Providencia divina.
Ahora bien, San Pablo nos dice expresamente que el pueblo de Israel sobrevivirá hasta el final de los tiempos, y que, a pesar de su rebeldía sigue siendo el objeto de los designios seculares de Dios (Rom. 11 11-27).
Aún más; hemos intentado demostrar[4] que las viejas profecías del Antiguo Testamento sobre Israel se refieren a una grandeza de orden temporal-mesiánico, que sobrevendrá al pueblo hebreo en el avanzar de los siglos.
A esto se une que el texto de Daniel (cap. 12) tiene indudablemente una referencia escatológica, y muy probablemente se refiere a una gran ayuda que el secular protector de Israel prestará a su pueblo patrocinado en la época absolutamente escatológica.
San Pablo nos había dicho que el fin del mundo no vendrá antes que se produzca la manifestación plena del Anticristo, y al mismo tiempo nos declara que hasta que Israel no entre en la Iglesia, el último de la larga cola de las naciones, no se producirá el fin del Cosmos (Rom. 11, 15-26).
Miguel, pues, en su actitud de patrocinador del pueblo de Israel  está deteniendo las fuerzas infernales, con la esperanza cierta de que antes del gran Día fatal, su pueblo de Israel habrá entrado en la iglesia. Hay alguien, pues, que detiene al Anticristo: y es el arcángel San Miguel, que nos describe el capítulo 20 del Apocalipsis, apoderándose (ekrátesen) del dragón, encadenándolo (édesen) y guardando el pozo sellado, donde se custodia el gran prisionero infernal. Y ello sin duda con vistas a la preservación de su pueblo hebreo para el gran día de la conversión; no ganará el demonio la batalla definitiva contra Israel. Israel reentrará en la Alianza, y entonces ya podrán cumplirse los planes divinos del recrudecimiento escatológico de las fuerzas infernales.
Y hay también algo que detiene la venida del Anticristo: el estado de incredulidad de Israel. Israel desgraciadamente, en la época en que describe San Pablo, estaba muy lejos de ingresar en la Iglesia: su obstinación iba cada día en aumento. San Pablo ve en ello una señal cierta de que el fin de los tiempos no se aproxima. Ese estado de incredulidad de Israel impide, según los planes divinos, la venida del Anticristo, al cual no se le concederá el “exequatur” sino cuando ya Israel haya sido puesto a salvo[5].

3. Esta hipótesis explica:

A) La distinción entre “ho katéjon” (San Miguel) y  “to katéjon” (la incredulidad de Israel).

Fácilmente se echa de ver que, en nuestra hipótesis, se explica holgadamente por qué San Pablo distingue el masculino del neutro. Hay una situación que impide la manifestación del Anticristo: la incredulidad de Israel, según los planes de Dios. Y hay al mismo tiempo una persona que impide esta misma manifestación: el arcángel San Miguel, protector secular del pueblo judío, que detenta a las fuerzas infernales hasta la época escatológica, cuando ya Israel haya sido liberado de la incredulidad. Y ambos impedimentos se refieren a la misma situación.

B) Por qué San Pablo habló precisamente del asunto a los de Tesalónica.

No exageramos al afirmar que fué precisamente en Tesalónica donde empezó para San Pablo la  persecución a fondo por parte de los judíos. La descripción de San Lucas está recargada de negras tintas:

“... los judíos, movidos de envidia, reunieron algunos hombres malos de la canalla, promovieron un alboroto en la ciudad y se presentaron ante la casa de Tasón, buscando a los apóstoles para llevarlos ante el pueblo. Pero no hallándolos, arrastraron a  Jasón y a algunos hermanos y los llevaron ante los politarcas, gritando: Estos son los que alborotan la tierra. Al llegar han sido hospedados por Jasón, y todos obran contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús” (Hechos, 17, 5-7).

Pablo y Silas consiguieron huir, amparados por la oscuridad de la noche, y se refugiaron en Berea, donde continuaron su labor evangelizadora. Pero ni aun allí los dejaron tranquilos los judíos de Tesalónica:

“Pero en cuanto supieron los judíos de Tesalónica que también en Berea era anunciada por Pablo la palabra de Dios, vinieron allí y agitaron y alborotaron la plebe” (Hech. 17, 13).

Hasta  tal punto consiguieron su intento, que Pablo tuvo que abandonar también a Berea, encaminándose a Atenas. En la primera carta a los de Tesalónica, San Pablo no puede reprimir la desazón que la actitud de los judíos dejó en su ánimo y se desfoga hablando de aquellos

“judíos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas y a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación. Con esto colman la medida de sus pecados. Mas la ira viene sobre ellos y está para descargar hasta el colmo” (1 Tes. 2,14-16).

Con estos datos a la vista, podemos reconstruir aquellas charlas que en la intimidad de la noche tendría Pablo con los primeros cristianos de Tesalónica. La actitud de los judíos provocaría posturas acres por parte de los cristianos; Pablo a veces no podría tampoco reprimir su indignación, pero al mismo tiempo les revelaría aquel gran misterio de la misericordia divina del que nos habla en la carta a los Romanos: “Israel, a pesar de su incredulidad y de su obstinación en la rebeldía, se convertirá algún día y entrará con gloria en los viejos lares de la Alianza. Entonces parecía mentira, pero la promesa de Dios no fallaría. Aún más, Dios esperará pacientemente y no permitirá al gran adversario que despliegue la plenitud de su poder hasta que el pueblo de Israel, bien que el último en la larga fila de las naciones, haya también sido liberado y reingrese en la Alianza.”
Así, pues, cuando los cristianos de Tesalónica empezaron a dudar sobre la proximidad de la Parusía, Pablo no encontró otro argumento más a propósito y más encuadrado en el momento psicológico de aquella cristiandad que hacer referencias a sus revelaciones anteriores sobre la conversión escatológica de Israel.
“No os preocupéis —vendría a decir San Pablo— por la venida del Señor, pues ya sabéis que este día no llegará mientras Israel no se convierta, y vosotros, más que ninguno, podéis apreciar el calibre de esta rémora para la manifestación de las fuerzas escatológicas del Anticristo”.

C) Por qué era muy prudente no hacer alusión manifiesta a ello.

De lo dicho se desprende que la actitud sigilosa de San Pablo en su segunda carta no dejaba de ser una medida de prudencia. Ya hemos visto el astuto encarnizamiento con que los judíos tesalonicenses persiguieron a San Pablo, y es de suponer que esta-rían al acecho sobre cualquier relación que el Apóstol pudiera sostener con la cristiandad cuasi clandestina que había dejado organizada en Tesalónica.
Además, no había necesidad de explanar más el asunto, pues como expresamente lo dice, suponía enterados perfectamente a los fieles sobre él: “¿No recordáis que, estando entre vosotros, ya os decía esto? Y ahora sabéis qué es lo que le contiene…” (2 Tes. 2, 5-6).


IV. CONCLUSIÓN

Hemos intentado exponer modestamente una hipótesis que posea todas las garantías de una seria verosimilitud. Creo que con los datos actualmente existentes no podemos hacer más.
Ello, por lo menos, nos demuestra que la explicación, hoy tan poco satisfaciente, de ver en el imperio romano o en la encarnación civil del poder los impedimentos de la venida del Anticristo, no se nos puede imponer como la única posibilidad de dar sentido a la enigmática expresión del Apóstol.
Por otra parte, al establecer nuestra hipótesis, hemos partido de datos sólidos, suministrados por la escatología bíblica y judía y por el contexto remoto del propio San Pablo.
Y, finalmente, con la aportación de una nueva hipótesis sobre la interpretación del célebre texto paulino, creemos poder contribuir en parte al esclarecimiento del acuciante problema de Israel, que hoy ocupa la atención de los estudiosos y de los creyentes, y en el que querernos poner todo el interés y el cariño que nos merece el gran pueblo de la Revelación.





[1] Nota del Blog: Straubinger traduce la parte final: “he venido a enseñarte lo que ha de suceder a tu pueblo al fin de los tiempos; pues la visión es para tiempos (remotos)”.

[2] Nota del Blog: todo este argumento no nos parece tan sólido como parecería a primera vista. Ya tendremos tiempo de volver sobre esto.

[3] Nota del Blog: A ver… ¿por dónde empezamos?

1) En cuanto a los mil años del cap. XX, el mismo autor reconoce que ve en ellos todo el tiempo que va desde la primera hasta la segunda venida, y que esa es una opinión, tan común (esto no lo negamos) como aquella otra opinión (decimos nosotros) que decía que el katéjon era el imperio romano…

2) ¿Por qué no sigue lo que dicen los Milenaristas, porque está condenado o porque prefiere seguir la opinión más común? El autor no aclara el motivo, con lo cual nada puede concluirse al respecto. Sin embargo, y teniendo en cuenta que este trabajo data de 1951, es curioso que no haya argumentado con el decreto del 44 en contra del Milenarismo… ¿esto se debe a que no venía al caso o al hecho de que el decreto no condenó el milenarismo mitigado en cuanto tal?

3) Viniendo al texto en sí mismo:

a) El cap. XX dice que Satanás fue encerrado para que no sedujera a las naciones. Pero, desde la Encarnación hasta nuestros días el demonio ha estado y está perfectamente libre como lo prueban varios pasajes de las Escrituras, como por ejemplo la tentación de Jesús en el desierto, la afirmación de San Pablo de que no pudo ir a Tesalónica porque Satanás se lo impidió (I Tes. 2, 18), la conocida sentencia de San Pedro que afirma que el demonio está dando vueltas como un león rugiente buscando a quien devorar (I Ped. V, 8), etc. con lo cual no es cierto que Satanás no haya estado libre después de la Encarnación… y en cuanto a las naciones, ¿será preciso pasar revista a la historia de la humanidad y de la Iglesia para probar que siempre ha habido no sólo naciones enteras, sino incluso continentes que ignoraban por completo a Jesucristo y a su Iglesia? Y aún entre aquellos mismos países en los cuales la Iglesia pudo evangelizar, ¡cuántas luchas y sinsabores existieron a través de la historia entre los dos poderes! Por último, y por si hace falta algún otro argumento, debemos recordar la oración a San Miguel que rezamos todos los días después de Misa donde le pedimos que arroje “al infierno… a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo…”

b) El texto es claro: Satanás es arrojado al abismo para que no pueda seducir a las naciones. El autor le hace decir a San Juan para “que no pueda desarrollar toda la plenitud de su poder maléfico”, dos cosas completamente diferentes, como fácilmente puede apreciarse.

c) El cap. XX sigue cronológicamente al XIX, por lo tanto el demonio será encadenado en el abismo después de la batalla de Cristo Rey con el Anticristo, y de hecho después de ser soltado por breve tiempo Satanás será arrojado al “lago de fuego y azufre (no confundirlo con “el abismo"), donde están también la bestia y el falso profeta” (XX, 10).
Para terminar, no está claro en la mente del autor, cuál es la relación entre los sucesos del cap. XII y el cap. XX. ¿Según el autor, corresponden al mismo suceso o por lo menos al mismo tiempo? Nosotros creemos que la respuesta negativa se impone. El P. Gonzáles Ruiz, por su parte, parece tenerlos como contemporáneos.

[4] González Ruiz, T. M., La restauración de Israel en los profetas, conferencia pronunciada en la XI Semana Bíblica Española, 18-9-1950. Madrid.
Nota del Blog: Objeto de próximas publicaciones.

[5] Nota del Blog: este pasaje nos parece súmamente interesante y coincidimos con él. Creemos que hay dos argumentos en su favor que podríamos agregar:

1) Por las palabras de San Pedro a los judíos: “Arrepentíos, pues, y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A este es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas…” (Hechos III, 19-21)

2) Según el capítulo XII del Apoc. lo que sucede justo antes de la aparición del Anticristo son dos cosas: por un lado Satanás es expulsado del cielo, privándoselo de todo acceso como acusador de Israel, y por el otro ya Israel está a salvo del demonio en el desierto donde estará por tres años y medio, es decir, durante todo el tiempo que dure el reinado del Anticristo.