martes, 16 de octubre de 2012

La incredulidad de Israel y los impedimentos del Anticristo, según 2 Tes. 2, 6-7; 1 (I Parte)

Nota del Blog: Presentamos a continuación este interesante trabajo con el cual tendemos a coincidir en lo esencial, es decir en lo que respecta a la dificultad que entraña el considerar al Imperio Romano como el Katéjon, como así también en ver en él a Israel y a San Miguel Arcángel.
En las notas plantearemos algunas de nuestras divergencias sobre algunos puntos accidentales al tema principal.

II Parte

Sanctus Michael

P. José M. González Ruiz.
Estudios Bíblicos, vol. X, pag. 189 ss (1951).

I. ESTADO ACTUAL DE LA EXEGESIS DE 2 Tes. 2, 6-7

1. Antecedentes.

Para hacer una monografía que se ciña al título de la presente, huelgan todas las advertencias generales sobre los diversos temas que se pueden cruzar con el nuestro, y que pertenecen al campo general de la exégesis paulina. Por eso hacemos caso omiso de las circunstancias históricas de la II Tes., de los problemas generales de la Escatología paulina o simplemente neotestamentaria, etc., etc.; e irrumpimos “in medias res”, tomando el hilo por donde los demás lo han dejado.


2. Opiniones y crisis.

En el elenco de las diversas tentativas exegéticas sobre los misteriosos impedimentos de la manifestación del Anticristo, nos atenemos siempre a la doctrina católica de la inspiración, e intentamos dar una solución o al menos una hipótesis aceptable, siempre dentro del marco de las declaraciones auténticas del Magisterio eclesiástico. Solamente de paso, y para dar integralidad a nuestra monografía, traeremos a colación algunas soluciones de tipo racionalista. Nos adherimos a la opinión más común que afirma que aquí se trata de  la “manifestación” (ἀποκαλυφθῇ) del Anticristo y no de la Parusía de Cristo. Nuestra investigación la reducimos escuetamente al intento de descifrar las realidades que se esconden bajo las enigmáticas expresiones κατέχων” y “τὸ κατέχον”, “el que impide” y “lo que impide” la  manifestación del Anticristo.

Hagamos un breve recorrido de las diversas opiniones:

A) Este impedimento sería el decreto divino que establece el tiempo en que el Anticristo debe aparecer. Así, entre los Padres, Teodoro de Mopsuesta y Teodoreto, y entre los modernos Gutjahr[1]

Crisis: En esta sentencia no se explica por qué San Pablo habla de una forma tan misteriosa, ya que todo el mundo sabe que nada se escapa al decreto divino. Además, mal pudiéramos aplicar a un decreto divino aquellas expresiones paulinas de “auferetur, tolletur, de medio fiat”.
Finalmente, aquí no se da la explicación de la distinción de género, y no se puede aplicar al decreto la fórmula masculina “ κατέχων”.

B) El impedimento sería la predicación del Evangelio, no difundido aún en todo el mundo, o el vigor y robustez de la fe que constituirían un obstáculo para la apostasía y la venida del Anticristo (S. Efrén, Curci, Ranbaud).

Crisis: A esta sentencia hay que aplicarle las mismas objeciones que a la anterior; no se explica cómo estas realidades pudieran expresarse en género masculino, ni tampoco por qué San Pablo habla tan misteriosamente.

C) El P. Prat[2] propone que el tal impedimento era precisamente el Arcángel San Miguel que, en su calidad de protector de la Iglesia, como antes lo era de la sinagoga, retiene a Satanás e impide que el Anticristo aparezca antes del tiempo preestablecido.

Crisis: Aunque en el decurso de nuestro trabajo hemos de recoger esta sugerencia del P. Prat, sin embargo podemos adelantar que la solución propuesta por el eminente escriturista no satisface del todo, ya que no explica todas las dificultades, sobre todo el empleo del género neutro “to katéjon”, y el por qué San Pablo no se atrevía a nombrar claramente al Arcángel.

D) Las restantes opiniones se pueden reagrupar en una sola, con leves matizaciones diferenciales. Todos éstos coinciden en destacar el carácter benefactor del “katéjon”.

Unos se atienen a factores generales: se trata de todo lo que sostiene política y religiosamente al mundo para que no ruede por el precipicio del desorden y de la iniquidad; en concreto, el gobierno humano que rige los Estados, la ley judía en tanto en cuanto mantenía a una  parte de la humanidad fuera de la iniquidad completa[3], la unión temporal entre la Iglesia y la Sinagoga, concretada en la persona de Santiago, debiendo ser la ruptura entre cristianos y judíos la serial del desbordamiento de las persecuciones y del abandono de Israel al error[4], la Iglesia visible de Cristo, principalmente el pontificado y el Papa.

La gran mayoría de los Padres, teólogos y exegetas católicos, protestantes y racionalistas prefieren una explicación más especificada: “to katéjon” sería el imperio romano y “ho katéjon”, el emperador o un representante del poder.
Pero de he hecho el imperio romano ha desaparecido y el Anticristo no ha venido. En vista de esta situación, los que recurrían hasta 1919 a la permanencia de los privilegios del emperador romano en el representante del Sacro Impero, afirman hoy que, si la sociedad moderna no corre a una corrupción absoluta se debe a las tradiciones de orden implantadas en Europa por el sabio gobierno de las leyes romanas.

Crisis: En primer lugar conviene despejar el horizonte dogmático. Pues el mismo P. Vosté insinúa en su comentario a las Epístolas a los Tesalonicenses que esta interpretación del “katéjon” por el imperio romano se debería a una tradición apostólica[5].
Sin embargo el mismo P. Lagrange le advirtió que esta suposición “no dejaba de encerrar graves consecuencias[6]”.
La opinión de los Padres no puede llamarse tradicional si no proviene realmente de una tradición, no porque se deba a una conjetura exegética, como parece ser el caso que nos ocupa. En efecto, según el mismo Vosté, esta pretendida tradición apostólica se apoyaría en una falsa interpretación de Daniel. Tertuliano sería el primer escritor eclesiástico que habría propuesto la interpretación “katéjon” = imperio romano.
Ahora bien; según él y otros escritores, el imperio romano está figurado en Daniel por la cuarta bestia que representa el poder más cruelmente desatado contra los santos. A sus ojos, Roma debería ser el último imperio antes del fin del mundo como consecuencia natural, el Anticristo no podría venir sino después de su derrumbamiento. 
Como se ve, la pastura de Tertuliano coincide con la de estos exegetas en el hecho,  o sea en considerar al imperio romano como el “katéjon”, la “diuturnitas romana” que impide la aparición del Anticristo, pero de ninguna manera quiere insinuar Tertuliano que la razón formal de este poder detentador del imperio era precisamente su interna cohesión política. Aún más, podríamos sospechar que tal concepción estaría muy ajena del pensamiento del doctor africano para quien el imperio romano más que una fuerza antagónica, era un precursor del Anticristo.
En todo caso, la opinión de los Padres no se debe a una tradición apostólica, y aún la misma hipótesis que ve el obstáculo en el carácter regulador de Roma no puede reclamar para sí la autoridad de Tertuliano.
Y entrando más a fondo en la cuestión, hemos de confesar que esta solución es completamente insatisfactoria.
Resulta sumamente difícil concebir cómo para la mentalidad de Pablo y de la primitiva comunidad cristiana, el imperio romano y su titular se podrían presentar como una fuerza antagónica del Anticristo, cuando lo más obvio era considerarlos precisamente como una virtud incubadora del mismo.
Y así en efecto lo concibió San Juan en su Apocalipsis: el Anticristo es la suprema eclosión de las fuerzas enemigas de Cristo, cuya plena manifestación se verificará en la época escatológica pero ya en la historia previa de la Iglesia el Anticristo tendrá sus manifestaciones parciales que serán como la gestación y maduración de la gran cizaña. Y San Juan nos describe toda la virulencia del ataque, revistiéndolo con los colores del Anticristo de turno; y precisamente el tal anticristo era… ¡el emperador y el imperio romano![7] Además no se explica por qué San Pablo hable en la oscuridad pudorosa del misterio; es cierto que nosotros hoy hemos perdido el secreto, pero sabemos con certeza que el imperio romano era la cosa más patente del mundo. Vosté objeta que San Pablo callaba para evitar las persecuciones; pero, en definitiva, se trataba  de una conjetura elogiosa para el imperio, ya que se le consideraba como el regulador del orden y el obstáculo de la anarquía y del desorden.
Verdaderamente podemos terminar afirmando con el P. Rigaux, “que la explicación del “katéjon” por el imperio y del “katéjon” por el emperador no es nada más que una conjetura que descansa sobre la punta de un alfiler”[8].

E) Y por esto precisamente, el mismo P. Rigaux intenta una solución que propiamente no lo es, sino más bien la capitulación sincera ante la propia dificultad. O más bien podríamos decir que se trata de una solución minimalista.
Ya Dibelius apuntó los principios de esta solución, llegando a plantearse la cuestión si el propio Pablo sabía en qué consistía el “katéjon[9].

 “Judío—continúa el P. Rigaux—, alimentado de doctrinas rabínicas y apocalípticas, escribiendo una carta tan llena de ideas judías, que algunos han querido otros destinatarios, que serían judeo-cristianos; con todas estas circunstancias a la vista, ¿no es natural que el Apóstol haya hecho uso de los procedimientos del género apocalíptico? Este género literario busca precisamente el misterio, se complace en la vaguedad de la terminología, y, más que crear, toma prestado de otros. Los cristianos están pre-ocupados por el retraso de la Parusía. Desde Esdras y Nehemías, los judíos se han inquietado demasiado de los alejamientos sucesivos del Día de Yahvé. En Ageo y Zacarías, el obstáculo a la venida del Mesías era el estado lamentable del templo (Ag. 1, 4-11; 2, 14-19; Zac. 1, 10-11; 3, 1-10); en Malaquías, los pecados del pueblo (Mal. 3, 1-24); en las apocalipsis de Joel, de Daniel y en los apócrifos, la insuficiente perversidad de las naciones (Joel, 2, 1-17; Daniel, 11, 27-36). La Sinagoga afirmaba que había una cosa “que retenía”, ponía un obstáculo a la realización del reino mesiánico[10]. Análogamente Pablo podría muy bien imaginar un Detentador del Anticristo. Nada podía impedir a Cristo el volver a la tierra, pero la hora señalada por Dios no sonaría sino después de la venida del hombre del pecado, el cual también tiene su hora. No se sabe cuándo llegará, pero lo cierto es que por ahora no es. Sin embargo, el diablo trabaja. Si él no consigue provocar la llegada del Anticristo, es porque tropieza con un obstáculo en el despliegue completo de su actividad. En realidad ni Pablo ni los tesalonicenses conocerían su  naturaleza.”[11]

Crisis: La mejor refutación de esta opinión la dan los mismos sostenedores, cuando inmediatamente a su exposición, patentizan noblemente su insatisfacción por ella. El mismo Padre Rigaux termina afirmando: “Esta solución, que bien pudiera llamarse minimalista, del difícil problema del “κατέχον” y del “κατέχων”, ¿no es acaso la única que no se atreve a avanzar más de lo que se puede probar?”.[12]
Aparte de esta inseguridad de sus mismos defensores, fácilmente advertimos que la alusión de San Pablo supone que los tesalonicenses conocían la naturaleza del Detentador: “sabéis qué es lo que impide: tó katéjon oídate”.

II. CUALIDADES NECESARIAS PARA UNA HIPÓTESIS SATISFACTORIA

Se trata de construir una hipótesis sobre los mismos datos que poseemos, porque con estos solos no podríamos llegar nunca a la absoluta certeza histórica. Pero una hipótesis que presente todas las garantías de una buena verosimilitud. Para ello, y teniendo en cuenta la crítica que hemos hecho de las opiniones existentes, creemos que toda hipótesis que se presente como una pretendida solución del enigma paulino del “katéjon”, a más de sus razones internas, tiene que explicar estos tres puntos indiscutibles:

1) Porqué San Pablo distingue entre el neutro “τὸ κατέχον” y el masculino “ κατέχων”.

2) Que el tal enigma fuera una cosa explicada previamente a los tesalonicenses, de suerte que San Pablo sólo tuviera que hacer una somera alusión para ser perfectamente entendido.

3) Que hubiera una necesidad, al menos moral, de ocultarlo y de expresarse, por consiguiente, en términos enigmáticos.

Procediendo con honradez científica, y sin aplicar a la exégesis apriorismos de ninguna clase, intentaremos exponer una hipótesis que, a más de llenar estas cualidades generales, goce de probabilidad en la ambientación histórica y tenga raigambre en la propia ideología bíblica sobre el tema escatológico.

Terminará...



[1] Gutjahr, F. S., Die Briefe des Heiligen Apostels Paulus, t. I, Graz, 1912, página 137.
[2] Théologie de Saint Paul, París 1927. Edic. 13, I, pag. 98.
[3] Panek J., Commentarii in duas epistolas B. Pauli Apostoli ad Thessalonicenses, Ratisbona, 1886, p. 124.
[4]  Von Hartl, Ho katejon, artic, en “Zeitschrift für katholische Theologie“, tomo XLIV, 1921, pp. 455-475.
[5] Vosté, J.-M., Commentarius in epistolas ad Thes., p. 202: “Jam apud Tertullianum ter legitur istud, cum tam insistenti constantia acsi ex traditione apostolica hoc baberet“; p. 276 s.: “haec sententia revera dici potest generalis ac traditionalis inter SS. Patres et antiquos exegetas catholicos... forte secundum aliquarn traditionem apostolicam, tam antiqua enim et unanimis est opinio haec“. Sin embargo, el mismo P. Vosté añade vacilante: “sed quis hoc probare aut cum certitudine affirmare auderet?”.
[6] Lagrange, M. J., Recensión del comentario de Vosté en la “Revue  Biblique”, nuev. ser., t. XIV, 1917, p. 576.
[7] Nota del Blog: En lo particular no compartimos este argumento y creemos además que se debe demostrar más que afirmar, la existencia de precursores o tipos del Anticristo a través del Apocalipsis.
[8] Rigaux, B. L`Antéchrist el l'opposition au Royaume Messianique dans l'Ancien et le Nouveau Testament, Paris, 1932, p. 303.
[9] Dibelius M., Die Geisterwelt im Glauben des Paulus, Geittingen, 1909, p 33, n. 3.
[10] Strack. H. L., Billerbeck, P., Kommentar zum neuen Testament aus Talmud und Midrash, t. III, p. 640 s. El autor concluye: “Diese Stellen zeigen, wie eingehend die alte Synagoge sich mit dem, was das Kommen der Endzeit “aufhált“, beschäftigt hat“.
[11]  Rigaux, B., o. c., pp. 207 s.
Nota del Blog: todo este párrafo es un sinsentido absoluto.
[12] l. c.